EL ORIGEN
DE LAS NACIONES


ESTUDIO DE LOS NOMBRES EN GÉNESIS 10

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Artículo 05       ARTHUR C. CUSTANCE, M.A., Ph.D.

Miembro de la Afiliación Científica Americana

Miembro de la Asociación Americana de Antropología

Miembro del Real Instituto de Antropología

 

Ottawa, 1968 / Rev. 1975

 
Traducción del inglés: Santiago Escuain

Pórtico

Índice


E

l Dios que hizo el mundo

Y todas las cosas que hay en él, ...

De una misma sangre ha hecho toda nación de los hombres,

Para que habiten sobre toda la faz de la tierra;

Y les ha prefijado el orden de las estaciones,

Y las fronteras

De sus lugares de residencia;

Para que busquen a Dios,

Si tal vez, palpando,

Pueden hallarle,

Aunque ciertamente

No está lejos de cada uno de nosotros.

Porque en Él vivimos,

Y nos movemos,

Y somos ...

 

Hechos 17:24-28

 


 

INTRODUCCIÓN


S

ON TAN GRANDES las dificultades para dilucidar, en esta etapa tardía de la historia humana, los orígenes y las relaciones de las diversas razas de la humanidad, que muchos abrigarían dudas de que ni siquiera valga la pena intentarlo en absoluto. Incluso un examen superficial de un volumen como Races of Europe, de Coon[1], revelará en el acto que la mezcla racial ya ha avanzado hasta tal punto que en casi cualquier lugar del mundo se pueden encontrar individuos o grupos humanos representativos de todas las líneas raciales o subraciales actualmente reconocidas, entremezclados de forma general. Proponer, frente a esta evidencia, que mediante la Tabla de las Naciones en Génesis se puedan exponer los orígenes, relaciones y pautas de dispersión de estas líneas raciales, parece a primera vista absurdo.

Sin duda alguna, se nos acusará de una excesiva simplificación. Pero en cierto sentido esto puede constituir una ventaja en este caso, porque permite que se ignoren ciertos factores que llevan a complicaciones y se puede evitar quedar completamente abrumados por los detalles, lo que permite exponer una alternativa inteligible a las actuales teorías etnológicas, que creo que explica mejor la distinción tanto de los restos fósiles del hombre prehistórico como también de los actuales grupos raciales. Así, existe una cierta justificación para presentar el bosquejo sumamente simplificado que aparece en este artículo.

Una segunda observación que desearía resaltar es que, en esta clase de investigación, lo que constituye evidencia en favor, o prueba virtual, de una tesis, depende mucho de la inclinación del lector. ¡Demostrar que la tierra es plana exigiría un gran peso de evidencia! Más aun, la mayoría de las personas pensarían que ninguna cantidad de evidencia sería suficiente. Pero confirmar que la tierra es redonda demandaría bien poca evidencia. Así, que un ítem de prueba se considere como convincente o no depende a menudo no tanto de su peso intrínseco, sino de si sirve de apoyo a la opinión comúnmente aceptada.

Creo que cualquiera que acepte las Escrituras como la piedra de toque de la Verdad, incluso cuando sus llanas declaraciones parezcan contradichas por los hallazgos razonablemente seguros de la investigación secular, no demandará la misma clase de prueba para que tenga peso. Si los hijos de Jafet son, como propondremos, la población de Europa (y de parte del norte de la India, etc.) como se implica en Génesis 10, entonces una ligera evidencia confirmadora tenderá a decidir la cuestión para los que ya lo creen, en tanto que ninguna cantidad de evidencia decidirá la cuestión para los que simplemente no lo acepten. De modo similar, para los que estén persuadidos de que la Tabla de las Naciones de Génesis 10 es verdaderamente inclusiva, las razas de color deben lógicamente quedar incluidas, y en alguna parte de la misma encontraremos a los antecesores de los grupos humanos designados como negros, cobrizos y amarillos. La cuestión es si esta clase de inclusividad queda implicada en las palabras del versículo 32: «de éstos se esparcieron las naciones en la tierra después del diluvio». En la interpretación de pasajes como este, tiende a haber una divergencia entre los que dan gran importancia a las palabras propias de las Escrituras y a sus implicaciones, y los que atribuyen mucha menos importancia a las palabras mismas y que por ello no examinan las implicaciones con mucha seriedad. Estos últimos tienden a sentir suspicacias siempre que los primeros permiten que las implicaciones jueguen un gran papel en su interpretación. La cuestión, planteada de forma más amplia, es: ¿Espera Dios que busquemos implicaciones y que las desarrollemos lógicamente cuando están ausentes las declaraciones concretas que deben ser mucho más preferibles y que decidirían la cuestión?

Tocante a esto, hay unas palabras muy a propósito del doctor Blunt en su célebre libro Undesigned Coincidences in the Old and New Testament [Coincidencias inopinadas en el Antiguo y Nuevo Testamento]. Después de observar con toda razón con qué presteza se inmiscuye la imaginación cuando hay implicaciones a la vista y de qué manera tan bien dispuesta rompe todos los límites y se vuelve muy visionaria, él argumenta sin embargo de manera intensa en favor de la amplia y activa investigación de las implicaciones en las Escrituras. Dice él:[2]

Este es un buen principio, porque tiene la anuencia de nuestro mismo Señor, que reprocha a los saduceos por no conocer [énfasis del autor] aquellas Escrituras que habían recibido, por cuanto no habían deducido [énfasis del autor] la doctrina del estado futuro en base a las palabras de Moisés, «Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob», aunque la doctrina estaba allí si tan solo la hubieran buscado.

Este argumento está bien fundamentado, y, como añade en el siguiente párrafo, «las pruebas de esto mismo son innumerables». Luego pasa a ilustrar su argumento con un cierto detalle. Pero su ilustración inicial es particularmente idónea porque en tanto que es perfectamente cierto que evidentemente la implicación de las palabras de Moisés era en este caso de una importancia profunda, los eruditos de los tiempos de nuestro Señor —que por cierto no carecían de devoción— adoptaron probablemente la misma actitud más bien escéptica dominante en la actualidad acerca de estas cuestiones, y probablemente hubieran tachado esta idea como absurda si alguien aparte del mismo Señor la hubiera propuesto. Ellos no creían en la resurrección, y por ello no hubieran aceptado una inferencia de esta clase en base a las palabras de Moisés. Y sospecho que en nuestra determinación a desalentar del abuso de la imaginación en la interpretación de las Escrituras (determinación que es bien apropiada, creo yo), nos hemos privado sin embargo de muchos conocimientos.

Así, este artículo trata de demostrar:

(1) que la distribución geográfica de los restos fósiles es de una naturaleza tal que queda explicada de la manera más lógica tratándolos como representantes marginales de una amplia y en parte forzada dispersión de pueblos procedentes de una sola población en crecimiento establecida en un punto más o menos central a todos los mismos, enviando oleadas sucesivas de migraciones, donde cada una de estas oleadas impulsaba a la anterior hacia la periferia;

(2) que los especímenes más degradados son aquellos representantes de este movimiento general que fue echado a las áreas menos hospitalarias, donde padecieron una degeneración física como consecuencia de las circunstancias en las que se vieron obligados a vivir;

(3) que la extraordinaria variabilidad física de sus restos resulta de que formaban parte de pequeños grupos humanos aislados y muy consanguíneos; mientras que las semejanzas culturales que vinculan a incluso los más dispersos de entre ellos indican un origen común de todos;

(4) que lo que es cierto del hombre fósil es igualmente cierto de las sociedades primitivas extintas y presentes;

(5) que todas estas poblaciones inicialmente dispersadas proceden de un grupo básico —la familia camita de Génesis 10;

(6) que fueron posteriormente desplazadas por indoeuropeos (esto es, los jafetitas), que sin embargo heredaron o adoptaron su tecnología, sobre la que se desarrollaron, y así consiguieron ventaja en cada área geográfica en la que se extendieron;

(7) que a lo largo de estos desplazamientos, tanto en tiempos prehistóricos como históricos, nunca hubo seres humanos que no pertenecieran a la familia de Noé y sus descendientes;

(8) y finalmente, que esta tesis queda fortalecida por la evidencia de la historia, que demuestra que las migraciones siempre han exhibido la tendencia a seguir estas pautas, que han ido frecuentemente acompañadas de ejemplos de degeneración tanto a nivel individual como de tribus enteras, y que generalmente resulta en el establecimiento de una dinámica general de relaciones culturales que son paralelas con las que la arqueología ha revelado en la antigüedad.

Con respecto a Génesis 10, a mi parecer la etnología moderna muestra una tendencia más bien constante hacia su confirmación. Sin embargo, no veo razón alguna para esperar que la etnología vaya a buscar nunca avanzar usando como base esta Tabla como fundamento de trabajo. Pero tengo todas las razones para creer que cuando sepamos suficiente, veremos que nunca ha habido necesidad de avergonzarnos de confiar en ella como guía del pasado. Solo tenemos que dar tiempo al tiempo.


 

 



Capítulo 1

 

La Tabla de las Naciones: Un documento singular


A

 CIERTAS personas las fascinan las genealogías. A cualquiera que haya estudiado la historia de forma amplia y profunda, sirven a un propósito similar al de los mapas para los que han viajado amplia y profundamente por un país. El historiador examina las genealogías como el viajero examina sus mapas. Las unas y los otros proporcionan conocimientos de relaciones y una especie de marco estructural donde identificar mucho de lo que ha capturado la imaginación. Como observó Kalisch,[3] «La más antigua historiografía se compone casi totalmente de genealogías; con la mayor frecuencia constituyen el medio para explicar la relación y el linaje de tribus y naciones», con la inserción, donde sea apropiado, de breves notas históricas como las que tienen que ver con Nimrod y Peleg en Génesis 10. También los mapas tienen estas pequeñas «notas».

Aunque las genealogías de la Biblia suelen ser tratadas con mucho menos respeto que las secciones más estrictamente narrativas, son sin embargo dignas de un cuidadoso estudio, y se verá que proporcionan inesperadas «claves para la Sagrada Escritura». Y Génesis 10, «la Tabla de las Naciones», no es una excepción.

Pero las opiniones han diferido enormemente acerca de su valor como documento histórico. Su valor en otros respectos, por ejemplo, como indicación de lo intensamente consciente que era su autor de la verdadera hermandad del hombre —lo que es una circunstancia sumamente excepcional en su propia época—, se admite de forma universal. En contraste a esto, el desacuerdo acerca de su valor histórico no se limita a escritores liberales enfrentados a evangélicos, sino que existe de una manera igualmente clara entre escritores dentro de estos campos opuestos. Para exponer dos opiniones representativas de entre las filas de académicos muy liberales de hace medio siglo, podemos citar a Driver, que escribió:[4]

Así, es evidente que la Tabla de las Naciones no contiene ninguna clasificación científica de las razas de la humanidad. Y no solo esto, sino que no ofrece ningún relato históricamente cierto del origen de las razas de la humanidad.

 

Y en contraste a esto, tenemos la opinión del muy famoso Profesor Kautzsch de Halle que escribió:[5]

La llamada Tabla de las Naciones permanece, según todos los resultados de las exploraciones de los monumentos, como un documento etnográfico original de primera categoría e insustituible.

Sin embargo, la divergencia de opinión entre los evangélicos tiende a manifestarse no acerca de la historicidad de esta antigua Tabla, sino más bien acerca de su inclusividad. La cuestión que se suscita es si debemos o no comprender que la Escritura quiere comunicarnos que esta genealogía nos proporciona los nombres de los progenitores de toda la población humana del mundo, incluyendo los grupos raciales negroides y mongoloides; o si nos proporciona solo una declaración resumida de las relaciones de aquellas naciones que el escritor conocía personalmente o por rumores. Al mismo tiempo, hay poco desacuerdo entre los evangélicos acerca del hecho fundamental de que todos los hombres, sin excepción, deben ser seguidos en último término hasta Adán.

En este capítulo se propone considerar la Tabla como un todo con respeto a su valor, importancia y singularidad entre los registros similares de la antigüedad, y examinar su estructura y su fecha.

Esto irá seguido en el segundo capítulo por un cuidadoso examen de una rama de la raza, los jafetitas, con el propósito de exponer cuán razonable resulta este registro allí donde tenemos suficiente información para valorarlo de forma detallada. La suposición que se puede hacer de forma apropiada en base a este estudio es que el resto de la Tabla resultaría ser igualmente auténtica e iluminadora de la historia etnológica, si tuviésemos disponible la misma cantidad de información detallada acerca de la identidad de los nombres que aparecen que la que tenemos de la familia de Jafet.

En el tercer capítulo exploraremos la evidencia procedente de la literatura coetánea que de forma no intencionada apoya las implicaciones de la Escritura: esto es, que como todos los pueblos del mundo derivan de la familia de Noé, allí donde encontramos grupos humanos en el mundo tienen que haber emigrado en último término del lugar de donde se dice que el Arca se posó en tierra, y que esta presuposición se debe aplicar igualmente al hombre histórico que al prehistórico. En otras palabras, aquí tenemos la Cuna de la Humanidad y aquí tenemos el punto focal de toda la posterior dispersión de todos aquellos que pertenecen a la especie Homo sapiens.

Nuestra conclusión es que esta Tabla de las Naciones es un documento singular y de un incalculable valor que hace una afirmación justificable de inclusión de toda la raza humana, y que nos proporciona atisbos de las relaciones de los grupos humanos más tempranos conocidos, y que nos serían totalmente desconocidas si careciésemos de Génesis 10.

Valor intrínseco y concepto subyacente de la Tabla

Las opiniones acerca del valor de esta Tabla varían enormemente. En 1906, James Thomas, en lo que él califica de investigación crítica,[6] dice simplemente: ¡«Es cosa cierta que toda la lista carece de valor alguno»! El célebre S. R. Driver no es tan negativo en sus pronunciamientos, pero el efecto final de sus palabras es muy similar. En su comentario sobre Génesis dice:[7]

El propósito de esta Tabla es en parte el de exponer cómo los hebreos suponían que las principales naciones que conocían se relacionaban entre sí, y en parte el de asignar a Israel, de forma particular, su lugar entre ellas ...
     Los nombres no deben tomarse en ningún caso como si fuesen los de personas reales ...
     El verdadero origen de las naciones que se enumeran aquí, que pertenecen en muchos casos a tipos raciales totalmente diferentes —semitas, arios, hititas, egipcios— tiene que remontarse a eras prehistóricas remotas de las que podemos tener la seguridad de que no se podrían haber preservado ni los más débiles recuerdos para el tiempo en que se escribió este capítulo. Las naciones y las tribus existían: y posteriormente se propusieron antecesores imaginarios con el propósito de exhibir de forma gráfica las relaciones que se les suponía entre ellas.


     Un ejemplo exactamente paralelo, aunque no tan elaborado, es el que nos dan los antiguos griegos. El nombre general de los griegos era helenos, y sus principales subdivisiones eran los dorios, los eolios, los jonios y los aqueos; y con ello los griegos remontaban su linaje hasta un antecesor supuestamente epónimo Heleno, que tuvo tres hijos, Doro y Eolo, los supuestos antecesores de los dorios y de los eolios, y Juto, que tuvo dos hijos, Ión y Aqueo, de quienes se supone que descendieron los jonios y los aqueos, respectivamente. 

Este extracto de la obra de Driver suscita diversas cuestiones. Para empezar, a la vista del respeto constantemente creciente que se está otorgando a las antiguas tradiciones, bien podría ser que el paralelismo que este erudito autor ha propuesto con bastante cinismo, bien lejos de ser un testimonio en contra de la Tabla, podría ser en realidad un testimonio en su favor. La contraparte griega puede que no sea en absoluto un invento de algún historiador antiguo, sino una declaración de hecho. A fin de cuentas, la gente no suele inventarse antecesores. Los nombres de los progenitores son de gran importancia para cualquier pueblo que tenga poca o ninguna historia escrita, porque estos nombres son los puntos de amarre sobre los que fijan los grandes acontecimientos de su pasado.

Driver adopta una suposición adicional igualmente injustificada: que el recopilador de esta Tabla estaba escribiendo una especie de historia ficticia con la intención deliberada de dar a su propia nación, los israelitas, una antigüedad igual a la de las grandes naciones a su alrededor. Por cuanto, como veremos, la Tabla no da en absoluto ninguna evidencia de haber sido escrita con propósitos propagandísticos, Driver parece estar leyendo en el registro más de lo que se puede justificar. Se trata más bien de erigir un hombre de paja para poderlo derribar con verbosidad erudita.

Una tercera cuestión —y esta tiene gran importancia— es que Driver supone que la única fuente de información que tenía el escritor era su propia fértil imaginación y las tradiciones de su tiempo —ignorando totalmente la posibilidad de que Dios hubiera cuidado de forma providencial que toda la información necesaria para recopilar esta Tabla quedase preservada por uno u otro medio. Uno solo tiene que hacer lo que a fin de cuentas es una suposición razonable para un cristiano, esto es, que Dios tuviera un propósito específico para incluir una Tabla de Naciones en este punto en la redacción de la Sagrada Escrit ura. Y al menos una parte de este propósito queda bien evidente, y se examinará más adelante.

Pero la opinión de Driver acerca del valor y de la importancia de este documento no fue compartida por escritores posteriores que vivieron el tiempo suficiente para ser testigos de la enorme expansión de nuestro conocimiento de la historia del Medio Oriente, en parte como resultado de estudios lingüísticos, y más recientemente todavía gracias a descubrimientos de antropólogos físicos, que están recuperando algunas importantes líneas de migraciones en tiempos «prehistóricos».

Antes de pasar a considerar estos hallazgos, puede que valga la pena observar que el valor de un documento puede cambiar con el paso del tiempo, de modo que no se hace más valioso o menos valioso, sino más bien valioso de una forma totalmente nueva. Hay un sentido en el que Génesis 10 retiene su singular valía como el primer documento en proclamar la unidad del Hombre, así como la Carta Magna fue el primer documento en proclamar la igualdad del Hombre. Decir, como dijo Thomas, que este documento carece de valor, revela una extraordinaria estrechez de miras, al hacer la suposición de que el único valor que puede tener un documento es su empleo como fuente de información para el historiador. La veracidad histórica es una clase de valor, pero hay además otros valores.

Sin embargo, no se debería suponer ni por un momento, con esta declaración, que estamos cediendo acerca de la historicidad de este capítulo a fin de establecer su valor sobre otra base. El hecho es, tal como trataremos de exponer, que siempre que sus declaraciones pueden ser puestas a prueba de forma suficiente, Génesis 10 resulta completamente exacto —y ello a menudo allí donde, en el pasado, se había considerado como más equivocado. Este proceso de constante vindicación ha servido para establecer para el mismo una segunda clase de valor, esto es, que lo mismo que cualquier otra sección de la Escritura que ha sido igualmente desafiada y luego vindicada por la investigación, contribuye ahora como testimonio de la fiabilidad de estas antiguas secciones de Génesis, sobre cuya veracidad depende tanto de nuestra fe.

Además, es muy difícil concebir el registro de Génesis, que conduce el hilo de la historia desde Adán hasta las épocas dotadas de documentos monumentales, sin alguna especie de Tabla para exponer lo sucedido con la familia de Noé, y cómo se llegó a poblar el resto del mundo después del diluvio, además del Medio Oriente. Así, la Tabla pasa a formar una parte esencial de la Escritura en sus secciones más tempranas, no meramente para dar satisfacción a nuestra natural curiosidad, sino para establecer el hecho de que todos los hombres son de una sola sangre, descendencia del primer Adán, y susceptibles de redención por la sangre de un Hombre, el Segundo Adán.

Así, la Tabla sirve a tres propósitos. Proporciona un capítulo esencial en la documentación temprana de Génesis, dando una visión global de lo sucedido al expandirse la población por el mundo. Une toda la raza humana en una sola familia sin dar la menor sugerencia de que ninguna rama particular de esta familia tenga preeminencia sobre otra —un logro descollante. Finalmente, como documento puramente histórico, proporciona atisbos de las relaciones entre grupos humanos que solo en la actualidad se están pudiendo obtener por otros medios, con lo que añade su testimonio a la fiabilidad del registro de Génesis.

Acerca del primero de estos logros, Dillmann tuvo esto que decir:[8]

Egipcios y fenicios, asirios y babilonios, e incluso los indios y persas, tenían una cierta medida de conocimiento geográfico y etnológico antes que comenzase una investigación más estrictamente científica entre los pueblos clásicos. De algunos de estos, como los egipcios, asirios, babilonios y persas, nos han llegado exploraciones o enumeraciones de los pueblos que les eran conocidos, e intentos de elaboración de mapas, en los memoriales escritos que han dejado en pos de ellos. Pero, como regla, por lo general no se presentaba mucha atención a los extranjeros, a no ser que hubiera intereses nacionales y comerciales en juego. A menudo se les despreciaba como meros bárbaros, y en ningún caso se les incluía con las naciones más cultas en una unidad superior.
     Con nuestro texto sucede lo contrario. Aquí se da consideración a muchos con los que los israelitas no tenían ninguna clase de relación específica. . . .

Estamos tan familiarizados con la idea de la fraternidad del hombre que la damos por descontada como un concepto aceptado por todas las razas en todos los tiempos a través de la historia. Ocasionalmente observamos en nosotros mismos una cierta vacilación respecto a acordar a otras naciones que no comparten nuestros valores culturales la plenitud de condición humana que acordamos a miembros de nuestra propia sociedad. Pero estos sentimientos se suelen esconder tanto como es posible, porque lo apropiado, en la actualidad, es apoyar la heroica suposición de que «todos los hombres son iguales». Pero hay ocasiones en las que podemos dar rienda suelta a nuestros verdaderos sentimientos acerca de este extremo, como, por ejemplo, en caso de guerra. Si el escritor del décimo capítulo de Génesis era hebreo, es probable que en su caso los cananeos fuesen una subsección particularmente menospreciada y degradada de la raza humana, y que la tendencia hubiera sido la de ponerlos en una situación muy baja de la escala. Tenemos una analogía en la posición que los Nazis atribuyeron al pueblo judío. Para muchos alemanes de la era Nazi, los judíos no eran realmente seres humanos en absoluto. Por ello, es tanto más de resaltar que en esta Tabla de las Naciones los cananeos reciben una posición en el linaje del hombre junto a los descendientes de Eber, entre los que se encuentra el pueblo judío.

En su comentario, Kalisch observa que incluso la maldición sobre Canaán parece haber quedado olvidada, siendo que no aparece ni una sola insinuación en el registro para recordarla al lector. Al contrario, no hay ninguna otra tribu enumerada con un mayor detalle que la de Canaán (versículos 15-19). Como dice este erudito escritor: «Nada perturba la armonía de esta magna genealogía».[9]

A la vista de todo esto, es más bien cosa extraordinaria que Driver considere este documento como, característicamente, una pieza de propaganda judía.

Hay otra cuestión que vale la pena mencionar. Cuando una civilización alcanza un nivel muy elevado de desarrollo, puede llegarse a un más claro reconocimiento de que todos los hombres son hermanos de sangre. Sin embargo, en una comunidad pequeña y estrechamente relacionada que está luchando por establecerse, puede haber la tendencia a una actitud muy diferente. Entre los pueblos más primitivos existe el hábito de referirse a sí mismos (en su propia lengua, naturalmente) como «verdaderos hombres», y de referirse a todos los demás mediante algún término que claramente les niega el derecho a la condición humana. Así, los Naskapi se designan a sí mismos «Neneot», que significa «personas de verdad». Los Chukchee dicen que su nombre significa «hombres reales». Los hotentotes se llaman «Joi-Joi», que significa «hombres hombres». Los yaganes de la Tierra del Fuego (un lugar bien remoto) dicen que su nombre significa «hombres por excelencia». Los andamanes, pueblo que parece carecer incluso de los rudimentos de una ley, se refieren a sí mismos como los «Ong», que significa «Hombres». Todos estos grupos humanos se reservan estos términos solo para sí mismos. Es una señal de un estado cultural decadente cuando se adopta esta actitud, pero, a la inversa, cuando un pueblo adopta la actitud opuesta, se trata posiblemente de una señal de un estado cultural elevado. Así, cuando cualquier pueblo alcanza una etapa de desarrollo intelectual en la que concibe claramente que todos los hombres están relacionados de tal modo que les asegura la igualdad como seres humanos, entonces asume una cultura elevada, aunque los mecanismos de su civilización puedan dar la apariencia de una etapa baja de desarrollo. A partir de esto deberíamos inferir lógicamente que el escritor de Génesis era una persona con una elevada cultura. Desde luego, me parece que solo con un elevado concepto de Dios sería posible tal concepción del hombre, y por ello Génesis 10 parece constituir un testimonio de un orden muy elevado de fe religiosa. En último análisis, uno se podría plantear si es posible en absoluto mantener un verdadero concepto de la igualdad del hombre sin tener también un verdadero concepto de la naturaleza de Dios. Lo primero deriva directamente de lo último. La única base para atribuir a todos los hombres un mismo nivel de dignidad es el formidable hecho de que todas las almas tienen el mismo valor para Dios. Desde luego, no tienen el mismo valor para la sociedad.

Excepto si el patrón fundamental de referencia es el valor que Dios asigna a las personas, es totalmente irreal hablar de que todos los hombres son iguales. Consideremos el borracho que se revuelca en el fango, y que ensucia el aire con su verborrea soez, que confunde a sus hijos, que destruye su vida familiar, que ofende a sus amigos y perturba a todo su círculo social —¿cómo se puede decir que este hombre tiene el mismo valor que, por ejemplo, una columna de la comunidad, lleno de bondad hacia el prójimo? Evidentemente, aquí no hay igualdad alguna si la base de la valoración es la del hombre respecto al hombre, o del hombre respecto a su ámbito social.

Cualquier sociedad que valore a sus miembros por el valor que tenga hacia ella misma no está atribuyendo valor alguno a la persona individual, sino solo a sus funciones. Cuando estas funciones dejan de servir a un propósito útil, el hombre deja de tener ningún valor. Esta era la filosofía de Nietzsche —y la de Hitler. Es la filosofía lógica de todo aquel que contempla al hombre aparte de Dios. Es nuestra moderna filosofía de la educación, que destaca la capacidad personal y la tecnología, y que alienta a los hombres a hacer más que a ser. En contra de esta tendencia del hombre natural a «devaluarse» a la vez que supone que se está exaltando a sí mismo, la Biblia no podía hacer otra cosa que establecer en términos claros estos dos hechos complementarios: que Dios está interesado igualmente en todos los hombres, y que todos los hombres pertenecen a una familia, singularmente relacionada a través de Adán con el mismo Dios. El argumento, expuesto de esta forma, es un argumento también en favor de la inclusividad de la Tabla de Génesis 10. A no ser que sea inclusiva, a no ser que en último término tengamos aquí a la vista a toda la humanidad, y no solo aquellas naciones que resultaban conocidas por Israel, sería un capítulo fuera de contexto. A no ser que el propósito sea el de incluir a toda la raza humana, el propósito del capítulo queda en entredicho, y el mensaje de la Biblia queda incompleto. En tal caso nos quedamos solo con Hechos 17:26, que en esta cuestión, aunque da certidumbre a nuestros corazones, no ilumina nuestras mentes acerca del hecho al que se refiere.

Hay también un aspecto negativo en la cuestión de la autenticidad de este documento histórico. Si esta Tabla hubiera sido elaborada con propósitos de propaganda (para establecer la posición de Israel como de igual dignidad aunque sin compartir algunas de las glorias de las naciones alrededor) o si hubiera sido meramente obra de algún primitivo historiador que hubiera creado sus propios datos permitiéndose ciertas libertades, entonces es casi seguro que se hubiera manipulado de manera que se expusieran no solo la elevada posición de sus propios antecesores, sino la muy baja posición de los de sus enemigos. Con respecto a la primera tendencia, uno solo tiene que leer libros modernos de historia para discernir con qué facilidad se nos pueden presentar personajes de muy poco peso de forma que nos hagan enorgullecer de nuestra identidad nacional. En realidad, hay bien poca historia escrita que no sea en parte propaganda, aunque el autor mismo a menudo no sea consciente de ello. La cantidad de «primacías» que pretenden algunos historiadores nacionales para sus compatriotas es bastante asombrosa, y por lo general queda clara la nacionalidad a la que pertenece el autor mismo. En total contraste a lo dicho, sería difícil demostrar con certidumbre la nacionalidad del autor de Génesis 10. Suponemos que era hebreo, pero si se emplea la cantidad de atención que presta a cualquier linaje particular que menciona como clave de su identidad, pudiera haberse tratado de un jafetita, de un cananeo o incluso de un árabe. Esto es digno de mención y demuestra un gran freno de parte del autor, la clase de freno que sugiere la mano de Dios sobre él.

