Richard
Weikart[1]
La
influencia deshumanizante del pensamiento moderno:
Darwin, Marx, Nietzsche, y sus seguidores
Viktor Frankl, un
superviviente del Holocausto que padeció los horrores de
Auschwitz, comentaba
sagazmente acerca de la manera en que el moderno pensamiento europeo
había
ayudado a despejar el camino para las atrocidades nazis (y sus propios
sufrimientos). Decía: «Si presentamos a un hombre un
concepto del hombre que no
es cierto, podremos llegar a corromperlo. Cuando presentamos al hombre
como un
autómata de reflejos, como una máquina mental, como un
manojo de instintos,
como un instrumento de impulsos y reacciones, como un mero producto del
instinto, de la herencia y del medio, alimentamos el nihilismo al que
en todo
caso es propenso el hombre moderno». Frankl continuaba: «Me
familiaricé con la
última etapa de tal corrupción en mi segundo campo de
concentración, Auschwitz.
Las cámaras de gas de Auschwitz fueron la consecuencia final de
la teoría de
que el hombre no es nada más que producto de la herencia y del
medio ambiente
—o, como les gustaba decir a los nazis, de “sangre y suelo”. Estoy
absolutamente convencido de que las cámaras de gas
de Auschwitz, Treblinka y Maidanek fueron preparadas en último
término no en este o aquel Ministerio en Berlín, sino
más bien en los
escritorios y en las aulas de científicos y filósofos
nihilistas».[1]
Como estudiante
universitario cristiano en la década de 1970, fui llevado al
estudio de la
historia intelectual de la
Europa moderna en parte por la conciencia de que mucho
del
pensamiento moderno había conducido a la degradación de
la humanidad, tal como
sugería Frankl. Mi interés fue estimulado originalmente
por la lectura de C. S.
Lewis, especialmente La abolición del hombre, y por
diversas obras de
Francis Schaeffer, pero quedó reforzado por cursos que
estudié acerca de
historia del pensamiento y de historia de la filosofía. En mis
estudios
personales, me sentí descorazonado ante la visión de la
humanidad que aparecía
bosquejada en la obra de B. F. Skinner Más
allá de la libertad y de la dignidad, que me parecía
que llevaría a
distopías, como las que aparecía en las ficciones de 1984 y de Un mundo feliz, o a la real como la
descrita por
Alexander Solzenitsyn en sus novelas y en Archipiélago
Gulag.
Unos pocos pensadores
modernos habían criticado específicamente el punto de
vista «antropocéntrico»
de que los humanos son especiales, hechos a imagen de Dios. En el siglo
diecinueve y a principios del veinte, por ejemplo, el célebre
darwinista alemán
Ernst Haeckel, lanzó un ataque contra el cristianismo por
proponer una visión
«antropocéntrica» y dualista de la humanidad.[2] En
la actualidad, el famoso
bioeticista Peter Singer, junto con el biólogo darwinista ateo
Richard Dawkins,
argumentan que en base de una comprensión darwinista del origen
del hombre,
tenemos de eliminar la santidad de la vida humana, y despojarnos de
cualquier
concepto de que los humanos estén creados a imagen de Dios y por
ello
excepcionalmente valiosos.[3] Un ecólogo evolutivo de la Universidad
de Texas,
Eric Pianka, lucha abiertamente en contra del antropocentrismo, incluso
hasta
expresar el deseo de que el 90% de la población humana sea
extinguida, quizá
por una pandemia.[4]
Sin embargo,
frecuentemente los pensadores modernos han enmascarado la influencia
deshumanizadora de sus ideas designando a su filosofía como un
«humanismo» de
una forma o de otra, implicando que sus perspectivas enaltecen a la
humanidad.
Sin embargo, la mayoría de los intentos de enaltecer a la
humanidad han
resultado irónicamente en una disminución de la
humanidad, lo que demuestra la
verdad bíblica de que «el que se enaltece será
humillado».
