LA FALACIA DE
LAS RECONSTRUCCIONES
ANTROPOLÓGICAS


Artículo 33       ARTHUR C. CUSTANCE, M.A., Ph.D.

Miembro de la Afiliación Científica Americana

Miembro de la Asociación Americana de Antropología

Miembro del Real Instituto de Antropología

 

Ottawa, 1966 / Rev. 1975

 
Traducción del inglés: Santiago Escuain

Pórtico

Índice


«En el momento en que queremos dejar de creer en cualquier cosa en la que hemos creído hasta ahora, no solo descubrimos que hay muchas objeciones a la misma, sino también que estas objeciones nos han estado mirando cara a cara todo el tiempo.»

 — George Bernard Shaw

 


Introducción


Este artículo presenta un planteamiento casi enteramente negativo, pero sirve para exponer cuán poca validez tienen tantas reconstrucciones temerarias que pretenden ilustrar la evolución en libros y otros medios de amplia difusión.


 



Capítulo 1

 

Como empezó todo ...

E

N UNA UNIVERSIDAD, aunque el espíritu de rivalidad entre disciplinas no es tan manifiesto como en el mundo de los negocios, hay sin embargo una cierta competitividad. La cantidad de dinero presupuestada para cada departamento está naturalmente relacionada con el número de estudiantes matriculados en los cursos que ofrece, de modo que hay una cierta rivalidad en la cuestión de atraer estudiantes. Naturalmente, las universidades muy grandes, o las muy ricas, no tienen que preocuparse demasiado cuando las clases son muy minoritarias. Cuando estuve estudiando cuneiforme en la Universidad de Toronto, éramos solo tres estudiantes; sin embargo, para aquel tiempo era probablemente la clase más numerosa de esta disciplina en todo el mundo. La universidad se podía permitir mantenerla por cuestión de prestigio, si no por otra razón.

En el caso de una gran proporción de estudiantes, el factor que decide en qué cursos van a matricularse es el del interés público del momento. Y por interés yo incluiría también lo que se podría designar como «demanda del mercado», lo que, naturalmente, constituye un reflejo del interés del público. De modo que en aquellos círculos académicos en los que la materia estudiada carece de ventajas de importancia práctica inmediata, hay una tendencia tratar de suscitar el interés público mediante métodos que no son siempre estrictamente académicos. La antropología ha sido, me parece, uno de los principales ofensores a este respecto, cediendo demasiadas veces a la tentación de atraer la atención haciendo publicidad con formas más de entretenimiento que de conocimiento. Como ilustración de lo que quiero decir con ello, tenemos un buen ejemplo en la cubierta que se reproduce en la Figura 1. El público en general puede sentirse divertido, pero yo abrigo mis dudas sobre si las impresiones que reciben guardan alguna relación con los datos básicos sobre los que se realizó esta reconstrucción.


Reconstrucciones y fealdad

Fig. 1




Algunas disciplinas, como la psicología, siempre han tenido un gran atractivo, y no es demasiado difícil conseguir estudiantes o un editor incluso para publicar observaciones de lo más anodino. La astronomía atrae debido a que las magnitudes mismas que maneja dan alas a la imaginación. Las ciencias aplicadas se abren camino con facilidad, siendo sus mayores atractivos la novedad o los beneficios prácticos que ofrecen. Pero por la razón que fuere, la antropología se ha sentido siempre tentada a resaltar, un poco al menos, los aspectos grotescos de su temario a fin de conseguir darse a conocer. Así fue en particular al principio, digamos que hace cien años; pero desafortunadamente la situación no ha cambiado. Una de las mejores formas para presentar un tema, bien a una clase de estudiantes, o al público en general, es mediante el método conocido como histórico, en el que se siguen las complejidades siguiendo su supuesto curso de desarrollo a través de las etapas más simples —así como se podría explorar la complejidad de la conducta humana adulta siguiéndola desde las etapas de desarrollo infantil. Por alguna razón, en tanto que la mayor parte de las otras secuencias comienzan con lo simple y proceden a lo complejo, la antropología parece inclinarse a un planteamiento de comenzar con lo feo para ir a lo refinado, con la suposición de que en el proceso histórico de desarrollo, las «primeras cosas» (incluso las caras) han de ser feas. En cualquier secuencia de ilustraciones, los antecesores de los hombres siempre se suponen tanto más feos cuanto más antiguos. Esto es todo presuntivo, porque el primer hombre no tenía por qué ser feo en absoluto. Pero una vez se ha establecido esta suposición evolucionista, resulta validada en sí misma por la simple razón de que a partir de entonces los fósiles se disponen en unas secuencias pensadas para demostrarla. En base a este principio, un niño que no supiera nada de la historia humana podría poner en orden «correcto» las reconstrucciones, esto es, los dibujos o modelos de los supuestos antecesores de los hombres. Solo le tendrían que decir que los más feos eran los más antiguos —y el resto se le dejaría a él. Esto puede parecer una simplificación absurda por su exceso, o un planteamiento falso, y puede que sea una exageración. Sin embargo, como expondremos, los antropólogos mismos, antiguos y modernos, parecen gozar reforzando esta filosofía fundamental de esta manera, no debido a que los hechos la justifiquen, sino debido a que el público lo espera: y esta es una de las formas favoritas de conseguir notoriedad —o, en términos más eruditos, «reconocimiento». ¡La reputación de alguien queda «establecida» si puede encontrar algún fragmento en base al que crear un antecesor muy antiguo (y feo)!

La antropología vivió su primer gran oleada de popularidad con el repentino surgir de volumen tras volumen dedicado a las curiosas costumbres de los salvajes. Cuando se llegó al consenso de que estos «salvajes» representaban un estadio necesario de la historia humana antes que el hombre alcanzase su presente condición civilizada, fue inevitable que el proceso se extendiera hacia atrás y que aquellos representantes de la raza humana que se encontraban en la misma relación cronológica con los primitivos que los primitivos con nosotros, se considerasen como totalmente brutales y privados de cultura en comparación con las civilizaciones indígenas, tal como se consideraba a las civilizaciones indígenas respecto al civilizado europeo. Así, no importa cuán erguidos y nobles fuesen en realidad nuestros primeros padres, era absolutamente esencial presentarlos como cualquier cosa menos nobles y erguidos. Desde luego, si se hubiera exhumado a Adán y Eva con la apariencia que creemos que deben haber tenido tal como salieron de las manos de Dios, con toda certidumbre se les habría rechazado como fraudes. Y esto no es una exageración. Se ha exhumado una buena cantidad de cráneos de morfología moderna procedentes de estratos que demostraban que se trataban de predecesores distantes, y virtualmente sin excepción se han rechazado con uno u otro pretexto y «eliminados del registro».