Con respecto a la segunda tendencia, el menosprecio de los enemigos propios, este capítulo hubiera sido desde luego una maravillosa ocasión para poner en su sitio a los aborrecidos amalecitas. Pero los amalecitas no son ni siquiera mencionados. Naturalmente, se podría argumentar que los amalecitas ni siquiera existían para la época de la redacción de este capítulo, suposición que yo considero como sumamente probable. Si este es el caso, se trata de un documento muy temprano, no tardío como Driver quisiera hacernos creer. En todo caso, el autor hubiera podido tratar de forma semejante a los cananeos.

Un aspecto adicional del tono de esta Tabla es la modestia de sus afirmaciones cronológicas. En tanto que los babilonios y los egipcios, en los «paralelos» que nos han llegado, extienden sus genealogías hasta extremos absolutamente increíbles —ocupando en algunos casos cientos de miles de años—, en Génesis 10 no aparecen estas pretensiones ni por implicación. La impresión que se tiene al leer este capítulo es que la expansión de la población fue bien rápida. Desde luego, todo resulta muy razonable. Este rasgo de la Tabla lo expone sucintamente de manera muy capaz Taylor Lewis, que observa:[10]

¿Cómo llegó esta cronología hebrea a presentar un ejemplo tal de modestia en comparación con las desorbitadas pretensiones de antigüedad hechas por todas las demás naciones? Sin duda alguna, los judíos tenían, como hombres, un orgullo nacional parecido, lo que les habría llevado a exagerar su edad sobre la tierra, y a darse miles y decenas de miles de años. ¿A qué se debe que esta nación cuyos registros se remontan a la mayor antigüedad es la que da la cuenta más baja de todas?
     La única respuesta es que mientras que otras naciones fueron abandonadas a sus imaginaciones sin freno, esta extraña nación de Israel quedó bajo una conducción providencial en esta cuestión. Un freno divino los retuvo de esta insensatez. Una santa reserva, procedente de una constante conciencia de la guía divina, les hizo sentir que «nosotros somos de ayer», mientras que la inspiración que controlaba directamente a sus historiadores les enseñó que el hombre había estado solo un breve tiempo sobre la tierra.
     Ellos tenían el mismo motivo que los demás para exagerar su cronología nacional; que no lo hayan hecho es una de las más poderosas evidencias de la autoridad divina de sus Escrituras.

En realidad, aquellos «paralelos» que existen en otras literaturas de la antigüedad no solo carecen completamente de la sobriedad de Génesis 10, sino que deben su existencia más bien al deseo de registrar conquistas notables que al de exponer ninguna filosofía filantrópica. Como bien ha dicho Leupold,[11]

Ninguna nación de la antigüedad tiene nada que ofrecer que tenga un paralelismo real con esta Tabla de las Naciones. Las listas babilonia y egipcia que parecen paralelas son meramente unos registros de naciones vencidas en guerra. Consiguientemente, el espíritu que impulsó la elaboración de estas listas es el completamente contrario al que aparece en la lista bíblica.

 Estos registros no pueden en realidad considerarse en absoluto como «paralelos». Como lo observó Marcus Dods:[12] «Esta Tabla etnográfica no es solo la descripción más antigua y fiable de las diversas naciones y de los diferentes pueblos, sino que no tiene paralelo alguno en su intento de exponer las relaciones entre sí de todas las razas de la tierra».

 

La estructura y el propósito de la Tabla

 

La estructura de las cosas está normalmente relacionada con el propósito al que tienen la intención de servir. Esto es de aplicación en el diseño en ingeniería, y es de aplicación a la fisiología. También es de aplicación a la literatura, trátese de novela, poesía, documentos legales o historia. Es también de aplicación a Génesis 10. Este documento tiene más de un propósito, pero está construido de forma que todos sus propósitos quedan servidos igualmente bien debido a la sencillez de su concepto.

El método, naturalmente, es presentar una serie de nombres, bien de individuos, bien de tribus enteras, o incluso de lugares, como si fuesen «personas» relacionadas por parentesco. Esto se hace de una manera simple y directa, siguiéndose diversas líneas por varias generaciones, con un comentario aquí y allá para proporcionar información adicional. Como consecuencia de la forma particular en que se ha desarrollado nuestro sentido de la «precisión» en la cultura de Occidente, encontramos difícil aceptar la idea de que si un hombre fundó una ciudad o una tribu, que este agregado de personas pueda con todo ser resumido en la persona del fundador, de modo que se les pueda designar con la misma propiedad como su descendencia. Así, en el versículo 15 se menciona inicialmente a Sidón como primogénito de Canaán, mientras que, para el versículo 19, Sidón es evidentemente la ciudad de este nombre. De manera similar, a Canaán se le menciona en el versículo 6 como hijo de Cam y posteriormente, en el versículo 16, como padre de diversas tribus que, desde luego, en el versículo 18, son designadas como sus familias. En los siguientes versículos el nombre hace referencia al territorio que ocupó, que se define geográficamente. Los occidentales consideramos esto como un uso muy libre del término «hijo», pero es la simplicidad misma cuando se trata de establecer los orígenes. Como lo expresó Dillmann:[13]

En la descripción que se hace de esta idea fundamental de la relación de todos los pueblos y hombres, cada pueblo en particular es concebido como una unidad que se resume en la influencia de su antecesor y que queda impregnada de la misma.

 Aunque Dillmann no desarrolla la implicación de su observación tocante a la persistencia del carácter de un individuo en sus descendientes, de modo que la observación aparece casi como una observación casual, en la consideración del propósito de la genealogía (en lo que se refiere a su estructura) será bueno desarrollar algo más esta implicación antes de volver a un examen más detallado de la estructura misma.

El centro de interés aquí es que hay un sentido en el que el carácter de un antecesor puede, por un breve tiempo, y ocasionalmente por mucho tiempo, influir en los caracteres de sus descendientes. Sir Francis Galton,[14] entre otros, fue de los primeros en aplicar el análisis estadístico a datos sociológicos en un intento por demostrar la existencia del genio hereditario. No está claro en la actualidad si tales rasgos están relacionados genéticamente o si son resultado de circunstancias; por ejemplo, un famoso abogado puede inclinar a sus hijos a seguir en sus pasos y puede dotarlos de una ventaja por su asociación con ellos, por su influencia en el mundo, y por su acumulación de medios y de ayudas técnicas. Lo mismo puede suceder en la práctica de la medicina. De forma parecida, las circunstancias pueden resultar en un prolongado linaje de grandes actores. Es posible que en el ámbito de la capacidad artística se dé una mayor medida de influencia genética.

La idea de que un «padre» determina en un grado significativo el carácter de sus descendientes durante varias generaciones subyace a cierta clase de declaraciones que aparecen tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Jesús se refirió a sus más acerbos enemigos como a «hijos del diablo» o «hijos de Belial», rechazando enfáticamente la pretensión de ellos de ser «hijos de Abraham». El término mismo de «hijos de Israel» vino a significar algo más que ser meros descendientes de Jacob. El Señor se refirió a Natanael como un «verdadero israelita», haciendo referencia a su carácter, no a su linaje. En este contexto, es importante prevenirse contra la suposición de que los «hijos» de un antecesor solo perpetuarán los elementos indeseables de su carácter. Creo que la historia demuestra que existe lo que se denomina un «carácter nacional»,[15] que aparece de manera clara al principio en un individuo solitario, y que reaparece en sus hijos y nietos con una intensidad suficiente para resultar en la formación de una pauta de conducta generalizada que después tiende a reforzarse y a perpetuarse al extenderse la familia de tribu a nación. Allí donde aparentan existir diferencias en el carácter nacional, no se implica con ello que haya una superioridad intrínseca de una clase sobre otra. Estamos argumentando acerca de la existencia de diferencias, no de superioridades. En conjunto, todos nos parecemos mucho. Esto es de importancia fundamental.

La posibilidad de que esta idea no sea extraña a las Escrituras ya la observó el doctor R. F. Grau, que comentó, ya hace más de 80 años:[16]

El propósito del documento que estamos considerando es no tanto el de llamar la atención mediante estos nombres a tres personas individuales (Sem, Cam, Jafet) y distinguirlos entre sí, como observar las características de las tres razas y de sus respectivas tendencias naturales.

 En la actualidad es costumbre dividir la población del mundo en tres líneas raciales: los caucásicos (esencialmente, el hombre blanco), los negroides y los mongoloides. Es sumamente difícil definir de forma eficaz las características distintivas de cualquiera de estas tres, aunque pudiera parecer de otro modo. Los negroides se suponen negros, pero los aborígenes australianos no son negroides, aunque son igual de negros. El cabello negro lacio, los ojos castaños «inclinados», el pliegue epicántico y otros rasgos comúnmente aceptados como característicamente mongoloides, se pueden observar con frecuencia en personas clasificadas como caucásicas. Repitámoslo: aunque todo el mundo cree que es fácil distinguir entre los tres grupos —y en la mayoría de los casos es así—, es prácticamente imposible escribir una descripción a toda prueba que delimite la pertenencia de qué tribu o nación dentro de qué grupo. Sin embargo, hay una forma en que se podría hacer —especialmente si limitamos nuestra perspectiva a un período muy anterior de la historia, en el que la mezcla racial no habría ido muy lejos—, y es la de seguir a los representantes verdaderos más antiguos de cada tribu hasta sus antecesores conocidos y establecer mediante alguna clase de árbol genealógico las relaciones de estos antecesores. Contemplado bajo esta luz, el método de Génesis 10 es probablemente la única forma válida de proceder.

En esta Tabla nos encontramos una vez más con tres grupos humanos, los descendientes de Sem, Cam y Jafet. Pero estos tres grupos no se corresponden con la actual clasificación de las razas, porque en esta Tabla se hace evidente que los negroides y los mongoloides quedan clasificados como una familia, y que la trilogía queda reconstituida al establecer a los pueblos semitas como una clase en sí misma. De modo que tenemos a los jafetitas, que para nuestros propósitos pueden ser identificados fácilmente con los caucásicos, indoeuropeos u hombre blanco; los camitas, que incluyen las ramas negroide y mongoloide, esto es, las llamadas razas de color; y los semitas, que comprenden tanto el pueblo hebreo (antiguo y moderno) como los árabes y unas pocas naciones que fueron poderosas en el pasado, como los asirios y babilonios. Este es un bosquejo muy apresurado, pero servirá por el momento hasta que pasemos a examinar los detalles de la Tabla de forma más específica.

Ahora bien, es mi firme creencia que Dios ha dotado a estos tres grupos —a los que desde ahora designaremos normalmente como jafetitas, camitas y semitas— de ciertas capacidades y aptitudes que, cuando han sido ejercitadas de forma apropiada, han aportado una singular contribución en el desarrollo histórico total de la humanidad, y que cuando han podido tener una expresión plena de cooperación a lo largo de una sola época, han llevado invariablemente a la emergencia de una elevada civilización.

Este tema ha sido explorado hasta cierto punto por este autor, y fue la base de una tesis aceptada de doctorado.[17] Se presenta de una forma bosquejada en la Parte 1 del volumen Noah’s Three Sons, «Shem, Ham, and Japheth in Subsequent World History [Sem, Cam y Jafet en la posterior historia universal]», y en un aspecto crítico del mismo se examina con un cierto detalle en la Parte IV, «The Technology of Hamitic People [La tecnología de los pueblos camitas]».

Expresada de forma sucinta, mi tesis es como sigue: que la humanidad, considerada tanto a nivel de individuos como a nivel de especie Homo sapiens, tiene una constitución que busca satisfacción en tres direcciones:[18] en lo físico, en lo intelectual y en lo espiritual. Hay personas que viven casi solo para lo físico; a menudo nos referimos a ellos como «los que viven para comer». Hay personas que viven casi enteramente en el ámbito intelectual, y que se perderán una comida para comprar un libro. Hay personas para las que las cosas del espíritu son completamente prioritarias. Estas personas a menudo se separan en un «retiro» permanente, y durante una gran parte de la historia del cristianismo han constituido una clase. La mayoría de nosotros vivimos probablemente en estos tres ámbitos con un énfasis aproximadamente igual, dependiendo de las circunstancias del momento.

Una exploración de la historia con este pensamiento en mente, aplicado a naciones o a razas y no a individuos, revela que los jafetitas han originado los grandes sistemas filosóficos; los pueblos semitas los grandes sistemas religiosos, verdaderos o falsos; y, por sorprendente que pueda parecer para los que no están familiarizados con la evidencia, los camitas han proporcionado al mundo la base de casi cada avance tecnológico. Este no es el momento ni el lugar para intentar demostrar esta tesis, porque ya se ha emprendido en los dos artículos que se mencionan más arriba. La magnitud de la evidencia de ello es desde luego notable, aunque lo es tanto más porque solo en años recientes se ha llegado a reconocer hasta cierto punto la deuda que tiene contraída el hombre blanco con el hombre de color. Se están haciendo constantemente nuevos descubrimientos como resultado de la continua investigación sobre el origen de las invenciones, y dichos descubrimientos respaldan la observación que aquí se hace y ello de formas totalmente inesperadas.

Cuando la inclinación a la filosofía, que se originó con los griegos y arios y que fue sucesivamente elaborada por el hombre occidental, se unió finalmente al genio técnico de los pueblos camitas en África, Asia y el Nuevo Mundo, surgió el moderno fenómeno de la Ciencia, unión que fructificó prodigiosamente. Pero la tendencia, cuando la unión de estos dos factores es más fructífera, es que aparezca una especie de civilización deshumanizada. El verdadero y necesario componente espiritual fue proporcionado inicialmente por los semitas, y posteriormente por su descendiente espiritual directo, la iglesia cristiana. Sin este componente espiritual la civilización corre peligro de aniquilar al hombre como individuo con valor propio. Sin la contribución camita, la contribución jafética no llevaba a ninguna parte —como en Grecia. Sin la contribución de Jafet, la contribución de Cam se estancaba en el mismo momento en que los problemas prácticos inmediatos de supervivencia quedaban resueltos de manera suficiente. Esta clase de estancamiento puede ilustrarse con la historia de algunas de las grandes naciones de la antigüedad, como los egipcios. Estas interacciones se examinan en otros artículos, pero el punto importante que se debe resaltar en este contexto es que las diversas contribuciones de las varias naciones y tribus no aparecen como contribuciones realizadas por ninguna «familia» a no ser que uno tenga la clave de estas relaciones de familia, clave que nos proporciona Génesis 10. Dada esta clave, y admitiendo que se trata de un registro histórico fidedigno, estos tres componentes para una elevada civilización —el tecnológico, el intelectual y el espiritual— se ven repentinamente bajo una nueva luz cuando se llega a conocer qué grupo humano particular aportó la contribución más fundamental en cada área. La morada de Jafet en las tiendas de Sem, es decir, la ocupación por parte de Jafet de una posición que originalmente pertenecía a Sem; el quitar un reino a este último para darlo al primero, todas estas frases bíblicas asumen un nuevo sentido. En breve, Génesis 10, al dividir a toda la raza en tres familias de una forma que no se ajusta a los conceptos modernos de agrupamientos raciales, no queda por ello desacreditado, sino que resulta fundamentado en un conocimiento mucho más claro del marco histórico. A mi modo de ver, no hay duda alguna de que cuando contemplamos la historia como Dios la contempla en su totalidad y al final del tiempo, descubriremos que esta Tabla constituía una clave fundamental para su significado; y, vale la pena insistir en ello, sirve a este propósito debido a que tiene una estructura que no concuerda con los modernos intentos de redefinir las interrelaciones de los pueblos del mundo.

Ahora será oportuno hacer algunas reflexiones acerca de los aspectos más mecánicos de su estructura. En primer lugar, se puede observar que la división de la humanidad en tres familias básicas no se derivó de tradiciones que mantuviesen las naciones vecinas de Israel o dentro de su ámbito, porque estas naciones no poseían ninguna tradición en este sentido. Los egipcios se distinguían de los demás pueblos sobre la base del color, y clasificaban a los asiáticos como amarillos, a los libios como blancos, y a los negros como tales.[19] Pero en esta Tabla de Naciones los llamados pueblos de color no se distinguen entre sí (por ejemplo, los negros de los amarillos), sino que se clasifican, si mi comprensión del texto es correcta, dentro de un solo grupo familiar. Y aunque es cierto que el nombre de Cam, que significa «oscuro», puede tener referencia al color de la piel —igual que la palabra «Jafet» puede referirse a una persona de piel clara—, este principio no se mantiene de forma global, porque al menos algunos de los descendientes de Cam eran de piel clara. Desde luego, según Dillmann, en tiempos antiguos existían etíopes de piel clara junto con los más conocidos etíopes de piel negra.[20] No hay indicación alguna de que los hititas fuesen negros, y este es probablemente el caso de los descendientes de Sidón, etc. En cambio, los cananeos y los sumerios (ambos descendientes de Cam) se referían a sí mismos como hombres «de cabeza negra»[21] —designación que parece tener que ver más probablemente con el color de la piel que el del pelo, porque de todos modos casi todos los pueblos de esta región tienen el cabello negro, y ello dejaría sin sentido una distinción por el color del cabello.




Fig. 1. Las probables rutas de las migraciones al poblarse el mundo al principio.



Soy consciente, sin embargo, de que es costumbre en las reconstrucciones basadas en restos esqueletales representar a los sumerios como cualquier cosa menos negroides. Pero esto no puede presentarse en contra de nuestra teoría, porque, como ya hemos observado con respecto a los aborígenes australianos, no todos los pueblos de piel negra son de rasgos negroides, y si dependiésemos solo de los restos esqueletales de estos aborígenes, sin representantes vivientes para ilustrarnos, no tendríamos forma alguna de saber que eran de piel negra. Lo mismo se puede aplicar a los sumerios y a los cananeos. Hay poca duda de que el pueblo sumerio y el de la cultura del Valle del Indo estaban emparentados.[22] Las descripciones del pueblo del Valle del Indo en la antigua literatura aria indican que eran de tipo negroide.[23] La famosa «Niña Bailarina» del Valle del Indo es desde luego negroide, y es igualmente evidente que los genes para la piel negra siguen formando un componente mayoritario en el fondo genético de la actual población india. En su obra Races of Europe,[24] Coon tiene una sección con materiales descriptivos dedicada casi íntegramente a los muchos tipos raciales que han contribuido a la actual población europea. Al referirse a los gitanos y a los mediterráneos de piel olivácea, incluye dos fotografías de un joven con una apariencia claramente «negroide», y comenta así:

De mucha mayor antigüedad fuera de la India tenemos el tipo mediterráneo de piel olivácea [en la foto, casi negra], de ojos negros y pelo lacio que aparece con cierta frecuencia en el Irán meridional y por las costas del Golfo Pérsico. Este joven marinero de Kuwait servirá de ejemplo. El origen y la filiación de este tipo todavía no se han explicado del todo.

 Cosa interesante, una ilustración adicional del sur de Arabia muestra a un joven que, según dice Coon, «excepto por el color claro de la piel no expuesta ... podría pasar por un aborigen australiano». El uso de la palabra «no expuesta» me hizo pensar inevitablemente en la reacción de Cam ante su padre desnudo. Porque si Cam era totalmente oscuro, puede haber pensado que su padre también lo era, y su sorpresa al descubrir que no era así pudo haberle hecho olvidar su deber filial. En todo caso, está claro que en esta área del mundo, que en el pasado había estado ocupada por los sumerios, sigue habiendo en la población evidencias «inexplicables» de un componente de piel muy oscura. Todas estas líneas de evidencia apoyan la postura de que los sumerios pueden haber sido un pueblo de piel negra.

Estas tres familias no se distribuyen tampoco sobre la base del lenguaje. Una vez más, es perfectamente cierto que los hijos de Jafet, en cuanto han dado origen a los indoeuropeos, parecen pertenecer a una sola familia lingüística. Lo mismo se podría decir de los semitas. Pero cuando llegamos a los descendientes de Cam nos encontramos con dificultades, porque parece que en tiempos históricos los cananeos, filisteos y muchos cusitas hablaban lenguas semitas, mientras que los hititas (también camitas, a través de Het) pueden haber hablado una lengua indoeuropea. El problema con la evidencia lingüística en este caso es que realmente aparece en una época histórica demasiado tardía para ser decisiva.

Se ha sugerido que la disposición de la Tabla fue dictada sobre bases geográficas: por ejemplo, que los hijos de Jafet se extendieron en una dirección —más o menos hacia el norte y el oeste—, mientras que los hijos de Cam tendieron hacia el sur y el este, y los hijos de Sem se mantuvieron más cerca del centro. Sin embargo, esto convertiría al documento en algo así como una declaración profética, porque una dispersión así no tuvo lugar hasta un tiempo posterior —a no ser, naturalmente, que se asigne a este documento una fecha tardía, extremo este que se considerará más adelante. Hay evidencia de que el escritor sabía solo que algunos de los descendientes de Cam habían entrado en África, que una gran parte de los descendientes de Sem se habían asentado en Arabia, y que Jafet no estaba todavía muy hacia el norte, aunque se estaba extendiendo por las riberas del Mar Negro y el Mediterráneo. De hecho, la descripción que se da indica un Cus muy cercano, lo que no es el caso cuando se encuentra posteriormente a Cus en Etiopía. Así, aunque la Tabla reconoce, como así debía ser, que ya había sucedido una cierta dispersión en la que los miembros de cada familia habían migrado en una dirección más o menos parecida, este conocimiento no formaba la base el fundamento de la triple división, sino que más bien procedía de ella.

En tanto que el escritor admite que su genealogía emplea no meramente los nombres de personas, sino también de lugares y familias, y que incluso hace a veces uso del lenguaje como guía, parece bastante claro que la estructura de su Tabla depende en último término de una verdadera comprensión de las relaciones originales de los padres fundadores de cada línea con sus descendientes más notables y entre sí. A mi modo de ver, la misma estructura de la Tabla predica esta clase de conocimiento de los hechos. No se puede explicar sobre ninguna otra base la circunstancia de que durante siglos ciertas declaraciones hayan parecido claramente contrarias a la evidencia, y que solo al hacerse una mayor luz ha resultado que la Tabla ha demostrado ser perfectamente correcta cuando ha sido sometida a una prueba apropiada.

El uso de un árbol genealógico que no demande servilmente que solo se incluyan personas individuales, sino que permite la inclusión de ciudades que fundaron, de tribus en las que se desarrollaron, y de distritos que ocuparon, proporciona un método simple, directo y conciso para establecer el Origen de las Naciones.

La Fecha de la Tabla


Llegamos, por fin, a la cuestión de la fecha de este documento. Ya habrá quedado claro que, en nuestra opinión, no es en absoluto «tardía» en el sentido en que los Altos Críticos han comprendido el término. Si fue redactada muchos siglos después de los acontecimientos que se describen, ha evitado anacronismos y ciertos errores, lo que haría de ella una pieza maestra de la falsificación. El supuesto falsificador ha evitado tan cuidadosamente esta clase de errores que parece mucho más simple y razonable suponerlo coetáneo de los acontecimientos terminales que describe en el capítulo.

Entre las líneas de prueba que respaldan poderosamente una fecha temprana para este documento, las siguientes tienen gran peso: (1) el pequeño desarrollo de los pueblos jaféticos, (2) la posición de Cus a la cabeza de la familia camita, (3) la mención de Sidón pero no de Tiro, (4) la referencia a Sodoma y a Gomorra como todavía existentes, (5) la gran cantidad de espacio dado a los joctanitas, (6) la interrupción de la línea hebrea en Peleg, y (7) la ausencia de cualquier referencia por nombre a Jerusalén.

Consideremos estos puntos por orden.


(1) El pequeño desarrollo de los pueblos jaféticos. Los descendientes de Jafet fueron grandes colonizadores y exploradores que se extendieron alrededor del Mediterráneo y al norte en Europa, y hacia el este a Persia y el Valle del Indo en una fecha bastante temprana. Pero esta Tabla los contempla asentándose solo en Asia Menor y a lo largo de la línea costera inmediata del Mediterráneo.

Además, se hace mención de Javán, a quien indudablemente se deben remontar los jonios, pero no encontramos mención alguna de aqueos ni de dorios asociados con él, ni de frigios con Askenaz. Sin embargo, uno solo tendría que avanzar el marco temporal unos pocos siglos para hacer inconcebibles estas omisiones. Por ejemplo, según Sir William Ramsay,[25] Homero, que escribió alrededor del 820 a.C. o incluso antes (Sayce mantiene la fecha de 1000 a.C.), desarrolló un amontonamiento de cosas viejas y nuevas cuando presentó a Ascanio como aliado de Príamo y Troya y como enemigo de los aqueos. O bien el autor de Génesis 10 desconocía los acontecimientos posteriores porque vivió antes de ellos, o bien tuvo un cuidado extraordinario para evitar la más ligera indicación de anacronismo. Por ejemplo, implica que Javán, hijo de Jafet, habitó en Asia Menor y en las tierras costeras de Grecia en tiempos muy tempranos. Sin embargo, no existe, me parece a mí, ninguna traza de estos antiguos jonios durante los tiempos «históricos» de Grecia e Israel, sino solo la supervivencia del nombre en uno de los estados griegos.

(2) La posición de Cus a la cabeza de la familia camítica. Ha sido costumbre asignar esta Tabla a una fecha tan tardía como el siglo sexto a.C. Pero ningún escritor de esta época se habría referido a ninguna parte de Babilonia como tierra de Cus, porque para este entonces Cus se empleaba exclusivamente para una región bien diferente, esto es, Etiopía. Si el escritor hubiera estado intentando hacer pasar una pieza de historia-ficción, habría desde luego añadido como paréntesis que no se estaba refiriendo a Etiopía en su contexto coetáneo. Por lo que se ve, no previó ni la más ligera confusión en la mente del lector, por cuanto el Cus etiópico no existía entonces.

(3) La mención de Sidón, pero no de Tiro. La omisión de Tiro entre los estados de Palestina es muy significativa, porque se presta atención a mencionar otras comunidades parecidas, como Gerar y Gaza entre otras.

Tiro tuvo una historia bastante dramática. Fundada alrededor del siglo 13 a.C., para el siglo 10 era el gran emporio comercial bajo Hiram. En el siglo 8 a.C. cayó bajo el poder de Asiria, fue asediada por los babilonios en el siglo sexto, y finalmente cayó bajo los persas en el 588 a.C. En el 332 a.C. fue otra vez totalmente sometida por Alejandro en una campaña clásica que forma parte del tema de otro artículo de la serie Doorway. [26]

En otras palabras, a partir del siglo 13, esta ciudad-estado produjo un gran impacto en el mundo, mientras que Sidón tuvo una importancia relativamente menor. Lo cierto es que los profetas que fueron en cualquier sentido coetáneos con Tiro dedicaron mucho tiempo a denunciarla (cp. Ezequiel 27, por ejemplo). Las dos ciudades, Tiro y Sidón, se mencionaban constantemente juntas, y en este orden —y Arvad (que también es mencionada en la Tabla) quedó eclipsada hasta la insignificancia ante el esplendor de Tiro.

La omisión de Tiro en esta temprana etnografía hebrea implica de forma clara que no había ascendido todavía a ninguna posición destacada —si es que existía en absoluto. Esto indica de cierto que al menos esta sección de la Tabla fue redactada antes que Hiram la llevase a la cima en el siglo 10 a.C.

(4) La referencia a Sodoma y a Gomorra como todavía existentes. A la vista de la espectacular destrucción de estas dos ciudades de la llanura del Jordán, es inconcebible que un escritor posterior las mencionase como existentes en aquel tiempo y que no hiciera ningún intento por informar al lector de lo que les había sucedido con posterioridad. Es, desde luego, más fácil creer que estaba escribiendo antes de su total desaparición, acontecimiento éste que antedata con mucho a Hiram de Tiro, y que se debe asignar probablemente a algún tiempo alrededor del siglo 17 a.C.

