LA
CONFUSIÓN Miembro de la Afiliación Científica Americana Miembro de la Asociación Americana de Antropología Miembro del Real Instituto de Antropología
Ottawa, 1961 / Rev. 1977 Traducción
del inglés: Santiago Escuain
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Índice
Acceso al artículo original -The Confusion of Languages |
STE ARTÍCULO explora las circunstancias que rodean a un acontecimiento que tiene esta característica singular: que resultó ser la última experiencia en formar la base de una tradición posteriormente compartida por todas las naciones y posteriormente llevada por las mismas hasta lo último de la tierra. Todas las naciones comparten tradiciones del Edén, de la Caída, del Diluvio y de la construcción de la Torre de Babel y de la Confusión de las Lenguas. Pero después de esto parece haberse establecido una separación y haberse dejado de compartir. Está claro que la Escritura registra aquí algo que afectó profundamente a la historia humana. Se suscitan ciertas cuestiones que son el tema de este artículo. Estas cuestiones se pueden resumir como sigue:
1. ¿Hay alguna evidencia de que la humanidad compartiese una misma lengua dentro de los últimos pocos miles de años, como parece implicarse claramente de la redacción de Génesis 11:1? 2. Si durante varios miles de años de Adán a Noé la humanidad estuvo hablando una lengua, ¿tenemos alguna forma de determinar, bien mediante las Escrituras o por otros datos de qué lengua se trataba? 3. ¿Existe alguna indicación de que la confusión a la que se refiere Génesis tuviese lugar de forma repentina, en contraste a lo que parece ser más o menos la tendencia normal de las lenguas a divergir entre sí con el paso del tiempo? 4. Si existe esta evidencia, ¿arroja la misma alguna luz acerca de la naturaleza de la confusión que tuvo lugar? Porque la confusión hubiera podido surgir de dos formas claramente diferentes: Un grupo humano podría estar todavía hablando la misma lengua y usando las mismas formas léxicas, pero podría haber comenzado repentinamente a atribuir diferentes significados a las palabras que usaban —por ejemplo, cuando el químico analista moderno habla de una celda en espectrometría, se refiere a algo muy diferente a lo que contempla un carcelero cuando usa esta misma palabra. En tal caso, la palabra misma persiste para ambos, pero cada uno le atribuye un sentido diferente; en este sentido, la «confusión» aparece en la mente, no en la lengua. La otra alternativa es que individualmente las personas siguiesen pensando en las mismas cosas—por ejemplo en la abertura en una pared—pero que uno comenzase a llamarla una finestra, y otro a window. Excepto que cada uno conociera la lengua del otro, su conversación quedaría interrumpida —y con ello llegaría a su fin el esfuerzo cooperativo. En este caso no se trata de una confusión de la mente, sino de la lengua. En resumen, ¿qué es lo que sucedió, o fue que sucedieron ambas cosas? ¿Y quedó involucrada toda la raza humana, o solo un segmento de la misma? Estos son, entonces, los temas fundamentales de este artículo. Capítulo 1
La unidad original del lenguaje
EN TANTO QUE Adán y Eva fueron considerados como personajes reales, los originadores de la raza humana, y en tanto que su primera aparición no fue echada más atrás que unos pocos miles de años desde el tiempo en que la población del mundo comenzó a multiplicarse con una cierta rapidez, no parecía haber razón para dudar de que toda la raza hubiera mantenido por un tiempo un mismo lenguaje. Se suponía que la facultad del habla formaba parte de la dotación original de Adán y que el arte de la conversación nunca se había perdido, de modo que no se precisaba de ningunos comienzos enteramente nuevos. Al mismo tiempo, se reconocía que unas diversidades tan enormes del habla como las que se observan en la actualidad entre las naciones difícilmente hubieran podido surgir en un tiempo tan breve excepto que hubiera acontecido alguna perturbación muy grave de los procesos naturales de desarrollo en algún punto del camino. El relato de la Confusión de las Lenguas en Babel parecía una explicación totalmente razonable de esta diversidad. Pero cuando en base a teorías científicas se hizo retroceder en el tiempo a la primera pareja humana, y ello no meramente en miles sino en centenares de miles de años, y cuando la imagen del crecimiento de población a partir de entonces fue la de familias sumamente pequeñas de seres apenas humanos esparcidas en terrible aislamiento por el globo, desarrollando sus formas embrionarias de habla en total independencia entre sí a lo largo de vastas eras —entonces resultó absurdo hablar de la humanidad como habiendo jamás compartido una sola forma de lenguaje en ningún verdadero sentido. Había otra objeción a tomar esta narración en serio. Según la cronología de Ussher, el Diluvio tuvo lugar solo hacia el 2500 a.C. Si seguimos la Septuaginta, solo ganamos como mucho unos pocos siglos. Pero muchos académicos, en particular los representantes de la alta crítica como S. R. Driver, gustaban de señalar que en Oriente Medio existen inscripciones considerablemente anteriores al 3000 a.C., escritas en las lenguas que la historia de Babel nos dice que no surgieron hasta algún tiempo después del Diluvio.[1] Por ello, concluían que la historia de la Confusión de las Lenguas está datada demasiado tarde, lo que demuestra que no es nada más que un mito acuñado mucho después del acontecimiento que se suponía que explicaba. Sin embargo, como sucede tantas veces, esta cuestión gira en torno a la precisión de nuestros sistemas de datación —es decir, de nuestras interpretaciones de la cronología bíblica y de nuestras reconstrucciones seculares de la historia antigua. En la actualidad no podemos tener una certidumbre absoluta respecto a ambas, y por tanto se ha de cuestionar la rotundidad de las conclusiones de Driver. O, para expresarlo de otra forma, no sabemos de cierto que las mencionadas inscripciones en estas lenguas sean realmente anteriores a Babel. Esta cuestión se tiene que resolver por otros medios, si es posible. Todo lo que se puede decir por ahora es que existe evidencia en tiempos predinásticos en Mesopotamia de la presencia de tres líneas lingüísticas; por emplear las palabras de V. G. Childe, «los “jafetitas” (conocidos solo por inferencias gracias a algunos toponímicos): los semitas (que hablaban un lenguaje emparentado con el hebreo y el árabe); y los dominantes sumerios».[2] Por lo que respecta a la fecha, Childe señala que el sumerio (camita) se escribía en Sumer antes del final de la fase de Uruk que según Meek sería en alguna fecha antes del 3000 a.C.[3] Meek dice que las fechas anteriores a esta son mayormente suposiciones apoyadas solo en dataciones cruzadas y en sincronismos culturales. Dice que la dinastía más antigua atestiguada por inscripciones reales es la primera dinastía de Ur, que no puede datarse con mucha más anterioridad que el 2700 a.C. Sencillamente, no se sabe lo suficiente acerca de los tiempos predinásticos del Oriente Medio para poder establecer de forma concluyente en qué período del pasado surgieron estos tres distintivos grupos lingüísticos. Sin preocuparse demasiado acerca de la fecha de la Confusión, muchos eruditos cristianos conservadores se dedicaron a fines del siglo xix a examinar la evidencia de la veracidad del relato de Génesis mediante un estudio de los antiguos lenguajes del Medio Oriente. Pero antes de considerar algunos de sus hallazgos, parece apropiado, ante todo, examinar las conclusiones de un erudito no cristiano muy célebre, Max Muller. A la vez que negaba que se pudiera obtener ninguna luz sobre la cuestión de la historia bíblica, estaba totalmente dispuesto a admitir —más todavía, a mantener— que no había nada de irrazonable en la idea de que hubiera habido en el pasado un solo lenguaje compartido por todos los hombres. La posición de Max Muller se expone en su clásica obra en dos volúmenes, The Science of Language.[4] Él era probablemente la mayor autoridad en el mundo, y es dudoso que jamás se haya llegado a igualar su erudición y extensión de conocimientos. Su opinión es tanto más significativa desde nuestro punto de vista por cuanto se esforzó absolutamente en demostrar que sus conclusiones se basaban en un estudio científico de la cuestión, y que no se había dejado influir por su actitud hacia el Antiguo Testamento. ¡De hecho, hacia el final del primer volumen expresó su opinión de que se debían rechazar las pretensiones de inspiración de los escritos de Moisés! Debido al peso de su autoridad, procederé a dar un breve resumen de sus conclusiones. En el primer volumen, su análisis de los lenguajes de todo el mundo le había llevado a agruparlos en categorías que designa respectivamente como los radicales, los terminacionales y los inflectivos. Aunque demostró que eran fundamentalmente distintos y diferentes, como respuesta a la pregunta de «¿Podemos conciliarlos con la admisión de un origen común del habla humana?» respondió, «¡Desde luego que sí!»[5] Luego Muller prosiguió exponiendo:[6] «Hemos observado que la tendencia de los más distinguidos escritores acerca de filología comparada da casi por supuesto que después del descubrimiento de las dos familias de lenguajes, la aria y la semítica, y que después del establecimiento de los estrechos vínculos de relación que unen a los miembros de cada una de ellas, sería ya imposible seguir admitiendo un origen común del lenguaje. Era natural que después de haberse establecido con tanto éxito el criterio por el que se puede demostrar la unidad de los dialectos arios así como de los semíticos, que la ausencia de coincidencias parecidas entre ningún lenguaje semítico y ario, o entre estos y cualquier otra rama lingüística, hubiera llevado a la convicción de que no había ninguna vinculación admisible entre ellos.» Lo que estaba diciendo, si se me permite enfatizarlo, es que es tan evidente la existencia de una familia de lenguajes que se designa como aria (que forma parte de nuestra familia jafética), y tan evidente la existencia de una familia de lenguajes que se designa como semítica, que se tienen que mantener como claramente distintas entre sí como familias, al no mostrar superficialmente ni la más ligera tendencia a derivar hacia la otra. ¿De dónde procede la impresión de que la derivación de una a otra familia es imposible? Las dos ramas lingüísticas están empaquetadas de manera tan segura y limpia que no quedan elementos libres que sirvan para relacionarlas entre sí. Sin embargo, Muller confesó que había encontrado muy poco convincente el tan repetido argumento de que la existencia de unas familias tan distintas hiciera imposible derivarlas de una fuente común. Su respuesta, aunque expresada quizá de una forma más bien florida, iba sin embargo al centro de la cuestión:[7] «Si se