Tras el eclipse del
Romanticismo en la
Europa
de mediados del siglo diecinueve, muchos intelectuales abrazaron la
ciencia
como el árbitro único del conocimiento, incluyendo el
conocimiento acerca de la
humanidad y de la sociedad. El célebre pero voluble pensador
francés Auguste
Comte consiguió muchos discípulos para su
filosofía del positivismo, que
rechazaba cualquier conocimiento que no se obtuviera mediante una
investigación
empírica, científica (excepto, naturalmente que este
fundamento epistemológico
mismo no es susceptible de demostración empírica, de modo
que me parece que su
epistemología se autocontradice). Comte esperaba iniciar el
estudio científico
de la sociedad, y acuñó el término
«sociología» para esta empresa. Se sentía
optimista en cuanto a que un estudio científico de la humanidad
llevaría a los
humanos a la práctica del altruismo, otro término que
él acuñó. Aunque Comte
consideraba incognoscible toda metafísica, incluyendo la
religión, quería crear
una religión de la humanidad, que situaría a los humanos
en el más elevado
pedestal. La mayoría de los discípulos de Comte, como
John Stuart Mill,
abrazaron su epistemología positivista, pero rechazaron su
religión de la
humanidad, especialmente en la ridícula forma en que la propuso
en sus escritos
posteriores (que involucraba muchas prácticas religiosas
específicas,
incluyendo orar a una mujer que uno admirase).
Aunque no se destacó
tanto como el positivismo durante el siglo diecinueve, el materialismo
también
creció en influencia a mediados de dicho siglo. Aunque el
positivismo rechazaba
todas las posturas metafísicas, incluyendo las materialistas,
compartía sin
embargo muchos rasgos con el materialismo. Tanto los materialistas como
los
positivistas hacían un ídolo de la ciencia como el
único camino al
conocimiento. Pero al extender la investigación
científica a la humanidad
misma, hicieron suposiciones acerca de la naturaleza humana que no eran
susceptibles de investigación científica.
Fundamentalmente, descartaron el
dualismo cuerpo-alma, con lo que redujeron a la humanidad a materia en
movimiento. Además, su insistencia en que el método
científico podría
proporcionar conocimiento acerca de todas las características de
la vida humana
los llevó a abrazar el determinismo. Hacia finales del siglo
diecinueve,
algunos pensadores destacados estaban manifestándose en contra
del
reduccionismo y del determinismo, pero fue en este siglo que estos
puntos de
vista llegaron a ser predominantes hasta el punto que Francis Galton,
primo de
Charles Darwin y fundador del movimiento de la eugenesia,
acuñó la frase
«naturaleza frente a crianza [nature versus nurture]» para
plantear el debate intelectual
acerca de la humanidad. La frase de Galton sigue citándose de
manera
generalizada en las discusiones intelectuales acerca de la conducta
humana.
Galton y muchos de sus
coetáneos rechazaron el libre albedrío, afirmando con una
lógica circular que
la ciencia había refutado este concepto religioso supuestamente
anticuado. (Se
trata de un razonamiento en círculo vicioso debido a que
habían definido la
ciencia de modo que el libre albedrío quedase excluido, y luego
pretendían que
la ciencia refutaba el libre albedrío.) Su insistencia en el
determinismo llevó
a la marginalización de los conceptos religiosos o espirituales
de la
naturaleza humana. Los nuevos campos de la psicología,
sociología y
antropología, que sólo quedaron institucionalizados a
finales del siglo
diecinueve y comienzos del veinte, abrazaron en general esta
perspectiva
determinista de la conducta humana.
Al rechazar el libre
albedrío y abrazar el determinismo, Galton y sus
contemporáneos quedaron con
tres opciones principales: los humanos eran o bien resultado de su
constitución
biológica, o bien resultado de su entorno, o bien resultado de
alguna
combinación de la herencia y del ambiente. Cualquier forma de
determinismo (o
de sus combinaciones) reduce a los humanos a estímulos desde
influencias bien
internas, bien externas. Niegan la agencia humana independiente, y con
ello
despojan a la humanidad de cualquier responsabilidad moral.