(5) El gran espacio que se dedica a los joctanitas. Si alguien fuese a recoger libros antiguos de historia acerca de la colonización de Norteamérica por el Hombre Blanco y de sus constantes relaciones en comercio y en guerra con las tribus indias americanas, uno encontraría continuamente nombres tribales como los ojibwas, hurones, senecas, crees, mohawks y cherokees. Pero los lectores actuales solo reconocerían unos pocos de estos nombres. Uno sospecha que los joctanitas fueron de forma análoga un grupo humano a la vez numeroso e importante en la antigua historia del Oriente Medio, particularmente en la historia de Arabia. Pero al cabo de unos pocos siglos, como mucho, alguna circunstancia había o bien reducido a muchos de ellos a una posición tribal insignificante, o los había unido de modo que sus existencias tribales individuales habían quedado diluidas. Si un escritor judío del siglo 6 a.C. hubiera reunido una lista de nombres como esta (incluso si los hubiera podido recobrar con alguna certidumbre), es probable que sus palabras hubieran ejercido bien poco impacto para sus lectores, para los que no hubieran significado mucho. En cambio, en un tiempo mucho más temprano, hubiera sido análoga a los escritos más antiguos en América, de los jesuitas, por ejemplo, o de Catlin. Que tiene una base histórica genuina se hace evidente por los nombres de los distritos o ciudades de Arabia que parecen ser claramente recuerdos de asentamientos mucho más anteriores. Cuando uno contrasta el detalle de esta sección (versículos 6–20) con la escasa información que se da acerca de la línea de Sem a través de Peleg, es difícil argumentar de forma convincente que la Tabla fuese una pieza de propaganda judía para favorecer sus propios antecedentes.

(6) La interrupción de la línea hebrea en Peleg. A la vista de la gran importancia asignada a la persona de Abraham como padre de pueblo judío, es ciertamente extraordinario que un escritor que pretenda presentar un relato del origen de las naciones, un escritor, recordemos, que se supone que es judío, haya descuidado totalmente indicar dónde se originó Abraham. Considerando que Abraham, sea como sea que se considere, tiene que haber sido una figura de una cierta importancia, siendo bien conocido antes de la destrucción de Sodoma y de Gomorra, la única conclusión que se puede extraer de esto es que el escritor no conocía su existencia debido a que todavía no vivía, o a que todavía no había alcanzado una posición destacada.

Esta impresión queda más reforzada al considerar que aunque Palestina se trata con un cierto detalle, con las ciudades y los territorios claramente delineados, hay una total ausencia de mención de los hebreos. Si el objeto de la Tabla era proporcionar al pueblo judío una prueba de una antigüedad tan impresionante como la de las naciones más destacadas a su alrededor como los egipcios (Mizraim, versículo 6), y Asiria (Asur, versículo 22), ¿no hubiera aparecido alguna mención de las glorias de su propia nación bajo Salomón?

(7) Y esto nos lleva a una observación final, esto es, la referencia a los jebuseos sin ninguna mención de la ciudad bajo el nombre más familiar de Jerusalén. Esta Tabla se ocupa de los nombres de los individuos, de las ciudades que fundaron, de las tribus a las que dieron origen y de los territorios en los que se asentaron. De estas categorías, los nombres de ciudades forman una parte muy destacada. Pero, en tanto que se hace mención de los jebuseos, su capital no se designa de forma específica, y la circunstancia que rodeó su cambio de nombre para convertirse en Jerusalén no recibe mención alguna. Esto sería análogo a una historia de la antigua Inglaterra en la que el autor, a la vez que menciona muchos asentamientos importantes, no haga mención de Londres ni de Winchester. Un historiador canadiense que hubiera vivido antes de la formación del Canadá Superior, si hiciera alguna referencia a un asentamiento en la desembocadura del río Humber en Ontario, pero sin ninguna mención del «Fangoso York», sería considerado como muy antiguo para el estándar canadiense. Si hubiera mencionado de pasada que a la gente de este asentamiento se la conocía como los «fangosos de York», habría razón para situarlo en una fecha de alrededor de 1800. Sin embargo, si no hiciese ninguna mención parentética de que la ciudad de York fue designada posteriormente con el nombre de Toronto, uno podría todavía suponer que desconocía esto y que había muerto antes que se realizase el cambio de nombre. Este sería particularmente el caso si a la vez hubiera hecho referencia meticulosa a otras poblaciones y ciudades importantes en la temprana historia del Canadá.

Me parece que la ausencia total de cualquier referencia directa aquí a una ciudad conocida específicamente como Jebús, e incluso de forma más importante a la misma ciudad como Jerusalén, constituye una clara indicación de que el escritor vivió solo el tiempo suficiente para completar un registro de acontecimientos exactamente como aparecen en esta antigua Tabla. Como muy tarde, si los anteriores argumentos tienen algún peso, no puede haber vivido hasta mucho más allá del siglo 20 o 19 a.C.

Pasamos en el siguiente capítulo a estudiar ciertas secciones representativas de esta Tabla etnográfica a fin de exponer hasta qué punto puede servirnos como guía de la historia antigua, por cuanto proporciona información y vínculos vitales que no tenemos disponibles de ninguna otra manera en nuestro actual estado de conocimientos.





Capítulo 2


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a familia de Jafet


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A GRAN mayoría de los que lean este capítulo formarán parte de la familia indoeuropea de naciones, de quienes se puede demostrar que el «padre» fue Jafet.[27] Por ello, es nuestra intención pasar más tiempo siguiendo a los descendientes de Jafet que a los de Cam o Sem, en parte porque, como resultado de los trabajos de otros en el pasado, tenemos una información considerablemente mayor acerca de esta línea en particular, y en parte porque lo que se puede decir acerca de los camitas y semitas no es solo menos en cantidad, sino que tiene quizá menos interés intrínseco para la mayoría de nosotros. Sin embargo, hay ciertas secciones de la línea camítica que estudiaremos de manera algo más atenta porque arrojan luz sobre la cuestión de si esta Tabla de Naciones es verdaderamente inclusiva o meramente selectiva, de si abarca a toda la humanidad o solo a una porción representativa.

Jafet:

Para empezar, es cosa bien sabida que el nombre de Jafet ha quedado preservado en ambas ramas de la familia aria, que se escindió en época muy temprana en dos divisiones principales y que se asentó en Europa y en la India. Los griegos, por ejemplo, se remontan a sí mismos a Japeto, nombre que es indudablemente el mismo, y que, cosa significativa, en griego no significa nada.[28] En cambio, sí que tiene significado en hebreo. En la obra Las nubes, de Aristófanes,[29] se hace referencia a Iapetos como uno de los titanes y padre de Atlas. Los griegos lo consideraban no meramente como el propio antecesor de ellos sino como el padre de la raza humana. Según la tradición de ellos, Urano y Gea (esto es, el cielo y la tierra) tuvieron seis hijos y seis hijas, pero de esta familia solo uno de ellos, llamado Japeto, tuvo descendencia humana. Se casó con Clímene, hija de Océano, que le dio un hijo llamado Prometeo y otros tres hijos. Prometeo engendró a Deucalión, y Deucalión engendró a Heleno, considerado el padre de los helenos o griegos. Si pasamos algo más adelante, veremos que Heleno mismo tuvo un nieto llamado Ión, y en la poesía de Homero los griegos se designan de forma común como jonios.

Al mismo tiempo, la rama india de esta familia aria también se remontaba al mismo nombre. En el relato indio del diluvio[30] se conoce a Noé como Satyaurata, el mayor de los cuales se llamaba Jyapeti. Los otros dos se llamaban Sharma y C’harma (¿Sem y Cam?). Al primero le asignó todas las regiones al norte del Himalaya, y a Sharma le dio el país del sur. Pero a C’harma lo maldijo, porque cuando en una ocasión en que el viejo monarca quedó accidentalmente embriagado con un licor fuerte hecho de arroz fermentado, C’harma se había reído de él.

Habiendo llegado a este punto, podemos hacer otras dos breves observaciones. La primera es que los griegos recordaban a tres hermanos, porque Homero pone estas palabras en boca de Poseidón:[31]

Tres somos los hermanos nacidos de Rea y de Cronos: Zeus, yo y el tercero Hades, que reina en los infiernos. El universo se dividió en tres partes para que cada cual imperase en la suya.

 El segundo es que, en el primitivo idioma ario, el título Djapatischta[32] significa «cabeza de la raza», título este que se parece sospechosamente a una corrupción de la forma original del nombre «Jafet». Aparte de estas pocas noticias, es poco lo que sabemos de Jafet, excepto que en hebreo su nombre significa probablemente «rubio».

Pero de sus hijos sabemos mucho más. Se da una lista de ellos en Génesis 10 como Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mesec y Tiras.

Gomer

Considerado desde una perspectiva etnológica, parece que Gomer fue con mucho el más importante de los hijos. A juzgar por historiadores antiguos como Herodoto, Estrabón y Plutarco, la familia de Gomer se estableció al principio al norte del Mar Negro, dando su nombre en una forma ligeramente modificada al distrito conocido como Cimeria, luego abreviado a Crimea[33] (los árabes, por una transposición de letras, le han dado el nombre de Krim). Este grupo humano parece haberse multiplicado rápidamente hacia el oeste, pero una porción considerable de esta antigua familia fue expulsada por los escitas y se refugió en Asia Menor durante el siglo 7 a.C. Su historia subsiguiente es conocida hasta cierto detalle gracias a los registros asirios, donde aparecen como los Kimirraa, nombre con el que ya eran conocidos en tiempos de Homero.

Junto con los Minni, los medos, el pueblo de Sefarad y otras poblaciones cuyos territorios habían ya sido conquistados, atacaron la frontera septentrional del Imperio Asirio. Pero en 677 a.C., su caudillo, Teupsa, fue derrotado por Esarhadón, y algunos fueron arrojados hacia el este, donde invadieron el viejo Reino de los Elippi y, según algunos, edificaron Ecbatana. Otros volvieron a dirigirse hacia el oeste, entrando de nuevo en Asia Menor, donde saquearon Sinope y Antandros (que poseyeron durante unos cien años), y finalmente invadieron Lidia. El rey de Lidia, el famoso Giges (687–653),[34] envió a pedir ayuda a Nínive, pero murió en batalla antes que llegase ninguna ayuda, y su capital, Sardis, fue tomada por el ejército invasor. El sucesor de Giges, Ardis, pudo exterminar o echar a la mayoría de ellos del país. Parece quedar una reminiscencia de su breve dominio sobre la región por el hecho de que los armenios designaban a Capadocia como Gamir,[35] aunque no es seguro de si con este nombre designaban a la tierra o meramente a los habitantes. Eusebio, refiriéndose a Gomer, dice, «de donde proceden los capadocios».[36]

Algunos de la tribu de Gomer o bien permanecieron en el país, o bien volvieron subsiguientemente, y otros fueron al oeste hasta tan lejos como Francia y España —y posteriormente hasta las Islas Británicas, como veremos. Según Josefo,[37] la rama que volvió a Asia Menor llegó a ser conocida como los gálatas. Se puede observar que aunque la forma «Galacia» parece estar muy alejada de «Gomer», es posible sin embargo derivarla de la forma más antigua del nombre. La consonante media de palabra, GoMeR puede ser fácilmente sustituida por una W o una U, de modo que G‑M‑R puede transformarse en G‑W‑R o G‑U‑R. Es posible que el antiguo lugar conocido como Tepe Gawra sea una reminiscencia de una de estas formas. Puede luego haber un cambio adicional con la sustitución de la L en lugar de la R terminal. Esta sustitución es muy común y puede observarse, por ejemplo, donde castrum en latín pasa a ser «castillo» en castellano. Así, tenemos la siguiente serie: La transformación de G‑M‑R a G‑U‑R que luego deviene G‑U‑L. Esta última forma se observa como la más familiar Gaul (Galia), donde, como se recordará, se establecieron algunos de los descendientes de Gomer. Y la relación entre los galos, los gálatas y los celtas está bien establecida históricamente. Desde luego, según Haydn,[38] los galos eran designados Galati o Celtae por los romanos. Además, los historiadores romanos aseveran que este pueblo procedía originalmente de Asia Menor y que se esparció por toda Europa —en España (Galicia), en Francia (Galia) y en Gran Bretaña (los celtas).

Tenemos a continuación que muchos gomeritas eran los agitados «bárbaros» contra los que tuvieron que defenderse los asirios, y que luego se ofrecieron como mercenarios que, tras recibir su paga, se instalaron como granjeros en la zona de Asia Menor conocida como Galacia.

En su consideración de Epístola de Pablo a los Gálatas, el deán Farrar observa lo siguiente:[39]

Se tiene que considerar como cosa cierta que los gálatas eran celtas, y no solo celtas, sino celtas címricos. . . .
     Cada rasgo de su carácter, cada fenómeno establecido de su lenguaje, cada hecho contrastado de su historia, demuestra más allá de toda duda que los gálatas o galos eran celtas; y con toda probabilidad las designaciones de gálatas y celtas sean etimológicamente idénticas.

 Kalisch los identifica con los Chomari, una nación en Bactriana cerca del río Oxus, mencionada por Tolomeo.[40]

Que este grupo humano sea conocido no meramente como celtas, sino como celtas címricos, es una hermosa ilustración de cómo puede llegar a persistir un nombre antiguo, porque el término «címrico» (sin su terminación patronímica, C‑M‑R) no es otra cosa que la forma más antigua «Gomer» muy ligeramente modificada. Esta forma modificada sigue con nosotros en el distrito de Inglaterra conocido como Cumberland. Una vez más tenemos una ligera variación del nombre original por la introducción de la consonante B, de modo que la tierra de Gomer, «Gomer-land», deviene Cumberland. Para quien no esté familiarizado con cambios etimológicos, la introducción de la B puede parecer extraña, pero no es en absoluto desusada, y se puede encontrar, por ejemplo, en el paso de la forma latina numerus a «nombre» en catalán (número), o «number» en inglés.

Parece que los descendientes de Gomer eran un grupo humano agitado, generalmente en movimiento y sumamente belicosos. Allí donde se establecían, tendían a constituir una especie de aristocracia militar, y cuando emprendían la marcha, difícilmente se les podía detener. En 390 a.C. fueron estos los nómadas que aparecieron en las cercanías de Roma y que saquearon la ciudad. Mientras, en Italia fueron designados como los umbros, nombre en el que de nuevo discernimos la forma original «Gomer», aunque aquí la gutural inicial fue posiblemente sustituida por una H aspirada, y luego abandonada del todo, mientras que la B se insertó exactamente de la misma forma que hemos observado en la palabra «Cumberland».

Pero el registro no está todavía completo, porque Irlanda fue conocida en la antigüedad como Hibernia, y el Mar de Irlanda como el Hibernicus. Hibernia ha cambiado la gutural inicial con una H, y la M se ha transformado en V, lo mismo que el término Hibernicus. Estos son cambios comúnmente observados dentro de la familia de lenguas indoeuropeas. Por ejemplo, la simple forma «Paul» aparece en castellano como Pablo. También en la versión griega Septuaginta de Génesis 10:28 el Ebal hebreo aparece como Eual. Y Nicolaus aparece en el libro hebreo de oraciones (Aboda Zara) como Nicholabus.

Así, los hijos de Gomer y sus descendientes entraron profundamente en Europa, donde, a pesar de su separación tanto en el tiempo como en el espacio, el nombre de su antiguo antecesor quedó preservado entre ellos. Desde luego, es incluso posible de que el mismo nombre de Germania (Alemania) nos preserve el nombre de Gomer en una forma ligeramente cambiada, aunque la aseveración hecha por ciertos historiadores alemanes de que los teutones representen la línea gomérica pura (aseveración que según ellos explica la naturaleza guerrera del pueblo alemán) es muy improbable, y es contradicha por prácticamente todos los etnólogos modernos.

Solo para completar el registro, se puede observar adicionalmente que los galeses se designan a sí mismos como Cymri, y que en Dinamarca encontramos un puerto que originalmente se llamaba Cimbrishavn, y que para nosotros sería el Puerto de Cimbri. Jutlandia era también conocida como Chersonesus Cimbrica. Parece que apenas si se encuentra alguna parte de Europa que no fuese, en uno u otro tiempo, ocupada por los descendientes de Gomer, y algunas regiones —de manera destacada Francia y las Islas Británicas— fueron en el pasado habitadas por un pueblo homogéneo que hablaba una lengua parecida al moderno cúmbrico.

Askenaz

Son numerosas y diversas las identificaciones del grupo humano que descendió de Askenaz, hijo de Gomer. Por ejemplo, Sayce[41] se sentía inclinado a creer que debido a que este nombre se encuentra en conjunción con Ararat y Mini (Jeremías 51:27), se deberían identificar con los Asguza de los monumentos asirios. Maspero mantenía que se tenían que identificar con los antiguos escitas.[42] Casi sin excepción, los comentaristas concuerdan en que se tienen que situar al norte del Creciente Fértil que rodea a Palestina y Mesopotamia. Observan ellos que siguen existiendo reminiscencias del nombre Askenaz en el Lago Ascanio y en un grupo humano de la vecindad que se conocía como los Ascani.[43] Este grupo humano estaba establecido en la provincia de Frigia y parece que los menciona Homero en la Ilíada (Libro II, 2, 863 y 13, 793). Peake menciona dos lagos y un río en el distrito que llevan el antiguo nombre en formas modificadas, y observa que Asken sigue apareciendo en la actualidad como nombre propio armenio.[44] Uno de estos dos lagos en la región oriental de Bitinia cerca de Nicea aparece mencionado por Estrabón (véase 7, 389), y se le conoce actualmente como el Lago Iznik —una forma degenerada de Askenaz, en la que ha tenido lugar una inversión. En Bitinia, en las costas del Mar de Mármara, hubo un Lago Ascanio; en el sudoeste de Frigia existe otro lago con un nombre similar; y a mitad de camino entre ellos se encontraba Troas, en cuya familia real encontramos, en tiempos de la Guerra de Troya, a un príncipe llamado Ascanio. Es posible que en ellos también encontremos reflejados el nombre de Askenaz.

Al irse desplazando hacia el norte, los descendientes de Askenaz se encontraron con los descendientes de Tiras (los tracios, según los identifica Josefo) que ya ocupaban las llanuras de Tracia, con una especie de retaguardia en Bitinia, si debemos juzgar por las alusiones en Herodoto y Estrabón. Esta circunstancia contribuyó probablemente a que emprendieran un camino más septentrional hacia la región centro-occidental de Rusia, en lugar de seguir a Gomer hacia el oeste y adentro de Europa, llegando a su tiempo a lo que ahora es Alemania. Los comentaristas judíos suelen asociar a Askenaz con los alemanes, probablemente de forma justificada.[45] Al multiplicarse allí, pasaron al norte a Ascania, que, junto con las islas de Dinamarca, pasó a ser conocida por los escritores latinos posteriores como las «Islas de Scandia» —Escandinavia.[46] La introducción de una D epentética entró en la forma de Ascania de una forma muy parecida a la que el término latino tenere se transforma al francés como tendre.

Es curioso cómo alguna forma del nombre Askenaz se ha preservado en esta área a lo largo de la historia. Los habitantes del antiguo estado de Dessau han reivindicado a lo largo de la historia su descendencia de Askenaz, y uno de sus gobernantes en el siglo 12, que durante un tiempo poseyó los estados sajones de Enrique el León (fundador de la Casa de Brunswick), añadió a su nombre de pila Bernardo el de Ascanio, declarando que sus antecesores habían venido del Lago Ascanio en Bitinia.

Mientras, lejos de allí, en las fronteras septentrionales de Media, una retaguardia de la misma familia se mantuvo atrás. Estos pueblos eran aliados de sus vecinos, los medos, y causaron muchos problemas a Esarhadón de Asiria. En la época clásica habitaron cerca de Rhages, que según Josefo[47] era una ciudad de una cierta magnitud, cerca del centro de la costa meridional del Mar Caspio. En aquel punto arranca una cadena de montes que se dirige hacia el este a lo largo de la costa y más allá de la misma, y que forma un límite natural del territorio de los bactrianos y de los sakis. Esta cordillera la menciona Amiano Marcelino (bibliotecario e historiador del emperador Juliano, que escribió alrededor del 350 d.C.) con el nombre de los Montes Ascanimianos.[48] Estas tribus bárbaras, a las que Estrabón designa como los Sakis,[49] consiguieron ocupar Bactriana a un lado del Caspio, y ocuparon los mejores distritos de Armenia al otro. Estos territorios ocupados «recibieron de ellos el nombre de Sakasene», según nos cuenta Estrabón.

Así, conocemos acerca de una cadena de montes llamada en tiempos clásicos los Ascanimianos, alrededor de los cuales vivían descendientes de Askenaz. Al comienzo de la era cristiana, un poco al norte de ellos, y separados del vecino reino de Armenia y justo al sur de los Montes Caucásicos, había un país llamado Sakasene. Es casi seguro que este pueblo, los sakasenoi, eran también descendientes de Askenaz. Y parece que algún tiempo después del inicio de la era cristiana, una oleada de esta familia de Askenaz, que se llamaban sakasenoi, o de forma más breve, sachsen, emprendieron camino al norte a través de las Puertas del Caspio a la Escitia europea, y de allí pasaron adelante con la oleada de sus parientes germánicos, los godos, al norte de Europa, donde el país que ellos ocuparon recibió el simple título de «Sachsen».

Cuando Tácito, escribiendo alrededor del 100 d.C., da una lista de los pueblos germánicos en su propio tiempo (aunque incluía en su relato a Dinamarca y a Suecia, donde, dice él, habitaban los cymbri, y también incluyó a los angli), no hizo mención en absoluto de los sachsen o, como nosotros los conocemos más familiarmente, sajones. Este grupo humano aparece en la historia por vez primera tras la designación de Caransio, alrededor del 280 d.C., para vigilar las costas orientales de Gran Bretaña contra los piratas, cuando recibió el título de «Conde de la Costa Sajona».[50]

Así, podemos aceptar que Askenaz, nieto de Jafet, dio origen a un gran componente de los primeros pobladores de Alemania y Escandinavia, y que en su camino dejó muchos memoriales del nombre ancestral, además de proporcionarnos una tribu que jugó un destacado papel en la historia de Inglaterra.

Rifat

Parece que se ha descubierto poco que se pudiera relacionar con el nombre de este hijo de Gomer. Se han hecho diversas propuestas para algunos distritos en Asia Menor. El doctor J. Pye Smith[51] sugiere, por ejemplo, Rifou al este del Mar Negro y los Montes Rifeanos mencionados en las antiguas geografías por Estrabón, Virgilio, Plinio y otros. C. R. Conder[52] menciona un pueblo que habitaba al este del Mar Negro llamado los Rhibii. También sugiere a los rifaenos que posteriormente fueron conocidos como los raflagonianos, a los que Josefo identifica como descendientes de Rifat. En la obra Popular and Critical Biblical Encyclopedia, el primer mapa al final del volumen 3 muestra el mundo antiguo y la supuesta posición de los descendientes de Noé. No hay otra autoridad detrás de este mapa que ciertas suposiciones basadas en un examen inteligente de la evidencia bíblica, pero se puede observar que el centro de Europa está ocupado por Rifat. La conjunción de la palabra «Europa» con el nombre «Rifat» suscitó la cuestión de si pudiera haber alguna relación entre ambos términos. El nombre Europa se deriva generalmente de la leyenda de Europa, pero por cuanto los diccionarios de mitología clásica reconocen que la etimología de Europus es incierta, queda en pie la posibilidad de que, si nos remontásemos lo suficientemente en el pasado, pudiéramos descubrir que el nombre era originalmente Rifat. Se ha presentado otra sugerencia, que el nombre reaparece en la designación «Cárpatos». También hay los Cárpatos llamados Alpes Bastárnicos, que separan Dacia de Sarmacia.

Togarma

El pueblo designado como Togarma, otro hijo de Gomer, se menciona dos veces en Ezequiel. Leemos acerca de este pueblo en las ferias de Tiro, donde comerciaba con caballos y mulos (Ezequiel 27:14), y más adelante en la campaña con Gomer en la tierra de Israel (Ezequiel 38:6). Ninguno de ambos pasajes ayuda demasiado en la identificación de su tierra, pero ambos concuerdan con la hipótesis de que el pueblo mencionado son los antiguos habitantes de Armenia. Y esto tiene algún apoyo procedente de la tradición nacional y de la teoría basada en la etimología. Las tradiciones armenias consideran como su propio antecesor a un hombre llamado Hiak, que, dicen ellos, era «hijo de Targom, un nieto de Noé».[53]

A causa de una inversión de las letras, los armenios llegaron a ser conocidos como la Casa de Targom, y los escritores judíos se refieren frecuentemente a los turcos como Togarma. Se debería observar también que el Mar Negro, al noroeste de Armenia, era a veces designado como Togarma. Estrabón[54] parece haber dado por supuesto que aquí se trataba de los armenios, y Herodoto[55] los menciona en relación con la crianza de caballos. Josefo[56] dice que Togarma es el padre del pueblo conocido como los Trugrameanos, a los que los griegos identificaban con los frigios. El profesor F. W. Shultz[57] observa que según los targumes judíos Togarma fue el padre de Alemania (Germania). Y hay algunos que creen que la misma palabra Germania procede del antiguo nombre Togarma, con la pérdida de la primera sílaba en el proceso. Si es así, entonces no puede haber relación entre «Gomer» y «Germania», como se ha propuesto con anterioridad.

Magog

Es muy poco lo que se sabe de la identidad del pueblo descendido de Magog. No está ni siquiera claro si el nombre es la forma original o si está compuesto de dos elementos, ma y Gog. El prefijo ma se añadía con frecuencia a un nombre personal, y significaba «el lugar de». Magog significaría entonces «el lugar de Gog», esto es, el territorio de Gog.

Según Chamberlain,[58] el prefijo ma significa «tierra» en húngaro y estonio, y, con la forma maa, tiene el mismo significado en finés. En cuneiforme, el signo para ma se podría comprender como un vallado o un área sembrada, empleándose dos diferentes diagramas en diferentes tiempos. Aparece una cantidad de nombres antiguos con o sin el prefijo ma. Según Lloyd,[59] las dos formas Chin y Machin se emplean para China. Conder[60] interpretó la forma Magan (que designa a la región del Sinaí) como un término compuesto que significa «el lugar de fuerza», «tierra vallada», o un término similarmente descriptivo.

La palabra ordinaria en asirio y babilónico para «tierra» o «país» es matu, que a menudo se abrevia a mat. Y «el país de “Gutu”», según Sayce,[61] aparece en inscripciones asirias como Mat Gugi. Por ello, él consideraba que Gog es el Gutu de las inscripciones asirias, y el Gyges de los griegos (que me parece dudoso, siendo de fecha demasiada tardía), y que el término compuesto «Magog» significa la «tierra de Gog», esto es, Mat Gugi.

Hay alguna indicación de que Marco Polo[62] comprendió la palabra «Mungul» como una corrupción de la palabra «Magog», porque se encontró con una asociación de nombres «Ung» y «Mungul”, que consideró que se correspondían con Gog y Magog. Parece estarse refiriendo a un tiempo anterior a la migración de los tártaros. Es concebible que la palabra «Mongol» fuese inicialmente asignada a un pueblo descendido de Gog y de procedencia indoeuropea. Cosa curiosa, se ha informado de pequeños grupos humanos todavía reteniendo una lengua de forma indoeuropea en áreas ahora completamente dominada por los mongoles.[63]

Bochart[64] derivó la palabra «Cáucaso» de un compuesto de «Gog» y «Chasan», que significa «el lugar fuerte de Gog». Según Josefo, los descendientes de Gog fueron posteriormente conocidos como los escitas, de los que dice que eran también conocidos como los magoguitas. Estas gentes vinieron a formar posteriormente la mayor parte de la etnia rusa. Se hace mención de Gog en Ezequiel (38:2) como «príncipe soberano de Mesec y Tubal». Se puede observar que rosh , que en este pasaje se traduce «príncipe soberano», significaba los habitantes de Escitia. Los rusos derivan su nombre de este término. Rusia era conocida como Muscovi (Moscovia) hasta la época de Iván el Terrible, nombre indudablemente vinculado con Mesec. El Imperio Ruso fue creado por los príncipes moscovitas, que fueron primero los Grandes Duques de Moscú, pero fue Iván (1533–1584) quien realmente consolidó y extendió su gran Imperio hasta que alcanzó el Mar Blanco al norte y el Mar Caspio al sur, y que desde entonces fue llamado Rusia.