quiere afirmar que los lenguajes tuvieron diversos
comienzos, se tiene que demostrar que es imposible que los lenguajes
tuvieran
un origen común. Es posible que el término turanio no sea conocido por muchos lectores. Desde un punto de vista bíblico sería correcto poner en su lugar el término camita, igual que ario puede ser identificado con jafético. Refiriéndose así posteriormente a la rama camita, proseguía:[8] «En mi
caso, el estudio de la familia camita fue
particularmente interesante porque ofrecía una oportunidad para
aprender hasta
qué punto los lenguajes que se suponían de un origen
común podían divergir y
llegar a ser diferentes debido a la operación sin freno de la
regeneración
dialectal. Es evidente que los puntos de vista de Muller se encontraron con una agria oposición. Tal como él lo expresó:[9] «En mi
carta sobre los lenguajes camitas, que ha sido
objeto de unos ataques tan fieros ... yo había preferido el
término de “grupo”
para los lenguajes camitas, a fin de expresar con la mayor claridad
posible que
la relación entre el turco y el manchú, entre el tamil y
el finés, era
diferente no solo en grado, sino en clase, de la existente entre el
sánscrito y
el griego. “La relación entre estos lenguajes camitas”, dije,
“no se puede
considerar como de la misma clase que la que existe entre el hebreo y
el árabe,
el sánscrito y el griego. Son radios que divergen de un centro
común”. Me gustaría llamar la atención del lector al hecho de que él distinguía entre el grupo camítico y las familias jafética y semítica. Como trataremos de exponer, hay alguna evidencia de que la confusión de las lenguas quedó de hecho limitada solo a los descendientes de Cam, de modo que como grupo tienen una relación algo peculiar entre sí que difiere de las familias jafética y semítica. Recapitulando, Muller expone su postura en dos párrafos como sigue:[10] «No hay
nada que exija la admisión de comienzos
independientes diferentes para los elementos materiales (es decir, el
léxico)
de las ramas camita, semita y aria del habla; más aún, es
posible todavía en la
actualidad señalar raíces que, bajo diversos cambios y
disfraces, han estado
presentes en estas tres ramas siempre desde su primera
separación. Tras ello, concluía:[11] «La ciencia de la lingüística nos lleva así a aquella cumbre más elevada desde la que contemplamos el mismo amanecer de la vida del hombre sobre la tierra; allí donde las palabras que hemos oído tantas veces desde los días de nuestra infancia —“Era entonces toda la tierra de una sola lengua y unas mismas palabras”— adquieren un sentido más natural, más inteligible, más convincente, que nunca lo tuvieron antes.» Mientras Muller se concentraba con las lenguas más familiares de Europa y Asia, otros estaban comenzando a descubrir relaciones subyacentes entre las lenguas del Nuevo Mundo. Así, por ejemplo, Sir William Dawson observó, en términos que quizá son algo demasiado generalizadores y, sin embargo, en algunos aspectos más plenamente justificados en la actualidad que cuando los expresó por primera vez:[12] «Es un concepto popular común que los lenguajes del continente americano son innumerables y mutuamente ininteligibles. En un sentido muy superficial, esto es cierto; pero una investigación más profunda pone en evidencia que los lenguajes de América son esencialmente uno solo. Su estructura gramatical, aunque muy compleja, pertenece enteramente al mismo principio general. Pero la gramática es, después de todo, solo el vestido del lenguaje. Su esencia reside en sus palabras raíces, que tienen una relación cierta con los hábitos mentales y los órganos vocales de sus hablantes, y muy a menudo unas relaciones igualmente ciertas con las cosas de que se habla. Ahora bien, hay multitudes de palabras raíces idénticas en los lenguajes americanos en vastas áreas, algunas de ellas con precisamente los mismos significados, y otras con diversos matices de significados analógicos. Si dejamos a un lado las palabras puramente onomatopéyicas, como las derivadas de voces de animales, y de sonidos naturales, que necesariamente se parecen en todas partes, se encuentra que las palabras más persistentes son tales como “Dios”, “casa”, “hombre”, etc., que expresan objetos o ideas constantemente recurrentes en el habla cotidiana, y que en consecuencia se vuelven más perfectamente estereotipadas en el uso de los pueblos primitivos. Además, es suficiente un conocimiento muy superficial de estos lenguajes para ver que están relacionados con los más antiguos lenguajes del continente oriental por medio de una gran variedad de palabras raíces más permanentes, y con algunas incluso por la estructura gramatical. Tan persistente es esta vinculación a través del tiempo que se podrían llenar páginas con palabras del inglés, francés o alemán modernos que están cognadas con las de las tribus algonquinas así como con las más antiguas lenguas de Europa, los vascos, los magiares, y oriente.» Algo de estas evidencias lingüísticas quedó cuidadosamente tabulado en una serie de eruditos trabajos presentados ante el Real Instituto Canadiense por A. F. Chamberlain.[13] Es cierto que algunas de sus afirmaciones se tienen que acotar seriamente, pero las muy extensas listas de palabras comunes con una amplia gama de lenguas mongoles en el Nuevo Mundo y en el Lejano Oriente no se pueden dejar de lado a la ligera. Nadie puede repasar con cuidado la evidencia que presenta, incluso admitiendo la presencia de algunos errores en las transcripciones y de algunas grafías comunicadas incorrectamente, sin llegar a la conclusión de que tanto el Oriente como el Nuevo Mundo fueron poblados por tribus (incluyendo los esquimales) que derivan sus lenguas de una sola fuente. La «familia» camita de lenguajes (usando este término en el sentido bíblico) está claramente muy extendida, incluyendo como lo hace el grupo mongol, el africano, ciertas lenguas europeas (vasco, etc.), y las lenguas de Oceanía. Dentro de las lenguas mongoles se deben incluir todas las lenguas nativas de todos los amerindios, tanto del norte como del sur, así como el Lejano Oriente. Una temprana edición de la Chamber’s Encyclopedia, que hacía referencia a las perspectivas de Max Muller acerca del tema de la filología, observaba que el grupo mongol incluye en su seno algunos lenguajes que nos llevan a través del Oriente Medio hasta Europa y a Finlandia:[14] «Max Muller los clasificó en dos grandes divisiones, la septentrional y la meridional. La división septentrional se distribuye en cinco secciones, la tungúsica, mongólica, túrquica, fínica y samoyédica. De estas, los dialectos tungúsicos que se extienden al norte y oeste de la China son los inferiores en organización, estando algunos de ellos casi desprovistos de formas gramaticales, como los chinos. Los dialectos mongólicos son superiores a los tungúsicos. Los túrquicos ocupan una enorme región y son sumamente ricos en formas gramaticales, especialmente en la conjugación del verbo. Los miembros más importantes de la clase fínica son los fínicos de las costas del Báltico y la lengua húngara de los magiares. La división meridional comprende entre otros el dravídico del sur de la India, el tibetano, el tair o los dialectos de Siam y los dialectos malaicos o malayos y polinesios.» Se puede observar que aquí se hace referencia a las lenguas de Oceanía. Se puede observar de pasada que Kenneth Macgowan ha propuesto posibles vinculaciones entre las lenguas de los aborígenes australianos y de los amerindios. Dice él:[15] «P. Rivet, siguiendo a muchos estudiosos desde Leibniz hasta Thomas Jefferson, se propuso explorar el origen de los pueblos americanos comparando sus lenguajes con los del Viejo Mundo. En 1925 descubrió algo más que la usual identidad casual entre palabras. Lo cierto es que los paralelismos que estableció entre la actual habla de los chon de Patagonia y los australianos le parecieron a R. B. Dixon imposiblemente cercanos (esto es, para ser fortuitos) después de siglos y siglos de separación entre ellos y de contactos con otros pueblos.» La relación entre todas las lenguas empleadas por grupos humanos a todo alrededor del Océano Pacífico la señaló hace tiempo Sir William Dawson cuando observó:[16] «En su
notable libro China’s Place in Philology, Edkins
ha recogido una gran cantidad de datos que tienden a demostrar que la
primitiva
lengua china, en sus radicales monosilábicos, presenta formas
raíces que se
pueden seguir en todas las líneas de habla humana en el Viejo
Mundo. Y las
lenguas americanas le habrían proporcionado eslabones semejantes
en afinidad.