Así, volviendo a los primeros tiempos de la antropología, encontramos el inicio de los museos, que adoptaron un aire como el de Madame Tussaud, donde se invitaba a un público cansado de maravillas a gozar del dudoso estímulo de contemplar a sus supuestos antepasados cuya principal gloria era su apariencia bestial. Hasta los animales tienen una cierta belleza. Pero estos pretendidos antepasados no tienen ninguna. La más ligera excusa era buena para crear un eslabón perdido a partir de algún diminuto fragmento de dudosa identidad; incluso antes de la publicación de El Origen de las Especies, P. T. Barnum[1] estaba invitando al público a contemplar su colección de curiosidades, incluyendo algunos genuinos «primitivos» y otros artículos fósiles diversos. En 1842 la Exposición del Circo de Barnum fue la base, en combinación con los Museos de Scudder y Peele, del Museo Americano de Nueva York, animado con espectáculos grotescos y diversión en vivo. Se dice que una vez le contaron un chiste de mal gusto a la Reina Victoria, y que ella respondió con un contundente «Esto no nos divierte». Pero, a diferencia de la Reina Victoria, la gente de su tiempo se sentía enormemente «divertida» por estas exhibiciones antropológicas, y solo en años recientes los museos han comenzado a bajar el tono de algunas de sus reconstrucciones más espectaculares de los supuestos antecesores del hombre.

A. E. Hooten, en uno de sus muchos informativos y entretenidos volúmenes, contaba la historia de un cierto clérigo que ridiculizó el Salón del Hombre en Nueva York, en el que se habían alineado muchas de estas reconstrucciones para que surtiesen el deseado efecto. Observó cómo Henry Fairfield Osborne, que era su director, negaba la acusación de que esto no era ciencia; Osborne concluía un artículo en un diario diciendo triunfalmente: «El Salón del Hombre sigue en pie». Al siguiente día, el clérigo, en su réplica, concluía con estas palabras: «El Salón del Hombre sigue distorsionado». Hooten observa:[2]

«Hay la suficiente verdad en este aserto para que tenga filo. Algunas exhibiciones y reconstrucciones evolucionistas de hombres extintos se han realizado con una elaboración de detalles y una presuposición de omnisciencia que no se justifican con los datos científicos a mano. Es absolutamente imposible inferir a partir del cráneo humano los detalles morfológicos de los ojos, de los oídos, la forma de la nariz, los labios, la forma y distribución del cabello, y el color de la piel, del cabello y de los ojos. De modo que creo que el obispo pudo reír el último porque los científicos se habían excedido y habían ido más allá de la evidencia de la que disponían.»

Hooten fue conocido siempre por la agudeza de su ingenio y creo que debió ejercer una influencia muy sana en su tiempo, pero evidentemente sus palabras no fueron tomadas muy en serio, porque la realización de estas reconstrucciones ha continuado a todo ritmo. Lo anterior se escribió en 1937, pero diez años antes de esto, Hooten se había referido a otro asombroso ejemplo de absurdo con estas palabras:[3]

«Un conocido paleontólogo latinoamericano investigó las formaciones de las Pampas hasta tal punto que logró que un mono fósil evolucionase a un Homunculus patagonicus, ¡y creó en base a un hueso atlas de un indio y el fémur de un gato fósil al antecesor común de todos los hombres actuales!»

Quizá un ejemplo clásico de esta clase de reconstrucción falaz gira en torno a la aparición y desaparición del Hesperopithecus. En 1922 se encontró un molar solitario en un depósito del Plioceno en Nebraska. El Profesor Osborn lo describió como perteneciente a un tipo primitivo de pitecantropoide, y lo designó como Hesperopithecus. Al mismo tiempo el eminente Elliott Smith en Inglaterra indujo a la revista Illustrated London News[4] a publicar una reconstrucción a doble página del señor y la señora Hesperopithecus —todo en base a la evidencia de este pequeño diente. Posteriormente se estableció que el diente pertenecía a un pecarí, y el Hesperopithecus desapareció de la escena. Sin embargo, en la 14 edición de la Encyclopedia Britannica fue necesario hacer alguna referencia al hecho de que este espécimen había desaparecido, debido a que la edición anterior había presentado al Hesperopithecus con todos los honores. Pero se ocultó la terrible verdad en todo lo posible al comunicar tan solo que el diente resultó pertenecer a «un ser de otro orden», que es otra forma de decir «un cerdo salvaje».

De modo que fue un gran día en los anales de la antropología evolucionista cuando, en 1857, un doctor Fuhlrott encontró cerca de Dusseldorf un cráneo fósil en un lugar que desde entonces ha sido conocido universalmente como la Cueva de Neanderthal. Este cráneo era precisamente lo que querían los evolucionistas, porque se prestaba a reconstrucciones que darían satisfacción, en términos de fealdad, hasta a los espectadores más exigentes. Las reconstrucciones que se han hecho de este tan vituperado caballero son legión, y son una más clara demostración del efecto estimulante de la imaginación que de la objetividad científica. Porque la realidad es que el Hombre de Neanderthal había padecido de osteoartritis crónica,[5] una dolencia que le había forzado a adoptar una postura encorvada, lo que invitaba a la comparación con la andadura de un simio, cuando, de hecho, no tenía nada que ver en absoluto con los mismos.

En 1940, en una serie de publicaciones conocida como University of Knowledge Series, publicada en colaboración con diversas eminentes autoridades en diversos campos, aparece un volumen titulado: «The Story of Primitive Man [La historia del hombre primitivo]», una obra conjunta de Mabel Cole y el Profesor Fay-Cooper del Departamento de Antropología en la Universidad de Chicago. En la cubierta aparece una reconstrucción del Hombre de Neanderthal con la cabeza proyectada hacia adelante y prácticamente sin cuello (un rasgo peculiar de los simios). Este mismo caballero, con su condición simiesca más acentuada, si era posible, aparece blandiendo un garrote en el frontispicio en la página xii. En la página 40 aparece un primer plano que da al lector una imagen aun más clara de este idiota de mirada vacía (véase Fig. 2A), mientras que en la página opuesta tenemos a su familia, incluyendo a un niño de unos 8 a 10 años de edad que parece todavía más encorvado que sus mayores.

 

         

Reconstrucción Neanderthal antigua

 

Fig. 2A. La anterior exhibición del Hombre de Neanderthal en el Museo Field de Historia Natural de Chicago, donde se le mostraba como un ser encorvado, simiesco y brutal de mirada idiota. Véase Figura 2B.