A mediados del siglo
diecinueve, el determinismo ambiental o educacional era más
dominante que el
determinismo biológico. El filósofo Maurice Mandelbaum
argumenta que una de las
ideas dominantes de la filosofía del siglo diecinueve era la
«maleabilidad del
hombre», es decir, la idea de que la naturaleza humana
está conformada
mayormente por fuerzas externas, como la cultura, la educación y
la
formación.[5] El padre de John Stuart Mill es un ejemplo de esta
perspectiva,
con su rigurosa educación de su hijo desde la más tierna
edad. Mill llegó a ser
la principal voz en Europa pregonando el poder de la educación y
de la
formación en la conformación del intelecto y de la
conducta del hombre. Muchos
liberales y socialistas de mediados del siglo diecinueve abrazaron esta
visión
del determinismo ambiental.
Karl Marx es un destacado
ejemplo de un socialista comprometido con el determinismo ambiental. A
su
perspectiva la denominó «socialismo
científico» porque creía que su análisis
estaba basado en unas leyes económicas y sociales inmutables.
Estaba convencido
de que las instituciones sociales e incluso la naturaleza humana misma
estaban
conformadas por fuerzas económicas. Si cambiaban las condiciones
económicas, la
naturaleza humana cambiaría de manera correspondiente. Desde el
punto de vista
de Marx, la propiedad privada era la fuente de todos los males en la
sociedad
humana, especialmente la opresión de los obreros urbanos por los
capitalistas
burgueses. Así, la propiedad privada generaba una lucha de
clases en todas las
épocas. La religión, la moralidad, el derecho, las
estructuras políticas, y
otras instituciones y factores culturales, eran meramente instrumentos
en manos
de las clases pudientes para oprimir a las masas desposeídas.
El motivo primordial de
Marx no era establecer la igualdad entre los hombres, aunque su
filosofía
socialista tendía hacia el establecimiento de una mayor
igualdad. Más bien, la
principal preocupación de Marx era liberar a la humanidad de la
opresión y
tiranía. Este es un objetivo digno de encomio, y cualquiera que
haya leído El
Capital de Marx o la obra de Friedrich Engels La
condición de la clase
obrera en 1844 debería reconocer que Marx tenía un
fundamento legítimo para
la queja. Muchos obreros de fábricas, por no mencionar los
desempleados, vivían
en una sórdida miseria. Marx criticó con fundamento los
efectos deshumanizantes
de la
Revolución Industrial. Sin embargo, cuando
examinamos las prácticas de
los regímenes marxistas en el siglo veinte, observamos una
opresión y una
tiranía hasta unos extremos increíbles. La
búsqueda en pos de la libertad dio
unos resultados completamente opuestos. ¿Por qué?
Sugiero que esto se
debió
fundamentalmente debido a la defectuosa perspectiva de Marx acerca de
la
naturaleza humana. Ni Lenin ni Stalin, ni Mao ni Pol Pot, ni Castro ni
ningún
otro dirigente marxista han podido alterar la naturaleza humana
librando a sus
sociedades de la propiedad privada. Cambiar la economía no
podía producir la
utopía, porque la conducta humana no está determinada
solamente por la
economía. La filosofía marxista fracasó porque
negaba a la humanidad su
naturaleza espiritual, su libre albedrío y también negaba
la insistencia
cristiana acerca del pecado original. Alexander Solzenitsyn hizo una
clara
descripción del problema soviético en el intento de
alterar la naturaleza
humana en su novela Un día en la vida de Ivan
Denisovich. En esta novela, los presos en el campo de trabajos
forzados soviético, que se supone que están siendo
reeducados para convertirlos
en buenos ciudadanos soviéticos, siguen actuando como
capitalistas en todas las
maneras posibles, incluso estando encarcelados. El protagonista expresa
en
cierto momento que sencillamente el régimen soviético no
le podía cambiar su
naturaleza.