En investigaciones de esta clase, es cierto que los eslabones de
conexión son a
menudo delicados y evanescentes; sin embargo han comunicado a los
más
competentes investigadores la poderosa impresión de que los
fenómenos hablan
más de la división de un lenguaje radical que de la
unión de diversos de ellos radicalmente
distintos. Más recientemente, Homburger ha observado que los lenguajes africanos pueden también haber derivado en el pasado de una sola raíz:[17] «En la llamada zona cusita de África nordoriental, en el valle del Nilo y en todo el Sudán desde el Nilo hasta el océano Atlántico, hay unos pocos «países» en los que los clanes y las tribus hablan lenguajes que son fáciles de reconocer como distintos entre sí, como el nubio, kanue (¿boru?), hausa, mande y wolof. Pero las diferencias no impiden el reconocimiento de elementos comunes; un minucioso estudio ha llevado a la mayoría de los lingüistas a las conclusiones que ya formulé primero en 1913: todos los lenguajes negro-africanos tienen una base común.» S. L. Washburn ha sugerido recientemente que estos conceptos pueden proporcionarnos un nuevo conocimiento de la prehistoria de África. Así, ha observado:[18] «Al enseñar antropología física este año, la idea más útil que he tenido es la clasificación de Greenberg de los lenguajes de África, por cuanto exhiben la interrelación de un grupo de lenguajes en África Oriental que es contraria a las ideas tradicionales de la antropología física y que concuerda mejor con todo el conjunto de información que la clasificación realizada desde la antropología física. La incidencia de la anemia falciforme, una enfermedad hereditaria en África Oriental, concuerda con la clasificación lingüística de Greenberg y no con la clasificación tradicional de la antropología física.» Hace muchos años que Hervas, un jesuita español, escribió un famoso Catálogo de Lenguajes, que se publicó en seis volúmenes en el año 1800.[19] Demuestra en el mismo con una lista comparativa de desinencias y conjugaciones que el hebreo, caldeo, siríaco, árabe, etiópico y amárico son solo dialectos de una lengua original y que constituyen una familia lingüística, el semítico. También percibió claras trazas de afinidades entre el húngaro, el lapón y el finés, tres dialectos que parecen ahora pertenecer al grupo camita. Pero uno de sus más brillantes descubrimientos fue establecer la familia de habla malaya y polinesia que se extendía desde la isla de Madagascar al este de África, a lo largo de 208 grados de longitud, hasta la Isla de Pascua. Muchos años después Humboldt llegó exactamente a la misma conclusión. En el antiguo Egipto parece haber un caso de vinculación entre el grupo camita y la familia semita. Tal como lo expresa Vere Gordon Childe[20] «Muchos
filólogos consideran la lengua egipcia como un
habla compuesta o híbrida en la que una línea
semítica emparentada con el
asirio o hebreo ha sido injertada en un tronco camita africano como el
que
queda representado en una forma más pura, por ejemplo, en el
berebere. ... Childe va más allá y sugiere una relación entre los lenguajes de Egipto y Sumer:[21] «La misma escritura jeroglífica, aunque sus elementos se componen de plantas y animales puramente nilóticos, concuerda de una forma tan notable con la babilónica en su curiosa combinación de signos fonéticos con ideogramas y determinantes, que ambos sistemas deben tener alguna interrelación.» Una relación todavía más notable fue la observada por A. H. Sayce, que dice:[22] «Se han realizado intentos para mostrar la relación del sumerio con el lenguaje de China, y que entre los primeros emigrantes chinos a la «Tierra de las Flores» y los habitantes presemitas de Caldea había una relación lingüística además de racial.» Hay incluso evidencia para apoyar la postura de que se revelan vínculos entre los lenguajes semíticos y jaféticos mediante un cuidadoso estudio del hebreo, aunque, por razones que aquí no vienen al caso, la idea de derivar lenguas jaféticas de algo parecido al hebreo ha quedado descartada. En 1890 Benjamin Davies publicó un conocido léxico hebreo y caldeo basado fundamentalmente en el trabajo de Gesenius, en el que presenta mucho que de cierto indica una relación así.[23] En su léxico quizá cada cuarta o quinta palabra raíz hebrea se traduce al inglés y luego va acompañada de una lista de palabras de otros lenguajes indoeuropeos que parecen tan claramente emparentadas que uno se pregunta por qué otros eruditos no han seguido las indicaciones que proporciona. La mayor parte de los modernos lingüistas, cristianos o no, tienden a rechazar toda idea así. Pero un estudio de la obra de Davies parece demandar que expliquen cómo pueden existir estos paralelismos, no meramente para algunas pocas palabras posiblemente tomadas de prestado, sino para una inmensa cantidad de palabras que son fundamentales para cualquier vocabulario: numerales, relaciones personales, objetos domésticos, cosas de importancia primordial e inmediata para la supervivencia o el bienestar personales, etcétera. Me parece evidente que si el Lenguaje A está relacionado con el Lenguaje B, y que a su vez se puede demostrar que el Lenguaje B está relacionado con el Lenguaje C, entonces el Lenguaje A tiene que considerarse necesariamente relacionado con el Lenguaje C. Esto parece tan evidente que apenas es necesario enunciarlo. Como ya hemos visto, se reconocen las relaciones entre lenguas camíticas y semíticas, y entre semíticas y jaféticas, y sin embargo se da una tácita negación de cualquier posibilidad de que el camítico pudiera estar relacionado con el jafético, o, en otras palabras, que todas las lenguas estén relacionadas; A, B y C. Así, J. H. Greenberg afirmó, en un artículo presentado ante un simposio:[24] «La relación genética entre los lenguajes es, en terminología lógica, transitiva. Por relación “transitiva” se significa una relación tal que, si es válida entre A y B, y entre B y C, tiene que ser válida también entre A y C.» En cambio, parece que Beals y Hoijer creen que no hay ninguna evidencia que apoye la postura tan claramente implicada por las conclusiones de los muchos eruditos que han escrito acerca de fragmentos de la imagen total.[25] En sus propias palabras: «Por consiguiente, aunque es posible que todos los lenguajes modernos deriven de una sola fuente, sus divergencias actuales son de tal magnitud que no proporcionan evidencia alguna de tal relación.» Sin embargo, J. B. S. Haldane, escribiendo en The Rationalist Annual (y difícilmente podría nadie acusar ni al autor ni al editor de una postura favorable al cristianismo) hizo esta declaración:[26] «Los
lenguajes actuales son muy diferentes
entre sí, pero
diversos recientes investigadores han encontrado semejanzas entre
lenguajes de
familias completamente diferentes. Rae y Paget en Inglaterra y
Johannesson en Islandia
... y Marr en la Unión Soviética han afirmado haber
seguido los linajes de muchos lenguajes diferentes a una fuente
común ... » Entre los miembros de la familia semita es relativamente fácil establecer una unidad esencial para su forma original de habla. Aunque la familia indoeuropea de lenguajes ha divergido algo más extensamente a partir de su supuesto original que la semítica, sin embargo constituyen con toda claridad una sola familia. J. L. Myers observó:[27] «Aunque los lenguajes indoeuropeos difieren mucho más entre sí que incluso los más separados del grupo semítico, todos ellos poseen un tipo reconocible de estructura gramatical y un pequeño fondo de palabras común a todas ellas, para los numerales, las relaciones familiares, las partes del cuerpo, ciertos animales y plantas, etc., en base a lo cual se sigue creyendo en general, a pesar de mucha experiencia desalentadora en el detalle, que es posible descubrir algo de las condiciones de vida donde se habló un antecesor común de todos estos lenguajes.» De hecho, se puede decir —si se permite alguna sobresimplificación— que los lenguajes indoeuropeos han tendido al cambio mediante simplificación;[28] las lenguas semíticas han mostrado la tendencia a conservarse con pocos cambios, y los que forman la familia camita han tendido a proliferar o multiplicarse —a menudo de forma casi increíble, como se verá más adelante. Por decirlo de otra manera, la «confusión» es mayor entre las lenguas camitas, mucho menor entre las jaféticas, y virtualmente inexistente en las semíticas. Nunca olvidaré el entusiasmo que experimenté cuando descubrí por primera vez un artículo del Mayor C. R. Conder publicado en Transactions of the Victoria Institute hace algunos años.[29] Aunque no era un «académico» aceptado en el sentido formal, era sin embargo una de estas raras personas para las que el dominio de un nuevo idioma parece ser un juego de niños. Pasó la mayor parte de su vida en el Oriente Medio, rodeado de tres grandes familias de lenguajes, y se familiarizó con todos ellos. Lejos de sentirse abrumado por las diversidades de los mismos, Conder se sintió crecientemente convencido de que se podría demostrar, tras un estudio suficiente de sus vocabularios básicos, que estas tres familias habían surgido de una sola raíz. Aunque la mayoría de los lingüistas actuales se sonreirían ante tal empresa, él expuso en su artículo lo que creía que constituía la prueba de que hay unas 400 – 450 formas raíces básicas en cada una de las tres familias de lenguajes, y que de las mismas hay alrededor de 170 raíces, todas relacionadas con las ideas más cotidianas, que son comunes a las tres. Alrededor de una tercera parte de las mismas se pueden seguir todavía en toda la gama de lenguajes asiáticos, en sumerio, egipcio, indoeuropeo, semítico y mongol por igual. Se consideró incompetente para revisar la evidencia procedente de los lenguajes africanos, con la excepción del egipcio. Debido a que la mayoría de los lectores no tendrán posibilidad de consultar su artículo personalmente, parece apropiado presentar aquí algunas citas que resumen la evidencia tal como él la contemplaba. Acerca de los lenguajes arios (jaféticos), escribió:[30] «Los trabajos de eruditos como Fick, Curtius y otros han reducido los lenguajes arios a una lista de unas 450 raíces