 



 

Fig. 2B. El Hombre de Neanderthal como aparece ahora en el Museo Field de Historia Natural. Hasta recientemente, la exhibición (véase Fig. 2A) presentaba al Neanderthal como un hombre encorvado —con su mujer e hijo igualmente encorvados. Actualmente, en cambio, esta exhibición lo presenta erguido y no encorvado, por las razones que el autor expresa en este artículo. Fotos usadas con permiso del Museo Field de Historia Natural, Chicago.


 

Capítulo 2

 

Como engañan las reconstrucciones


Es de conocimiento común, en la actualidad, no solamente que el Hombre de Neanderthal andaba erguido precisamente igual como el hombre moderno, sino que en realidad tenía una mayor capacidad craneana, de más de 1600 cc, en comparación con los 1400 cc del hombre moderno. Muchos creen en la actualidad que el Hombre de Neanderthal sigue entre nosotros y que apenas le daríamos una segunda mirada si fuésemos a encontrarnos con él por la calle, vestido de forma moderna. Las impresiones que un artista puede crear, a partir del mismo cráneo básico, pueden ser muy diversas, como se verá con los tres dibujos en la Fig. 3, que he copiado de las fuentes que se indican.

 



Fig. 3. Este cráneo Neanderthal (A) de La Chapelle-aux-Saints fue a su debido curso reconstruido (B) para el Museo Field de Historia Natural, Chicago, para exhibir la apariencia de nuestro primitivo antecesor. Fue reconstruido (C) por J. H. McGregor para exhibir cuán «moderno» hubiera podido parecer en realidad.

 


 

Un año antes de la publicación de este volumen, el Profesor Alberto Carlo Blanc y el Profesor Sergio Sergi comunicaron en Science el descubrimiento de un cráneo Neanderthal en una cueva en el Monte Circeo en Italia.[6] En esta comunicación dicen:

«Se han encontrado otros dos cráneos Neanderthales en Italia, uno en 1929 y el otro en 1935, ambos en la región de Sacopastore cerca de Roma, pero ninguno de ellos tan bien conservado como el nuevo descubrimiento. Sin embargo, la abertura occipital en la base de uno de los cráneos estaba particularmente bien conservada, lo que hizo posible al Profesor Sergi establecer por primera vez que el Hombre de Neanderthal andaba erguido y no con la postura simiesca con la cabeza proyectada hacia adelante como antes se creía. El plano horizontal de la abertura en el cráneo muestra que los huesos del cuello se ajustaban perpendicularmente en la abertura, lo que hacia que la postura fuese erguida como en el hombre actual.»

Es cierto que esta noticia puede haber llegado demasiado tarde para que el impresor aceptase bien dispuesto a hacer ningún cambio en la cubierta o en las ilustraciones del libro, pero parece cosa cierta que si se hubiera tratado de una publicación que tratase de física o química, donde el autor hubiera llegado a conocer la existencia de un error básico de tal importancia para la teoría fundamental, habría desde luego hecho algún intento —por su propia reputación, si no en interés de la verdad— para corregir un error, bien cambiando el texto, bien adjuntando una nota de corrección. Pero la antropología, aparentemente, no siente tal necesidad.

Una comunicación de la agencia Associated Press[7] sobre el descubrimiento del Hombre de Texepan, no lejos de la Ciudad de México, resalta la incertidumbre de las reconstrucciones populares. Siguiendo la costumbre usual, se había presentado al público un retrato de este caballero, apropiadamente degradado en su apariencia para que se ajustase a las actuales teorías de la evolución humana. Pero en una entrevista, el doctor M. T. Newman dijo: «Observemos algunas de las cabezas reconstruidas de este sujeto ... Parecen de cabezas gruesas, estúpidos y bestiales. Pero ahora estamos tratando de ser más realistas. ... Evidentemente, el hombre primitivo tenía que ser inteligente, o no habría sobrevivido». Porque el Instituto Smithsoniano había tomado el mismo cráneo y el doctor T. D. Steward y un artista de Washington, Leo Steppat, emprendió la reconstrucción de la cabeza. El resultado, en palabras del doctor Newman, fue «una persona de apariencia nada mala —no demasiado alejado de un indio típico del sudoeste». El hecho es que existe una fuerte tendencia de parte de los antropólogos para aprovecharse de la credulidad del público y a proporcionar, bajo el mínimo pretexto, hipotéticos eslabones perdidos, porque, como dijo el Profesor Wilson Wallis,[8] «Desde los días de Darwin, la idea evolucionista ha dominado ampliamente las ambiciones y han determinado los hallazgos de la antropología física, a veces para detrimento de la verdad».

Recientemente, en una nota en la revista American Journal of Physical Anthropology, que pienso que fue escrita por el director (el mismo doctor T. D. Stewart), se daba la siguiente advertencia acerca de tales reconstrucciones:[9]

«A partir del cráneo es totalmente imposible reconstruir el carácter del cabello, de los ojos, nariz, labios, oídos, cejas, arrugas de la pie, plenitud, o expresión. En resumen, es imposible reconstruir la apariencia del rostro.
     »Sin embargo, estas fantasiosas reconstrucciones se encuentran en casi cada uno de los libros acerca de la evolución del hombre. Sería muy deseable abandonarlas, porque hacen verdadero daño. Sus creadores las han dotado de rasgos y expresiones que siguen la fórmula de que cuanto más temprano es el tipo, tanto más brutal; cuanto más posterior el tipo, tanto más noble la expresión. Lo más probable es que la expresión del hombre primitivo no fuese menos benigna que la nuestra.»

Y hasta qué punto es cierta esta observación quedó confirmado en 1937 cuando el doctor Karl Absolon informó de sus asombrosos hallazgos en Vestonice. Apareció un resumen de su trabajo en la revista Illustrated London News[10] y allí nos encontramos con una serie de fotografías de la hermosa cabeza tallada de marfil desenterrada, y que, en palabras del doctor Absolon, es «el retrato más antiguo que se conoce de un ser humano». En su artículo observaba:

«Existían pocas esperanzas de conseguir nada que fuese antropológicamente más claro que las actuales reconstrucciones. Por tanto, podemos imaginarnos la sorpresa para la antropología cuando se encontró la semejanza esculpida del hombre fósil en Vestonice. Algún hereje, algún sacrílego, había abandonado la religión de sus padres, desafiando toda tradición anterior talló el retrato de un verdadero rostro. El retrato muestra un rostro muy noble, delicado y expresivo —una larga nariz, unos bordes arqueados sobre los ojos, y un largo mentón.»