Hacia finales del siglo
diecinueve, especialmente en la década de 1890, el
péndulo osciló alejándose
del determinismo ambiental, y el determinismo biológico aumento
su influencia
entre los pensadores europeos. Galton fue una figura fundamental en
este
cambio, con la publicación de su obra seminal Genio
hereditario, en 1869. La influencia de Galton fue
profunda, especialmente al convencer a su primo Charles Darwin de que
la
herencia era más importante que las influencias ambientales en
la conformación
del intelecto y de la conducta de los humanos. Muchos darwinistas hacia
finales
del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte llegaron a creer
—como
también Galton y Darwin— que muchos rasgos del carácter
humano, como la
lealtad, la sobriedad y la diligencia (o, en los aspectos negativos, la
capacidad para el engaño y la pereza) eran rasgos
biológicamente innatos, no
rasgos morales maleables, como la mayoría de los europeos
habían creído antes.
Darwinistas en diversos
campos —especialmente en biología, medicina, psiquiatría
y antropología— fueron
pioneros en promover el determinismo biológico. Cesare Lombroso,
el famoso
psiquiatra italiano que fundó la antropología criminal,
erigió su ideología
sobre el darwinismo. Razonó que los criminales eran seres
atávicos, un salto
atrás a antecesores en el proceso evolutivo. Su mayor fama la
obtuvo por
promover la idea de que la criminalidad era hereditaria, no resultado
de la
influencia ambiental. Uno de los más destacados popularizadores
del darwinismo
en Alemania, el famoso materialista Ludwig Büchner, publicó
en 1882 El poder
de la herencia y su influencia sobre el progreso moral y mental de la
humanidad.
En medio de su extenso argumento en favor del determinismo
biológico de los
rasgos mentales y morales, Büchner expuso adónde llevaba su
concepción de la
humanidad. Dijo: «En el decurso [del tiempo] el individuo no es
nada, la
especie lo es todo, y la historia, igual que la naturaleza, marca cada
uno de
sus pasos hacia adelante, incluso el más nimio, con innumerables
montones de
cadáveres».[6]
Para la década de
1890, y
especialmente a principios del siglo veinte, el movimiento de la
eugenesia
consiguió popularidad, especialmente en los círculos
médicos, tanto en Europa
como en los Estados Unidos. La eugenesia estaba impulsada en parte por
temores
de que las modernas instituciones habían eliminado los aspectos
ventajosos de
la selección natural. Los eugenistas jugaban constantemente con
el espectro de
humanos débiles y enfermizos preservados gracias a la medicina
moderna, a la
higiene y a las instituciones de caridad, mientras que los más
inteligentes y
supuestamente mejores entre los seres humanos estaban comenzando a
restringir
voluntariamente su reproducción. Esto estaba produciendo una
degeneración
biológica, según el parecer de muchos eugenistas.
¿Su solución? Introducir una
selección artificial restringiendo la reproducción de los
supuestos «inferiores»
y alentando a los «superiores» a procrear. El determinismo
biológico impregnaba
el movimiento de la eugenesia, que presionó para que se
estableciesen
restricciones al matrimonio, esterilizaciones obligatorias y a veces
incluso la
eutanasia involuntaria para los incapacitados, porque se les
consideraba como
biológicamente inferiores.
Otra característica
destacada del determinismo biológico de principios del siglo
veinte fue su
énfasis en la desigualdad racial. En Europa, las
ideologías racistas proliferaron
en la década de 1890 y a principios del siglo veinte, en parte
bajo la
influencia del darwinismo y del determinismo biológico. Muchos
biólogos,
antropólogos y médicos consideraban a los africanos
negros o a los indios
americanos como menos evolucionados que los europeos. Al ir los
europeos
colonizando inmensas regiones del globo, muchos científicos
proclamaron que los
no europeos eran culturalmente inferiores a los europeos.
Además, creían que
estas diferencias culturales eran manifestaciones de una inferioridad
biológica.
Al reducir la humanidad a
su constitución biológica, estos deterministas
biológicos inspirados en Darwin
contribuyeron al proceso de deshumanización. Muchos darwinistas
del siglo
diecinueve resaltaron las continuidades entre humanos y animales, con
Charles
Darwin mismo argumentando que todas las diferencias entre humanos y
animales
eran cuantitativas, no cualitativas. Darwin incluso emprendió
explicar el
origen de la moralidad como producto de procesos evolutivos
completamente naturalistas.