originales, pero Max Muller ha considerado que esta lista peca más por exceso que a la inversa. En un interesante artículo titulado “Simplicity of Language” afirma que esta lista puede condensarse aun más, hasta una enumeración original de no más de 150 raíces que, por subsiguiente variación y mediante la construcción de palabras, ha producido los totales enormes de los vocabularios modernos.» De los lenguajes mongoles (camitas), Conder tenía lo siguiente que decir:[31] «Se pueden reconocer tres grandes divisiones de este grupo de lenguajes: (1) el mongol propio, que se habla en una gran extensión de Asia, (2) el túrquico en las estepas de Asia Central, y (3) el fínico y úgrico en Europa; pero todas estas divisiones están íntimamente vinculadas entre sí por el vocabulario, por la gramática y por la identidad de sufijos y pronombres; todas se distinguen por la aglutinación y por la ausencia casi completa de inflexión, excepto donde la influencia aria ha tendido a causar un adelanto así. Los trabajos de Castren, Donner, Bohtlingk y Vambery, y de muchos otros distinguidos eruditos, han establecido un estudio comparado de dialectos y lenguajes que alcanza de Siberia a Hungría, y que, aunque menos perfecto que el de los lenguajes arios, mejor estudiados, está igualmente fundamentado sobre una sólida erudición e investigación. La cantidad de raíces a la que quedan reducidos los vocabularios es incluso menor que la del sistema ario, debido a que quedan más fácilmente divididas de sus sufijos añadidos, y se encuentra que son casi totalmente monosilábicas. Vambery enumera alrededor de 200 raíces para el habla túrquica, y éstas reaparecen en las otras divisiones del grupo.» Acerca de los lenguajes semíticos, escribió:[32] «Un
diccionario hebreo contiene casi 1500 raíces, pero ni
una tercera parte de las mismas son perfectas, es decir, compuestas de
tres
consonantes que formen dos sílabas. El resto, designadas como
quiescentes,
defectivas y dobles, se forman bien con una vocal, o bien son
monosilábicas en
forma imperativa que es la verdadera raíz en cada lenguaje. Las
raíces
perfectas ... representan una etapa avanzada en el lenguaje, como no se
negará
que alcanzó el habla semítica. Estas raíces
perfectas son, en algunos casos,
como veremos, las mismas en sonido y significado que se encuentran en
lenguajes
arios; y en muchos casos se pueden resolver en un monosílabo
original con un
sufijo, de manera muy parecida a otros lenguajes. Así,
encontramos Bad, «separad»;
Badal, «separado»; Badak, «dividir»;
donde los sufijos l y
k han sido evidentemente unidos a la vieja raíz
original Bad, que
se puede comparar con la raíz aria Bhid, «dividir».
Estas indicaciones,
y otras que no es necesario detallar ahora, pueden inclinarnos a
suponer que
las raíces originales de los lenguajes semíticos eran
monosílabas, y que la
presente estructura surge de la preferencia por las raíces
secundarias, como
comunicadoras de un significado más específico ... Y concluía:[33] «Comparar los nombres de un lenguaje con los de otro será en general poco convincente, pero cuando podemos comparar las raíces de las que se forman estos nombres, y de las que también surgen los verbos y otras partes de la oración, estamos siguiendo un método más seguro, y más conducente a conclusiones verdaderas. ... »Volviendo a una consideración de las raíces simples que consisten de una consonante y de una vocal, que se encuentran en todos los lenguajes asiáticos, y de los que parecería probable que se construyan las clases más complicadas de raíces, encontramos que se disponen fácilmente en siete clases, según se refieran a las sensaciones relacionadas con diversos órganos, 1ª, vida o respiración con la nariz; 2ª, luz, vista y fuego, con el ojo; 3ª, sonido, con el oído; 4ª, movimiento, con la pierna; 5ª, deglución, comer y beber con la boca; 6ª, sostener, y golpear, con la mano, y 7ª, trabajo, lo cual, sin embargo, no es muy claramente distinguible de la clase anterior. Una clase final de raíces que, con dos excepciones, son secundarias (al poseer dos consonantes) hace referencia a amor y a deseo.» Luego se da la lista de estas formas simples, con ejemplos que se toman de los siguientes lenguajes: sumerio, egipcio, ario, hebreo, asirio, árabe, túrquico, ugrofinés. mongol, cantonés (un dialecto del chino), proto-medo, y susiano. Luego se examinan 172 formas de raíces en las ocho clases a las que hace referencia, y se sigue en cada caso cada raíz a través de prácticamente todos los dialectos o lenguajes que se mencionan.[34] Puede parecer que 170 formas son un fragmento muy pequeño de la riqueza léxica total de cualquier lenguaje para basar sobre ellas ningún argumento verdaderamente decisivo. Pero se reconoce extensamente que la significancia del tamaño de una muestra no depende de su tamaño como tal, sino de su carácter. Una gota de sangre puede hablar por el resto de la sangre en el cuerpo humano. Y respecto a esto, es interesante descubrir a A. L. Kroeber comentando acerca de un artículo sobre esta misma cuestión, y observando lo siguiente:[35] «La relación entre la forma de una palabra y su significado, excepto en el caso de unas pocas palabras onomatopéyicas, es completamente arbitraria, y si se encuentra entre dos lenguajes más que un cierto porcentaje de palabras con un sonido similar que tengan un significado decididamente semejante, este hecho ha de tener una significación, y la significación es la de una conexión histórica.» Los vínculos entre las tres grandes familias lingüísticas, como los percibió Conder, no son de tipo genealógico —es decir, no demuestran la derivación de una familia de lenguajes a partir de otra: por ejemplo, jafética a partir de la camítica. Lo que sí indican es que todas tres estuvieron probablemente unidas en un solo lenguaje hasta que algo ocurrió para iniciar su desarrollo independiente, y que desde aquel tiempo en adelante divergieron en formas características. Así, podemos concluir este
capítulo con una breve cita
adicional tomada de Max Muller:[36] «El tan repetido aserto de que la imposibilidad de clasificar genealógicamente todos los lenguajes demuestra la imposibilidad de un origen común de los lenguajes no es nada más que una especie de dogmatismo científico que, más que ninguna otra cosa, ha impedido el libre progreso de la investigación independiente.» Capítulo 2
El habla original de la humanidad
UNA VEZ SE ADMITE que la humanidad habló anteriormente un solo lenguaje, parece lógico ir más adelante y tratar de identificar qué clase de lenguaje era. Probablemente la mayoría de los lectores sabrán que los comentaristas rabínicos, los primitivos escritores cristianos, y, hasta tiempos relativamente recientes, los mismos eruditos cristianos modernos, aceptaban en general el punto de vista de que esta lengua original era el hebreo. Es cierto también que algunos de los primitivos Padres de la Iglesia se opusieron a ello, pero se pueden citar grandes nombres como los de Agustín, Jerónimo y Orígenes en apoyo de esta postura; los pocos como Gregorio Nacianceno que arguyeron en contra de ello no llegaron a influir sobre el público cristiano en general, de modo que pasó a ser la opinión aceptada a lo largo de la Edad Media y hasta el pasado reciente. Si no fuese por el tono ofensivo de su libro, se podría recomendar la célebre obra de Andrew White titulada A History of the Warfare of Science With Theology [Una historia de la guerra de la ciencia con la teología], por su tratamiento de este tema.[37] Para él, la misma palabra ortodoxo se identifica con la palabra ridículo, y no tiene otro argumento que la ridiculización en contra de muchas creencias muy antiguas y bien razonables que mantienen los cristianos. No confronta directamente la evidencia sobre la que se basan dichas creencias, ni tampoco trata de proporcionar una alternativa igualmente convincente o razonable. Es esta desdichada circunstancia la que transforma una obra por otra parte de voluminosa erudición en la más desafortunada exhibición de dogmatismo estrecho y desconsiderado. Lo que es quizá más desafortunado en el contexto de este artículo es que no pocos eruditos cristianos contemporáneos han adoptado la misma actitud hacia el punto de vista de que el hebreo pudo haber sido el lenguaje del Edén. Debo clarificar que mi propuesta no es que el hebreo mismo fuese necesariamente el lenguaje del Edén, sino más bien que el del Edén era un lenguaje del que el hebreo puede bien ser el representante moderno más cercano. Lo que estoy tratando de establecer es que el semítico fue la forma original de la que con el curso del tiempo se derivaron no solo todos los miembros de dicha familia (árabe, hebreo, arameo, etc.), sino también el jafético (indoeuropeo) y el camítico. La línea de razonamiento que me propongo seguir puede enunciarse brevemente de la siguiente manera:
1. Que los nombres de los descendientes inmediatos de Noé (que se exponen en Génesis 10), por medio de quienes se repobló la tierra después del Diluvio, son los verdaderos nombres que tuvieron originalmente estas personas y no meras transliteraciones; que se pueden todavía seguir, aunque en formas modificadas, de forma muy amplia entre sus descendientes vivientes que, sin embargo, no tienen recuerdo de sus significados; y, finalmente, que estos nombres tal como se han recibido tienen significados en semítico, pero no en las lenguas jaféticas ni camíticas. 2. Que en Génesis 4, que trata de forma específica acerca de la historia del hombre desde Adán hasta Noé, hay una cantidad de referencias a personas, lugares y acontecimientos que arrojan una inesperada luz sobre la posterior historia de los pueblos indoeuropeos y camíticos incluso hasta el tiempo presente. Pero esta luz se obtiene solo si las palabras clave en estas referencias derivan su significancia a partir de su sentido en semítico. 3. Que si el lenguaje de Noé fue una forma semítica, y por ello presumiblemente también el de Adán —entonces si suponemos que Adán aprendió a hablar porque Dios emprendió conversar con él— el lenguaje del cielo debe ser de la misma naturaleza. Se mostrará que las Escrituras dan un cierto apoyo a esta conclusión.