 

                  

 

Fig. 4. Estas dos vistas de la hermosa cabeza descubierta por el doctor Absolon en Vestinoce dan una excelente idea de la dignidad y hermosura que manifiesta. La fotografía de la derecha muestra la imagen en sus verdaderas dimensiones.

 


 

Dos de estas fotografías aparecen en la Fig. 4, donde la más pequeña se representa en su tamaño real, lo que revela con qué finura se ha trabajado esta pieza de marfil. Como observó Absolon, «Este rostro recuerda algún retrato clásico de alguna antigua civilización oriental, o incluso un dibujo moderno, como la cabeza de Cristo por el pintor holandés Jan Toorop, en su “Noche en la Catedral”».

El Profesor Wood Jones estaba siempre hablando en contra de reconstrucciones de cualquier clase que tuvieran el simple propósito de que el espectador adquiriera un prejuicio en favor de una historia evolucionista. Como dijo, con cierto escarnio:[11]

«En la historia del origen de la raza protohumana, y la posterior emergencia del hombre, hay poca legitimidad para los fantasiosos retratos mediante los que la pseudociencia ha estado tan bien dispuesta a atraer la atención de las personas no instruidas. Todos hemos crecidos acostumbrados a la imagen del bruto encorvado, con el cabello enmarañado y brazos alargados que está de camino hacia una etapa de una andadura parcialmente erguida y hacia el origen del Hombre.
     »Una de las más recientes y lujosas publicaciones acerca de la anatomía cerebral comparada de los Primates mostraba este progreso en una forma gráfica que presenta la ascensión de forma más vívida por cuanto la representa como teniendo lugar por las trabajosas pendientes de un monte. Aquí la encorvada bestia peluda asciende trabajosamente, tomando palos y piedras como armas a lo largo del camino, y pasa de una desnudez peluda total a la relativa modestia de un faldón de pieles y finalmente a la decente oscuridad de una cueva.
    »Si estuviera bien establecido que el hombre derivó de la raza de los grandes simios antropoides arborícolas, y especialmente si hubiese alguna justificación para la descendencia “goriloide” tan propuesta para el hombre, estas ilustraciones podrían pretender aprobación, como las de los caballos ancestrales por los hallazgos de la anatomía comparada y de la paleontología; pero esta aprobación está totalmente injustificada.
     »No hay justificación para la imagen del Hombre-Simio encorvado, semierguido, aunque cada investigador que … intenta una interpretación de los restos de algún antiguo esqueleto humano trata primero de determinar las pruebas de la presencia de estos rasgos.»

Si uno fuese a comparar la impresión creada en la mente por la cabeza tallada descubierta por el doctor Absolon y la reconstrucción del Hombre de Neanderthal que se exhibía en el Museo Británico, no cabe duda alguna de que, en base a la primera, uno diría de cierto: Aquí tenemos a una persona reflexiva, inteligente —quizá incluso un filósofo. En cambio, de la segunda uno diría: Aquí tenemos a un hombre brutal poco influido por la cultura y probablemente con unas inclinaciones esencialmente animales y con poca capacidad de reflexión. Asociamos una baja inteligencia con rasgos no refinados. En ocasiones, esta asociación está justificada, pero a veces no.

Si se compara la reconstrucción del rostro del Pitecanthropus erectus que aparece en la Figura 5 con la fotografía de un delegado ruso en la Conferencia de El Cairo que tuvo lugar en 1958, la falacia de estas asociaciones se hace evidente en el acto. Porque, por mucho que disintamos de la ideología comunista, permanece el hecho de que este delegado tiene que haber sido una persona sumamente sagaz e inteligente, puesto que los rusos no cometerían el error de enviar a un idiota como representante. Es más que posible que este delegado tuviera un cerebro de mayor tamaño que el pitecántropo, con el que estamos comparando la forma de su cabeza, pero no es en absoluto cierto que la capacidad craneana esté relacionada con la inteligencia, y por ello el pitecántropo podría haber tenido mucha más inteligencia de la que le atribuimos, a pesar de que su capacidad craneana, según Howells,[12] estaba entre 950 y 1000 cc. Según Jan Lever,[13] Anatole France tenía una capacidad craneana de solo 1100 cc, como era el caso también de Gambetta y de Justus von Liebig. Franz Weidenreich cuestionó seriamente que se pudiera determinar nada de cierto con respecto a la inteligencia en base a la capacidad craneana.[14]

 



Fig. 5. Esta serie de cuatro fotografías da las etapas de la reconstrucción del Pithecanthropus erectus. Abajo a la derecha aparece la fotografía del delegado ruso en la Conferencia de El Cairo en 1958.


 

Franz Boas expresó esta misma opinión con estas palabras:[15]

«Por analogía asociamos unas características mentales inferiores con rasgos de bruto. En nuestra manera ingenua de hablar cotidiana, los rasgos de bruto y la brutalidad están estrechamente relacionados. También nos sentimos inclinados a hacer inferencias respecto a la mentalidad a partir de una frente estrecha, una mandíbula pesada, dientes grandes y pesados, quizá incluso a partir de una longitud anormal de los brazos o de un desarrollo inusual de la pilosidad. Parece que ni los logros culturales (en este caso, unas armas asociadas con los restos, etc.) ni la apariencia externa constituyen una base segura sobre la que juzgar acerca de la capacidad mental de las razas.»

Por ello, no es sorprendente encontrar a Gaylord Simpson observando con manifiesta aprobación,[16] en una reseña de la obra de LeGros Clark History of the Primates: An Introduction to the Study of Fossil Man: «Este libro no contiene restauraciones de hombres prehistóricos ni de otros primates fósiles, y no está dotado de un árbol filogenético gráfico». Simpson añade, «Es un libro bien escrito y modesto, por el que deberíamos sentirnos agradecidos».

Después de todo esto, es asombroso encontrar a Sir Gavin de Beer publicando un impresionante Atlas of Evolution en 1964, repleto de «retratos totalmente especulativos» de protohomínidos fósiles y de hombres como Proconsul, Hombre de Java, Hombre de Pequín, Hombre de Neanderthal, etc.[17] Como ilustración de hasta qué punto estas modernas reconstrucciones difieren entre sí, la Fig. 6 exhibe tres alternativas para el Zinjanthropus, que muchos antropólogos, incluyendo algunos antropólogos cristianos, consideran que fue uno de los antecesores del hombre. Me aventuro a sugerir que «uno de los antecesores» es una declaración atenuada. Si hay alguna validez científica en absoluto en estas tres reconstrucciones, ¡el Zinjanthropus tiene que haber sido TRES de los antecesores del hombre! Uno puede bien preguntarse si los antropólogos se están tomando a sí mismos en serio, o siquiera esperando que el público inteligente se los tome en serio.