La idea de que los humanos fueron «creados a partir de
animales», para usar una
célebre frase de Darwin, en lugar de ser creados a la imagen de
Dios, obtuvo
una más amplia aceptación en el siglo diecinueve.
Así como una forma de
determinismo ambiental —el marxismo— produjo unos incalculables
padecimientos
para millones de seres humanos, lo mismo sucedió con el
determinismo biológico.
El Nacional Socialismo de Adolf Hitler se basaba en una visión
de determinismo
biológico de la humanidad que destacaba la desigualdad racial.
El nazismo
respaldó la discriminación —y en último
término la supresión física— contra
aquellos con rasgos biológicos pretendidamente inferiores. Por
otra parte,
tenía la esperanza de promover el progreso evolutivo de la
especie humana
promoviendo niveles reproductivos más elevados de los que se
consideraban como
biológicamente superiores. El régimen de Hitler
acabó matando alrededor de
200.000 alemanes discapacitados, 6 millones de judíos, y
centenas de millares
de gitanos, en su esfuerzo por mejorar la raza humana.[7]
En tanto que muchos
modernos pensadores, especialmente científicos,
psicólogos y científicos
sociales, han abrazado una u otra forma de determinismo, muchos
pensadores han
seguido al filólogo y filósofo del siglo diecinueve
Nietzsche en su rebelión
contra el determinismo. Nietzsche intentó rescatar a la
humanidad del
reduccionismo científico postulando una libertad individual
radical. Creía que
todo conocimiento y toda verdad son creados por los humanos, no
impuestos sobre
nosotros por alguna realidad externa. No podemos responsabilizar al
ambiente,
ni a la biología ni a Dios de nuestro carácter y
conducta. Nietzsche rechazó la
idea de que los humanos tengan unas naturalezas o esencias fijas.
Más bien, se
trata de que las decisiones que tomemos individualmente conforman
nuestro
destino. Muchos existencialistas y pensadores postmodernos posteriores
se han
regocijado en la liberación ofrecida por Nietzsche frente al
reduccionismo y al
determinismo.
Aunque pudiera parecer
que el énfasis de Nietzsche en el libre albedrío rescata
a la humanidad de las
degradantes filosofías del determinismo ambiental o del
biológico, en realidad
no hace tal cosa. Sólo eleva a una pequeña elite de la
humanidad, a quien
Nietzsche designó como el Superhombre, o más
literalmente, el Sobrehombre. La
libertad de Nietzsche era libertad sólo para estos Superhombres,
los genios
creativos (como él mismo) que se elevarían por encima de
la masa vulgar.
Nietzsche no sentía más que menosprecio por las masas, a
las que consideraba
como incapaces de ejercitar una verdadera libertad. Aquello que
Nietzsche
designó menospreciativamente como el «instinto de
rebaño» de las masas sólo
servía para llevarlas al sometimiento bajo el dominio del
Superhombre.
Así, y a pesar de su
insistencia sobre la libertad, la filosofía de Nietzsche es
realmente una
filosofía que se dirige a la creación de esclavos. En
último término, el poder
decide no sólo quien domina políticamente, sino
también lo que cuenta como
verdad. Nietzsche rechazó cualquier forma de verdad o moralidad
fijas,
socavando así el concepto mismo de humanidad y de derechos
humanos. Nietzsche
menospreciaba la debilidad, la compasión y el humanitarismo,
prefiriendo la
fuerza y el dominio prepotente. Fue especialmente vehemente en su
rechazo de la
ética cristiana, porque servía a los débiles y a
los oprimidos. Su moralidad
aristocrática buscaba justificar y beneficiar a los fuertes y
prepotentes.