Los nombres de Génesis 10
Podemos primero considerar brevemente la cuestión de si el lenguaje original fue específicamente el hebreo o solo alguna forma de habla semítica. A juzgar por el uso que hace Labán del arameo en Génesis 31:47, parece probable que los padres de Abraham hablasen arameo. Pero para la época de Jacob, dos generaciones después, parece que está en uso una forma de hebreo, si vamos a juzgar por el nombre que dio al monumento de piedras que levantó cuando se separó de Labán. Por cuanto Labán era el mayor de los dos, nos veríamos obligados a concluir que el arameo era la lengua más antigua. Franz Delitzsch, que fundamenta sus
argumentos en el
supuesto de que el mismo Abraham no hablaba hebreo originalmente, sino
arameo,
observó:[38] «Debemos considerar como
mejor fundamentada la posición de
los escritores siríacos, arameos y persas de que el
siríaco (es decir, el
arameo) o el nabateo fue el habla primitiva, y que en la
confusión de las
lenguas permaneció todavía como la lengua de Babilonia
(Caldea).»
Aunque pueda ser una decepción para algunos lectores cristianos descubrir que probablemente el hebreo mismo no fue el lenguaje original, al mismo tiempo es tranquilizador recordar que nuestro mismo Señor no hablaba hebreo, sino arameo. Este tema lo trata de forma plena el conocido orientalista Edouard Naville, en su obra The Archaeology of the Old Testament: Was the Old Testament written in Hebrew?[39] Su conclusión concuerda con los puntos de vista de Delitzsch, excepto por algunos detalles menores. De pasada, puede ser interesante observar cómo el mismo pueblo judío, gratificando su orgullo nacional, trató el tema en uno de sus comentarios rabínicos. Citando a Hershon, leemos el siguiente argumento en favor del hebreo como lengua original:[40] «La lengua sagrada, el hebreo, fue la hablada por todos hasta la generación de la Confusión de las Lenguas, porque el mundo fue creado con la lengua sagrada; pero ahora cada uno de los 70 ángeles tomó una nación y la instruyó en una nueva lengua; pero Dios instruyó a Israel en la lengua hebrea.» La significación del número 70 reside en que Génesis 10 usa un total de 70 nombres, igual al número de los hijos de Jacob cuando descendió a Egipto. Es interesante que el Señor enviase a 12 apóstoles para predicar a las 12 tribus de Israel, pero a 70 para realizar un ministerio evangelístico general sin relación con la nacionalidad (Lc. 10:8ss, «en cualquier ciudad»). Pasando más específicamente a considerar la prueba de la historia de que el lenguaje original de la humanidad fue el semítico, trataremos en primer lugar acerca de los nombres de los descendientes inmediatos de Noé. No hay nada de nuevo en la observación de que cuando un grupo humano emplea habitualmente nombres personales para sí mismos y para sus hijos que tienen un significado indudable en algún lenguaje particular, esto significa que aquel grupo humano hablaba originalmente aquel lenguaje. Una comunidad con una gran proporción de -sees es tan claramente escandinava como que una comunidad con una gran cantidad de vans es holandesa, o con -fils es francesa. En Ontario, Canadá, hay una instructiva ilustración en este sentido. Una cierta ciudad que originalmente se llamaba «Berlin», fue renombrada como «Kitchener» después de la Primera Guerra Mundial por petición de muchos de sus ciudadanos. Pero en la comunidad uno encuentra muchos nombres que tienen un significado fácilmente reconocible en alemán, pero que no tienen ningún significado evidente en el lenguaje que ahora hablan la mayoría de sus ciudadanos —que es naturalmente el inglés canadiense. Es cosa cierta que no sería nada irrazonable por parte de un forastero que desconociese la historia de la ciudad observar que, por cuanto muchos de los nombres tienen mucho más significado en alemán que en inglés, que la lengua original de este grupo humano era realmente el alemán. Y, por ello, no se sentiría sorprendido al enterarse de que efectivamente en el pasado su asentamiento se llamaba Berlin. Jerusalén es una ciudad tan evidentemente semítica como Peterborough lo es inglesa, porque el nombre Jerusalén es en realidad un término compuesto de dos vocablos que tienen significado en hebreo («Ciudad de paz»), así como Peterborough es un compuesto de dos vocablos que tienen significado en inglés («Ciudad de Pedro»). Este es el principio. Naturalmente, no es siempre así, porque algunos nombres se han preservado con tal disfraz que nadie tiene conocimiento de su significado original; por ello no pueden asignarse de forma cierta a ninguna lengua determinada, de modo que hay muchas excepciones a este principio. Sin embargo, es esta clase de razonamiento aplicado a Génesis 10, que da una relación de los descendientes de Noé, la que da un fuerte apoyo a la postura de que el lenguaje original de Noé fue el hebreo o alguna forma de lenguaje semítico, y por ello de la humanidad hasta Adán —suponiendo que no se diera ningún cambio significativo en el intervalo entre ambos. Génesis 10 comienza la lista genealógica con Jafet, y de Jafet se deriva una cantidad de descendientes los nombres de los cuales se han preservado de forma notablemente intacta entre los indoeuropeos. En primer lugar, los griegos afirmaban como su padre a uno a quien llamaban Iapetos.[41] De hecho, según ellos fue el padre no solo de los griegos, sino de la raza humana. Los arios reclamaban como su padre original a uno llamado Djapatischa.[42] Estas dos formas son modificaciones del nombre original Jafet. No hay duda alguna, me parece, de que el nombre no tenía ningún significado en ninguna de las dos lenguas, mientras que en semítico el significado parece derivado bien de la raíz Yapah, que significa «ser rubio», o de la raíz pathah, que significa «ser extendido o agrandado». Cualquiera de ambas formas es etimológicamente legítima, y cualquiera de las dos sería apropiada en el supuesto de que, como se supone generalmente, Jafet fuese de complexión rubia. No es inusual que los nombres hebreos tengan dos posibles derivaciones, y que ambas sean apropiadas —esto es algo que en ocasiones ha conducido a mucha polémica, como en el caso del término Babel.[43] Aunque es posible seguir, con una considerable certeza, a los descendientes de Jafet cuyos nombres aparecen en Génesis 10:2-5, nos limitaremos aquí a uno o dos de ellos como ilustración. Este tema se considera extensamente en otro artículo de esta serie.[44] Uno de los hijos de Jafet se llamó Gomer. Este nombre sigue apareciendo muy extensamente en una forma ligeramente modificada en el Viejo Mundo allí donde los indoeuropeos se han asentado. En la antigüedad sus descendientes preservaron su nombre como los Cimri. En otra región de Europa la palabra reaparece como Hiber-nia.[45] En Inglaterra el nombre aparece en la palabra Cumberland. De hecho, es posible seguir a sus descendientes por Europa a lo largo de la historia, donde siguieron reteniendo la memoria de su nombre en diversas formas, cualquiera de las cuales se identifica fácilmente con la forma original de Gomer. Para beneficio de aquellos que no estén familiarizados con la clase de cambios que pueden darse en las palabras —y que encuentren difícil, por ejemplo, identificar Gomer con Camber, debido a la aparición de una b en medio del vocablo— solo será necesario señalar que el término latino numerus se convierte en inglés en number [o en francés y en catalán, en nombre]. La consonante adicional se introduce para eufonía. La sustitución de la G inicial por una C dura es algo común —por ejemplo cuando la forma semítica gamal se transforma en camel en inglés (o camello en castellano). Pero en ninguna de estas formas subsiguientes podemos encontrar un significado en el lenguaje del grupo humano que preserva el nombre. En el original semítico se deriva evidentemente de Gamar, que significa «completar o acabar». Uno de los hijos de Gomer se llamaba Askenaz. Con la ayuda de los relatos históricos de la antigüedad, y por varios otros medios, ha sido posible seguir la dispersión de los descendientes de Askenaz en Europa, donde el nombre sufrió ciertos cambios de forma, que aparece a veces como Sakaserze, y más familiarmente como Saxon [sajón] y finalmente en la palabra compuesta Escandinavia. Estas identificaciones pueden parecer dudosas para los no familiarizados con la filología. Como ya se ha dicho, esta cuestión se trata con más extensión en otro artículo, pero aquí se puede mencionar que mucho de esto está basado en una tesis aceptada por la Universidad de Toronto, Departamento de Filología Oriental, para una Graduación con Honores en Lenguajes Orientales. Menciono esto porque siempre me ha sorprendido bastante que el tribunal de profesores que evaluó mi tesis dijo que consideraban que la contribución realmente novedosa y significativa en mi presentación era la sección que trataba acerca del seguimiento de los descendientes de Askenaz —¡y que en cambio algunos de mis eruditos amigos cristianos la hayan criticado desde entonces de forma implacable! En Génesis 10:4 se da otro descendiente con el nombre de Elisa [Elishah]. Este nombre ha intrigado a los etnólogos por diversas razones, y entre ellas que sea de forma tan fuertemente semita, pero que parece evidentemente ser en realidad el nombre de un jafetita (esto es, de un indoeuropeo), y que se haya preservado posteriormente en el conocido término Hellas.