 

           

 

Izquierda, Zinjanthropus, dibujado por Neave Parker para el Dr. L. S. B. Leakey y publicado por el Illustrated London News and Sketch, 1 de enero de 1960. Derecha, dibujado para el Sunday Times el 5 de abril de 1964.


     


Izquierda, dibujado por Maurice Wilson para el doctor Kenneth P. Oakley. Derecha, el cráneo según quedó reconstruido a partir de una multitud de fragmentos.

 

Fig. 6. Diversas reconstrucciones del Zinjanthropus.

 


 

Hay otras clases de reconstrucciones que son igualmente engañosas y tanto más, a mi modo de pensar, porque el engaño es tan sutil. Los creadores de estas ilustraciones han de saber que están actuando con poca honradez, y sin embargo no vacilan cuando se trata de adornar sus trabajos de esta manera, y tampoco sus colegas elevan ninguna protesta contra estas tergiversaciones.

Un excelente ejemplo de lo que quiero decir con esto se encontrará en un trabajo autoritativo de Weidenreich titulado Apes, Giants, and Man [Simios, Gigantes, y el Hombre]. En la Fig. 7, redibujada con precisión a partir del original, aparecen dos series de tres cráneos en sección, donde los cerebros se indican mediante la superficie punteada. El objeto de esta serie en particular es ilustrar cómo el cerebro puede haberse agrandado progresivamente en dos «especies» diferentes. He puesto la palabra «especie» entrecomillada por una muy buena razón. En la columna 1 tenemos tres animales que pertenecen de forma genuina a una especie, un perro lobo irlandés, un bulldog inglés y un spaniel rey Carlos. En la columna 2, como serie paralela, se nos muestra el cráneo de un gorila, de un pitecántropo y de un europeo moderno.

El objeto de estas dos series de bosquejos de cráneos con el tamaño del cerebro indicado es sencillamente el de convencer a los incautos de que así como un perro lobo se puede convertir en un spaniel (mediante selección artificial, naturalmente), igualmente el gorila puede convertirse en hombre (por selección natural, claro). Lo que ha cambiado la forma facial de la primera serie es que el cerebro se ha agrandado por alguna razón mediante el proceso de crianza artificial. Entonces se hace la suposición de que probablemente tuvo lugar lo mismo con respecto al hombre, y que su cerebro agrandado tuvo como resultado el tipo de forma facial que tanto le distingue de los simios. Gráficamente, las dos series de cráneos presentan un convincente paralelismo. Pero cualquiera que piense un poco acerca de esto verá pronto que hay diversas falacias principales en este esquema. Para empezar, es evidente para cualquier amante de los perros que a pesar del afecto y gentileza de los spaniels, que los hacen tan deseables como animales de compañía, no tienen la inteligencia del perro lobo, por ejemplo, la inteligencia del perro pastor alsaciano, el tipo empleado como perro policía y como «ojos» para los ciegos. Y si se trata de supervivencia, no cabe duda de cual sería el animal de la serie de Weindenreich, si el primero o el último, que tendría mejores posibilidades. En conjunto, incluso si se concede que se trata de una sola especie de modo que algún extraño proceso de selección natural consiguió la evolución del spaniel a partir del bulldog inglés que hubiera procedido del perro lobo irlandés, se trataría desde luego de una circunstancia extraña y no de la dinámica normal tal como los mismos evolucionistas la visualizan. Si el spaniel se dejase a sí mismo, es cosa casi cierta que al cabo de pocas generaciones revertiría al tipo de perro lobo, de modo que la serie canina de Weidenreich demuestra precisamente lo contrario de lo que está tratando de probar.

Si pasamos luego a la segunda columna, nos encontramos con una situación aun más ridícula, realmente, debido a que sabemos que los gorilas y el hombre moderno no pertenecen a la misma especie —con independencia de la consideración que pueda merecer el Pitecanthropus. Así, en realidad, todo esta cuestión no es meramente acientífica, sino que es positivamente engañosa. Solo expone cómo un concepto falso puede dominar de tal forma el pensamiento de un hombre por otra parte inteligente que incluso la devoción a la verdad queda debilitada. En cualquier enfrentamiento entre el primer espécimen y el último en la primera columna, el primer espécimen quedaría sin duda victorioso. En cambio, en la segunda columna lo cierto sería lo contrario. Así, ¿en qué sentido contribuye esto en nada a favor o en contra de la teoría de la evolución del hombre?

 

 

Fig. 7. Según Weidenreich. Columna I (de arriba abajo): Perro lobo irlandés, bulldog, spaniel. Columna II (de arriba abajo): gorila, Pithecanthropus, Homo sapiens.

 


 

Es interesante encontrar, en el mismo volumen que contiene esta serie tan engañosa de dibujos, ¡que el erudito autor llama la atención a la manera en que Thomas Huxley cometió la falta imperdonable de presentar la misma clase de engañoso diagrama! Weidenreich reproduce la famosa serie de cuatro esqueletos (véase Fig. 8) procedente del artículo original de Huxley, donde vemos a un orangután que anda detrás de un chimpancé, que a su vez anda detrás de un gorila que anda detrás de un hombre. El «mensaje» queda claro. Sin embargo, Weidenreich señala que las tres primeras figuras han sido «retocadas», de modo que los simios se presentan en una posición anormalmente erguida. Por otra parte, se presenta al hombre con un ligero encorvamiento. Citando a Weidenreich,[18] «En otras palabras, los elementos esqueletales individuales en el dibujo de Huxley son casi correctos en sus formas y proporciones, pero las poses que Huxley les ha dado son artificiales y no características». Así, el encorvado gorila deviene en el «Pithecus erectus» mientras que el erguido hombre deviene el «Anthropus ebentus» a fin de engañar al público. Aquí tenemos un caso en que la sartén dice que la marmita está negra, al ver a Weidenreich comentando acusadoramente acerca del diagrama de Huxley.

Huxley no estaba solo en absoluto en esta tendencia a retocar los dibujos según las conveniencias. Aparentemente fue acusado por sus colegas de «falta de honradez» con respecto a esto, y sus palabras de admisión son muy reveladoras.[19] Por lo que parece, su réplica fue:

«Me sentiría totalmente condenado y aniquilado por esta admisión, excepto que cientos de los mejores observadores y biólogos están bajo el mismo cargo. La inmensa mayoría de todos los diagramas morfológicos, anatómicos, histológicos y embriológicos no son fieles a la realidad, sino que están más o menos retocados, esquematizados y reconstruidos.»

 



Fig. 8. Las figuras falseadas de los primates y del hombre, de Huxley.