Durante el siglo veinte,
muchos filósofos existencialistas, como Heidegger y Sartre,
abrazaron los
contornos generales de la filosofía de Nietzsche, negando que
los humanos
tengan ninguna esencia fija y resaltando un libre albedrío
radical en las
decisiones humanas. Pero, más adelante en el siglo veinte,
muchos pensadores postmodernos,
aunque fuertemente influidos por Nietzsche, han reducido el elemento de
la
agencia individual, todavía importante para Nietzsche. Muchos
académicos
literarios enfatizaban el texto escrito por encima del autor, que
desaparecía
de toda consideración. La intención humana devino
irrelevante en la
interpretación de los documentos humanos. Así, la
deshumanización cayó en
barrena aún más abajo, al interpretarse todos los valores
humanos como
construcciones sociales.
Ahora que he dado un
bosquejo a grandes trazos de algunas de las influencias
deshumanizadoras del
pensamiento y de la cultura en la Europa moderna, quisiera sugerir por
qué deberíamos
considerarlo como importante. No todo determinismo ambiental lleva al
marxismo,
ni tampoco todo determinismo biológico lleva al Holocausto. No
todo
existencialismo o postmodernismo lleva tampoco a una conducta inmoral.
Sin
embargo, los falsos conceptos de la humanidad pueden llevar a una
conducta
destructiva y a políticas perjudiciales, tanto por parte de las
sociedades como
de los individuos. Pueden afectar y afectan a la manera en que tratamos
a otros
seres humanos. Los derechos humanos son un concepto sin significado en
un mundo
de determinismo o de constructivismo social (o individual).
La concepción
subyacente
acerca de la naturaleza humana en cualquier sociedad da forma a las
instituciones políticas y sociales, al derecho, y a toda la
cultura, y ello en
aspectos de gran alcance. Lo recíproco es también cierto
—los desarrollos
políticos, sociales y legales en una sociedad influyen en su
concepción de la
naturaleza humana y de la dignidad de la vida humana. Aquellos que
creen que
los humanos han sido creados a imagen de Dios tendrán unos
diferentes valores,
ideales, prácticas e instituciones que aquellos que consideren a
los humanos
como meramente la suma de estímulos ambientales y
biológicos, o que aquellos
que crean que los humanos pueden crear cualesquiera verdades que deseen.
NOTAS
[1] Viktor
E. Frankl, The Doctor and the Soul: From
Psychotherapy to Logotherapy (Nueva York: Vintage Books, 1986),
xxvii.
[2] Ernst
Haeckel, Die Welträthsel:
Gemeinverständliche Studien über Monistische Philosophie
(Bonn: Emil
Strauss, 1903), 11.
[3] Peter
Singer, Writings on an Ethical Life
(Nueva York, 2000), 77-78, 220-21; Richard Dawkins, «The Word
Made Flesh», The Guardian (27 de diciembre de
2001).
[4] Eric
Pianka, «Biology 301M. Ecology, Evolution, and Society», en
www.zo.utexas.edu/courses/bio301; accedido el 3-4-2006; «Student
Evaluations [para el Dr.
Pianka]—Primavera de 2004», en
www.zo.utexas.edu/courses/bio357/357evaluations.html, accedido el 3-4-2006;
«Excerpts from
Student Evaluations [for Dr. Pianka]—Fall 2004», en
www.zo.utexas.edu/courses/bio357/357evaluations.html, accedido el 3-4-2006.
[5] Maurice
Mandelbaum, History,
Man, and Reason: A Study in Nineteenth-Century
Thought (Baltimore:
Johns Hopkins University Press, 1971).
[6] Ludwig
Büchner, Die Macht der Vererbung und ihr Einfluss
auf den moralischen und geistigen Fortschritt der Menschheit (Leipzig: Ernst
Günthers Verlag, 1882), 100.
[7] Véase
Richard Weikart, From Darwin
to Hitler: Evolutionary Ethics, Eugenics, and Racism in Germany
(Nueva York: Palgrave
Macmillan, 2004); y mi próximo libro, Hitler’s
Ethic.
Richard Weikart es profesor de historia en la Universidad
Estatal de California, Stanislaus
Puede acceder a su páguna en inglés y a materiales
adicionales, en RICHARD WEIKART
Para el original en
inglés, puede acceder a The
Dehumanizing Impact of Modern Thought