[46] Hay otras posibles identificaciones, pero de momento no nos conciernen. Es suficiente con decir que aquí tenemos un nombre claramente semítico que permanece dentro de un pueblo claramente indoeuropeo en prácticamente la misma forma, y que carece de cualquier significado excepto para un grupo humano que hable una lengua semítica. Si seguimos la lista con los descendientes de Cam y dejamos con ello los círculos indoeuropeos, seguimos encontrándonos con la misma anomalía: palabras con significado en semítico preservadas como patronímicos de pueblos no semitas. Así, por ejemplo, en el versículo 15 aparece el nombre de Het [Heth], que se refiere indudablemente al progenitor de los hititas. Sea diga lo que se diga de la etnología de este grupo humano, hay una cosa cierta —no eran semitas. Sin embargo, su progenitor original tenía un nombre que en semítico significa terrible. Y no parece que tenga ningún significado en el lenguaje de sus descendientes, hasta donde llega nuestro conocimiento actual de la lengua hitita. Esta es pues la clase de evidencia que llevó a no pocos eruditos de hace como una generación a argüir firmemente que el lenguaje usado por Noé era semítico. El argumento me parece sumamente válido, y a los que lo ridiculizan les toca, desde luego, encontrar alguna otra explicación de la extraña circunstancia de que naciones que ya no hablan una lengua semítica recuerden sin embargo, de una u otra forma, que su primer «padre» tenía un nombre que carece de significado en su lengua actual, pero que tiene un sentido pleno en una lengua semítica. En tal caso, es preciso concluir que Noé —y presumiblemente también Adán— hablaban algún lenguaje semítico.
Luz incidental procedente de Génesis 4
Los acontecimientos que se exponen en un bosquejo sumamente simple en Génesis 4 han fascinado desde siempre a los estudiosos de la Biblia, debido a que la Escritura ha conseguido de alguna forma resumir aquí la historia de un período de como unos dos mil años. Esto se consigue en cuestión de solo veintiséis versículos, de los que aproximadamente una tercera parte registran una conversación entre el Señor y Caín. De hecho, el texto es tan conocido por muchos de nosotros que no llegamos a darnos cuenta de cuánto en realidad está apiñado en estas pocas frases, de cuán fiel es a los hechos, de cómo hay una ausencia total de mitos, de lo vívidamente que se nos presentan los personajes. Aquí encontramos los orígenes de muchas cosas. Uno de estos orígenes se expone de forma simple en el versículo 17: «Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc [Enoch]; y edificó una ciudad, y llamó el nombre de la ciudad del nombre de su hijo, Enoc» [Enoch]. La historia posterior de esta ciudad no la conocemos, pero del nombre de la ciudad sí que sabemos bastante. Sin entrar en forma demasiado prolija respecto a los cambios de pronunciación que se dan en el curso del desarrollo de un lenguaje, parece necesario observar aquí que el sonido representado por la letra N es a menudo reproducido (por extraño que parezca) como una R. El sonido Ch al final del nombre Enoch se puede sustituir con una K o G o una J. Estos cambios son comunes. Al principio de los esfuerzos por descifrar el cuneiforme, pronto se hizo evidente que algunas de las ciudades mencionadas en la antigüedad bíblica seguían existiendo como montículos, y muchas veces los nativos del área habían preservado el nombre original en forma modificada. Una ciudad importante en la antigüedad apareció bajo el nombre de Urak, y un estudio del cuneiforme pronto reveló que podía pronunciarse igualmente como Unak, lo que Sayce y muchos otros reconocieron en el acto como un término idéntico a la palabra bíblica Enoch. Una característica de la escritura
cuneiforme era el uso de
lo que se designa como determinantes,
signos colocados antes o después
de ciertas palabras para capacitar al lector a distinguir entre nombres
de
ciudades y nombres de personas, o entre nombres de deidades y nombres
de
mortales, etcétera. Así, si sucedía que una ciudad
tenía un nombre que era
también el de un hombre famoso, se solía usar un
determinante para que el
lector supiera si el escritor se refería al hombre o a la
ciudad. En el caso del nombre de un hombre, el determinante se
ponía delante de la palabra;
para un nombre de lugar, el determinante venía después de
la palabra. El determinante lugar tomó la siguiente
forma (izquierda) o, en tiempos más
tempranos (derecha):
y ambos se pronunciaban KI. Lo interesante acerca de la ciudad de Unuk, o Uruk, es que se omitía el determinante. Es el único caso en el que sucede esto.[47] La razón para esta única excepción a la regla no fue evidente al principio; luego, después de considerables estudios sobre textos cuneiformes, se llegó a comprender que la palabra había llegado a significar La Ciudad por excelencia, una ciudad especial, especial por razones históricas. El motivo de que fuese tan especial residía en el hecho de que era el nombre de la primera ciudad en ser jamás edificada; como tal, vino a ser el prototipo de todas las demás, y pasó a ser conocida, para todos los fines y propósitos, como «La Ciudad» —de modo semejante al que en Inglaterra la gente suele referirse a Londres como «The City». Ahora bien, es evidente que la ciudad que Caín edificó y nombró por su hijo Enoc tiene que haber quedado destruida por el Diluvio, de modo que la entidad física misma probablemente desapareció, aunque posteriormente tuviera una refundación. Si los reconstructores hubieran seguido nuestros patrones, podrían haberla llamado entonces la «Nueva Uruk». Pero aunque la ciudad original se perdió durante un tiempo, nunca se perdieron de vista su nombre y su especial significación, porque con el tiempo el nombre Uruk dejó de ser un nombre como tal, y pasó sencillamente a denotar «ciudad». En cuneiforme posterior esta ciudad fue conocida como Ereck, y en la actualidad el emplazamiento es conocido por los locales como Warka. Puede parecer una palabra diferente, pero en realidad no lo es. Y este no es el fin de la historia. El concepto de ciudad no era común para los descendientes de Jafet ni de Sem, y estos dos pueblos tomaron la idea y el término de los camitas. La palabra que tomaron prestada fue Ereck, o Warka, palabra que reapareció por ejemplo en Asia Menor en el nombre Perg‑amos. Viajó hasta Europa en una diversidad de formas ligeramente variantes, pasando con el tiempo a burg, y, naturalmente, a otras variantes como burgo y borough. Es interesante también que en griego esta palabra adoptó la forma de Purg‑os, con el significado de «torre», es decir, un lugar de ascensión. A la vista del hecho de que en Génesis 11 los habitantes de Mesopotamia adoptaron la decisión unánime de «edificar una ciudad y una torre», es de resaltar la asociación de ambas palabras en la historia posterior. Y la asociación no acaba aquí, porque la palabra torre se introdujo en otras lenguas indoeuropeas en la forma de tour y su término relacionado en inglés, la palabra town [ciudad]. Esta es la fascinante historia no solo del concepto de la ciudad, sino de la palabra misma que lo comunica, y esta palabra puede seguirse en una línea ininterrumpida de vuelta a Génesis 4, a los tiempos antediluvianos, a la primera ciudad jamás planeada. Así, estamos de vuelta a la segunda generación desde Adán. Y la palabra Enoch —que no tiene ningún significado en los lenguajes de aquellos que hicieron en particular uso de la misma en la historia subsiguiente— tiene en cambio significado en lengua semítica, que es el de maestro. La segunda ilustración que deseo emplear nos lleva a una excursión bastante extensa por la historia antigua y moderna. Probablemente el hijo más famoso de Cam sea el hombre llamado Nimrod en Génesis 10, nombre que se esperaba que surgiera en algún lugar en la enorme colección de tabletas cuneiformes disponibles en la actualidad. Pero, cosa decepcionante, el nombre Nimrod todavía no ha aparecido, por lo que se pueda colegir de la literatura pertinente. Sin embargo, he leído que según la lista clasificada de ideogramas sumerios [Classified List of Sumerian Ideographs], un nombre particularmente célebre, Nin-gir-shu, puede también leerse como Nin-mirrud.