 


 

Thomas Huxley menciona las reconstrucciones embriológicas. En un artículo titulado «Darwin and Embriology», Sir Gavin de Beer[20] hacía la siguiente afirmación:

«Pocas veces un aserto como el de la “teoría de la recapitulación” de Haeckel, obvio, llano y verosímil, y ampliamente aceptado sin un examen crítico, ha hecho tanto daño a la ciencia.»

De Beer expone entonces el decidido esfuerzo que se realizó para demostrar la teoría de Haeckel por parte de diversos investigadores en este campo, especialmente por parte de Hyatt y Wurtenburger que, como observa él, publicaron una hermosa serie de ammonites fósiles. Estos quedaron dispuestos en secuencias que parecían demostrar la teoría de la recapitulación. De Beer observa luego:[21]

«Tan atractivo era este cuadro que iban a transcurrir varios años antes que A. Pavlov, en 1901, demostrara que si las conchas de los ammonites se disponen en una secuencia así, se tiene que invertir el orden estratigráfico de la sucesión geológica (su énfasis). En otras palabras, las series de Wurtenburger y de Hyatt falsificaban la evidencia y carecían totalmente de valor.»

Un caso similar es el comunicado en tiempos mucho más recientes por el Profesor G. Gaylord Simpson:[22]

«En los peces, hay una reciente seriación a partir de formas sin huesos hacia formas con abundante hueso. Los anatomistas comparativos solían ser del parecer unánime de que esto se correspondía con una secuencia histórica en la dirección expresada, pero estudios históricos directos (realizados por A. S. Romer) indican ahora que la verdadera secuencia temporal iba en la otra dirección (énfasis mío).»

En resumen, el acuerdo unánime de los expertos no constituye ninguna garantía de la verdad. Uno se pregunta, si se hubiera dado el caso de un paleontólogo cristiano que hubiera realizado los estudios históricos que realizó Romer, ¿le hubiera sido posible encontrar una editorial? Esto por no preguntarse si le hubiera sido posible convencer a Gaylord Simpson de la verdad de esta cuestión. La ciencia dista de ser la actividad objetiva que parece a los ojos del público en general. Las reconstrucciones dejan tanto a la imaginación que invitan al sensacionalismo y esto atrae poderosamente al público, lo que ayuda a potenciar las ventas y con ello a proporcionar una difusión más general a las ideas de alguien —lo que siempre constituye una experiencia muy gratificante.

Seguimos estando en compañía de sartenes que acusan a las cazuelas de estar ennegrecidas, porque esta forma particular de diversión pública (o de engaño —Barnum identificaba ambas cosas) sigue siendo igual de popular en la actualidad. Hablando en el Simposio de Coldspring Harbor acerca de Biología Cuantitativa en 1950, G. Gaylord Simpson hizo esta observación:[23]

«De pasada, déjeseme decir que un paleontólogo prudente se siente a veces atónito ante el grado de restauración que se permiten los antropólogos, algunos de los cuales parecen bien dispuestos a reconstruir un rostro a partir de una parte de un cráneo, o todo un cráneo a partir de una pieza de una mandíbula inferior, y cosas semejantes.
     »Naturalmente, esta temeridad es alentada por el gran interés popular en este tema y por el hecho de que los fragmentos no impresionan al público.
     »Por demás, los peores ejemplos son los que aparecen en publicaciones profesionales y no es probable que induzcan a error a los profesionales, ¡pero todo esto no obstante …!»

Esta cita concluye precisamente como la concluyó Simpson. Uno pudiera suponer en base a esto que él evitaría por todos los medios presentar reconstrucciones de cualquier clase que involucrasen el más ligero elemento de engaño. Sin embargo, y desafortunadamente, él mismo está tan dominado por la filosofía evolucionista que no se puede limitar a la evidencia, sino que tiene que extrapolar siempre de tal manera que fuerza la evidencia para que sustente el punto de vista que él mantiene. Al presentar los hallazgos que se hayan hecho para su publicación en revistas científicas, uno evita cuidadosamente añadir a los datos en base a meras suposiciones. Por ejemplo, en la Fig. 9 aparecen tres curvas que revelan el curso del efecto de un cierto medicamento sobre una determinada función fisiológica humana. Por razones que en nuestro contexto no son importantes, solo se obtuvo información para la parte del intervalo temporal experimental cubierto por la línea sólida. Por cuanto sabíamos, evidentemente, que el efecto del medicamento era cero en el instante cero de la inyección, sabíamos que la línea sólida tendría que comenzar en último término en el eje y a cero minutos en el punto marcado por el asterisco. Naturalmente, la tentación era la de unir el asterisco con el comienzo de la línea sólida con una curva suave, completando de esta forma la gráfica. Pero esto hubiera sido totalmente improcedente desde un punto de vista científico, porque no existe evidencia alguna que exponga que este era el curso del efecto causado por el medicamento durante este intervalo. Se hubiera tratado de una mera suposición. Sin embargo, las obras de Simpson van frecuentemente acompañadas de árboles genealógicos con la intención de exponer las relaciones entre animales en una serie, en los que las líneas sólidas representan lo que se conoce de estas relaciones con una certidumbre razonable y luego se usan líneas de puntos para asegurar al observador que en último término todas las líneas surgen originalmente de un origen común —con lo que se demuestra así la realidad de la evolución. Recordemos que las líneas de puntos son totalmente presuntivas, y que, aunque si la evolución fuese cierta, estarían correctamente suplidas, sin embargo, desde un punto de vista puramente científico sigue no habiendo justificación para las mismas, por cuanto está totalmente ausente la evidencia real. Hasta este punto, el público incauto está siendo objeto de un engaño.



atropina y sudor - gráfica

Fig. 9. El efecto supresor de la atropina sobre el sudor en el hombre.

 



Algunos autores evitan poner las líneas de puntos, y hasta este punto están actuando de una forma más estrictamente científica —o al menos parece así. Están cumpliendo la letra de la ley, pero no realmente su espíritu. Porque no es nada difícil curvar las líneas entre sí sin realmente unirlas, de modo que el ojo mismo inevitablemente completa el proceso de erigir un «árbol» a partir de lo que de otra manera no es más que un grupo de ramitas sueltas. El «mensaje» es el mismo, y se transmite al lector. Como ilustración de lo que quiero decir por esto, reproduzco la Fig. 10 procedente de un excelente estudio acerca de este tema por Frank Cousins[24] que tomó este diagrama de la obra de de Beer. Se tiende a pasar totalmente por alto la ausencia total de eslabones de conexión.