Como se ha dicho al principio, hay bien poca certidumbre acerca de todas estas cuestiones, pero los indicios que tenemos señalan en la misma dirección general, es decir, que el área comúnmente conocida en la actualidad como Rusia tiene una población que probablemente puede remontarse mayormente a Gog.

Madai y Javán

La parte que estos pueblos tuvieron en la historia antigua está bien definida, y se puede exponer sin las complicaciones que presentan la mayoría de los nombres anteriores.

Está razonablemente claro que los Madai aparecen posteriormente como los medos, y que Javán dio origen a los jonios. En su libro Races of the Old Testament, Sayce dice que los medos afirmaban su relación con los arios del norte de la India, y en los monumentos persas (por ejemplo, las inscripciones de Behistún) son designados como los «Mada» —de donde procede la forma griega, «medos».[65] No hay duda alguna de que Persia fue al principio su área general de asentamiento. En las inscripciones asirias se les menciona como los Ma‑da‑ai.[66]

Ahora bien, ya se ha hecho la observación de que antes que surgiera una separación completa de las diversas nacionalidades —medos, persas, griegos, celtas, etc.— los jafetitas quedaron divididos primero en dos grandes grupos. Uno de ellos constituyó los antepasados de los indios y persas, mientras que el segundo fue el agregado de las tribus que después compusieron las naciones de Europa. De ahí que la palabra «indoeuropeo» es un buen resumen de nuestros orígenes etnológicos.

Que la separación de estos dos grupos precedió probablemente a esta división más pequeña en nacionalidades se sugiere en el temprano surgimiento de nombres que distinguía a estas dos grandes divisiones. Los antecesores de los indo-persas asumieron para sí mismos de forma peculiar el término «Aryas», y dieron al otro grupo el nombre de «Yavanas»,[67] palabra que puede tener relación con nuestro término «Young» (Joven), aunque, a mi parecer, es claramente una reminiscencia del nombre Javán. De modo que Javán y Madai, por así decirlo, pueden denotar colectivamente a las dos ramas de la familia indoeuropea.

Los orientales parecen haber usado el término Yavan para la raza griega como un todo. Los asirios llamaban a los griegos de Chipre los «Yavnan». Los persas se refieren a los griegos de Asia Menor y de las islas del Egeo como los «Yuna». Los términos «griego» y «heleno», «aqueo» y «dorio», parecen haber sido desconocidos en Asia, según Rawlinson.[68]

En los días en que los monarcas egipcios de la IV Dinastía estaban levantando sus pirámides, el Mediterráneo era ya conocido como el «Gran Círculo de los Uinivu»,[69] que algunos identifican con Javán.

Larned sugiere que la península italiana fue ocupada por pueblos de una familia que había viajado a Grecia, y que luego cruzó los Apeninos y se extendió hacia el sur a lo largo de la costa occidental.[70] Es evidente que en el nombre «Javán» tenemos una referencia muy antigua a la raza básica que ocupó al principio Grecia y quizá parte de Italia, porque los griegos, en tiempos posteriores, emplearon otros patronímicos para referirse a sí mismos. Y parece, en cambio, que con el término «medos» tenemos una referencia igualmente temprana a los que se asentaron en la India, porque en Génesis 10 no hay mención, por ejemplo, de los persas, que en registros posteriores están casi siempre asociados con los medos. Desde luego, igual que con los griegos, cuyo nombre más antiguo de jonios ha desaparecido hace tiempo, la palabra «Persia» ha permanecido, pero el nombre «Madai» ha desaparecido. Lo que tenemos es un término general para denotar a aquellos que devinieron indios, medos y persas.

Elisa

El número de posibles identificaciones de los descendientes de este hijo de Javán es considerable. La mayor parte de ellas son probablemente correctas. Por ejemplo, se suele aceptar que el nombre más familiar de «Hellas» es una forma corrompida de un original «Elishah», y, según Rawlinson,[71] desde alrededor de la época de la Guerra Persa, Hellas pasó a ser un nombre aplicado a los griegos como un todo.

Muchas autoridades creen que otra forma de este antiguo nombre era «Aioleis» (Gr.), esto es, los eolios. Este punto de vista lo mantenía también Josefo.[72] El Talmud de Jerusalén, los midras y los targumes dan para Elisa la forma «Elis» o «Eolis», aunque eruditos como Skinner[73] y Driver[74] consideran que carece de base. Las tabletas de Tell el-Amarna incluyen diversos pueblos de Alasia. El Eilesion de la Ilíada (II, I, 617) es indudablemente otra referencia a considerar. Es casi seguro que el nombre vuelve a aparecer en las tabletas de Ugarit,[75] en las que hay una referencia cananea a los chipriotas bajo el título de «Alasiyans». En Ezequiel 27:7 se menciona que llegaban tejidos de púrpura desde las «islas» (o costas) de Elisa. El crustáceo del que se obtenía el tinte de la púrpura en la antigüedad abundaba en las costas del Peloponeso, lo que confirma la región general en la que se asentó este nieto de Jafet.

Es desconcertante encontrar a un pueblo ampliamente designado como los griegos remontado al pasado y, designado sin distinción tanto como el pueblo de Hellas y como jonios. Esto es sin embargo análogo a referirse a los ingleses como descendientes de los normandos, pictos, escoceses o celtas, etc. El hecho es que en ambos casos unas pocas familias han dado origen a grandes clanes o tribus, que, en las idas y vueltas de migraciones y conquistas, se unieron en diversas mezclas, de modo que un historiador con una preferencia puede resaltar una línea originaria, mientras que otro historiador resalta otra. Y ambos están en lo cierto.

Tarsis

No es mucho lo que se puede decir de cierto acerca de la identidad de Tarsis, otro hijo de Javán. Hay declaraciones en otros pasajes de las Escrituras que llevan a una cierta confusión. Por ejemplo, era la opinión de Sayce (como de un número de otros eruditos) que Tartessos, en España, fue probablemente uno de los asentamientos iniciales de Tarsis. Sin embargo, el Antiguo Testamento habla de marfil, simios y faisanes traídos por las naves de Tarsis (2 Crónicas 9:21). Estos animales no son de esperar como procedentes de España. Pero Sayce[76] argumenta que lo que se implica es sencillamente que los mercaderes de Tartessos, o Tarsis, comerciaban con estos artículos, que quizá recogían en algunas partes de la costa africana y vendían en otros lugares del Medio Oriente. La Septuaginta traduce Tarsis en Isaías 23:1 como Karkedonos (karchedonos), que era la forma griega para el nombre de Cartago en África del Norte.

Aunque los fenicios parecen haber tenido muchas relaciones comerciales con Tartessos, el puerto original mismo no pudo haber sido fundado por ellos, según Génesis 10 (donde aparece con claridad que Tarsis está en la línea de Jafet), porque en el Antiguo Testamento los fenicios y cananeos son descritos como descendientes de Cam. Los cartagineses, como colonos fenicios, mantenían incluso en tiempos de Agustín que ellos eran cananeos.[77] Por otra parte, los fenicios establecieron también muchas colonias en España. Aquí tenemos una de las dificultades, porque ciertas referencias bíblicas a Tarsis (2 Crónicas 9:21 y 20:36) han llevado a algunos eruditos[78] a suponer que tiene que haber habido otra Tarsis en el Océano Índico, a la que se podría llegar a través del Mar Rojo. Aunque esta idea es en la actualidad rechazada de manera general, resalta el hecho de que la identificación con Tartessos en España no es totalmente satisfactoria. Es decir, el asentamiento español no aparenta de entrada haber sido jafético, ni los productos que se dice que procedían de allí parecen los propios del lugar.

Sin embargo, Kalisch[79] creía que había suficiente evidencia para justificar la identificación de Tarsis como el pueblo original que se asentó en toda la península ibérica, «hasta donde era conocida por los hebreos, igual que Javán se usaba para designar a todos los griegos». Los fenicios llegaron más tarde. Cook[80] creía que una pequeña tribu de javanitas se instaló en la desembocadura del río Guadalquivir en España, iniciando con ello la colonia de Tarsis. Bochart[81] dice que tanto Cádiz como Carteia, que estaba en la Bahía de Gibraltar, fueron llamadas Tartessos en los tiempos antiguos; también piensa que Cádiz fue edificada por Tarsis, nieto de Jafet, inmediatamente después de la dispersión, y Carteia mucho tiempo después, por los fenicios. Él hace referencia a que, según Herodoto,[82] cuando los fenicios llegaron por primera vez, Tartessos ya existía, y que el rey del país se llamaba Argantonio.

En resumen, es posible, desde luego, que Tarsis, nieto de Jafet, se estableciese en España y que estableciera una capital y un reino que más adelante llegase a ser un centro de intercambio comercial muy empleado por los fenicios, que hacían escala allí mientras se dirigían a puertos del Mediterráneo oriental, llevando mercancías recogidas durante sus singladuras. Estas mercancías pueden haber procedido en parte de España y en parte de África. No es en absoluto imposible que algunas mercancías procediesen de la India por vía del Cuerno de África, porque hay abundante evidencia de que los fenicios eran grandes navegantes.

Quitim

No puede haber muchas dudas de que por Quitim, o Kittim, como se escribe a veces, los hebreos entendían a los habitantes de Chipre. Josefo[83] observó que los griegos llamaban la isla Kitión, y que sus habitantes eran conocidos como los kitieis, o kitienos. Con el paso del tiempo el nombre llegó a tener un sentido más amplio, extendiéndose de Chipre a las demás islas del Egeo, y de allí a la península griega e incluso a Italia. Por ejemplo, en 1 Macabeos 1:1 se menciona a Alejandro Magno como procedente de la tierra de Kittim, y en 1 Macabeos 8:5 se hace referencia a Perseo como el rey de Kittim. En 1 Macabeos 11:30 tanto la Vulgata como la Septuaginta traducen Quitim como romanos. Aunque no he visto en ninguna parte ninguna referencia a la posibilidad, me parece que la tierra de Quitim podría encontrarse en la forma Ma-Chetim. Ma, como ya hemos observado, es un prefijo para «lugar». Si es así, puede que tengamos la forma original del término más conocido de «Macedonia», la tierra natal de Alejandro Magno.

No hay mucha sustancia en estas observaciones, pero en un sentido general confirman la impresión que se recibe de esta sección de Génesis 10 de que los jafetitas hicieron su hogar alrededor de las costas del Mediterráneo y en sus islas, así como hacia el norte y a través de Europa.

Dodanim

No es mucho lo que se puede decir acerca de este nombre, excepto que parece reaparecer en las Escrituras con la D inicial sustituida por una R (cp. 1 Crónicas 1:7). Si la forma preferida es Rodanim, parece entonces que la isla de Rodas formó un vínculo en una serie de asentamientos de los descendientes de Javán.

El río Rhodonus, esto es, el Ródano, puede haber recibido su nombre de una rama de esta familia establecida en su desembocadura.[84] En Epiro se encuentra la ciudad de Dodona y el condado de Doris. Bochart sugirió que el primer asentamiento de los Dodanim estuvo en el sudoeste de Asia Menor, en la parte del país que los griegos llaman Doris. Es posible también que una forma más corrompida del nombre sea los Dardan, que aparece en las inscripciones de Ramsés II, designando a un pueblo de Asia Menor no alejado de Licia, y que posiblemente esté en la raíz del término «Dardanelos». En el actual estado de conocimientos sobre la antigüedad, poco más se puede decir de los descendientes de Dodanim.

Mesec y Tubal

Estos dos nombres aparecen con bastante frecuencia apareados (véase, por ejemplo, Ezequiel 33:26, 38:2, 3). Mesec se encuentra en los monumentos asirios en forma de «Muskaa», probablemente pronunciada Muskai. Los escritores clásicos solían designarlos como los Mosji, y en tiempos de Ezequiel la posición de este pueblo es probablemente la descrita por Herodoto (iii, 94), esto es, en Armenia, donde se designó por el nombre de ellos a una cadena de montes que conecta el Cáucaso y el Antitaurus, los Montes Moschici. Aquí, según Estrabón (XI, 497-499), se encontraba un distrito llamado Moschice.

En las inscripciones asirias, la palabra Tubal aparece como Tubla, en tanto que parece haber sido conocida por los geógrafos clásicos como Tibareni. Según Rawlinson,[85] estos dos —los Musji y los Tibareni— habitaban en estrecha proximidad en la costa septentrional de Asia Menor y estuvieron, en el pasado, entre los pueblos más poderosos de aquella región. La capital mosquiana era conocida por Josefo y los romanos la llamaron Cesarea Mazaca. Josefo[86] dice también que los íberos de Italia eran descendientes de Tubal. En palabras suyas, «Thobel fundó los Thobelitas, ahora llamados Iberis». También es posible que en el río Tíber tengamos una reminiscencia del mismo antecesor. Según Forbes,[87] los Mosji y los Tibareni quedaron incluidos en la 19ª satrapía de Darío. En la primera mitad del primer milenio a.C. fueron unos temibles enemigos de los asirios; Tiglat-pileser II menciona tributos recibidos «de veinticuatro reyes de la tierra de Tubal».[88]

Hacia la época clásica, estos grupos humanos habían pasado más hacia el norte,[89] aunque Jenofonte[90] y sus tropas griegas encontraron aún remanentes de ellos al sur del Mar Negro. Mucho más tarde en la historia nos encontramos con la palabra Mesec en la forma de Muskovy. Es posible que las dos célebres ciudades de Moscú y Tobolsk sigan preservando las raíces de los nombres de Mesec y Tubal.

Tiras

Según Josefo y el Targum, los descendientes de Tiras se convirtieron en los tracios. Smith[91] dice que una rama de los tracios fueron los Getae o Godos. El rey Darío los venció en el 515 a.C. Para la época de Alejandro Magno (c. 330 a.C.), se habían establecido en la desembocadura del Danubio.[92] Mantuvieron su independencia, pero a principios del primer siglo a.C. se unieron a los dacios, y a partir de entonces hostigaron a las legiones romanas, hasta que Trajano los derrotó en el 106 d.C., y los incorporó al Imperio Romano.

Uno de los problemas que tenemos es que no hay ninguna otra mención de Tiras en las Escrituras. Aparece esta breve mención de su nombre, y luego, a diferencia de Gomer, Mesec o Tubal, desaparece del todo. Si los tracios fueron realmente descendientes de Tiras y si se esparcieron ampliamente, como dice Rawlinson,[93] con muchas ramificaciones como los bitinios y frigios, sería de esperar que la Escritura diese alguna posterior referencia a Tiras. Por otra parte, se puede decir que existe una creencia general entre los etnólogos (que sin embargo no es susceptible de demostración) de que los tracios dieron finalmente origen a los teutones. Así, Rawlison observa:[94]




Fig. 2. Los centros básicos de civilización que subyacen a todos los demás.

Cada uno de los centros culturales del mundo primitivo fue de origen camita.


La tribu tracia de los Getae parece haber llegado a crecer hasta constituir la gran nación de los godos, mientras que los dacios (o dacini) parecen haber llegado a ser los antecesores de los daneses. Las pocas palabras tracias que nos han llegado son decididamente teutónicas. Hay también una semejanza entre las costumbres tracias, como las describe Herodoto (V. 4–8) y las que Tácito describe de los germanos.

 Una vez más tenemos que admitir que son unas frágiles líneas de evidencia; sin embargo, en muchos respectos tenemos una concordancia general con todo lo demás que conocemos de los descendientes de Jafet como un todo. Así, tenemos una gran probabilidad de que los descendientes de Tiras hicieran una contribución tan grande para la población y civilización de Europa como el resto de su familia inmediata.

De entre esta intrincada red de posibilidades y probabilidades surge una imagen razonablemente clara en la que una sola familia, comenzando con Jafet, se multiplicó con el curso del tiempo y pobló la ribera septentrional del Mediterráneo, toda Europa, las Islas Británicas y Escandinavia, y la mayor parte de Rusia. La misma familia se instaló en la India, desplazando asentamientos anteriores de camitas que se habían establecido en el valle del Indo. Grupos aislados de este mismo grupo humano parecen haberse desplazado más hacia el este, contribuyendo a pequeñas bolsas de población jafética que, con el tiempo, quedaron casi, si no totalmente, absorbidas por los camitas. Es posible que algunos de ellos contribuyeran con rasgos que se encuentran en pueblos de Polinesia, y es concebible que en los ainu del norte del Japón haya un remanente de jafetitas.

Noé había anunciado que Dios ensancharía a Jafet (Génesis 9:27). Parece que este ensanchamiento comenzó en época muy temprana de la historia de Jafet, pero ha sido un proceso continuado y que ha tenido lugar en cada parte del mundo, con la excepción del Lejano Oriente. Los hijos de Jafet han tendido a extenderse y a multiplicarse a expensas de otros grupos raciales. Como veremos en el último capítulo, este ensanchamiento no significa que los jafetitas fuesen los primeros en migrar lejos, porque, allí donde llegaron, fuese en tiempos prehistóricos o históricos, habían sido precedido por colonos más tempranos cuyo origen racial no era indoeuropeo. Esta dinámica de asentamientos de las áreas habitables del mundo ha tenido profundas consecuencias en el desarrollo de la civilización, consecuencias que se consideran con cierto detalle en otro artículo Doorway.[95]

Mientras tanto, ha quedado establecido por muchas líneas de evidencia que los nombres que aparecen en Génesis 10:1-5 designan los de personas reales, cuyas familias llevaron consigo reminiscencias claramente reconocibles (aunque a menudo de forma corrompida) de sus respectivos antecesores, de modo que han sobrevivido hasta nuestros días, y todavía manteniendo el tipo de relaciones que se implican en esta antigua Tabla de las Naciones. ¡E incluso el nombre patriarcal queda a menudo preservado de manera inequívoca!




Capítulo 3


L
os descendientes de Cam


L

OS DESCENDIENTES de Jafet y los descendientes de Sem se pueden seguir de forma razonable en la historia subsiguiente, pero los descendientes de Cam presentan problemas que no comparten los otros dos. Es verdad que un cierto número de los descendientes de la lista de Cam se pueden seguir fácilmente, como por ejemplo Mizraim, Canaán y Het. Y varias de las ciudades relacionadas con Cam en Génesis 10 no presentan problemas, habiendo llegado a ser lugares comunes para los estudiosos de la Biblia. Pero hay muchos nombres aquí acerca de los que tenemos muy poca información, pero que pueden haber sido antecesores de secciones muy sustanciales de la actual población del mundo. Y esto es cosa cierta de los nombres que nos proponemos examinar, porque tienen que ver con el origen de las llamadas «razas de color».

Ya hemos propuesto que Jafet fue realmente «ensanchado» hasta un grado excepcional en sus descendientes, no meramente en la cantidad de naciones que finalmente derivaron de su familia, sino también en su gran expansión sobre la superficie del globo. También, este agrandamiento fue lo suficientemente gradual para que sucediera sin perturbar el desarrollo natural de diferencias dialectales, que a su debido tiempo llegaron a ser lenguas distintas dentro de la familia. En otro Artículo Doorway[96] se sugiere que la confusión que tuvo lugar en Babel sirvió principalmente como una aflicción para los hijos de Cam, cuyas lenguas han proliferado de forma desconcertante desde los primeros tiempos hasta el presente, proliferación que contribuyó en no pequeña medida a la fragmentación de la familia original. Los cambios que tuvieron lugar en la familia semítica de lenguas fueron notablemente pequeños. Y aunque los cambios que sucedieron en la familia jafética de lenguas fueron algo mayores, siguieron sin embargo un orden tal que permiten a los lingüistas reconstruir ambas familias con una considerable certidumbre. En ninguna de estas dos familias de lenguas hay una verdadera evidencia de «confusión» en su desarrollo. Por otra parte, en las lenguas de la línea camítica hay una gran cantidad de confusión, si por «confusión» queremos decir que se desarrollaron rápidamente dialectos entre tribus colindantes y relacionadas, al multiplicarse, haciendo ininteligible el habla entre ellas en un período notablemente corto de tiempo. Este tema se trata en el Artículo Doorway mencionado más arriba y no se examinará aquí, pero es necesario introducirlo porque tiene que ver con la falta de la persistencia de los nombres camíticos ancestrales a través de los siglos en contraste con los de las líneas de Jafet y de Sem. Esto hace que sea mucho más difícil establecer líneas de conexión mediante nombres. De hecho, los miembros más importantes de la familia de Cam llevaban nombres que desaparecieron completamente excepto en antiguos documentos que han llegado hasta nosotros. Los nombres de los hijos de Cam no nos han sido preservados en tiempos modernos ni siquiera en formas corrompidas. Los hijos de Cam fueron Cus, Mizraim, Fut y Canaán, pero ninguno de estos lo mantiene ningún representante viviente de ninguna forma que se pueda reconocer. Cus pasó posteriormente a ser identificado con Etiopía, Mizraim con Egipto, Fut con Libia y Canaán con Palestina, pero los viejos nombres quedaron totalmente fuera de uso.

Por otra parte, muchos de los nombres llegaron a destacar durante mucho tiempo no porque hubiera numerosos descendientes, como en el caso de Jafet, sino más bien debido a algún gran logro individual. Nimrod fue recordado por sus aptitudes como cazador. Muchas de las ciudades que se mencionan como fundadas por los descendientes de Cam tuvieron historias dignas de mención. Pero también la mayor parte de ellas dejaron de tener importancia mucho antes de los tiempos modernos. Una excepción notable es la ciudad de Jerusalén, que, naturalmente, no se menciona en absoluto en este pasaje ni siquiera bajo su antiguo nombre de Jebús.

Así, ¿cómo se puede proporcionar prueba sustancial para la aseveración de que las razas de color descendieron de Cam? La respuesta es: solo mediante inferencias. Por ejemplo, en tanto que hubo un Cus en o cerca de Mesopotamia al mismo principio, el asentamiento más destacado establecido por descendientes de este patriarca estuvo en Etiopía. Los etíopes han sido generalmente considerados como negros verdaderos, lo que se reconoce de forma indirecta en la Escritura cuando el profeta pregunta: «¿mudará el etíope su piel?» (Jeremías 13:23). El primer hijo de Cus fue Seba, y según Jervis este patriarca fue el supuesto fundador del Reino de Jemameh en Arabia. Dice él:[97]

Su tribu, que se extendió hacia el este, ocupó la costa de Omán, desde el Cabo Musandam hasta las cercanías de Ras-el-Had, en el límite oriental de la península; Tolomeo los menciona con el nombre de Asabi. La grandeza comercial de esta nación se atribuye a su posesión de Littus Mammaeum o Costa de Oro, y del puerto de Mascate, que, desde la infancia de la navegación, debe haber atraído y dominado el comercio con la India.
     Parece que desde allí se expandieron por África, a través de los estrechos de Bab-el-Mandeb. Josefo atestigua que Saba era una antigua metrópolis del reino de Meroe, en la feraz región entre el Nilo y Astaboras (o Bahr-el-aswad); esta región recibió finalmente el nombre de Meroe por una hermana de Cambises rey de Persia, aunque Meroe parece más bien una palabra derivada del etiópico. Las ruinas de la antigua Meroe se encuentran a 6 kilómetros al nordeste de Shendy, en Nubia.

 Hay otras tribus nativas de África que se reconoce tradicionalmente que descienden de Cam. Los negros yorubas,[98] por ejemplo, afirman descender de Nimrod, mientras que los libios, que tienen piel «blanca», son generalmente vinculados con Lebahim, un hijo de Mizraim. Y los egipcios fueron descendientes directos de Mizraim. Por ello, es posible que toda África, a pesar de los diferentes matices de color de sus poblaciones nativas, fuese inicialmente ocupada por diversos miembros de esta única familia camítica. Sin embargo, permanece una enorme multitud de pueblos que generalmente se clasifican como mongoloides, que se instalaron en el Lejano Oriente y en el Nuevo Mundo. ¿Aparecen realmente en este árbol genealógico, o será necesario admitir que la Tabla de las Naciones no es inclusiva aquí?

Hay dos nombres que creo que pueden darnos claves. Que tengan una mención tan breve en la genealogía puede parecer sorprendente si —como proponemos aquí— dieron origen a grupos humanos tan numerosos. Nos estamos refiriendo específicamente a Het, un hijo de Canaán, y a los sinitas o sineos, tribu supuestamente descendida de Sini, un hermano de Het.

Het fue, sin duda alguna, el padre de los heteos o hititas. Sin embargo, excepto por las investigaciones de los arqueólogos nunca hubiéramos sabido cuán importantes fueron realmente los descendientes de este hombre en un punto de la historia, porque el imperio hitita desapareció completamente de la vista —o casi completamente. Esta salvedad es necesaria si admitimos alguna validez a una observación hecha por C. R. Conder.[99] Él sostenía que cuando el imperio hitita se hundió, todos los hititas importantes o bien fueron muertos, o huyeron hacia el este. El punto de vista de Conder era que la palabra «hitita», que aparece en cuneiforme como «Jittae», fue llevado por el remanente de esta nación otrora poderosa en su huida al Lejano Oriente, y que fue preservada a través de los siglos en la forma más familiar de «Cathay».[100] Él supone que llegaron a formar una proporción no pequeña de la raza china primitiva. Desde luego, existen curiosas vinculaciones entre ellos, como su forma de vestir, su calzado con la punta de los dedos hacia arriba, la disposición del cabello en forma de coleta, etc. Las representaciones gráficas de los hititas muestran que poseían pómulos elevados, y los que han estudiado sus cráneos han observado que poseían no pocos rasgos de los mongoloides. Más recientemente, ha aparecido otra posible vinculación corroborativa con el descubrimiento de que los hititas habían dominado el arte de fundir hierro y de la doma de caballos, dos logros de enorme importancia, y que recurren en una época muy temprana de la historia de China[101] —mucho antes que llegasen a Occidente.

Se debería observar que existe evidencia lingüística de un componente jafético en el Imperio Hitita.[102] A la vista de que su expansión inicial tuvo lugar en Asia Menor, no es demasiado sorprendente que se hubiera dado una mezcla de razas dentro del Imperio. Bien podría ser que hubiese una aristocracia indoeuropea, así como en un punto de la historia de Egipto hubo una aristocracia de los Reyes-Pastores (semita). George Barton observó:[103]

Algunas características de su habla se parecen claramente a rasgos de la familia de lenguas indoeuropeas, pero otras características parecen denotar afinidades tártaras (esto es, mongólicas). En algunos casos se puede seguir claramente la influencia de la lengua asiria. La misma confusión se presenta cuando estudiamos las imágenes de hititas que aparecen en los relieves egipcios. Se presentan dos clases de rostros. Un tipo con pómulos elevados, ojos oblicuos, y con coleta, como el pueblo mongol y chino. El otro presenta una cabeza y rostro rasurados que se parecen algo a los primitivos griegos.

Esto nos lleva al hermano de Het, que evidentemente se llamaba Sin. De este nombre hay muchos ejemplos en formas variantes a través del Medio Oriente y hacia el Lejano Oriente. Una de las características de los pueblos camitas —usando el término «camita» en su sentido estrictamente bíblico, y no como los antropólogos lo emplean en la actualidad —es una tendencia a deificar a sus antecesores. Se ha sugerido que el Amón de los egipcios es un ejemplo de ello, donde el mismo Cam había sido deificado. La combinación en aquel mismo país de No-Amón puede ser una extensión de esta práctica al mismo Noé, que luego queda asociado con su hijo en el doble título. Lo que nos interesa aquí es que la palabra «Sin» llegó a ser el nombre de una deidad muy importante, que aparece desde tiempos muy tempranos y hasta épocas tardías en la historia de Asiria. El último rey de la Ur sumeria se llamaba «Abi-Sin». La palabra aparece, naturalmente, en el nombre Senaquerib (Sin-ahe-erba, es decir, «Quiera el dios Sin multiplicar a [mis] hermanos»), y como Naran-Sin, etc.