[48] Como es bien sabido, muchas lecturas de ideogramas cuneiformes son meramente alternativas, siendo que algunos signos tienen al menos una docena de diferentes valores fonéticos. Es posible, por tanto, que Nin-gir-shu sea, en realidad, Nin-mir-rud, es decir, Nimrod. Ahora bien, el padre de Nimrod fue Cus [Cush], que era a su vez hijo de Cam. El nombre Cush se encuentra en diversas localidades, una de ellas en África. En un artículo que trata de los magníficos bronces nigerianos africanos, K. C. Murray, refiriéndose al pueblo yoruba que originó estos bronces, dijo[49] «Las leyendas acerca de los orígenes de los yoruba parecen tratar del establecimiento de una dinastía reinante. Se cree que en el segundo milenio a.C., un pueblo conocido como los kishites (¿cushitas?) comenzó a entrar por el Cuerno de África procedentes de Mesopotamia, y que posteriormente se fueron extendiendo hacia el oeste. ... Según el relato de Sultan Bello de Sokoto, los yoruba eran de la Tribu de Nimrod.» Al leer el cuneiforme, se suele sustituir la letra débil N al final de una sílaba doblando la siguiente consonante, o alargando la vocal que la precede. De modo que habría la tendencia a pronunciar Nin-gir-shu como Nigger-shu o Nyger-shu. Sería posible que aquí tengamos no solo el origen de la palabra Nigeria (pronunciada con una I larga), sino incluso de la forma níger para el nativo de África. Las únicas descripciones de Nimrod de las que soy conocedor son las que da Hyslop, en las que se le muestra como negroide. Según R. E. Dennett, la tribu yoruba afirma que el fundador de su raza tenía una esposa con un nombre que significaba «hijo de bronce».[50] Y si nos retrotraemos un poco más atrás en la línea de Noé, llegamos finalmente a un personaje de quien se dice que originó el arte de trabajar los metales, el hierro y el bronce. En Génesis 4:22 se da su nombre como Tubal-caín, aunque el nombre no aparece con esta forma en la antigüedad. R. J. Forbes, una de las principales autoridades en metalurgia en la antigüedad, observa que Caín significa «metalista».[51] Y según el mismo autor, una de las tribus largamente asociadas en el mundo antiguo con el trabajo de los metales era la de los tibareni,[52] que es identificado por muchos eruditos con Tubal, siendo intercambiables la L y la R. Podemos dar un paso más cuando descubrimos que el nombre del personaje que llegó a ser constituido como dios del Tíber (una palabra claramente relacionada) fue Vulcano. Me parece que no cabe mucha duda de que Tubal-caín es la forma más antigua del nombre Vulcano, que en sus etapas posteriores fue abreviado sencillamente omitiendo la sílaba Tu-. En su comentario sobre Génesis, Marcus Dods observa que todo se perpetúa tan fielmente en Oriente que el herrero de la aldea Gubbatea-ez-zetun se refería a los fragmentos de hierro desprendidos mientras trabajaba en su forja como tubal.[53] ¿Es acaso una mera coincidencia que en inglés se haga referencia a un trabajador del hierro como blacksmith («metalista negro»), a la vista de que este pueblo camita, que probablemente era de piel negra, parecen haber sido los primeros trabajadores del hierro? Ahora bien, las tradiciones referentes a Vulcano son bastante interesantes. Naturalmente, se le asocia con el fuego y con el trabajo de los metales, y más tarde aparece como el divino artífice metalista del Tubilustrum romano.[54] Se dice que estaba lisiado, tras haber sido echado del cielo por Júpiter como castigo por haber tomado la parte de su madre en una pelea que tuvo lugar entre ambos.[55] En Génesis 4:23 aparece la extraordinaria historia de cómo Lamec se vengó de un joven por herirle. El hijo de Lamec fue Tubal-caín, quizá no otro que el mismo Vulcano, posteriormente deificado. En el breve relato en Génesis se dice que Lamec tuvo dos mujeres, una de las cuales se llamaba Zila [Zillah]. Supongamos por un momento que fue con Zila con quien riñó Lamec, y que Tubal-caín, hijo de Zila, tomase la parte de su madre y se pelease con su padre Lamec. Lo que sucedió a Lamec no queda claro, aunque parece que quedó herido; pero Tubal-caín quedó lo suficientemente dañado para quedar cojo desde entonces. Además, es costumbre, en una sociedad donde existe la poligamia, nombrar al hijo no por el padre sino por la madre, porque esto asegura una mejor identificación. En el cuneiforme más antiguo, una de las curiosas palabras que ha dejado perplejos a los sumerólogos es parzillu, la palabra para hierro. Ahora bien, es seguro que este nombre no es otra cosa que una forma masculinizada de dos palabras semíticas, Bar Zillah, es decir, «hijo de Zila». Con el curso del tiempo, y debido a que el sufijo –ah solía reservarse para el género femenino, la palabra derivó a Parcillu o Barcillu con una terminación masculina correcta. Reuniendo todas estas cosas, se obtiene una notable serie de fragmentos de tradiciones en los que aparece una continuidad de formas de nombres, todas ellas relacionadas en significado o asociación, e implicadas en una actividad de origen muy antiguo, asociada con una deidad que tuvo la extraña experiencia de ser expulsada de su hogar y de quedar coja por tomar la parte de su madre, y que posteriormente dejó su nombre, «hijo de Zila», al pueblo sumerio como su palabra para designar al hierro. Además, estos mismos sumerios —a pesar de pinturas en las que se les representa en reconstrucciones con caras bronceadas— siempre se refirieron a sí mismos como de cabezas negras,[56] y además son descritos por otros pueblos como gentes de cabezas negras,[57] mientras que sus parientes en el Valle del Indo fueron también descritos como negros y chatos (¡!) por los arios blancos que los conquistaron.[58] El mismo nombre Cam significa «quemado» u «oscuro», y aunque desde luego sus descendientes no fueron todos negros (por ejemplo, los «amarillos» mongoles, los «cobrizos» indios y los «marrones» malayos), parece que las tradiciones del trabajo del hierro se mantuvieron de forma particular dentro del círculo de los pueblos negros, de modo que África fue la maestra de los indoeuropeos en este arte, y los trabajadores del metal se refieren a sí mismo como «los camitas», o, para usar el original, al Ham’, lo que a su debido tiempo pasó a identificar su arte como la alquimia, de donde procede nuestro término «química». Así, esta es la luz que esta antiquísima historia en Génesis parece arrojar sobre mucho que es por otra parte extraño —e incluso absurdo— en la tradición antigua. Que hay una base real histórica en todo ello parece claramente confirmado por la misma continuidad del arte de los herreros. Pero solo en alguna forma de lenguaje semítico encuentra uno algún significado para el venerable nombre de Tubal-caín, o alguna luz sobre el origen de la hasta ahora enigmática palabra Barzillu o Parcillu, que pronto dejó de ser una palabra semítica. La historia de Lamec no es un mito, sino una realidad; su significación especial aparece aquí sobre un original semítico.[59]
El idioma del cielo