 



Fig. 10. Filogenia animal, según Sir Gavin de Beer


 

Hasta donde se pueda llegar con esta clase de pasatiempo queda bien ilustrado en la Fig. 11, tomada de un artículo por Kermack y Mussett titulado «The First Mammals [Los primeros mamíferos]».[25] El estudio más superficial de este «árbol sugerido de mamíferos del Mesozoico» demostrará que no se parece ni remotamente a un árbol genealógico. No hay ninguna rama unida a otra. Hay más desconexiones que conexiones y las líneas de puntos que proporcionan la única justificación para titular el diagrama como árbol son, naturalmente, totalmente hipotéticas. No obstante, el público se ha llegado a acostumbrar tanto a esta clase de propaganda que ya no se reconoce por lo que es en realidad, sino que se toma como una verdadera prueba de la evolución.[26]

 



Fig. 11.



 

Uno no puede dejar de recordar la declaración del doctor W. D. Wallis en un artículo titulado[27] «Presuppositions in Anthropological Interpretations», en el que observaba que al menos se suelen implicar dos generalizaciones, aunque nunca se exponen de manera abierta. La primera es que se pueden inferir más datos de los restos más antiguos de lo que se consideraría legítimo inferir de restos contemporáneos. Hay mucho menos peligro de ser detectado si uno se equivoca. Y la segunda es que al tratar acerca del hombre prehistórico, se pueden hacer inferencias en base a un material mucho menos abundante de lo que se necesitaría si fuese el hombre contemporáneo el objeto de la discusión. Para citar sus propias palabras, «Cuanto más penetramos en las tinieblas de la prehistoria, tanto más clara es nuestra visión. De modo que cosas que sería imposible inferir si se tratase de datos acerca del hombre contemporáneo pueden inferirse con toda confianza, gracias a esta iluminación proporcionada por el crepúsculo en aumento de las eras remotas».

 



Conclusión

 

Este artículo ha dado un tratamiento totalmente negativo, y sería una lástima concluirlo sin decir nada sobre los aspectos positivos. Porque no hay dudas de que hay mucho que decir a favor del intento de realizar estas reconstrucciones si el objetivo es el genuino de informar en lugar del de adoctrinar o engañar.

Se ha observado con frecuencia, y Wood Jones fue uno de los que escribió acerca de esta cuestión con cierta extensión, que se dio un cambio en el método de investigación y en el tema central e interés central de las ciencias de la vida una vez que la obra de Darwin hubiera establecido el planteamiento evolucionista para la naturaleza. Antes de esto, se había puesto un gran interés en el estudio de la relación entre forma y función. Después de Darwin, este interés declinó rápidamente y el gran interés pasó a ser la cuestión de la estructura.

El gran objetivo era ahora establecer relaciones entre diferentes especies de animales en lugar de en las relaciones entre forma y función en el animal. Por cuanto el principio rector aquí era la semejanza estructural, con la suposición de que los animales semejantes estaban relacionados y que cuanto más parecidos fuesen más estrechamente relacionados estaban, no había nada que importase mucho excepto resaltar estas homologías. Se buscaban series de estructuras homólogas con enorme interés y se exponían gráficamente de la forma idónea para reforzar la impresión de que cada una de ellas era meramente una modificación de la otra y que todas ellas tenían una relación genética común. Se olvidó completamente el argumento de que el Gran Diseñador había empleado un principio básico de operación, modificándolo solo según fuese necesario. Se olvidó o relegó por la misma razón por la que se había olvidado o relegado la cuestión de la función. Ya no era asunto interesante.

Tal como lo había observado Wood Jones, los primeros paleontólogos consiguieron sus grandes triunfos en reconstrucción debido a que comprendían muy bien las relaciones que existen entre cualquier hueso determinado y el propósito especial para el que sirve en el animal como un todo; y también comprendían que con no poca frecuencia una estructura ósea especializada que servía a un propósito especializado implicaba usualmente una clase especial de animal. Así, vieron las formas de vida como unos sistemas integrados hermosamente eficaces, y podían a menudo, en base a un solo hueso, reconstruir todo el animal. Una y otra vez, sus reconstrucciones quedaron posteriormente verificadas en un grado extraordinario al salir a la luz restos adicionales.

Uno de los más destacables de los viejos Naturalistas fue Georges Cuvier, que enunció su famosa Ley de Correlación, que expresaba que si un animal desarrolla un órgano de una manera inconfundible, se puede inferir del mismo el desarrollo de sus otros órganos.[28] Los animales con cuernos y pezuñas, por ejemplo, poseen invariablemente dientes adaptados al vegetarianismo. Los animales con garras y tobillos están necesariamente dotados de dientes carnívoras. Los reptiles con un sistema cerrado de dientes son vegetarianos, mientras que los que poseen sistemas dentarios endentados se alimentan de otros animales.

Según Cuvier, esta correlación se aplica hasta el más mínimo detalle y ha de ser incluso teóricamente posible, según él afirmaba, reconstruir todo el cuerpo de un animal del que se conozca un solo órgano. Como dice Wendt, «Cuvier era realmente capaz de reconstruir el espécimen completo a partir de un solo hueso, por ejemplo, a partir de un fragmento de una mandíbula».[29] Esta capacidad la demostró Cuvier a sus estudiantes en una diversidad de ocasiones en las que invitó a sus estudiantes a que le proporcionasen un solo hueso de algún animal del que tuvieran los restos, y él entonces procedía a su reconstrucción, a la manera de Sherlock Holmes, hasta conseguir el animal completo.

Hacia el final de su libro, Wendt registra cómo algunos de los sucesores de Cuvier manifestaron un extraordinario «sentido detectivesco» que les hacía capaces de interpretar fragmentos que aparentemente eran apenas descifrables. Weinert y Kalatsch parecían haber adquirido la capacidad de contemplar los fósiles a través de una especie de «aparato de rayos X» mental.[30] Fue esta capacidad la que hizo posible que estos maestros del arte de la reconstrucción describiesen un animal como el Phascolomys, que estaba viviendo en aquella época, aunque desconocido para la ciencia entonces, a partir de algunos huesos subfosilizados.[31]

En tanto que en la actualidad la mayor parte de las reconstrucciones que estropean la obra de los antropólogos están realizadas esencialmente sobre la base de la filosofía evolucionista, los primeros naturalistas no estaban dominados por esta filosofía, sino que eran guiados por una clara comprensión de la relación entre forma y función. Hasta donde nuestros museos estén dotados de reconstrucciones basadas en este sólido fundamento, están sirviendo a la causa de la Verdad. Hasta donde estén dotados de reconstrucciones inspiradas principalmente en la filosofía evolucionista, se convierten en centros de una propaganda indigna del nombre de ciencia.