Sin fue lo suficientemente importante no solo para ser deificado sino para que le dieran el título de «Señor de las Leyes».[104] En un himno de Ur se dice de él que fue «él quien creó la ley y la justicia de modo que la humanidad ha establecido leyes», y, otra vez, «el ordenador de las leyes del cielo y de la tierra». Otra notable circunstancia puede desprenderse de esta, porque si algunos de sus descendientes se trasladaron al sur a Arabia y se establecieron en una región posteriormente conocida como el Sin-aí, entonces es posible que su reputación como gran codificador de la ley llevase a una tradición que asociase el Sinaí como un lugar donde se había originado la ley. Es posible que haya alguna relación entre esta circunstancia y la elección por parte de Dios del Monte Sinaí como el lugar donde Él dio los Diez Mandamientos. Además, según Boscawen, el título «Señor de las Leyes» atribuido al Sin deificado es, en el himno original de Ur, Bel-Terite, y la primera sílaba es una forma del término más conocido de «Baal». Y la palabra «Terite» es la forma plural del término «tertu» que significa «ley», que es equivalente al hebreo «Torá» («ley»).

Así, a pesar de que el patriarca Sin recibe escasa mención en Génesis 10, fue un personaje muy importante. Es posible también que su nombre quedase preservado en el moderno término de «China». Aunque Perry adoptó una perspectiva de desarrollo cultural que ha quedado generalmente desacreditada debido a su excesiva simplificación, sin embargo puede estar esencialmente en lo cierto en las aseveraciones que hace exponiendo que la civilización china procedió de occidente. No pocos eruditos en cuneiforme han observado cuánta similitud tenía, en ciertos respectos, el sumerio con el chino. Ahora bien, Perry dice:[105]

Hay un dato significativo acerca del posible modo del origen de la civilización china que desde luego merece que se le preste atención. El lugar más estrechamente asociado por los mismos chinos con el origen de su civilización es la capital de Shensi, esto es, Siang-fu (Padre Sin), Siangfu, sobre el Wei, un afluente del Río Amarillo, está cerca de importantes minas de oro y de jade.

 Es desde luego significativo que el Sinaí fuese igualmente importante como lugar minero. El nombre «Sin», según Dillmann,[106] aparece en asirio en la forma «Sinau». No sería difícil que «Padre Sin» se convirtiese en «Padre Sian», o, con una ligera nasalización, «Siang», en chino «Sianfu». Los chinos tienen una tradición de que su primer rey, Fu-hi, apareció en los Montes de Chin inmediatamente después que el mundo hubiera estado cubierto de agua.[107] El mismo Sin pertenecía a la tercera generación desde Noé, circunstancia que, si la identificación se justifica, daría un intervalo temporal aproximadamente apropiado.

Además, el pueblo que comerciaba en época temprana con los escitas, y que procedía del Lejano Oriente, se llamaba «Sinae», y su ciudad más importante era «Thinae», un gran centro comercial en China occidental.[108] La ciudad se conoce actualmente como «Thsin» o simplemente «Tin», y se encuentra en la provincia de Shensi.

Los Sinae se hicieron independientes en China occidental, reinando allí sus príncipes durante unos 650 años antes que finalmente consiguiesen el dominio sobre toda la tierra. En el siglo tercero a.C. la dinastía Tsin se hizo suprema en el Imperio. La palabra misma llegó a tener el sentido de «linaje puro». Esta palabra fue adoptada como título por los Emperadores Manchúes, y se cree que los malayos la cambiaron a la forma «Tchina», y que procedente de ellos los portugueses la trajeron a Europa como «China». Hace algunos años los periódicos llevaban titulares con respecto al conflicto entre los japoneses y los chinos, donde el antiguo nombre volvió a aparecer en su forma original, porque se referían comúnmente a la guerra sino-japonesa.

Arriano hacía referencia, en el 140 d.C.,[109] a los Sinae o Thinae como un pueblo en las partes más remotas de Asia. Esto trae a la mente la referencia a los Sinim en Isaías 49:12, que vienen «de lejos», pero específicamente no del norte ni del oeste.

Volviendo de nuevo a la observación de Conder respecto a la «lejana Cathay» de las referencias medievales, tendría sentido suponer que los remanentes de los hititas tras la destrucción de su Imperio se dirigieron hacia el Este y se asentaron entre los sinitas, que eran sus parientes, y que contribuyeron a su civilización con ciertos artes, principalmente la metalurgia (especialmente la fundición de hierro), y que fueron absorbidos tan totalmente que desaparecieron posteriormente de la historia como pueblo individual.

El hallazgo del hombre prehistórico en las cuevas de Chou-kou-tien con restos esqueletales con una variancia suficiente para cubrir desde los límites occidentales de tipos en China hasta tipos del Nuevo Mundo ha parecido para muchos una clara evidencia de que los que se asentaron en el Nuevo Mundo pasaron por China. Que el Nuevo Mundo fue poblado por un grupo humano mongoloide es cosa en la que hay un acuerdo general, aunque hay alguna evidencia de un pequeño componente negroide.[110] La evidencia, es cierto, es pequeña, pero la evidencia que tenemos me parece señalar en la misma dirección, apoyando nuestra aseveración inicial de que no solo África con sus razas negras, sino que también el Lejano Oriente y las Américas con sus razas de color fueron todos descendientes de Cam.

Hay una ilustración adicional acerca de cómo los descendientes de Cam pudieron haber contribuido de forma singular a la civilización jafética, en este caso a la romana. La contribución hecha a la cultura jafética por los sumerios, los egipcios, los cretenses y posteriormente los chinos, y por los amerindios, se explora de forma detallada en la Parte IV de Noah’s Three Sons, «The Technology of Hamitic People [La tecnología del pueblo camita]». La contribución hecha por los etruscos también se trata en dicho artículo. El origen de los etruscos, aunque se ha estudiado y especulado sobre ellos de forma intensa a lo largo de más de cien años, sigue siendo un misterio. Desearía sugerir que hay un nombre en la lista de los descendientes de Cam que podría ser una referencia al antecesor de ellos, Resen (versículo 19).

Se dice que Resen era una ciudad. Es característico de las primeras poblaciones y ciudades mencionadas en Génesis que recibieron los nombres de sus fundadores o de los hijos de sus fundadores. Según Génesis 4:17, Caín edificó una ciudad y la llamó del nombre de su hijo Enoc. Hay pocas dudas de que la Unuk y posteriormente Uruk de las inscripciones cuneiformes es un reflejo de esto. Como hemos visto en otro artículo, este antiguo asentamiento pasó posteriormente a llamarse Erec, y mucho más tarde Warka. Luego dio origen a la palabra que significa «ciudad»,[111] y que ha venido al inglés como «burg» y al castellano como «burgo». Hemos observado que Sidón es primero mencionado como el primogénito de Canaán, pero pocos versículos después como nombre de la ciudad (versículos 15 y 19). Similarmente, los jebuseos, que se suponen descendientes de un hombre llamado Jebús, vivían en una fortaleza llamada originalmente según su antecesor. De modo que me parece bien probable que cuando Nimrod pasó del sur de Babilonia a Asiria y edificó Nínive y Resén, entre otras ciudades, nombrase la ciudad como Resén bien por un antecesor, bien por un pariente inmediato. No es estrictamente necesario demostrar que los etruscos fueron una especie de grupo colonizador que se originó de este concreto asentamiento fundado por Nimrod. Todo lo que estoy proponiendo es que un antecesor llamado Resén no solo adquirió suficiente importancia para que una ciudad antigua recibiese su nombre en Asiria, sino que también fuese la cabeza de un pueblo que creció hasta tener el suficiente poder y tamaño para migrar a Europa y al norte de Italia, desde donde se multiplicaron y se enriquecieron y cultivaron lo suficiente como para inspirar a los romanos jaféticos a apropiarse de una gran parte de su arte, leyes, costumbres y tecnología, sin apenas introducir ninguna mejora.

La pregunta es, ¿podemos justificar de manera razonable lo apropiado de derivar la palabra más familiar «etrusco» desde una antigua Resén, de remontar este mismo pueblo hasta el Oriente Medio y en estrecha proximidad con Asiria, y de establecer su afinidad racial como no indoeuropea ni semítica? La respuesta a todas estas tres preguntas puede darse en sentido afirmativo con una cierta certidumbre sobre las siguientes bases.

Para empezar, se puede decir de manera directa que el pueblo de Etruria o Toscana era conocido por los primitivos griegos como los Tyrsenoi. Los primeros romanos lo conocían como Etrusci. Pero en los tiempos clásicos latinos, ellos se designaban a sí mismos como los Rasena.[112]

Según Herodoto,[113] este pueblo procedía de Lidia. Afirmaban haber inventado, a lo largo de una prolongada hambruna en la tierra, una serie de juegos, incluyendo el de los dados. Posteriormente pasaron al norte de Italia y a Grecia como resultado de la siguiente circunstancia. La situación se agravó hasta tal punto que se decidió dividir a la nación en dos, con una mitad emigrando de Lidia con la esperanza de salvar a la otra mitad. El hijo del rey se llamaba Tirreno, que devino el caudillo por designación de la mitad de la nación que partió de Lidia. Después de haber navegado dejando a un lado a muchos países, llegaron a un lugar que Herodoto llama «Umbría» (aparentemente se designa con este término a todo el norte de Italia), donde se edificaron ciudades. Dejaron su antiguo nombre de Lidios, y tomaron para sí el nombre del hijo del rey, tirrenos.

Que este pueblo, los etruscos, procedía de Asia Menor, queda confirmado por criterios lingüísticos y otros. El profesor Joshua Whatmought[114] dice: «Difícilmente se pueden abrigar dudas de las afinidades anatólicas de los etruscos». Raymond Bloch[115] cree, en base a la evidencia lingüística, que los etruscos pertenecían a una familia no muy estrechamente vinculada que habitaba en las riberas del Mediterráneo, incluyendo el Asia Menor, antes que la invasión indoeuropea trastornase la estructura de la región, y que tuvo lugar en el segundo milenio a.C. Él considera que los etruscos eran una «bolsa» de este pueblo desplazado, y que esto explica las semejanzas entre sus costumbres sociales y religiosas y las de ciertos pueblos de Asia Menor.

Hace muchos años, el profesor E. St. John Parry[116] presentó evidencias para demostrar que los pelasgos, que, como los etruscos, edificaban monumentos megalíticos, pueden haber quedado trastornados al mismo tiempo por la misma circunstancia, y que emigraron de Asia Menor de forma paralela, quedando posteriormente confundidos por ellos por los primeros historiógrafos.

Una cosa sí parece bien establecida, y es que su lengua no era indoeuropea ni semítica.[117] Parece bien fundamentado suponer (aunque el lenguaje no es en absoluto una guía segura en esta cuestión) que ellos mismos eran racialmente diferentes de los indoeuropeos.[118] Se ha propuesto una relación con otras «bolsas» —los vascos, por ejemplo.[119]

Hemos mencionado la tradición que atribuye a los etruscos o Racena la invención de los dados. Hace años se encontraron un par de dados con los números aparentemente escritos en lugar de meramente indicados mediante puntos. Poco después de este descubrimiento, el Rev. Isaac Taylor presentó un artículo[120] al Instituto Victoria en Londres donde mostraba que la interpretación más probable de los numerales se podía encontrar mediante referencia a términos semejantes en finés, altaico y vasco. Pocos años después, mientras esta cuestión seguía viva —como sigue estándolo— un Mr. R. Brown presentó un artículo[121] ante este mismo Instituto donde, en un apéndice, se comparan algunas otras palabras etruscas con ciertas palabras sumerias. Así, quizá estamos acercándonos más a la antigua Resén de Génesis 10.

En su obra Origin of Nations, Rawlinson[122] llama la atención al hecho de que ciertos bronces etruscos están decorados o adornados con figuras en hileras, que exhiben esfinges y seres humanos que, sugiere él, no son desemejantes a procesiones parecidas que se encontraron cerca de Nínive. Estos paralelos asirios los descubrió Layard, y los comunicó en su célebre obra Discoveries in the Ruins of Babylon and Nineveh. De dichos descubrimientos, Layard escribió lo que sigue:[123]

Un segundo cuenco, de 7,5 pulgadas de diámetro y de una profundidad de 3/4 pulgadas, tiene en el centro un medallón y a los lados en un relieve muy elevado dos leones y dos esfinges ... que llevan un collar, plumas y un tocado en la cabeza formado por un disco con dos uraeus. Ambos cuencos son dignos de mención por lo atrevido del relieve y por el arcaico tratamiento de las figuras, semejantes a este respecto a los marfiles previamente descubiertos en Nimrud.
     Recuerdan poderosamente los antiguos restos de Grecia, y en especial el trabajo en metal y la cerámica pintada descubiertos en tumbas muy antiguas en Etruria, a los que se parecen tan estrechamente no solo en designio sino en tema, con la introducción de los mismos animales míticos y de los mismos ornamentos, que no podemos dejar de atribuir a ambos el mismo origen.

 Layard resalta esta impresión ilustrando su argumento con tallas de madera en el texto, que muestran que las figuras encontradas sobre un pedestal de bronce en Powledrara en Etruria «son exactamente similares a las que aparecen sobre un fragmento de un plato traído de Nínive». Así, un hilo conductor de evidencia nos retrotrae hasta las mismas cercanías de Nínive, donde estaba situada la ciudad de Resén.

Hay otra evidencia adicional que nos lleva de vuelta a la misma antigua fuente. Es de naturaleza distinta aunque igualmente sugerente. Los romanos celebraban anualmente un festejo llamado «Fiesta de Saturno» o «Saturnalia», durante la que los tribunales estaban cerrados, los escolares tenían vacaciones, y se suspendían todas las actividades comerciales. Una costumbre a resaltar era la «liberación» o «manumisión» de todos los esclavos, a los que se les permitía decir lo que quisieran acerca de sus amos, y que tomaban parte en un banquete revestidos de los ropajes de sus amos, los cuales les servían a la mesa. Este período de libertad duraba alrededor de una semana.

El origen de esta fiesta, según la obra de Smith Dictionary of Greek and Roman Antiquities, no es seguro.[124] Una leyenda lo atribuía a los pelasgos. En vista de que tantos de los rasgos de la primitiva cultura romana, incluyendo sus ceremonias, son atribuibles directamente a los etruscos, y de que los etruscos y los pelasgos eran a veces confundidos entre sí, parece posible que esta extraña práctica de dar a los esclavos una semana de total libertad, más aún, de licencia, fuese originalmente introducida por los etruscos.

Por ello, me parece sumamente significativo que cuando el profesor Pinches leyó un artículo ante el Instituto Victoria titulado «Notes upon Some of the Recent Discoveries in the Realm of Assyriology», hiciese referencia a una inscripción del célebre Gudea donde exponía que después de haber edificado Eninnu (una casa o templo), «liberó esclavitudes y confirmó beneficios. Durante siete días no se exigió obediencia, la criada fue hecha como su ama, y el siervo como su señor». Comentando acerca de ello, el profesor Pinches[125] observa:

Naturalmente, los sumerios eran propietarios de esclavos, pero parecen haber sido de disposición afable, y que daban buen trato a sus esclavos. En este caso se dice que se les dio siete días de vacaciones, y este es el único registro cuneiforme conocido con tal mención.

Es desde luego cosa notable que haya un vacío de tantos siglos de ausencia de referencia a esta costumbre desde Gudea hasta los tiempos romanos, pero es evidente que la costumbre fue transmitida de una u otra forma, y parece bien lógico suponer que los transmisores fueron los Racina, los descendientes de un cierto Resen que estaban familiarizados con la cultura de Asiria.

En suma, entonces, tenemos a un pueblo que se designaba como Rasena, por un antecesor cuyo nombre podría ser una forma del más antiguo Resén, comenzando en Asiria, estableciéndose en Lidia, desde donde posteriormente emigraron al norte de Italia, y que hablaba un lenguaje ni semítico ni indoeuropeo, que eran de forma especial constructores de ciudades (como prosiguiendo la tradición de su antecesor), y que seguían produciendo obras de arte para las que se han encontrado paralelos bien exactos en el mismo lugar donde Génesis 10 dice que se edificó la ciudad de Resén.

Es bien posible que así como Sidón fue recordado por una ciudad nombrada por él, igualmente la ciudad de Resén conmemorase a un patriarca cuyos descendientes, mucho después que la ciudad hubiera desaparecido, se multiplicaron y prosiguieron sus tradiciones heredadas de vida urbana, así como el nombre de su antecesor, y se asentasen en Etruria, donde hicieron una magna contribución al fundamento de la civilización romana que, con el tiempo, ha llegado a ser la nuestra.




Capítulo 4


L
os descendientes de Sem


A

 PESAR de que en la línea de Sem iban a seguir los Legisladores, Profetas, Sacerdotes y Reyes acerca de cuya historia trata el resto del Antiguo Testamento, hay menos que decir acerca de esta parte de la genealogía. Pero hay uno o dos puntos que vale la pena observar, en parte porque la autenticidad de la Tabla también queda apoyada aquí, y en parte porque se presta una atención particular a un personaje, Peleg, que es objeto de una mención especial, como Nimrod en la sección precedente.

Primero, tenemos a Elam relacionado como aparentemente el primogénito de Sem. Se creyó durante muchos años que el país designado por su nombre al este de la Mesopotamia meridional había sido colonizado por un pueblo claramente no semita, y la declaración bíblica fue puesta aquí en tela de juicio. Pero subsiguientes excavaciones han demostrado que el pueblo más primitivo que se asentó allí fue desde luego el semita. Es a menudo cierto que aparecen cosas que aparentemente militan en contra de la Palabra de Dios al principio, pero al final una mayor luz la vindica completamente. La persona que la acepta es como quien parece estar perdiendo una batalla pero que goza de la absoluta seguridad de alcanzar la victoria final. Esta es una posición mucho más feliz en la que encontrarse, a la larga, que estar gozando de una aparente victoria solo para encontrar al final que uno es un perdedor. Una autoridad como S. R. Driver,[126] aunque resalta el hecho de que en tiempos posteriores los elamitas eran racialmente totalmente distintos de los semitas (con su lengua, por ejemplo, aglutinante), se vio obligado a admitir que «inscripciones recientemente descubiertas» parecen haber demostrado que en tiempos muy remotos Elam fue poblada por semitas. No pudo dejar de añadir que la aseveración bíblica probablemente se originó porque Elam dependió en tiempos muy posteriores de la semita Babilonia; asegura él a sus lectores que «es muy improbable» que el autor original de Génesis 10 pudiera haber sabido lo que ahora sabemos. Pero desde la época de Driver, adicionales excavaciones han proporcionado evidencias muy poderosas de vínculos culturales directos entre algunas de las más antiguas ciudades en Babilonia y los estratos más inferiores en Susa, la capital de Elam.[127]

La evidencia parece ahora indicar claramente la presencia en Mesopotamia, en tiempos muy tempranos, de tres distintos grupos humanos, los sumerios (camitas), los más antiguos babilonios (semitas), y un grupo humano a quien tanto Childe como Mallowen designan propiamente como jafetitas (esto es, indoeuropeos). Como lo expresó Childe:[128]

A partir de registros escritos posteriores, los filólogos deducen la presencia de tres grupos lingüísticos —«jafetitas» (conocidos solo por inferencia a partir de unos pocos nombres de lugares); semitas (hablando una lengua relacionada con el hebreo y el árabe); y los dominantes sumerios.

La dinámica como la presenta Childe en otro estudio[129] desvela que el primer pueblo en entrar en Mesopotamia procedió del Este y que no eran sumerios, sino de hecho elamitas semíticos, que fundaron unas ciudades tan antiguas como Al-Ubaid y Jemdet Nasr. Estas gentes se establecieron primero en el sur y se extendieron gradualmente hacia el norte, pero sin perder los vínculos culturales que nos devuelven a Elam. Childe propone luego que siguió una segunda oleada de inmigrantes a Mesopotamia, que esta vez no eran semitas, sino sumerios, esto es, elamitas. Esta gente introdujo nuevas influencias civilizadoras que llevaron a un considerable avance cultural, hasta que, para la época del período de Uruk, y aunque todavía eran una minoría, habían llegado a tomar el poder. Mientras, más al norte, esto es, en Asiria, los semitas prosiguieron su lento desarrollo hasta que surgió en el sur un hombre a quien la Escritura designa como Nimrod, en la línea de Cam. Este se estableció como señor del Sur y luego viajó hasta Asiria, o, como lo expresa la Escritura, «De esta tierra salió para Asiria». Al mismo tiempo fundó una cantidad de ciudades que se mencionan en Génesis 10 en relación con Nínive.

Mallowen resalta las distinciones entre estos dos tipos dominantes, los sumerios y los acadios, esto es, los camitas y semitas, en este temprano período del desarrollo del país.[130] Al mismo tiempo, también resalta que existía otro grupo, cuya existencia está bien establecida sobre bases lingüísticas. Speiser[131] propuso la designación de jafetita para este pueblo, conocido en época muy temprana en el país montañoso al este del Tigris. Eran conocidos especialmente por lo claro de su piel. Que habían entrado en la Mesopotamia meridional al menos en algunos números en tiempos muy tempranos lo ha observado Campbell Thompson,[132] aparte de Speiser.

Así, la imagen general, aunque los detalles no son tan claros como podríamos desear, apoya sin embargo las implicaciones de Génesis 10, incluso permitiéndonos detectar reverberaciones de las hazañas de Nimrod, que por otra parte sigue sin identificar. Algunos han establecido un dominio del sur sobre el norte: quizá debido a Nimrod.

El segundo punto a observar en esta sección de la genealogía es la nota acerca de Peleg: «en sus días fue repartida la tierra». Las interpretaciones de esta breve nota han sido a la vez amplias e interesantes. Recientemente ha comenzado a hacerse aparente que los pelasgos de la antigüedad, que fueron grandes mercaderes navegantes y en ocasiones piratas, pueden haber recibido su nombre de Peleg en los tiempos más remotos. Superviviendo en una multitud de formas aparece un determinativo adjunto a muchas palabras que tiene el efecto de convertir la palabra en un patronímico. Esto aparece por ejemplo con «–icus», en la palabra «Germanicus»; también con «–ico», en la palabra «Británico», «–ski» en muchos nombres rusos familiares, posiblemente «–cos» en la palabra «etruscos», y «scion» en inglés. Otro término, que es el punto importante en este contexto, es «skoi», puesto detrás del nombre más antiguo «Peleg», que da el compuesto «Pelegskoi». Estos son los «pelasgos». Los pelasgos constituyen un gran misterio, porque aunque parecen haber sido muy poderosos, no está clara su procedencia ni lo que les sucedió. Cuando los tracios descendieron al Egeo desde el norte en el siglo 14 a.C., desplazaron a los pelasgos del territorio que habían poseído entre el Hebrus y el Strymon. Es curioso encontrar a los pelasgos ocupando un territorio adyacente a un río, el Hebrus, con un nombre tan reminiscente de Heber, que, según Génesis 10:25, era el padre de ellos. Después de haber sido desplazadas, estas gentes parecen haber sido absorbidas por los pueblos griegos, con los que quedaron posteriormente confundidas. Dice Munro:[133]

La nación de los pelasgos dejó de existir como tal, adoptándose el nombre de jonios, probablemente entre las comunidades mezcladas en el lado asiático.

Quizá debido a que los pelasgos eran una nación no de habla griega, fueron más fácilmente identificados por los griegos, que tenían la tendencia a poner a todos los extranjeros en el mismo montón, con los etruscos, que tampoco eran griegos. Sin embargo, parece que no eran, en realidad, el mismo pueblo. Así, tenemos posiblemente a un grupo de «heberitas» que adquirieron alguna notoriedad durante un tiempo en el mundo primitivo, solo para desaparecer tras ser desplazados de su emplazamiento primero y absorbidos en la mezcolanza de pueblos que habitaban en la región del Egeo.

Su antecesor, Peleg, recibió su nombre debido a un acontecimiento que ha sido diversamente interpretado. En el Libro de Jaser (2:11), que se atribuye a Alcuino y que es muy probablemente espúreo, hay una interesante observación acerca de este hombre:

Fue Peleg quien inventó el seto y el foso, la muralla y el baluarte; y quien repartió por suertes las tierras entre sus hermanos.

En su Comentario, Jamieson[134] expone su creencia de que este acontecimiento fue una división formal de la tierra realizada por Noé, actuando por impulso divino, entre sus tres hijos. Se propone que hay una referencia adicional a este acontecimiento en Deuteronomio 32:8 y Hechos 17:24–26. Peter Lange[135] hace referencia a una obra de Fabri titulada «Origin of Heathenism [El origen del paganismo]», publicada en 1859, en la que el autor interpreta la expresión como refiriéndose a un cataclismo que partió violentamente la tierra, produciendo sus actuales masas continentales.[136] Esto, naturalmente, fue mucho antes que Wegener, Taylor y Du Toit publicasen sus ideas acerca del concepto de la Deriva de Continentes, cuestión esta muy candente en la actualidad.

Una palabra más acerca de Peleg. En la obra de consulta International Standard Biblical Encyclopedia se hace referencia a un fragmento de un documento geográfico procedente de Babilonia (80-6-17, 504) que muestra una serie de ideogramas que se leen provisionalmente como Pulukky, quizá una forma modificada de Peleg. Esto va seguido de las palabras «Sha ebirti», que bien podría significar «Pulukku que fue de Heber», o podría tratarse de una frase compuesta, «Pulukku-del-Vado». Se podría concebir de un asentamiento de pelegitas que se estableciese en el río en un punto donde se pudiera vadear, siendo este río el que fue designado después como el Hebrus. Sea cual fuere la verdad de este asunto, la palabra «Peleg» parece habernos llegado de alguna forma a través del griego en la forma de «pelagos», que significa «mar». Si hay una verdadera vinculación, esto podría denotar otra idea, esto es, que la «división» tuvo lugar cuando los hombres comenzaron a migrar por primera vez a través de las aguas. La frase «la tierra fue repartida» podría interpretarse con el significado de «los pueblos de la tierra quedaron divididos», esto es, por agua.

Esto es desde luego especulativo, pero en conjunto uno abriga la impresión de que «Peleg» fue lo suficientemente importante para que su nombre fuese retenido en diversas formas que reflejan la breve anotación que aparece en Génesis 10.

Ahora se debería hacer una mención de los hijos de Joctán, trece en total, todos los cuales parecen haberse establecido en Arabia, principalmente al sur. Almodad puede quizá seguirse a Al Mudad; Selef, en Yemen, representado por Es Sulaf, y quizá los Salapeni de Tolomeo; Hazar-mavet, en la actualidad Hadramawt; Jera, colindante con el anterior, se encuentra posiblemente en el nombre de una fortaleza, Jeraj; Adoram, representado por los adramitas en el sur de Arabia, mencionados por Plinio y Tolomeo; Uzal, que es probablemente el antiguo nombre de la capital del Yemen; Dicla, un lugar de cierta importancia en Yemen, conocido como Dakalah; Obal, preservado quizá en diversas localidades en Arabia del sur con el nombre de Abil; Abimael está totalmente sin identificar; Seba podría indicar a los sabeos; Ofir, quizá representado por Afar, la capital sabea a la que se refiere Tolomeo con el nombre de Sapfara (Geog. 6.7), y que quizá sea la moderna Zafar; Havila, el distrito en Arabia Felix, conocida como Jawlan; y Jobab, generalmente identificado con los jobaritas mencionados por Tolomeo entre las tribus árabes del sur, y que se sugiere que lo leyó erróneamente como Iobabitai, en lugar de un original Iobaritai.

El primer límite al que se hace referencia en Génesis 10:30 se refiere quizá a Massa (véase Génesis 25:14), una tribu del norte de Arabia, a alrededor de mitad de camino entre el Golfo de Aqaba y el Golfo Pérsico. Por otra parte, hay un puerto llamado Mousa, o Mouzda, mencionado por Tolomeo, Plinio, Arriano y otros antiguos geógrafos y que quizá es el lugar que se menciona aquí. Esta era una ciudad de una cierta importancia en los tiempos clásicos, pero desde entonces ha caído en decadencia, si la moderna «Mousa» es el mismo lugar. Gesenius, por la latitud que da Tolomeo, sitúa Mesha en Maushid, en la costa occidental del Yemen. Si esto último es cierto, entonces la segunda localidad geográfica debe quizá encontrarse en Sefar, un monte al este, que debe comprenderse como el Sipar, mencionado con Elam y Susa, mencionado en un texto descubierto en Susa. Esta nota en Génesis 10 significaría entonces que los trece hijos de Joctán se establecieron entre estos dos puntos, y el emplazamiento de Ofir parecería localizado dentro de la península, no en la desembocadura del Indo, como algunos han pensado.