Puede que parezca absurdo sugerir que los seres espirituales en el cielo conversan en ninguna clase de lenguaje como el que nosotros solemos emplear: un lenguaje como lo conocemos impone en razón de su misma naturaleza unas limitaciones a la comunicación de nuestros pensamientos unos con otros. Desde luego, esta clase de limitaciones no existen en el cielo. Uno no puede imaginar que Dios Padre «hable» con Dios Hijo en este sentido limitador, aunque sería concebible que los ángeles hablen entre sí y que Dios les hable a ellos. Naturalmente, es posible que haya alguna forma totalmente distinta de comunicación, de la que no sepamos nada por ahora, pero que pudiera tener alguna relación con la realidad de la inspiración —por ejemplo con la clase de inspiración que lleva a proclamaciones proféticas, etcétera, y pudiera ser por un proceso de telepatía. La Escritura registra una cantidad de conversaciones en el cielo entre Dios y los ángeles, y entre los ángeles mismos, como en Job 1:6 y Daniel 10:21. En este último caso hay una sugerencia de algo que tiene la naturaleza de un argumento verbal. En cualquier caso, Dios ha hablado al hombre, y quizá no carece de significación que cuando así lo hizo —tanto por escrito al dar los Diez Mandamientos y sobre la pared en el palacio de Belsasar, como en conversación directa como cuando habló al Primer Adán y al Postrer Adán, e incluso por medio del Postrer Adán al hombre (en arameo)— el lenguaje es siempre alguna forma de semita. Se puede argüir que esto era inevitable, por cuanto el pueblo hebreo había sido escogido como intermediario de Dios por lo que respectaba a Su revelación. Esta podría ser una explicación totalmente suficiente excepto por dos circunstancias que pueden tener una significación especial: (a) el nombre original que Adán aplicó a su ayuda idónea, y (b) los nuevos nombres dados a dos convertidos en el Nuevo Testamento. Ante todo se debería decir algo acerca de la significancia de los nombres. Este es el tema de otro artículo de la serie Doorway,[60] pero se puede decir que en casi todas las otras sociedades no occidentales un nombre personal no es meramente una designación útil con propósitos de identificación, sino que constituye la identidad personal del individuo. Este principio de identidad se origina en la antigüedad. Una de las más antiguas tabletas cuneiformes de interés especial para los estudiosos de la Biblia trata de la historia de la creación y describe el tiempo antes de la formación de la tierra —esto es, cuando no existía— como un tiempo en el que la tierra «no estaba nombrada». El pareado dice:[61] Tiempo hubo
que el Cielo arriba no estaba nombrado, Ausencia de nombre, ausencia de existencia real. Un objeto sin nombre no es un objeto real; un niño sin nombre no es una verdadera persona. Por bárbaro que pueda parecernos, las madres esquimales recurrían a veces al infanticidio, pero procuraban evitarlo después que el niño hubiera recibido un nombre. Un niño sin nombre no era todavía en absoluto un verdadero humano, y su destrucción no se consideraba como un asunto grave. Hasta que el niño recibía nombre, era un objeto, no un ser humano; en realidad, carecía de alma. La narración en la que Adán da nombre a los animales que le son presentados es mucho más significativa de lo que solemos suponer, porque los nombres que les dio no eran meramente designaciones, sino resúmenes de sus características. Por estos nombres indicaba su reconocimiento del hecho de que ninguno de ellos era una contrapartida adecuada de su propio ser y que por ello no podían ser una verdadera ayuda idónea para él. Cuando despertó del profundo sueño que le sobrevino a continuación, y cuando vio que Dios le había traído otra de Sus criaturas, en el acto percibió en ella a su verdadera ayuda idónea. Por el nombre que le dio, demostró su conciencia de la relación que tenía con él. Su nombre original no fue Eva (nombre que recibió posteriormente), sino mujer. Sucede que la palabra mujer es traducción de un término semítico que es la forma femenina de la palabra para varón. Hombre es Ish, mujer es Ishah. En ningún otro lenguaje aparece como cosa cierta que la palabra para mujer sea el femenino para la palabra para varón. Compárese por ejemplo el latín vir para varón, mulier para mujer; el griego anêr para varón, gunê para mujer. En inglés, la palabra woman es una forma contraída de un término original «woof-man», que significaba «el hombre que teje».[62] En castellano, las formas señor y señora parecen en principio paralelas, pero señor no es realmente la palabra para «varón», ni señora la palabra para «mujer». Se trata más exactamente de tratamientos de cortesía como «sir» y «lady» en inglés [aunque sí se debe observar que las traducciones bíblicas españolas en general emplean en este pasaje un término poco usado pero aceptado formalmente, traduciendo Ishah como «varona». Cf. los diccionarios normativos de la lengua española. Se debe constatar sin embargo que no es un término de uso cotidiano. —N. del T.]. Esta circunstancia excepcional en la historia de Adán y Eva constituye por sí misma una cierta prueba de que la forma de habla que Adán empleó era la semita, por cuanto hubiera sido cosa bien natural que el primer ser humano hubiera designado a su ayuda idónea mediante una forma modificada de su propio nombre. Ahora bien, así como un nombre se identifica con existencia, del mismo modo un nuevo nombre se identifica con una nueva existencia. Este es un concepto extendido, y en muchas otras sociedades una persona que cambia de posición adopta generalmente un nombre nuevo (y a menudo secreto). Y cualquier persona que padezca una enfermedad durante un período anormalmente largo intentará remediarlo cambiando de nombre, convirtiéndose así en otro individuo y librándose con ello de la enfermedad unida al antiguo. En tiempos recientes se han comunicado algunos casos instructivos de esto incluso en nuestras propias instituciones mentales.[63] Jacob recibió un nuevo nombre después de una lucha espiritual muy señalada, y después parece haber sido llamado por ambos nombres, el viejo o el nuevo, quizá dependiendo de si era el viejo hombre o el nuevo el que estaba a la vista. La nación que surgió de él parece haber sido tratada de la misma forma. Así, en tanto que la Palabra de Dios era enviada a Jacob, solo caía en Israel (Is. 9:8). De forma similar, aquel gran y terrible día de la tribulación será el día de la angustia de Jacob (Jer. 30:7), pero solo Israel será salvado (Ro. 11:26). Un israelita así era Natanael, designado por el Señor como «un verdadero israelita» (Jn. 1:47), como si para resaltar la distinción. En Isaías 45:4 Jacob es meramente un siervo, mientras que Israel es Su escogido, que goza de una nueva relación con Él. Naturalmente, ambos nombres Jacob e Israel son palabras semíticas, de modo que el nuevo nombre no se daba a este respecto en un lenguaje diferente. Pero en el Nuevo Testamento tenemos a dos personas que reciben nombres nuevos: Pedro (que es griego), y Marcos (que es latín), y que reciben también nombres semíticos. Pedro fue posteriormente renombrado Cefas, que es arameo; Marcos fue renombrado como Juan, que en el original es una combinación de dos palabras hebreas. Al igual que Jacob, Pedro no siempre estuvo a la altura de su nuevo nombre, excepto que Pablo se refiere a él constantemente con el nombre de Cefas en su Primera Epístola a los Corintios (1:12; 9:5; 15:5). Pablo mismo recibió un cambio de nombre, y la ocasión del cambio es significativa. No coincidió con su conversión. Saulo se convirtió en Hechos 9, pero se le sigue designando como Saulo en Hechos 13:2. Sin embargo, en Hechos 13:2 leemos esta declaración: «Entonces Saulo (que también es Pablo), lleno del Espíritu Santo ...». A partir de entonces nunca se le vuelve a mencionar por su viejo nombre. Por estos pocos fragmentos de luz yo colegiría que el nuevo Nombre que vamos a recibir, y que está oculto en este momento, resumirá de una manera singular toda nuestra nueva personalidad en Cristo, y probablemente tendrá significado en semítico —el lenguaje del cielo, donde está nuestra ciudadanía. Una o dos personas fueron aparentemente cambiadas de forma tan manifiesta y permanente que su nuevo Nombre desplazó totalmente el antiguo, pero sospecho que Satanás no puede discernir la nueva persona, y que por ello no conoce el nuevo nombre (que es secreto —Ap. 2:17), de modo que sus acusaciones contra nosotros lo son contra el viejo hombre, no contra el nuevo, contra el que ya ha sido juzgado y que para todos los propósitos y designios ya está muerto delante de Dios. Así que en adelante nosotros, como ciudadanos del cielo, tenemos bien apropiadamente un nuevo nombre en el lenguaje del cielo tanto si nuestro nombre actual es castellano, chino o africano. De hecho, creo que hay un sentido muy real en el que los redimidos aprenden a hablar un nuevo «lenguaje», el lenguaje de Dios. Aunque evidentemente no hablamos hebreo ni arameo, me parece sin embargo que el idioma del cielo se nos hace lleno de significado, aunque en un sentido muy especial, de modo que puede haber ocasiones en las que podemos ser empleados para interpretar al mundo lo que Dios ha dicho. El Pueblo Escogid |