 

La imaginación es algo maravilloso —pero la imaginación humana puede, como lo afirman las Escrituras, volverse pronto «vana». Y esto es particularmente así cuando rechaza deliberadamente lo que Dios ha considerado oportuno revelar acerca de su origen y naturaleza —siendo que ambas cosas tienen que ver entre sí. Por «convincentes» que puedan ser estos artefactos de la imaginación, nadie debería poner confianza en los mismos por lo que se refiere a los supuestos antecesores del hombre. Puede que sirvan como entretenimiento, pero son raramente científicos y con la mayor de las frecuencias son sumamente engañosos.

 

*    *    *    *    *

 

Fig. 12. El señor y la señora Hesperopithecus, reconstruidos a partir del diente de un cerdo salvaje descubierto en Nebraska. Esta ilustración apareció en el Illustrated London News en 1922. Este texto explicativo acompañaba a la reconstrucción: «Se debería notar la postura de la cabeza, los grandes músculos del occipucio a la espalda y a los hombros tienen que contrarrestar la cabeza prognata y la pesada mandíbula —un carácter simiesco». Es asombroso lo que se puede adivinar a partir del diente de un cerdo salvaje. El gran público, en su credulidad, nunca puede realmente llegar a saber cuánta imaginación y cuán poca ciencia entran en estas reconstrucciones.



[1] Barnum, P. T., véase A. O. Lovejoy, The Great Chain of Being, Harvard, 1942, p. 236.

[2] Hooten, A. E., «Apes, Men, and Morons», Putnams, N.Y., 1937, p. 60.

[3] Hooten, A. E., «Where Did Man Originate?», Antiquity, Vol. 1, junio de 1927, p. 133.

[4] Illustrated London News: 24 de junio de 1922, pp. 942-943,«The earliest man traced by a tooth: an astounding discovery of human remains in Pliocene strata».

[5] Coon, C. S., «The Story of Man», Knopf, N.Y., 1962, p. 40. También A. J. E. Cave, 15 Congreso Internacional de Zoología, Londres, comunicado en Discovery, Nov. 1958, p. 469.

[6] Monte Circeo: comunicado en Science, 90:1939, suplemento, p. 13.

[7] Newman, M. T., Globe and Mail, Toronto, 4 de abril de 1951.

[8] Wallis, Wilson, «The Structure of Pre-Historic Man» en «The Making of Modern Man», Modern Library Series, 1931, p. 75.

[9] Stewart, T. D., en American Journal Physical Anthropology, 6:1948, p. 321ss.

[10] Absolon, Karl, Illustrated London News, Londres, 2 de octubre de 1937.

[11] Jones, F. Wood, «Man’s Place Among the Mammals», Arnold, Londres, 1929, pp. 362-365.

[12] Howells, William, «Mankind so Far», Doubleday Doran, N.Y., 1945, p. 138.

[13] Lever, Jan, «Creation and Evolution», Grand Rapids International Publications, 1958, pp. 158, 159.

[14] Weidenreich, Franz von, «The Human Brain in the Light of Phylogenetic Development», Sci. Mon., agosto de 1948, p. 103.

[15] Boas, Franz, «The Mind of Primitive Man», 2a ed., N.Y., 1939, pp. 16, 17.

[16] Simpson, G. G., en Science:110:1949, p. 455.

[17] Cousins, Frank W., Fossil Man: A Reappraisal of the Evidence, publicado por Evolution Protest Movement, Inglaterra, 1966, p. 46. Hay traducción española, El Hombre Fósil, publicado por SEDIN, accesible en http://www.sedin.org/HF/HF01.html, y desde donde se puede descargar formateado en PDF para su impresión y encuadernación en formato A4.

[18] Acerca del diagrama de Huxley, véase F. Weidenreich, «Apes, Giants, and Man», University of Chicago Press, 1948, p. 6.

[19] Respuesta de Huxley según se comunicó en Dawn, septiembre de 1931, p. 159.

[20] de Beer, Sir Gavin, «Darwin and Embriology» en A Century of Darwin, ed. por S. A. Barnett, Heinemann, Londres, 1958, p. 159. Hay traducción castellana, Un siglo después de Darwin, Alianza Editorial, Madrid, 1966 – 1971.

[21] de Beer, Sir Gavin, op. cit., p. 160.

[22] Simpson, G. Gaylord, "Historical Biology Bearing on Human Origins," Cold Spring Harbor Symposia on Quantitative Biology, 15 (1950), p. 56.

[23] Simpson, G. G., Ref. 22, p. 57.

[24] Cousins, Frank, Ref. 17, p. 21.

[25] Kermack, K. A. y Frances Mussett, «The First Mammals», Discovery, Abril 1959, p. 57.

[26] Es muy alentador observar que la Sociedad Geológica de Londres ha publicado recientemente un simposio titulado «The Fossil Record [El Registro Fósil]» (Burlington House, Londres, 1967, xii y 828 págs.), que contiene artículos redactados por 126 autoridades, ocupando más de 800 páginas, con una gran cantidad de tablas y gráficas. Lo alentador en todo ello es que aproximadamente el 90 por ciento de estas trabajadas tablas y gráficas indican solo la coincidencia en el tiempo de las diversas formas animales que han caracterizado a las sucesivas eras geológicas, sin conectarlas con líneas de puntos, que son tan comunes en todos los demás libros de texto. Este notable volumen demuestra claramente que esta información se puede exponer de manera útil sin adoptar presuposiciones evolucionistas. Esto es lo que yo considero como comunicaciones objetivas de los datos en su mejor aspecto.

[27] Wallis, Wilson, «Presuppositions in Anthropological Interpretations», American Anthropologist, julio-sept., vol. 50, 1948, p. 560.

[28] Cuvier, Georges, véase Herbert Wendt, «I Looked for Adam», Weinfield and Nicholson, Londres, 1955, p. 152. Hay traducción castellana, Tras las huellas de Adán.

[29] Wendt, Herbert, Ref. 28, p. 162.

[30] Wendt, Herbert, Ref. 28, p. 421.

[31] Jones, F. Wood, Trends of Life, Arnold, Londres, 1953, p. 87.


Título: La falacia de las reconstrucciones antropológicas
Título original: The Fallacy of Anthropological Reconstructions

Autor: Arthur C. Custance, Ph. D.
Fuente: Genesis and Early Man, vol. 2 of the Doorway Papers, 1977, Sección V. — www.custance.org
Copyright © 1988 Evelyn White. All rights reserved

Copyright © 2005 Santiago Escuain para la traducción. Se reservan todos los derechos.


Traducción del inglés: Santiago Escuain

© Copyright 2005, SEDIN - todos los derechos reservados.

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