Ha habido muchas ocasiones en las anteriores consideraciones para observar lo que es solo de esperar de esta época tan temprana, esto es, la proximidad entre sí de representantes de las tres ramas de la familia de Noé. No se debe pensar ni por un momento que los semitas, camitas y jafetitas se fueron cada uno por su camino sin mezclas matrimoniales y el consiguiente mestizaje. Por ello, no debería sorprendernos encontrar en esta Tabla que el mismo nombre pueda reaparecer en dos diferentes secciones de la familia de Noé. Así, leemos de dos personas llamadas Seba, una en el versículo 7 como hijo de Cus, y otra en el versículo 28 como hijo de Joctán. Rawlinson[137] explica cómo la evidencia lingüística demuestra la existencia temprana de al menos dos razas en Arabia: «una, en las regiones septentrional y central, semítica, y hablando la lengua usualmente conocida como árabe; y otra en las regiones más meridionales, que es no semítica, y que por el parecido de su lengua con los dialectos de los aborígenes de Abisinia, los descendientes de los antiguos etíopes, merece ser llamada etiópica o cusita». Por tanto, aquí no tenemos el caso de una duplicación errónea, sino de una confirmación indirecta de la veracidad del registro, porque hubiera sido cosa más sorprendente si en aquel tiempo no se hubieran repetido nombres entre las diferentes familias.

Hasta ahora, por tanto, las evidencias que tenemos que afecten directamente a esta antigua Tabla de las Naciones tienden de forma consecuente hacia su vindicación como documento que es a la vez etimológicamente sano y de gran importancia histórica.




Capítulo 5


El círculo en expansión

P

ARECE IMPROBABLE, incluso admitiendo todas las posibles discontinuidades en el texto que algunos están persuadidos que tienen que existir, que se pueda empujar hacia atrás la fecha del Diluvio y con ella la fecha de los acontecimientos bosquejados en esta Tabla de las Naciones, más allá de unos pocos miles de años a.C. Como mucho, estos acontecimientos difícilmente pueden haber ocurrido hace mucho más de 6000 años —y, personalmente, me parece que 4500 años está más cerca de la verdad. En este caso nos vemos obligados a concluir que, excepto por los que vivieron entre Adán y Noé y fueron destruidos por el diluvio, y cuyos restos creo que es probable que nunca se encuentren, todos los hombres fósiles, todos los pueblos prehistóricos, todas las comunidades primitivas extintas o vivientes, y todas las civilizaciones desde entonces, se tienen que englobar dentro de este lapso de unos pocos miles de años. Y, así de entrada, esta propuesta puede parecer totalmente absurda.

Sin embargo, en este capítulo espero poder demostrar que hay líneas probatorias de considerable fuerza en apoyo de la anterior proposición. Al exponer esto, surgirán toda clase de objeciones en la mente del lector que tenga algún conocimiento extenso de las actuales perspectivas de la antropología física. Se hace un intento en discurrir acerca de algunas de estas objeciones en otros artículos Doorway: «Fossil Man and the Genesis Record [El hombre fósil y el registro del Génesis]», «Primitive Cultures: Their Historical Origins [Las culturas primitivas: sus orígenes históricos]»; «Longevity in Antiquity and Its Bearing on Chronology [La longevidad en la antigüedad y sus consecuencias para la cronología]», y «The Supposed Evolution of the Human Skull [la supuesta evolución del cráneo humano]». Sin embargo, algunos problemas permanecen sin resolver. Con todo, no hay necesidad de resolver todos los problemas antes de presentar una postura alternativa.

Es nuestra posición que Noé y su esposa y familia fueron verdaderas personas, los únicos supervivientes de un cataclismo principal, cuyo mayor efecto fue borrar la antigua civilización que se había desarrollado desde Adán hasta aquel tiempo. Cuando el Arca tocó tierra, quedaron ocho personas vivas en el mundo, ni una más. Tocando tierra en alguna parte de Armenia, comenzaron a extenderse al irse multiplicando, aunque por un tiempo mantuvieron una tradición cultural homogénea. La pauta familiar inicial, originada por la existencia en el grupo de tres hijos y sus esposas, dio origen con el transcurso del tiempo a tres distintos grupos raciales que, según su linaje patriarcal, son más propiamente designados como jafetitas, camitas y semitas, pero en terminología moderna serían representados por el pueblo semita (hebreos, árabes y naciones antiguas como los babilonios, asirios, etc.), los camitas mongoloides y negroides, y los jafetitas caucasoides.

Al principio se mantuvieron juntos. Pero en el decurso de un siglo, más o menos, se disgregaron en pequeños grupos, y posteriormente algunos de la familia de Sem, la mayoría de la familia de Cam y unos pocos de la familia de Jafet llegaron del este a la llanura de Mesopotamia (Génesis 11:29). Aquí parece, por las evidencias tratadas en otros artículos, que la familia de Cam, que había llegado a ser políticamente dominante, inició un movimiento para impedir una mayor dispersión proponiendo la edificación de un monumento como punto visible de reunión en la llanura, con lo que se atrajo un juicio que llevó a una dispersión forzada y rápida de la misma por toda la tierra.

Esta circunstancia explica que en cada parte del mundo donde Jafet ha migrado posteriormente ha ido siempre precedido por Cam —lo cual se aplica a cada continente. En tiempos prehistóricos esto siempre resulta cierto, con los restos fósiles más antiguos mostrando rasgos negroides o mongoloides, mientras que los que siguieron no son así. Es cosa cierta que en tiempos protohistóricos todos los avances culturales que lograron los pioneros camitas tendieron a ser absorbidos por los sucesores jafetitas. El registro de la extensión más relajada de Jafet por la tierra ha quedado manchado por la destrucción tanto de la cultura como de sus creadores camitas siempre que los jafetitas llegaron con la suficiente fuerza para conseguir el dominio. Esto sucedió en el Valle del Indo, sucedió en América Central, sucedió con las tribus indias de América del Norte, sucedió en Australia, y solo la superioridad numérica ha preservado a África hasta ahora de la misma suerte. La deuda de Jafet para con Cam por su contribución pionera en el dominio del medio ambiente se explora ampliamente y documenta en el artículo Doorway nº 43, «The Technology of Hamitic People [La tecnología del pueblo camita]», parte IV del volumen Noah´s Three Sons, y su complementario, el artículo 28, Parte I del mismo volumen, «The Part Played by Shem, Ham, and Japheth in Subsequent World History [El papel de Sem, Cam y Jafet en la posterior historia mundial]». No repetiremos aquí dichos argumentos.

Ahora bien, a pesar de los descubrimientos en Sudáfrica en años recientes, sigue siendo verdad que tanto si hablamos del hombre fósil como de antiguas civilizaciones, de pueblos coetáneos o nativos, o de la actual población del mundo, resulta que todas las líneas migratorias que pueden seguirse todavía en la actualidad irradian desde el Oriente Medio.

La pauta es como sigue. A lo largo de cada ruta migratoria se encuentran asentamientos, cada uno de los cuales difiere ligeramente del que le precedió y del que le sigue. Como regla general, la dirección del movimiento tiende a evidenciarse por una pérdida gradual de artefactos culturales, que siguen en uso más atrás en la línea, pero que o bien desaparecen del todo más adelante en la línea, o son copiados de una forma burda o meramente representados en imágenes o en folklore. Cuando irradian diversas líneas a partir de un solo centro, la imagen que se presenta es más o menos una serie de círculos cada vez más amplios de asentamientos, donde cada uno va compartiendo menos y menos de los artefactos culturales originales que persisten en el centro. Al mismo tiempo aparecen artículos completamente nuevos, que están pensados para satisfacer nuevas necesidades que no se encuentran en el centro. Cuanto más uno se aleja del centro siguiendo estas rutas migratorias, tanto más nuevos y singulares serán los artículos que será probable encontrar y que no sean compartidos por otras líneas, pero quedan algunas reminiscencias de unos pocos vínculos particularmente importantes o útiles con la patria original. Si uno entra en un asentamiento sin un conocimiento previo de la dirección desde la que llegaron los colonos, uno no puede estar seguro de la manera en que tengan que remontarse las relaciones. Sin embargo, hay por lo general algún fragmento probatorio que permite a uno separar los artefactos que han sido introducidos de aquellos que se han desarrollado en el lugar. Esto es particularmente así siempre que aparecen artículos complejos que exigen materiales no disponibles en la localidad. A veces la evidencia es de segunda mano, como cuando se encuentra un artículo que es evidentemente una copia, y hay algo en su construcción que lo demuestra. Por ejemplo, ciertas vasijas de cerámica minoica son claramente copias de prototipos metálicos, tanto por la forma que adoptan como por su ornamentación.[138] Allí donde las asas de cerámica de estas vasijas se unen con el cuerpo de las mismas, hay pequeños botones de barro cocido que no sirven a ninguna función, pero que son un evidente intento de copiar los roblones que en el pasado fijaban las asas metálicas al cuerpo metálico del prototipo. Estos prototipos aparecen en Asia Menor, y queda por ello demostrado de qué manera se tiene que seguir la línea migratoria, porque es inconcebible que la vasija de cerámica con sus pequeños botones de barro cocido diese al metalúrgico la idea acerca de dónde poner los roblones.

En las más antiguas migraciones que, si nos dejamos guiar por la cronología de las Escrituras, tienen que haber sido bastante rápidas, fue inevitable que se diese una tendencia más marcada hacia la pérdida de artículos culturales comunes al centro según uno se va desplazando, en lugar de hacia la obtención de nuevos artículos.[139] Con ello el nivel general de la cultura descendería, aunque las tradiciones orales, los rituales y las creencias religiosas cambiarían más lentamente. A su tiempo, después que un grupo humano suficientemente grande hubiera permanecido en algún lugar, surgiría un nuevo «centro» con muchas de las antiguas tradiciones preservadas pero con algunas de nuevas establecidas con suficiente vigor para enviar nuevas oleadas de influencias tanto más adelante como atrás a lo largo de la línea de migración.

Juntamente con estas pérdidas culturales en la inicial expansión de los pueblos camitas habría una cierta degradación física. No es solo que en muchos casos la gente tiende a no estar preparada para los rigores de la vida pionera y a degradarse culturalmente como consecuencia de ello, sino que el alimento mismo es a menudo muy insuficiente o inapropiado, y sus cuerpos tampoco se desarrollan de forma normal. Como Dawson ha observado,[140] cuanto más cultivado es un inmigrante al llegar, tanto más gravemente queda obstaculizado y propenso a sufrir cuando se le privan las amenidades familiares de su vida anterior. Esto, por ejemplo, lo han observado los que han estudiado los efectos de la dieta sobre el cráneo humano, y este tema se trata con cierto detalle en «The Supposed Evolution of the Human Skull [La supuesta evolución del cráneo humano» (contenida en el volumen 2 de Doorway Papers Series); y, con respecto a la cultura, en «Primitive Cultures: Their Historical Origins [Las culturas primitivas—sus orígenes históricos]» (también en el vol. 2).

El establecimiento ocasional de lo que se pudiera designar como centros culturales «provinciales» a lo largo de las diversas rutas migratorias ha complicado enormemente la pauta de relaciones en los tiempos protohistóricos, pero la evidencia que existe, incluso con lo exigua que es en ocasiones, da un fuerte apoyo a la Cuna de la Humanidad en el Oriente Medio, desde donde salieron sucesivas oleadas de pioneros que no eran indoeuropeos ni semitas. Se trataba de pioneros camitas, bien de tipo mongoloide o negroide con algunas mezclas, que abrieron caminos y nuevos territorios en todas las partes habitables de la tierra, y que finalmente establecieron una forma de vida en cada localidad que en cada nivel básico hacía un uso máximo de las materias primas y de los recursos de aquella localidad. Los jafetitas los siguieron, edificando sobre este fundamento y aprovechando esta tecnología básica a fin de levantar con el tiempo una civilización más elevada, a veces desplazando totalmente a los camitas, a veces educando a sus maestros en otras formas y luego retirándose, y a veces absorbiéndolos de forma que ambas líneas raciales quedaron fundidas en una.

Hasta ahora hemos estado tratando los grandes rasgos. Ahora pasaremos a un examen más detallado de la evidencia de que (a) la dispersión del hombre tuvo lugar desde un centro en alguna parte del Oriente Medio, y (b) que los que formaron la vanguardia eran de linaje camita.

Antes que se propusiera un origen evolutivo para el hombre, había un acuerdo general de que la Cuna de la Humanidad estaba en Asia Menor, o al menos en el Oriente Medio. Cualquier evidencia de tipos primitivos en el mundo, fuesen vivientes o fósiles, se consideraba prueba de que el hombre se había ido degradando al apartarse del lugar del Paraíso. Cuando el Evolucionismo capturó la imaginación de los antropólogos, los restos fósiles primitivos fueron inmediatamente considerados como prueba de que los primeros hombres no estaban constitucionalmente muy apartados de los simios. Pero se presentaba un problema, y era que los supuestos antecesores del hombre moderno parecían siempre aparecer en los lugares que no debían. Se seguía haciendo la suposición de que el Oriente Medio era el hogar del hombre, y por ello que estos tipos fósiles primitivos, que aparecían en todas partes menos en esta región, parecían totalmente fuera de lugar. Osborn, en su obra Men of the Old Stone Age, intentó explicar esta anomalía argumentando que se trataba de migrantes.[141] Él expresó su convicción de que tanto los habitantes humanos como animales de Europa, por ejemplo, habían migrado hacia allí en grandes oleadas procedentes de Asia y de África. Pero escribió que era probable que la fuente de las oleadas migratorias fuese Asia, siendo el norte de África solo el camino de paso. Esta era su posición en 1915, y cuando apareció en 1936 una tercera edición de su famoso libro, había modificado solo de manera ligera sus puntos de vista originales. Tenía un mapa del Viejo Mundo con esta nota al pie: «A través de esta dilatada era se tiene que considerar a Europa Occidental como una península rodeada de mar por todas partes y extendiéndose hacia al oeste como prolongación de la gran masa de tierras de Europa oriental y Asia —que fue el principal escenario de la evolución, tanto de la vida animal como de la humana».

Sin embargo, en 1930, y en contra de las expectativas, el profesor H. J. Fleure tuvo que admitir:[142]

No se han descubierto trazas claras de los hombres y culturas de la última parte de la Vieja Edad de Piedra (conocida en Europa como las fases auriñaciense, solutrense y magdaleniense) en las tierras altas centrales de Asia.

 La situación era fundamentalmente la misma cuando W. Koppers observó en 1952:[143]

Es cosa digna de resaltar que hasta ahora todos los hombres fósiles que se han encontrado en Europa, el Lejano Oriente y África, esto es, en regiones marginales de Asia que son de lo menos probable que hayan constituido la cuna de la raza humana. No conocemos ningunos restos del Asia central donde la mayoría de los eruditos que se han ocupado acerca del origen del hombre situarían las razas más tempranas.

 Es cierto que actualmente se han encontrado algunos hombres fósiles en el Oriente Medio, pero bien lejos de hablar en contra de esta área como el centro de posteriores migraciones, me parecen que hablan de forma indirecta —y por ello con tanta mayor fuerza— a favor de ella. Volveremos a esto más adelante.

El profesor Griffith Taylor de la Universidad de Toronto, hablando con referencia a movimientos migratorios en general, tanto en tiempos prehistóricos como históricos, escribió:[144]

Aparece una serie de regiones en las Indias Orientales y en Australasia que está dispuesta de forma que los más primitivos son los que aparecen más alejados de Asia, y los más avanzados más cerca de Asia. Esta distribución alrededor de Asia aparece cierta en las demás «penínsulas» [esto es, África y Europa, ACC], y es de fundamental importancia a la hora de tratar acerca de la evolución y de la situación etnológica de los pueblos de que se trate. . . .
     Sea cual sea la región que consideremos, África, Europa, Australia o América, encontramos que las principales migraciones han procedido siempre de Asia.

Después de tratar con algunos de los índices que emplea para establecer posibles relaciones entre grupos en diferentes áreas geográficas, observa:[145]

¿Cómo puede alguien explicar la estrecha semejanza entre tipos tan distanciados como los que se exponen aquí? Solo la expansión de zonas raciales a partir de una tierra-cuna común [énfasis suyo] puede explicar estas afinidades biológicas.

Y a continuación, cuando trata acerca de la etnología africana, observa:[146]

El primer punto de interés al estudiar la distribución de los pueblos africanos es que se mantiene la misma regla que hemos observado en los pueblos de Australasia. Los grupos más primitivos se hallan en las regiones más distantes de Asia, o, lo que es equivalente, en las regiones más inaccesibles. ...
     Dadas estas condiciones, parece lógico suponer que las zonas raciales solo pueden haber sido resultado de que pueblos similares se extendieran como ondas procedentes de un origen común. Esta tierra-cuna debería encontrarse aproximadamente entre las dos «penínsulas», y todas las indicaciones (incluyendo la distribución racial de la India) señalan a una región de evolución máxima no lejos del Turkestán. No es improbable que el factor tiempo fuese similar en la expansión de todos estos pueblos.

 De un modo similar, Dorothy Garrod escribió:[147]

Se está haciendo más y más claro que no es en Europa que tenemos que buscar los orígenes de los diversos pueblos paleolíticos que invadieron con éxito el oeste. ... La clasificación de De Mortillet, por tanto, solo registra el orden de llegada [mi énfasis, ACC] al Occidente de una serie de culturas, cada una de las cuales se originó y probablemente pasó la mayor parte de su existencia en algún otro lugar.

 V. G. Childe también escribió en este sentido:[148]

Nuestro conocimiento de la arqueología de Europa y del Antiguo Oriente ha fortalecido enormemente la posición de los orientalistas. Es cosa cierta que ahora podemos seguir provincias interconectadas de manera continua a lo largo de las cuales las culturas se observan distribuidas regularmente en zonas de grados descendientes alrededor de los centros de civilizaciones urbanas en el Antiguo Oriente. Esta zonación es la mejor prueba posible del postulado de difusión que mantienen los orientalistas.

 Al escribir acerca de la posible cuna del Homo sapiens, Henry Field da una reseña muy esquemática de los principales hallazgos del hombre fósil (hasta la fecha, en 1932), incluyendo hallazgos de Pequín, Kenia, Java, Heidelberg, (Piltdown), y Rhodesia (la actual Zimbabwe —N. del T.), y luego da un mapa donde las localiza; y luego observa:[149]

No me parece probable que ninguna de estas localidades pudiera haber sido el punto original desde el que migrasen los primeros hombres. Las distancias, combinadas con muchas barreras geográficas, tenderían a hacer insostenible una teoría de esta naturaleza. Sugiero que una región más o menos equidistante de los bordes exteriores de Europa, Asia y África puede haber sido desde luego el centro en el que tuvo lugar el desarrollo.

 Es cierto que estas declaraciones fueron escritas antes de los recientes descubrimientos en Sudáfrica, o en el Lejano Oriente en Chou-kou-tien, o en el Nuevo Mundo. De los hallazgos en Sudáfrica es poco lo que se puede decir de cierto, y no hay unanimidad acerca de su verdadera trascendencia. Los hallazgos en Chou-kou-tien, como intentaremos exponer, en realidad prestan apoyo a la tesis que presentamos aquí, y de manera interesante. En cuanto al Nuevo Mundo, nadie jamás ha propuesto que fuese la Cuna de la Humanidad. Así, el Oriente Medio sigue reteniendo la prioridad como el probable original Hogar del Hombre. Sin embargo, por lo que se refiere a dataciones, se tiene que admitir que ninguna autoridad con su reputación en juego propondría que este hogar se remonta a fecha tan reciente como la de nuestras cuentas de solo 4500 años. El problema del tiempo persiste y de momento no tenemos respuesta al mismo, pero podemos pasar a explorar las líneas de evidencia que en todos los demás respectos apoyan la tesis enunciada con anterioridad en este capítulo.

Parte de esta evidencia, cosa curiosa, es el hecho de la diversidad de los tipos físicos que se encuentra dentro de lo que parecen haber constituido familias unidas. Esto ha sido causa de alguna sorpresa, y sin embargo queda explicado si se acepta una dispersión desde un centro. Hace algunos años, W. D. Matthew hizo la siguiente observación:[150]

Sean cuales fueren las agencias que se asignen como causa de evolución en una raza, debería ser al principio más progresiva en este momento de la dispersión original, y seguirá este proceso en aquel punto como respuesta a cualquier estímulo que la causó originalmente, y que se expandirá en sucesivas oleadas migratorias, siendo cada oleada superior a la precedente. En cualquier punto de tiempo, por ello, las etapas más avanzadas estarán más cerca del centro de dispersión, y las etapas más conservadoras serán las más alejadas del mismo.


 

Fig. 3.   Emplazamientos aproximados de los restos fósiles o de pueblos primitivos que se mencionan en este volumen.

 


 

Se deben hacer algunos comentarios acerca de esta observación, porque conlleva importantes implicaciones. Lebzelter[151] observó que «donde el hombre vive en grandes conglomeraciones, la raza (esto es, la forma física) tiende a ser estable mientras que la cultura se vuelve especializada; allí donde vive en pequeños grupos aislados, la cultura es estable pero evolucionan razas especializadas». Según Lebzelter, esta es la razón de que la diferenciación racial fuese relativamente destacable en las etapas primitivas de la historia del hombre. La explicación de este hecho es bien clara. En una población muy pequeña y con una estrecha consanguinidad, los genes para caracteres singulares tienen mucha mayor probabilidad de expresarse de modo homocigótico, de modo que tales caracteres aparecen en la población con una mayor frecuencia, y tienden a perpetuarse. Por otra parte, una población tan pequeña puede tener una existencia tan precaria que el margen de supervivencia sea demasiado pequeño para alentar o permitir la expresión de diversidades culturales. Así, el tipo físico es variante pero va acompañado de conformidad cultural, mientras que en una comunidad grande y bien establecida, comienza a aparecer una norma física como característica de aquella población, pero la seguridad resultante de los números permite un mayor juego de la divergencia cultural.

Así, al mismo principio podríamos esperar encontrar en el área central una medida de diversidad física y de uniformidad cultural; y en cada centro secundario o provincial en sus etapas iniciales aparecería la misma situación. La diversidad física a esperar en base a lo expuesto quedaría aun más exagerada, como ahora se sabe, por el hecho (solo reconocido en época relativamente reciente) de que cuando cualquier especie establecida entra en un nuevo ambiente da en el acto expresión a una nueva y mayor capacidad de diversificación. Hace muchos años, Sir William Dawson observó este fenómeno en la biología de las plantas y de los animales.[152] En base al estudio de moluscos y otros fósiles posteriores al Plioceno, llegó a la conclusión de que «las nuevas especies tienden a variar hasta el mayor grado de sus posibles límites, y luego a permanecer estacionarios durante un tiempo indefinido». Una explicación de esto la propuso recientemente Colin H. Selby en Christian Graduate.[153] Esta circunstancia fue también objeto de una observación de Charles Brues,[154] que añade que «la variabilidad de formas es ligera una vez que la población es grande, pero al principio es rápida y extensa en el caso de muchos insectos para los que tenemos los datos necesarios». Adolph Schultz hizo adicionales observaciones acerca de este punto al tratar acerca de poblaciones de primates en el Simposio en Cold Springs Harbor en 1950.[155]

De modo que en realidad tenemos tres factores, todos los cuales se encuentran todavía funcionales en las poblaciones vivientes, y que deben haber contribuido a la marcada variabilidad en los restos fósiles primitivos, en particular cuando se encuentran varios especímenes en un único emplazamiento, como en Chou-kou-tien, por ejemplo, o en Obercassel, o en el Monte Carmelo.

Estos factores se pueden recapitular del siguiente modo: (a) Una nueva especie es más variable cuando aparece por primera vez; (b) Una población pequeña es más variable que una de grande; (c) Cuando una especie o unos pocos miembros de la misma pasan a un nuevo medio ambiente, vuelven a aparecer amplias variedades que solo se estabilizan con el tiempo. A estos tres puntos se debería añadir un cuarto, esto es, que las pequeñas poblaciones tienen propensión a ser muy conservadoras en su cultura, con lo que mantienen una gran identidad aunque estén muy extendidas geográficamente.

Los restos fósiles ofrecen un constante testimonio de la realidad de estos factores, pero esto solo tiene significado si damos por supuesto que una pequeña población comenzó en el centro y, al quedar firmemente establecida allí, envió sucesivas oleadas de migraciones que generalmente estaban compuestas de muy pocas personas en cada grupo individual, y que a su vez establecieron una sucesión adicional de centros, repitiéndose el proceso una y otra vez hasta que el hombre primitivo quedó esparcido por todas las regiones habitables del mundo. Al principio, cada nuevo centro exhibió una gran diversidad de tipos físicos, pero al multiplicarse se llegó a una mayor uniformidad con el paso del tiempo. Allí donde un centro subsidiario de este tipo quedó extinguido antes de lograrse esta uniformidad, pero donde sus restos quedaron preservados, la diversidad quedó, por así decirlo, retenida para nuestro examen. Al mismo tiempo, en áreas marginales donde los individuos o las familias sufrieron un desplazamiento por la acción de los que los seguían, las circunstancias se combinaron con frecuencia para degradarlos físicamente, de modo que el hombre fósil manifiesta una tendencia a exhibir una forma embrutecida —pero ello debido a razones secundarias. Por una parte, en las primeras etapas de estas migraciones la uniformidad cultural sería no solo la regla en cada grupo, sino necesariamente la regla también en todos los grupos. Y esto también se ha encontrado como cierto hasta un grado extraordinario. Desde luego, y siguiendo la regla acabada de enunciar, sería de esperar que los grupos más primitivos —aquellos que habían sido empujados hasta los círculos más alejados— exhibiesen la mayor uniformidad cultural, de modo que no sería sorprendente encontrar esta identidad en áreas tan periféricas como el Nuevo Mundo, Europa, Australia, Sudáfrica, etc., y esto es precisamente lo que se ha observado.

Unas líneas de evidencia que exploraremos algo más adelante nos llevan a la conclusión de que no deberíamos explorar estas áreas marginales, tanto respecto a coetáneos primitivos como a restos fósiles, en pos de una perspectiva de las etapas iniciales de la posición cultural del hombre. Es precisamente en estas áreas marginales donde no las encontraremos. La lógica de este argumento fue a la vez evidente para y llanamente rechazada por E. A. Hooten, que observó:[156]

La adopción de un principio como este demandaría la conclusión de que aquellos lugares donde uno encuentra formas primitivas de cualquier orden de animal son precisamente los lugares donde estos animales no pudieran haberse originado. ...
     Pero este es el principio de lucus a non lucendo, esto es, de encontrar luz donde uno no debiera, y que llevado a su extremo lógico nos llevaría a buscar la cuna del hombre en aquella área donde no hay trazas del hombre antiguo y de ninguno de sus precursores primates [mi énfasis, ACC].

 William Howells ha escrito con cierta extensión acerca de que, en sus palabras, «todas las huellas visibles llevan fuera de Asia».[157] Luego examina la situación respecto a las líneas migratorias emprendidas por los «blancos» y supone que al principio estuvieron atrincherados en el sudoeste de Asia «aparentemente con los Neandertales al norte y oeste de ellos». Él propone que en tanto que la mayoría de ellos penetraron tanto en Europa como en África del Norte, algunos de ellos pueden haberse desplazado hacia el este a través del Asia central y hacia el interior de China, lo que podría dar explicación de los ainu y de los polinesios. Él cree que la situación con respecto a los mongoloides es bastante clara, siendo que el origen de ellos estuvo más o menos en la misma área que la de los «blancos», desde donde poblaron el Este. Los pueblos de tez oscura son, en sus palabras «un rompecabezas mucho más formidable». Cree él que los aborígenes australianos se pueden remontar hasta la India, con alguna evidencia de ellos quizá en la Arabia meridional. Es de suponer que los negros africanos deben también haber derivado del Oriente Medio, quizá llegando a África por el Cuerno, y por ello también por vía de Arabia. Sin embargo, hay un número de pueblos de piel negra que parecen esparcidos aquí y allá de una manera que él denomina como «el enigma culminante», una de cuyas características principales es la peculiar relación entre los negros y los negritos. De estos últimos, dice lo siguiente:[158]

Se les localiza entre los negros en la selva del Congo, y aparecen en el límite oriental de Asia (las islas Andaman, la península de Malaca, probablemente la India, y posiblemente en el pasado en el sur de China), en las Filipinas y en Nueva Guinea, y quizá en Australia, con probables trazas en Borneo, las Célebes y diversas islas de Melanesia.
     Todas estas son áreas de «refugio», e inhóspitas selvas remotas que los pigmeos han ocupado evidentemente cuando pueblos más poderosos llegaron posteriormente a las mismas regiones ...
     Hay diversas cosas que se hacen patentes en base a estos hechos. Los negritos deben haber migrado desde un punto común. ... Y es imposible suponer que su punto de origen estuviera en cualquier extremo de su ámbito. ... Es mucho más probable que procediesen de un punto medio, que es Asia.

 Así, hay una medida muy amplia de acuerdo acerca de que las líneas migratorias irradian no desde un punto en alguna parte en África, Europa o el Lejano Oriente, sino de un área geográfica que debe asociarse estrechamente con aquella parte del mundo en la que no solo la Escritura parece decir que el hombre comenzó a poblar físicamente el mundo después del Diluvio, sino también donde comenzó culturalmente. Contemplando la difusión de la civilización tal como hemos contemplado la difusión de la humanidad, está claro que las líneas siguen el mismo curso. La diferencia esencial, si estamos observando las secuencias cronológicas actuales, es que en tanto que se mantiene que la dispersión de la humanidad tuvo lugar hace cientos y cientos de miles de años, la dispersión de la civilización es un acontecimiento que ha tenido lugar casi dentro de los tiempos históricos.

Uno podría postular que aquellos cuya migración tuvo lugar hace cientos de miles de años y cuyos restos nos proporcionan el hombre fósil y las culturas prehistóricas (auriñaciense, etc.) constituían una especie; y que los que iniciaron la cultura básica en la región del Oriente Medio —el momento clave de todas las culturas históricas subsiguientes en el mundo— constituían otra especie. Algunos han propuesto provisionalmente un concepto como éste contemplando al Hombre de Neanderthal como una especie o subespecie más antigua que quedó eliminada con la aparición del llamado «hombre moderno».[159] La asociación de los Neanderthales con modernos en los hallazgos del Monte Carmelo parece chocar con este concepto.[160] Y, desde luego, hay en la actualidad un acuerdo muy extendido acerca de que, con la excepción de los hallazgos más recientes de Sudáfrica, todos los fósiles de los hombres prehistóricos, primitivos y modernos, forman una sola especie, Homo sapiens.

Ralph Linton contemplaba las variedades de hombre reveladas por los hallazgos de fósiles como debidas a factores que ya hemos bosquejado. Tal como él lo expresó:[161]

Si estamos en lo cierto en nuestra creencia de que todos los hombres existentes pertenecen a una sola especie, el hombre primitivo debe haber sido una forma generalizada con potencialidades para evolucionar a todas las variedades que conocemos en la actualidad. Además, parece probable que esta forma generalizada se extendió ampliamente y de forma rápida, y que en el transcurso de unos pocos miles de años de su aparición, pequeños grupos de individuos estaban esparcidos por la mayor parte del Viejo Mundo.
     Estos grupos se encontrarían en muchos medios diferentes, y las peculiaridades físicas que fuesen ventajosas para uno de ellos carecerían de importancia o serían en la práctica perjudiciales para otro. Además, debido al relativo aislamiento de estos grupos y a sus circunstancias habituales de relaciones de estrecha consanguinidad, cualquier mutación favorable o al menos no dañina bajo aquellas circunstancias particulares tendría la mayor probabilidad de extenderse a todos los miembros del grupo.
     Parece bien posible dar cuenta de todas las variaciones conocidas en nuestra especie sobre esta base, sin invocar la teoría de una pequeña cantidad de variedades distintas.

 Contemplados bajo esta luz, los especímenes fósiles degradados que se encuentran en regiones marginales no se deberían tratar ni como experimentos evolutivos «fallidos» hacia la producción del verdadero Homo sapiens, ni como fases «exitosas» pero solo parcialmente completas, o eslabones, entre los simios y los hombres. Lo cierto es que, como Griffith Taylor estaba dispuesto a admitir,[162] «la situación de eslabones “perdidos” como el Pithecanthropus en Java, etc., parecía tener poco que ver con la cuestión de la tierra cuna de la humanidad». De hecho, hubiera podido decir lo mismo acerca de la cuestión de los orígenes humanos. Y concluye: «Se trata casi ciertamente de ejemplos de un ... tipo que ha sido empujado fuera a los márgenes».

Así, la manera en que uno estudia o contempla estos restos fósiles está muy afectada por la forma que uno tenga de pensar, si lo hace en términos de procesos biológicos o históricos. El profesor A. Portmann de Viena observó:[163]

Una misma pieza de evidencia adoptará aspectos totalmente diferentes según el ángulo —paleontológico o histórico— desde el que la observemos. La veremos bien como un eslabón en una de las muchas series evolutivas que el paleontólogo intenta establecer, o como algo vinculado con acciones y desarrollos de la historia remota que difícilmente podemos esperar reconstruir. Permítaseme decir claramente que por mi parte no tengo la más ligera duda de que los restos del hombre primitivo que nosotros conocemos deberían ser todos juzgados desde criterios históricos.

 Esta misma aproximación hacia el significado del hombre fósil ha sido seguida con cierto detalle por Wilhelm Koppers, que piensa que «el primitivismo en el sentido de una mayor proximidad del hombre a la bestia» puede en ocasiones ser «resultado de un desarrollo secundario».[164] Él cree que sería mucho más lógico «evolucionar» el Hombre de Neanderthal desde el Hombre Moderno que el Hombre Moderno desde el Hombre de Neanderthal. Él mantiene que el Neanderthal era un tipo especializado y más primitivo, pero más tardío que el hombre moderno, al menos por lo que se refiere a Europa.

Una autoridad tan grande como Franz von Weidenreich[165] estaba también preparada para admitir de manera inequívoca: «No se ha descubierto hasta la fecha ningún tipo de hombre fósil cuyos rasgos característicos no se puedan seguir de vuelta al hombre moderno» [mi énfasis]. Esto concuerda con la opinión de Griffith Taylor,[166] que observó: «Desde luego, se está acumulando la evidencia de que los pueblos paleolíticos de Europa estaban mucho más relacionados con las razas que ahora viven en la periferia de las regiones euroafricanas de lo que se admitía previamente». Hace muchos años, Sir William Dawson exploró este mismo tema y lo expuso hasta cierta extensión en su obra, hermosamente redactada pero casi completamente ignorada, Fossil man and Their Modern Representatives. Aunque hubo un tiempo en el que la unidad del hombre fue puesta en cuestión, vemos que no lo fue por todos.

En la actualidad, se nos asegura desde casi todos los lados que la raza humana es, como dice la Escritura, «de una sangre», una unidad que comprende al hombre antiguo y moderno, al primitivo y civilizado, al fósil y al coetáneo. Esto lo afirman Ernst Mayr,[167] Melville Herskovits,[168] W. M. Krogman,[169] Leslie White,[170] A. V. Carlson,[171] Robert Redfield,[172] y desde luego la misma UNESCO.[173] En el Simpsio de Cold Springs Harbor sobre «Quantitative Biology [Biología cuantitativa]» celebrado en 1950, T. D. Stewart,[174] en un artículo titulado «Earliest Representatives of Homo Sapiens [Los más antiguos representantes del Homo sapiens]», expresó sus conclusiones en las siguientes palabras, «Por ello, lo mismo que Dobzhansky, no veo actualmente razón alguna para suponer que haya existido más que una sola especie de homínidos en cualquier nivel temporal en el Pleistoceno». Alfred Romer[175] observó, en un comentario acerca de la colección de hallazgos fósiles procedentes de Palestina (Mugharet-et-Tabun, y Mugharet-es-Skuhl), «En tanto que ciertos de los cráneos son desde luego Neanderthales, otros exhiben en un grado variable numerosos rasgos neantrópicos (esto es, del “hombre moderno”)». Subsiguientemente, identifica tales cráneos neantrópicos como pertenecientes al tipo general Cro-Magnon en Europa —un tipo humano que parece haber sido un espécimen físico espléndido. Propone más adelante que el grupo humano del Monte Carmelo «se puede considerar como debido a hibridación de la raza dominante (hombre de Cro-Magnon) con sus humildes predecesores (hombre de Neanderthal)». Así, la imagen que una vez tuvimos de medios hombres simiescos andando en una postura encorvada, que hubieran precedido a la llegada del Hombre «verdadero», ha cambiado totalmente con la acumulación de evidencias. Ahora se sabe que estas criaturas pretendidamente encorvadas andaban totalmente erguidas,[176] que su capacidad craneana excedía por lo general a la del hombre europeo moderno (en caso de que esto signifique algo), y que vivían colindantes con la raza más desarrollada (hablando físicamente) que el mundo haya visto probablemente en toda su historia.

Como un ejemplo extraordinario de la inmensa variabilidad que puede mostrar una población temprana, pequeña y aislada, no hay nada mejor que referirnos a los hallazgos en Chou-kou-tien en China,[177] en la misma localidad en la que se encontró el Hombre de Pequín. Estos restos fósiles procedieron de lo que ahora se conoce como la Cueva Superior, y pertenecen a siete individuos que parecen ser miembros de una familia: un anciano que se considera como mayor de 60 años, un hombre más joven, dos mujeres relativamente jóvenes, un adolescente, un niño de cinco años, y un recién nacido. Junto con ellos se encontraron utensilios, ornamentos y miles de fragmentos de animales.

El estudio de estos restos ha desvelado algunos hechos sumamente interesantes. El más importante en el presente contexto es que, a juzgar por la forma craneana, en esta familia tenemos a un representante del Hombre de Neanderthal, una mujer «melanesia» que nos recuerda a los ainu, un tipo mongol, y otro que es bastante semejante a la mujer esquimal actual. Al comentar estos hallazgos, Weidenreich expresó su asombro ante la gama de variabilidad:[178]

Lo sorprendente no es la aparición de tipos paleolíticos del hombre moderno que se parecen a tipos raciales de la actualidad, sino su aparición conjunta en un sitio e incluso en el seno de una sola familia, considerando que estos tipos se encuentran en la actualidad asentados en regiones remotas entre sí.
     Formas semejantes a la del «Viejo», como se le ha llamado, se han encontrado en el Paleolítico Superior, Europa occidental y África del norte; las que se parecen estrechamente al tipo melanesio, en el neolítico de Indochina, entre los cráneos antiguos procedentes de la Cueva de Lagoa Santa en Brasil, y en la población melanesia actual; los que se parecen estrechamente al tipo esquimal aparecen entre los amerindios precolombinos de México y otros lugares en Norteamérica, y entre los esquimales en el oeste de Groenlandia en la actualidad.

 Luego Weidenreich procede a observar que el crisol de mezcla de razas del Chou-kou-tien paleolítico «no está solo».[179] En Obercassel, en el valle del Rin, se encontraron dos esqueletos, uno de un varón viejo y otro de una mujer más joven, en un sepulcro de alrededor del mismo período que el yacimiento funerario en Chou-kou-tien. Dice él: «Los cráneos son de apariencia tan diferente que uno no vacilaría en asignarlos a dos razas si procediesen de localidades separadas». Tan confusa es la imagen que ahora aparece que observa:[180]

Los antropólogos físicos se encuentran en un callejón sin salida por lo que respecta a la definición y a la extensión de las razas humanas individuales y su historia. ...
     Pero uno no puede echar a un lado todo un problema debido a que hayan fracasado los métodos aplicados y aceptados como históricamente intocables.

 Con todo, esta extraordinaria variabilidad permite el establecimiento de líneas de relación que parecen entrecruzarse en todas las direcciones como una densa red de evidencia de que estos restos fósiles pertenecen mayormente a una sola familia.

Griffith Taylor vincula entre sí a los melanesios, negros y amerindios.[181] Esta misma autoridad propone una relación entre el Hombre de Java y el Hombre de Rhodesia.[182] Relaciona también a ciertas tribus suizas que parecen constituir una bolsa de un antiguo grupo racial con la gente del norte de China, los sudaneses, los bosquimanos de Sudáfrica y los aetas de Filipinas.[183] También relacionaría el cráneo de Prednost con la población auriñaciense y con los australoides.[184] Macgowan[185] y Montagu[186] están convencidos de que las poblaciones aborígenes de América Central y del Sur contienen un elemento negroide así como australoide. Se admite casi universalmente que el Hombre de Grimaldi era negroide aunque sus restos se encuentran en Europa,[187] y lo cierto es que el tipo negroide está tan extendido que incluso el Pithecanthropus erectus fue identificado como negroide por Buyssens.[188]

Huxley mantenía que la raza Neanderthal debe estar estrechamente relacionada con los aborígenes australianos, en particular los de la provincia de Victoria;[189] y otras autoridades mantienen que el mismo grupo humano australiano debe ser relacionado con la famosa raza de Canstadt.[190] Alfred Romer relaciona el hombre de Solo de Java con el hombre de Rhodesia de África.[191] Hrdlicka relaciona de manera similar el cráneo de Olduvay con la mujer de La Quina, La Chapelle y otros especímenes de linaje básicamente africano,[192] y sostiene que también se tienen que relacionar con las razas indias, esquimales y australianas. Incluso de la mandíbula de Mauer se cree que es de tipo esquimal.[193]

No podemos hacer nada mejor que recapitular esta imagen general citando a Sir William Dawson que, muy por delante de su época, escribía en 1874:[194]

¿Qué relación exacta tienen estos europeos primitivos entre sí? Solo podemos decir que todos parecen indicar una estirpe básica, y que dicha estirpe está vinculada con la línea camita del norte de Asia que tiene sus ramas externas hasta el día de hoy tanto en América como en Europa.

 Aunque es perfectamente cierto que la tesis que presentamos aquí tiene, por lo que respecta a la cronología, todo el peso de la opinión científica en su contra, es también perfectamente cierto que la interpretación de los datos que hemos dado concuerda de una manera maravillosa, y, desde luego, hubieran permitido predecir tanto la existencia de unas relaciones físicas ampliamente esparcidas así como una excepcional variabilidad entre los miembros de cualquier familia. Además de estas vinculaciones fisiológicas, existen, naturalmente, muchas vinculaciones culturales. Como un ejemplo aislado el pintado de los huesos de los difuntos con ocre rojo, una costumbre que hasta no hace mucho era practicada por los amerindios, se ha observado en los yacimientos funerarios prehistóricos en casi cada parte del mundo. Es cosa cierta que una costumbre así difícilmente hubiera surgido de forma independiente en todas partes, en base a alguna suposición de que «las mentes humanas funcionan en todas partes de una manera muy semejante ...». Parece mucho más razonable suponer que esta costumbre se esparció con las gentes que la llevaron consigo al irradiar rápidamente a partir de algún punto central.

Esto nos lleva una vez más a la cuestión de la posición geográfica de esta Cuna de la Humanidad. Se está acumulando a diario la evidencia de que, como ser culto, el lugar del origen del hombre estuvo en alguna parte del Oriente Medio. Ninguna otra región del mundo es tan susceptible de haber sido el Hogar del Hombre, si por hombre comprendemos algo más que meramente un simio inteligente. Vavilov[195] y otros[196] han observado en repetidas ocasiones que la gran mayoría de las plantas cultivadas del mundo, especialmente los cereales, remontan sus orígenes a esta región. Henry Field observa:[197]

Es posible que Irán resulte haber sido uno de los jardines de infancia del Homo sapiens. Durante los períodos Paleolítico Medio o Superior el clima, la flora y la fauna de la meseta iraniana constituyeron un medio idóneo para la ocupación humana. Es cosa cierta que Ellsworth Huntington ha postulado que durante los tiempos del Pleistoceno posterior el sur de Irán fue la única [énfasis suyo] región en la que la temperatura y humedad eran ideales, no solo para la concepción y fertilidad humanas, sino también para la supervivencia.

 Se han hecho muchas especulaciones acerca de las rutas emprendidas por los caucasoides, negroides y mongoloides, al irse poblando el mundo con las sucesivas oleadas de migraciones. Howells,[198] Braidwood,[199] Taylor,[200] Goldenweiser,[201] Engberg,[202] Weidenreich,[203] Cole[204] y otros[205] han afrontado el problema o han expresado opiniones basadas en el estudio de restos fósiles; y, naturalmente, la obra de Coon Races of Europe trata mayormente del mismo problema.[206] Ninguna de estas especulaciones puede establecer realmente cómo se originó el hombre, pero casi todas ellas hacen la misma presuposición básica de que Asia occidental es su hogar original como criatura de cultura. Desde este centro uno puede seguir los movimientos de una temprana migración negroide seguida de pueblos caucasoides hacia Europa. Indudablemente, desde esta misma región salieron hacia Oriente y el Nuevo Mundo oleadas sucesivas de pueblos mongoloides. En África, Wendell Phillips,[207] después de estudiar las relaciones de diversas tribus africanas, concluyó que ya existía la evidencia que hacía posible derivar algunas de las tribus a partir de una sola estirpe racial (en particular los pigmeos de la selva de Ituri y los bosquimanos del desierto de Kalahari), que en un momento determinado debió haber poblado una mayor porción del continente africano solo para retirarse a regiones más inhóspitas al llegar posteriores tribus negroides al país. El profesor H. J. Fleure mantenía que se debían discernir evidencias de una naturaleza semejante hacia el norte y nordeste de Asia y más allá hacia el Nuevo Mundo mediante un estudio en el cambio de formas de las cabezas en los restos fósiles.[208] Siempre que la tradición está clara acerca de esta cuestión, apunta invariablemente en la misma dirección y cuenta la misma historia.

Así, concluimos que de la familia de Noé han surgido todos los pueblos del mundo —prehistóricos, protohistóricos e históricos. Y los acontecimientos descritos en relación con Génesis 10 y las declaraciones proféticas de Noé con respecto al futuro de sus tres hijos se combinan juntamente para proporcionarnos el registro más razonable de la primitiva historia de la humanidad, historia que, si se comprende correctamente, no nos demanda en absoluto que creamos que el hombre comenzó con la estatura de un simio y que solo llegó a un estado civilizado después de una prolongadísima historia evolutiva.

En suma, entonces, lo que hemos tratado de exponer en este capítulo es lo que sigue:


(1) La distribución geográfica de los restos fósiles es de tal naturaleza que se explican de la forma más lógica tratándolos como representantes marginales de una amplia dispersión, en parte forzada, a partir de una única población que se estaba multiplicando en un punto más o menos central a todos ellos, y que envió sucesivas oleadas de emigrantes, cada oleada impulsando la anterior más hacia la periferia;

(2) Los especímenes más degradados son aquellos representantes de este movimiento general que fueron empujados a las áreas más inhóspitas, donde sufrieron una degeneración física como consecuencia de las circunstancias en las que se vieron forzados a vivir;

(3) La extraordinaria variabilidad física de los restos fósiles resulta de que los movimientos tuvieron lugar en pequeños grupos aislados y fuertemente consanguíneos; pero las semejanzas culturales que vinculan entre sí incluso a los más dispersos entre ellos indican un origen común para todos;

(4) Lo que he dicho que es cierto del hombre fósil es igualmente cierto de las sociedades primitivas coetáneas así como de las que están ahora extintas;

(5) Todas las poblaciones inicialmente dispersas pertenecen a una estirpe básica —la familia camita de Génesis 10;

(6) Los colonos camitas iniciales fueron posteriormente desplazados o aplastados por los indoeuropeos (es decir, jafetitas), que sin embargo heredaron o adoptaron, y edificaron de manera extensiva sobre la tecnología camita, y que con ello consiguieron una ventaja en cada área geográfica en la que se esparcieron;

(7) A lo largo de los grandes movimientos de pueblos, tanto en tiempos prehistóricos como históricos, nunca hubo ningunos seres humanos que no perteneciesen a la familia de Noé y sus descendientes;

(8) Finalmente, esta tesis queda fortalecida por la evidencia de la historia que expone que las migraciones siempre han mostrado la tendencia a seguir esta pauta, que ha ido frecuentemente acompañada de ejemplos de degeneración tanto de los individuos como de tribus enteras, resultando generalmente en el establecimiento de una pauta general de relaciones culturales paralelas con las que ha revelado la arqueología.

El capítulo 10 de Génesis se encuentra entre dos pasajes de la Escritura con los que está relacionado de tal manera que arroja luz sobre ambos. En el primero, Génesis 9:20–27, se nos da un atisbo de la relación existente de los descendientes de los tres hijos de Noé a lo largo de la historia subsiguiente, donde Cam hace gran servicio, Jafet es ensanchado, y el lugar de responsabilidad originalmente dado a Sem es asignado finalmente a Jafet. No se nos dice aquí cual es la naturaleza del servicio de Cam, ni cómo Jafet sería ensanchado, ni qué posición especial iba Sem finalmente a ceder a su hermano. En el segundo pasaje, Génesis 11:1–9, se nos dice que los hombres hablaban un único lenguaje hasta que se propuso un plan que llevó a una espectacular dispersión de los planificadores sobre toda la tierra.

En el centro se levanta Génesis 10, que nos proporciona unas claves vitales para la comprensión de estas cosas, donde se nos dice exactamente quiénes eran los descendientes de cada uno de estos tres hijos. Con esta clave, y con el conocimiento de la historia que tenemos en la actualidad, podemos ver la relevancia de ambos pasajes. Ahora comprendemos de qué manera Cam llegó a ser siervo de sus hermanos, de qué manera la extensión de Jafet sobre la tierra se podía designar más como un ensanchamiento que como una dispersión, y en qué circunstancias Sem ha cedido su posición de especial privilegio y responsabilidad a Jafet. No podríamos haber percibido plenamente cómo se habían cumplido estas declaraciones proféticas sin nuestro conocimiento de quiénes entre las naciones eran camitas, y cuáles eran jafetitas. Y este conocimiento lo derivamos enteramente de Génesis 10.

Además, la verdadera relevancia de los acontecimientos que rodearon y siguieron del plan frustrado de edificar la Torre de Babel también se nos escaparía excepto por el conocimiento de que fueron los descendientes de Cam los que pagaron la pena. Esta pena los llevó a ser esparcidos muy tempranamente y los forzó al papel de pioneros para abrir el mundo para la habitación humana, servicio que cumplieron con un éxito notable, pero con un coste inicial no pequeño para sí mismos.

Además, si consideramos cuidadosamente esta cuestión, percibiremos también la gran sabiduría de Dios que, con el fin de preservar y perfeccionar Su revelación de Sí mismo, nunca permitió a los semitas alejarse mucho del centro cultural original, a fin de preparar una rama de la familia para que llevase su Luz al mundo tan pronto como el mundo estuviera preparado para recibirla. Porque es un principio reconocido por nuestro Señor en el Nuevo Testamento, cuando alimentó a las multitudes a la vez que les predicaba, que la verdad espiritual no es bien comprendida por aquellos cuyas fuerzas están totalmente ocupadas en tratar de sobrevivir.

Así, allí donde Cam fue como pionero y abrió el mundo a la ocupación humana, Jafet siguió de manera más pausada para consolidar y hacer más seguro el «dominio» inicial conseguido de esta manera. Y entonces —y solo entonces— estuvo el mundo capacitado y preparado para recibir la Luz que iba a alumbrar a los gentiles y a cubrir la tierra con el conocimiento de Dios como las aguas cubren el mar.

Nota sobre el tiempo que tomaron las migraciones primitivas.

Kenneth Macgowan expone que con respecto a la «Cuna del Hombre» en el Medio Oriente, el asentamiento más distante es el que se encuentra en el extremo más meridional de América del Sur, aproximadamente a unos 24.000 kilómetros de camino. ¿Cuánto tiempo se precisaría para tal viaje? Dice que se ha estimado que los hombres hubieran podido cubrir los 6000 kilómetros desde Harbin, en Manchuria, hasta la isla de Vancouver, en un tiempo tan breve como 90 años (Early Man in the New World, Macmillan, 1950, p. 3 y mapa en la p. 4).
     ¿Y qué acerca del resto de la distancia en dirección al sur? Dice Alfred Kidder: «Una pauta de caza basada primariamente en caza mayor hubiera conducido al hombre a la zona meridional de América del Sur sin necesitar en aquel tiempo una gran adaptación localizada. Se hubiera podido realizar con una relativa rapidez, en tanto que hubiera camellos, caballos, perezosos y elefantes disponibles. Todas las indicaciones señalan a la realidad de que efectivamente fue así». (Appraisal of Anthropology Today, University of Chicago Press, 1953, p. 46.)



Notas y observaciones

[1] Coon, C. S., Races of Europe, Macmillan, Nueva York, 1939, 739 páginas, índice.

[2] Blunt, J. J., Undesigned Coincidences in the Old and New Testament, Murray, Londres, 1869, p. 6.

[3] Kalisch, M. M., A Historical and Critical Commentary on the Old Testament, Longmans, Brown, Green, Londres, 1858, p. 235.

[4] Driver, S. R., The Book of Genesis, Westminster Commentaries, 3rd. edition, Methuen, Londres, 1904, p. 114.

[5] Kautzsch, Prof., citado por James Orr, «The Early Narratives of Genesis», en The Fundamentals, vol. 1, Biola Press, 1917, p. 234.

[6] Thomas, James, Genesis and Exodus as History, Swan Sonnenschein 1906, p. 144.

[7] Driver, S. R., The Book of Genesis, Westminster Commentaries, 3rd. edition, Methuen, Londres, 1904, p. 112.

[8] Dillmann, A., Genesis: Critically and Exegetically Expounded, vol. 1, T. and T. Clark, Edimburgo, 1897, p. 314.

[9] Kalisch, M. M. A Historical and Critical Commentary on the Old Testament, Longmans, Brown, Green, Londres, 1858, p. 234.

[10] Lewis, Taylor, en J. P. Lange, Commentary on Genesis, Zondervan, Grand Rapids , Michigan, sin fecha, p. 357.

[11] Leupold, H. C., Exposition of Genesis, Wartburg Press, Columbus, Ohio, 1942, p. 358.

[12] Dods, Marcus, Genesis, Clark, Edimburgo, sin fecha, p. 45.

[13] Dillmann, A., Genesis: Critically and Exegetically Expounded, vol.1, T. and T. Clark, Edimburgo, 1897, vol. 1, p. 315.

[14] Galton, Sir Francis, Hereditary Genius, Watts, Londres, 1950, 379 páginas.

[15] Carácter nacional: cp., por ejemplo, Hamilton Fyfe, The Illusion of National Character (Watts, Londres, 1946, 157 páginas) con muchos estudios antropológicos de pueblos tribales (de Margaret Mead, por ejemplo) y de naciones modernas (p. ej., de Ruth Benedict sobre los japoneses).

[16] Grau, R. F., The Goal of the Human Race, Simpkin, Marshall, etc., Londres, 1892, p. 115.

[17] Custance, A. C., «Does Science Transcend Culture?», tesis doctoral presentada en la Universidad de Ottawa, 1958, 253 págs., ilustrada.

[18] Hugh Dryden escribió, «La vida del hombre en su plenitud es una trinidad de actividad —física, mental y espiritual. El hombre debe cultivar las tres para no tener un desarrollo imperfecto» («The Scientist in Contemporary Life», Science, vol.120, 1954, p. 1054). De forma similar, Viktor E. Frankl de Viena escribió, «El hombre vive en tres dimensiones: la somática (física o corporal), la mental, y la espiritual» (Digest of Neurology and Psychiatry, Institute of Living, Hartford, Connecticut, vol. 1, 1940, p. 22).

[19] Dillmann, Genesis: Critically and Exegetically Expounded, T. & T. Clark, Edimburgo, 1897, vol. 1, p. 318.

[20] Dillmann, ibid., p. 319.

[21] Los cananeos: en el Prisma de Senaquerib los sumerios, según Samuel Kramer, (From the Tablets of Sumer, Falcon's Wing Press, 1956, p. 60). El Código de Hammurabi (transcripción de Deimel, R. 24, linea 11) también se refiere a ellos como «los de cabeza negra».

[22] Véase, por ejemplo, V. G. Childe, «India and the West Before Darius», Antiquity, vol.13, 1939, p. 5ss.

[23] Piggott, S., Prehistoric India, Pelican Books, 1950, p. 261.

[24] Coon, C. S., Races of Europe, Macmillan, 1939, 739 pp., ilustrado.

[25] Ramsay, Sir William, Asianic Elements in Greek Civilization, Murray, Londres, 1927.

[26] Custance, Arthur, «Archaeological Confirmations of Genesis», Parte IV en Hidden Things of God's Revelation, vol. 7 de la serie Doorway Papers publicada por Zondervan en 1977. Artículo nº 39 de la serie original de Doorway Papers publicada por el autor, aparecido en 1963.

[27] BIBLIOGRAFÍA GENERAL

Enciclopedias — Las siguientes enciclopedias bíblicas contienen valiosa información acerca de la Tabla como un todo, o acerca de los personajes que se mencionan:

International Standard Bible Encyclopedia, editada por James Orr, 5 vols., Chicago, Howard-Severance, 1915, bajo «Table of Nations».

Imperial Bible Dictionary, editado por P. Fairbairn, 2 vols. Londres, Blackie and Son, 1866, bajo los nombres individuales.

Popular and Critical Bible Dictionary, editado por S. Fallows, 3 vols., Chicago, Howard-Severance, 1912, bajo los nombres individuales.

Murray's Illustrated Bible Dictionary, editado por W. C. Piercy,1 vol., Londres, Murray, 1908, bajo los nombres individuales.

A Dictionary of the Bible, editado por J. D. Davis, Philadelphia, Westminster Press, 1931, bajo los nombres individuales.

Bible Cyclopedia, A. R. Fausset, Toronto, Funk and Wagnalls, sin fecha, bajo los nombres individuales.

Cyclopedia of Biblical Literature, John Kitto, 2 vols., Edimburgo, Adam and Charles Black, 1845, bajo los nombres individuales.

Obras que tratan específicamente acerca de la Tabla:

Josefo, Antigüedades de los Judíos, Libro 1. Capítulo 6.

Rawlinson, George, The Origin of Nations, Scribner, New York, 1878, 272 pages.

Rouse, Martin L., «The Bible Pedigree of the Nations of the World», Pt. 1, Transactions of the Victoria Institute, vol. 38, 1906, p. 123-153; y «The Pedigree of the Nations», Pt. 2, Transactions of the Victoria Institute, vol.39, 1907, p. 83-101.

Sayce, A. H., The Races of the Old Testament, Londres, Religious Tract Society, 1893, 180 pages.

Se encontrará una útil información en los lugares apropiados en comentarios y ediciones del texto hebreo por Bullinger, Cook, Dillmann, Dod, Driver, Ellicott, Gray y Adams, Greenwood, Jamieson, Kalisch, Lange, Leupold, Lloyd, Schrader, Skinner, Snaith, Spurrel, Whitelaw.

Obras de arqueología como las de George Barton, J. P. Free, M. R. Unger, T. G. Pinches, R. D. Wilson, y A. H. Sayce.

[28] Skinner, John, A Critical and Exegetical Commentary on Genesis, Edimburgo, T. & T. Clark, 1930, p. 196.

[29] Aristófanes, Las Nubes, Traducción de Roger al inglés, línea 998.

[30] See J. H. Titcomb, «Ethnic Testimonies to the Pentateuch», Transactions of the Victoria Institute, vol. 6, 1872, p. 249-253.

[31] Homero, La Ilíada, traducción de Luis Segala y Estalella, Canto XV, 184.

[32] Dods, M., The Book of Genesis, Edimburgo, Clark, sin fecha, p. 43.

[33] Wright, Charles, The Book of Genesis in Hebrew, Londres, Williams and Norgate, 1859, p. 35.

[34] Herodoto (Libro I, cap. 8) da una interesante historia (con moraleja) de cómo Giges llegó a ser rey de Lidia.

[35] Skinner, John, A Critical and Exegetical Commentary on Genesis, Edimburgo, T.& T. Clark, 1930, p. 196.

[36] Eusebio, Chronicon (versión armenia), editado por I. B. Aucher, vol. 1, p. 95 (Gimmeri-Cappadocians) y vol. 2, p. 12 (Gomer, «de quien los capadocios»).

[37] Josefo, F., Antigüedades de los Judíos, Libro I, Capítulo 6.

[38] Vincent, B., Haydn's Dictionary of Dates, Londres, Ward, Lock, and Bowden, 21ª edición, 1895, p. 455.

[39] Farrar, F. W., Life and Works of St. Paul, vol. 1, Londres, Cassell, p. 466.

[40] Kalisch, M. M., A Historical and Critical Commentary of the Old Testament, Longmans, Brown, Green, Londres, 1858, p.236.

[41] Sayce, A. H., The Races of the Old Testament, Londres, Religious Tract Society, 1893, 180 páginas.

[42] Maspero, Sir G.C.C., History of the Ancient Peoples of the Classic East, vol.3 en The Passing of the Empires, SPCK (Society for the Propagation of Christian Knowledge), 1900, p. 343.

[43] Sayce, A. H., bajo «Askenaz» en Murray's Illustrated Bible Dictionary, Londres, Murray, 1908.

[44] Rawlinson, G., The Origin of Nations, Nueva York, Scribner, 1878, p. 181.

[45] Hertz, J. H., The Pentateuch and Haftorahs: Genesis, Oxford, Oxford University Press, 1929, p. 88, nota 3.

[46] Rawlinson, G., The Origin of Nations, New York, Scribner, 1878, p. 182.

[47] Josefo, F., Antigüedades de los Judíos, Libro 1, Capítulo 6, sección 1.

[48] Sobre esto, consultar M. L. Rouse, «Bible Pedigree of the Nations of the World», Transactions of the Victoria Institute, vol. 38, 1906, p. 149.

[49] Estrabón, I:i:10, y I:iii:21 y XI:viii:4.

[50] Acerca de todo este aspecto del problema, véase también Martin L. Rouse, «Bible Pedigree of the Nations of the World», Transactions of the Victoria Institute, vol. 38, 1906, p. 149-150.

[51] Smith, J. Pye, «Dispersion of Nations», Popular and Critical Bible Commentary, vol. 2, edited by S. Fallows, Chicago, Howard-Severance, 1912, p. 1213.

[52] Conder, C. R., «Riphath», Murrays' Illustrated Bible Dictionary, Londres, Murray, 1908, p. 749.

[53] Tradición armenia: véase Historia Armenae, Moses Chorenensis, Londres, 1736, 1.4, sección 9-11.

[54] Estrabón, XI:xvii:9.

[55] Herodoto, VII. 40.

[56] Josefo, F., Antigüedades de los Judíos, Libro 1, Cap. 6, sección I.

[57] Schultz, F. W., «Gomer», Religious Encyclopedia, vol. 2, editeda por Philip Schaff, Nueva York, Funk and Wagnalls, 1883, p. 889.

[58] Chamberlain, A. G., «The Eskimo Race and Language», Canadian Institute, vol. 6, 3ª serie, 1887-1888, p. 326.

[59] Lloyd, J., An Analysis of the First Eleven Chapters of the Book of Genesis, Londres, Samuel Bagster & Sons, 1869, p. 114.g

[60] Conder, C. R., en un comentario acerca de un artículo de T. G. Pinches, «Notes on Some Recent Discoveries in Assyriology», Transactions of the Victoria Institute, vol. 26, 1897, p. 180.

[61] Sayce, A. H. The Races of the Old Testament, Londres, Religious Tract Society, 1893, p. 45.

[62] Marco Polo, Travels of Marco Polo, Nueva York, Library Publications, sin fecha, p. 87.

[63] Lamento haber extraviado la fuente de esta observación. Apareció en un artículo en Transactions of the Victoria Institute.

[64] Bochart, «Gog and Magog», Chambers Encyclopedia, Londres, Chambers, 1868, vol. 4, p. 813.

[65] Behistun Inscriptions: Records of the Past, Londres, Bagster, 1873, vol.1, p. 111, párr. 1, sección 6. En el original, Mada aparece en las traducciones en inglés como Media.

[66] Spurrell, G. J., Notes on the Book of Genesis, Oxford, Clarendon Press, 1896, p. 97.

[67] Keary, C. F., Outlines of Primitive Belief Among the Indo-European Races, Nueva York, Scribner's Sons, 1882, p. 163ss.

[68] Rawlinson, G., The Origin of Nations, Nueva York, Scribner, 1878, p. 173.

[69] Sayce, A. H., The Higher Criticism and the Verdict of the Monuments, Londres, S.P.C.K., (Society for the Propagation of Christian Knowledge), 1895, p. 20.

[70] Larned, J. N., A New Larned History, Springfield, Massachusetts, Nichols, 1923, vol. 6, p. 4636.

[71] Rawlinson, G., op. cit., ref. 42, p. 184.

[72] Josefo, F., Antigüedades de los Judíos, Libro 1, Cap. 6, sección 1.

[73] Skinner., J., op. cit., ref. 28, p. 198.

[74] Driver , S. R., op. cit., ref. 4, p. 116.

[75] Harris, Zellig S., «Ras Sharma: Canaanite Civilization and Language», Annual Report Smithsonian Institute, 1937, p. 485. Véase también R. J. Forbes, Metallurgy in Antiquity, Leiden, Brill, 1950, p. 346.

[76] Sayce, A. H., The Races of the Old Testament, Londres, Religious Tract Society, 1893, p. 47.

[77] Los cartagineses cananeos: Véase el artículo «Phoenicia and the Phoenicians», Popular and Critical Bible Encyclopedia, Chicago, Howard-Severance, vol. 2, 1912, p. 1342, al final de la sección 5.

[78] Así Jerónimo en su obra Sobre Jeremías X, 9; y desde él Bochart y muchos otros. [Esta postura se apoya en el pasaje donde se habla de naves para ir a Tarsis en Ezion-Geber. Pero esta es una expresión que se puede utilizar sencillamente para designar a una clase de naves de gran porte para largas travesias, «de la clase de Tarsis», análoga a nuestro moderno término «trasatlántico», usado para buques transoceánicos de pasajeros, aunque naveguen en océanos diferentes del Atlántico. (N. del T.)]

[79] Kalisch, M. M., A Historical and Critical Commentary on the Old Testament, Longmans, Brown, Green, Londres, 1858, p. 243.

[80] Cook, F. C., The Holy Bible with Explanations and Critical Commentary, Londres, Murray, vol. 1, 1871, p. 85.

[81] Bochart: citado por J. Lloyd, Analysis of the First Eleven Chapters of Genesis, Londres, Bagster, 1869, p. 117, nota.

[82] Herodoto, Libro 1, cap. 163.

[83] Josefo, F., Antigüedades de los Judíos, Libro 1, cap. 6, sección 1.

[84] Greenwood, George, The Book of Genesis: An Authentic Record, Londres, Church Printing Co., vol. 2, 1904, p. 29.

[85] Rawlinson, G., The Origin of Nations, Nueva York, Scribner, 1878, p. 173.

[86] Josefo, F., Antigüedades de los Judíos, Libro 1, cap. 6, sección 1.

[87] Forbes, R. J., Metallurgy in Antiquity, Leiden, NL, Brill, 1950, p. 280.

[88] Schrader, E., The Cuneiform Inscriptions and the Old Testament, Londres, Williams and Norgate, 1885, p. 64.

[89] Sayce, A. H., The Races of the Old Testament, Londres, Religious Tract Society, 1893, p. 48.

[90] Jenofonte, Anabasis, Libro V, cap.5, sección 1.

[91] Smith, R. Payne, Commentary on Genesis, editado por Ellicott, Zondervan, Grand Rapids, sin fecha, p. 149.

[92] «Getae»: Everyman's Encyclopedia, Londres, Dent, vol. 6, p. 1913.

[93] Rawlinson, G., The Origin of Nations, Nueva York, Scribner, 1878, p. 174.

[94] Rawlinson, G., The Origin of Nations, Nueva York, Scribner, 1878, p. 178.

[95] Custance, A. C., «A Christian World View», Parte V en Noah's Three Sons, vol. 1 en The Doorway Papers Series, Grand Rapids, Zondervan Pub. House, 1975; artículo originalmente publicado por el autor como monografía independiente, Doorway Papers, número 29, 1968.

[96] Custance, Arthur, «The Confusion of Languages», Parte V en Time and Eternity, vol. 6 en The Doorway Papers Series; artículo originalmente publicado por el autor como monografía independiente, Doorway Papers, número 8, 1961. Hay versión en castellano, también publicada en línea en http://www.sedin.org/doorway/08-confusion.html

[97] Jervis, J. J-W., Genesis Elucidated, Bagster, Londres, 1872, p. 167.

[98] Yorubas: véase K. C. Murray, «Nigerian Bronzes: Work from Ife», Antiquity, Inglaterra, Mar., 1941, p. 76.

[99] Conder, C. R., «The Canaanites», Transactions of the Victoria Institute, Londres, vol. 24, 1890, p. 51.

[100] Los chinos emplearon cohetes como armas por primera vez, y los llamaron «Alsichem Al-Jatai» o «Flechas Chinas». Véase Willey Ley, «Rockets», en Scientific American, mayo de 1949, p. 31.

[101] Needham, J., Science and Civilization in China, Cambridge, 1954, vol. 1, respecto a los caballos, pp. 81, 83, etc., respecto al fundido del hierro, pp. 1, 235, etc.

[102] Los hititas indoeuropeos: Véase por ejemplo O. G. Gurney, The Hittites, Pelican Books, Londres, 1952, cap. 6, p. 117. Y vea la conclusión de George Barton, Archaeology and the Bible, American Sunday School Union, Philadelphia, 6ª edition, 1933, p. 92ss.

[103] Barton, George, ibid., pp. 90, 91.

[104] Boscawen, W. St. Chad, The Bible and the Monuments, Eyre and Spottiswoode, Londres, 1896, p. 64.

[105] Perry, W. J., The Growth of Civilization, Pelican Books, Londres, 1937, p. 125.

[106] Dillmann, A., Genesis: Critically and Exegetically Expounded, T, & T. Clark, Edimburgo, 1897, vol. 1, p. 367.

[107] Inglis, J., Notes on the Book of Genesis, Gall and Inglis, Londres, 1877, p.89, footnote to verse 28.

[108] Fausset, A. R., «Sinim», Bible Cyclopedia: Critical and Expository, Funk and Wagnalls, Londres, sin fecha, p. 655.

[109] Arriano: citado por C. A. Gordon, «Notes on the Ethnology and Ancient Chronology of China»,' Transactions of the Victoria Institute, Londres, vol. 23, 1889, p. 170.

[110] Taylor, Griffith, Environment, Race and Migration, Universidad de Toronto, 1945, p. 256. Véase también E. A. Hooten, Apes, Men and Morons, Putnam's Sons, Londres, 1937, p. 185.

[111] Ciudad: Eisler, R., «Loan Words in Semitic Languages Meaning “Town”,» Antiquity, Dec., 1939, pp. 449ss.

[112] Rouse, M. L., «Bible Pedgree of the Nations of the World», Transactions of the Victoria Institute, vol. 38, 1906, p. 93.

[113] Herodoto, Historia, Libro I, XCIV.

[114] Whatmough, Joshua, en una reseña de «The Foundations of Roman Italy», Antiquity, vol.11, 1937, p. 363.

[115] Bloch, Raymond, «The Etruscans», Scientific American, febrero de 1962, p. 87.

[116] Parry, E. St. John, «On Some Points Connected With the Early History of Rome», Canadian Journal, abril de 1854, p. 219.

[117] Fiesel, Eva, «The Inscriptions on the Etruscan Bulla», American Journal of Archaeology, junio de 1935, p.196.

[118] MacIvor, D. R., «The Etruscans», Antiquity, junio de 1927, p. 162.

[119] «Basques»: Everyman's Encyclopedia, vol. 5, Dent, Londres, 1913, p. 544.

[120] Taylor, Isaac, «On the Etruscan Languages», Transactions of the Victoria Institute, Londres, vol. 10, 1876, p. 179-206.

[121] Brown, R., nota especial sobre «The Etruscans», Transactions of the Victoria Institute, Londres, vol. 14, 1881, p. 352-354.

[122] Rawlinson, G., The Origin of Nations, Scribners, Nueva York, 1878, p. 123.

[123] Layard, A. H., Discoveries in the Ruins of Babylon and Nineveh, Murray, Londres, 1853, p. 189.

[124] «Saturnalia»: Smith's Dictionary of Greek and Roman Antiquities, vol. 2, Murray, Londres, 3ª edición, 1901, p. 600.

[125] Pinches, T. G., «Notes Upon Some of the Recent Discoveries in the Realm of Assyriology with Special Reference to the Private Life of the Babylonians», Transactions of the Victoria Institute, Londres, vol. 26, 1892, p. 139.

[126] Driver. S. R., The Book of Genesis, Westminster Commentaries, Methuen, Londres, 1904, 3ª edición, p. 128.

[127] Esto fue observado primero por E. A. Speiser en sus excavaciones en Tepe Gawra en 1927 y comunicado en Annual of the American Schools of Oriental Research, vol. 9, 1929, p. 22.

[128] Childe, V. G., What Happened in History, Pelican Books, 1948, p. 81.

[129] Childe, V. G., New Light on the Most Ancient East, Kegan Paul, Londres, 1935, pp. 133, 136, y 145-146.

[130] Mallowen, M. E. L., «A Mesopotamian Trilogy», Antiquity, junio de 1939, p. 161.

[131] Speiser, E. A., Mesopotamian Origins, Philadelphia, 1930.

[132] Thompson, Campbell, en Man, Royal Anthropological Institute, vol. xxiii, 1923, p. 81.

[133] Munro, J. A. R., «Pelasgians and lonians» en una comunicación en el American Journal of Archaeology, Abr.-Junio, 1935, p. 265.

[134] Jamieson, R., Commentary Critical, Experimental and Practical on the Old and New Testament, vol. 1, Genesis-Dueteronomy, Collins, Glasgow, 1871, p.118. Hay traducción al castellano.

[135] Lange, Peter, Commentay on Genesis, Zondervan, sin fecha, p. 350.

[136] Custance, Arthur, Doorway Paper No. 56, «When the Earth was Divided». No incluido en la serie The Doorway Papers.

[137] Rawlinson, G., The Origin of Nations, Scribners, Nueva York, 1878, p. 209

[138] Acerca de esto, véase J. D. S. Pendlebury, The Archaeology of Crete, Methuen, Londres, 1939, p. 68 y V. G. Childe, Dawn of European Civilization, Kegan Paul, 5ª edición, 1950, p. 19.

[139] Perry, W. J., The Growth of Civilization, Pelican, 1937, p. 123.

[140] Dawson, Sir William, 'I'he Story of the Earth and Man, Hodder and Stoughton, London, 1903, p. 390.

[141] Osborn, H. F., Men of the Old Stone Age, Nueva York, 1936, pp. 19ss.

[142] Fleure, H. J., The Races of Mankind, Benn, Londres, 1930, p. 45.

[143] Koppers, W., Primitive Man and His World Picture, Sheed and Ward, Nueva York, 1952, p. 239.

[144] Taylor, Griffith, Environment, Race and Migration, University of Toronto Press, 1945, p. 8

[145] Ibid., p. 67.

[146] Ibid., pp. 120, 121.

[147] Garrod, Dorothy, «Nova et Vetera: A Plea for a New Method in Paleolithic Archaeology», Proceedings of the Prehistoric Society of East Anglia, vol.5, p. 261.

[148] Childe, V. G., Dawn of European Civilization, Kegan Paul, Londres, 3ª edición, 1939. En la edición de 1957, Childe invita a sus lectores a observar que ha modificado su orientación «dogmática» un poco, pero sigue concluyendo al final de su obra (p. 342), «la primacía del Oriente permanece incólume».

[149] Field, Henry, «The Cradle of Homo Sapiens», American Journal of Archaeology, Oct.-Dec., 1932, p. 427.

[150] Matthew, W. D., «Climate and Evolution», Annals of the New York Academy of Science, vol. 24, 1914, p. 80.

[151] Lebzelter: citado por W. Koppers en su obra Primitive Man, p. 220. Sus puntos de vista fueron sustentados por LeGros Clark, JRAI (Journal of the Royal Archaeological Institute), vol. 88, Parte 2, Julio-Dic. 1958, p. 133.

[152] Dawson, Sir William, The Story of the Earth, Hodder and Stoughton, Londres, 1903, p. 360.

[153] Selby, Colin H., en una «Research Note [Nota de investigación]», en Christian Graduate, IVF, Londres, 1956, p. 99.

[154] Brues, Charles, «Contribution of Entomology to Theoretical Biology», Scientific Monthly, Feb., 1947, pp. 123ss., citado en p. 130.

[155] Schultz, Adolph, «The Origin and Evolution of Man», Cold Springs Harbor Symposium on Quantitative Biology, 1950, p. 50.

[156] Hooten, E. A., «Where Did Man Originate?» Antiquity, junio de 1927, p. 149.

[157] Howells, Wm., Mankind So Far, Doubleday Doran, 1945, pp. 295ss.

[158] Ibid., pp. 29S, 299.

[159] Weidenreich, Franz von, Palaeontologia Sinica, serie completa nº 127, 1943, p. 276; y véase F. Gaynor Evans en Science, julio de 1945, pp. 16, 17.

[160] Romer, Alfred, Man and the Vertebrates, University of Chicago Press, 1948, pp. 219, 221.

[161] Linton, Ralph, The Study of Man, edición del estudiante, Appleton, Nueva York, 1936, p. 26.

[162] Taylor, Griffith, Environment, Race and Migration, University of Toronto, 1945, p. 282.

[163] Portmann, A., «Das Ursprungsproblem», Eranos-Yahrbuch, 1947, p. 11.

[164] Koppers, W., Primitive Man and His World Picture, Sheed and Ward, Nueva York, 1952, pp. 220, 224.

[165] Weidenreich, Franz von, Apes, Giants and Man, University of Chicago Press, 1948, p. 2.

[166] Taylor, Griffith, Environment, Race and Migration, University of Toronto, 1945, pp. 46, 47.

[167] Mayr, Ernst, «The Taxonomic Categories in Fossil Hominids», Cold Springs Harbor Symposium, vol. 15, 1950, p. 117.

[168] Herskovits, Melville, Man and His Works, Knopf, Nueva York, 1950, p. 103.

[169] Krogman, W. M., «What We Do Not Krow About Race», Scientific Monthly, agosto de 1943, p. 97, y posteriormente, abril de 1948, p. 317.

[170] White, Leslie, «Man's Control over Civilization: An Anthropocentric Illusion», Scientific Monthly, marzo de 1948, p. 238.

[171] Carlson, A. V., en su discurso de jubilación como Presidente de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, Science, vol.103, 1946, p. 380.

[172] Redfield, Robert, «What We Do Know About Race», Scientific Monthly, Sept., 1943, p. 193.

[173] UNESCO: Borrador provisional: emitido el 21 de mayo de 1952 en Man, Royal Anthropological Institute, June, 1952, p. 90.

[174] Stewart, T. D., «Earliest Representatives of Homo sapiens», Cold Springs Harbor Symposium, vol. 15, 1950, p. 105.

[175] Romer, Alfred, Man and the Vertebrates, University of Chicago Press, 1948, pp. 219, 221.

[176] Neanderthal erguido: comunicado por primera vez por Sergio Sergi en Science, suplemento 90, 1939, p. 13; contrástese con M. C. Cole, The Story of Man, Chicago, 1940, portadilla frente a la p. 13; y obsérvese que la reconstrucción de Cole de un Neanderthal encorvado, para consumo popular, apareció un año después de la comunicación en Science.

[177] Para un útil informe preliminar, véase «Homo sapiens at Choukoutien [el Homo sapiens en Chou-kou-tien]», News and Notes, Antiquity, June, 1939, p. 242.

[178] Weidenreich, F., Apes, Giants, and Man., University of Chicago Press, 1948, p. 87.

[179] Ibid., p. 88.

[180] Ibid.

[181] Taylor, Griffith, Environment, Race and Migration, University of Toronto, 1945, p. 11.

[182] Ibid., p.60. su argumento aquí se fundamenta en la morfología de la cabeza, que él considera concluyente.

[183] Ibid., p. 67. Opina él que solo una «tierra-cuna común» puede realmente explicar esta situación.

[184] Ibid., p. 134.

[185] Macgowan, K, Early Man in the New World, Macmillan, Nueva York, 1950, p. 26.

[186] Montagu, Ashley, Introduction to Physical Anthropology, Thomas, Springfield, Illinois, 1947, p. 113.

[187] Weidenreich, Franz, Apes, Giants, and Man, University of Chicago Press, 1948, p. 88.

[188] Buyssens, Paul, Les Trois Races de Europe et du Monde, Brussels, 1936. Véase G. Grant McCurdy, American Journal of Archaeology, ene.-mar., 1937, p. 154.

[189] Huxley, Thormas, citado por D. Garth Whitney, «Primeval Man in Belgiurn», Transactions of the Victoria Institute, vol. 40, 1908, p. 38.

[190] Según Whitney, véase nota anterior, p. 38.

[191] Romer, Alfred, Man and the Vertebrates, University of Chicago Press, 1948, p. 223.

[192] Hrdlicka, Ales, «Skeletal Remains of Early Man», Smithsonian Institute, colecciones misceláneas, vol. 83, 1930, p. 342ss.

[193] Ibid., p.98. Y véase William S. Laughton, «Eskimos and Aleuts: Their Origins and Evolution», Science, vol. 142, 1963, p. 639, 642.

[194] Dawson, Sir William, «Primitive Man», Transactions of the Victoria Institute, Londres, vol. 8, 1874, p. 60-61.

[195] Vavilov, N. I., «Asia, the Source of species», Asia, Feb., 1937 p. 113.

[196] Cp. Harlan, J. R., «New World Crop Plants in Asia Minor», Scientific Monthly, Feb., 1951, p. 87.

[197] Field, Henry, «The Iranian Plateau Race», Asia, abril de 1940, p. 217.

[198] Howells, Wm., Mankind So Far, Doubleday Doran, Nueva York, 1945, pp. 192, 203, 209, 228, 234, 238, 247, 289 y 290.

[199] Braidwood, Robert, Prehistoric Man, Natural History Museum, Chicago, 1948, pp. 96, 106.

[200] Taylor, Griffith, Environment, Races and Migration, University of Toronto, 1945, pp. 88, 115, 123, 164 y 268.

[201] Goldenweiser, Alexander, Anthropology, Crofts, Nueva York, 1945, pp. 427, 492.

[202] Engberg, Martin, Dawn of Civilization, University of Knowledge Series, Chicago, 1938, p. 154.

[203] Weidenreich, Franz von, Apes, Giants, and Man, University of Chicago Press, 1948, p. 65.

[204] Cole, M. C., The Story of Man, University of Knowledge Series, Chicago, 1940.

[205] Véase, por ejemplo, Boule, M. y H. V. Vallois, Fossil Man, Dryden Press, Nueva York, 1957, pp. 516-522, una evaluación de diversas posturas.

[206] Coon, C. S., The Races of Europe, Macmillan, 1939, véase especialmente el capítulo 5.

[207] Phillips, Wendell, «Further African Studies», Scientific Monthly, marzo de 1950, p. 175.

[208] Fleure, H. J., The Races of Mankind, Benn, London, 1930, pp. 43, 44.


Título: El Origen de las Naciones — Estudio de los nombres en Génesis 10
Título original: Origin of the Nations
— A Study of the Names in Genesis X

Autor: Arthur C. Custance, Ph. D.
Fuente: Noah's Three Sons, vol. 1 of the Doorway Papers, 1975, Sección II. — www.custance.org — Originalmente Artículo 5 de Doorway Papers, Ottawa 1964
Copyright © 1988 Evelyn White. All rights reserved

Copyright © 2005 Santiago Escuain para la traducción. Se reservan todos los derechos.


Traducción del inglés: Santiago Escuain

© Copyright 2005, SEDIN - todos los derechos reservados.

SEDIN-Servicio Evangélico
Apartat 2002
08200 SABADELL
(Barcelona) ESPAÑA
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