Los orígenes de la moderna teoría geológica*
George Grinnell
Traducción del inglés:
Santiago Escuain
* Este artículo fue primeramente presentado, en
mayo de 1974, en el Simposio Velikovsky y Amnesia cultural, celebrado en la
Universidad de Lethbridge (Alberta), Canadá. Se publica aquí procedente de
KRONOS, Vol. I n 4, pp. 68-76. © Copyright KRONOS 1976, traducido y reproducido
con permiso.
Introducción
«Creo que cualquier alegato de un reconocido radical como yo
lo soy —escribía Charles Babbage al geólogo Charles Lyell
el 3 de mayo de 1832— solamente dañaría a la causa, y por
lo tanto lo dejo gustosamente en mejores manos.»
Charles Babbage (1792-1871) era profesor Lucasiano de Matemáticas (1828-1839)
en aquellos tiempos, y chapuzador en geología, teología, y fabricación, y había
fracasado recientemente en su intento de conseguir un escaño en el Parlamento.
En 1837 había publicado su The Ninth Bridgewater Treatise (El Noveno
Tratado de Bridgewater), que constituía un ataque contra la teología del sistema
anglicano, y en 1851 había lanzado un ataque contra el campo Tory en sus
Reflections on the Decline of Science in England (Reflexiones sobre la
decadencia de la Ciencia en Inglaterra), cuyo propósito era argumentar que los
ricos aficionados Tories tenían el dominio de la política científica, y que
ejercían una discriminación en contra de los científicos de posición social más
desaventajada, que eran los más merecedores de apoyo.
Charles Lyell (1797-1875), a quien él estaba escribiendo, había de publicar
el segundo volumen de sus Principles of Geology (Principios de Geología,
volumen I: 1830, volumen II: 1832, volumen III: 1833), una obra escrita en apoyo
del liberalismo político —aunque ostensiblemente era un trabajo científico
objetivo libre de cualquier implicación política. En su carta del 3 de mayo a
Lyell, Babbage le explicaba por qué no quería escribir una reseña favorable del
libro. De una manera muy inteligente, los científicos de ideas radicales, como
Babbage, Lyell, Scrope, Darwin y Mantell, no querían que el público llegase a
conocer que aquello que estaba siendo promovido como verdad objetiva era poco
más que propaganda política débilmente disfrazada.
El propósito de este artículo es explicar lo que Babbage quiere decir con las
palabras «radical» y «causa» cuando escribe el párrafo que se acaba de
citar:
«Creo que cualquier alegato de un reconocido radical como yo lo soy solamente
dañaría a la causa, y por lo tanto lo dejo en mejores manos.»
La primera parte de este artículo investiga las implicaciones políticas de la
Geología de la primera parte del siglo xix. La segunda parte explora la
naturaleza de la «causa» de Babbage y de Lyell.
LAS IMPLICACIONES POLÍTICAS DE LA GEOLOGíA A PRINCIPIOS DEL SIGLO
XIX
En
1807 escribía Humphrey Davy a su amigo William Pepys:
«Estamos formando un pequeño club de charlas-almuerzo
geológicas, del cual espero que será usted un
miembro.» De los trece miembros originales cuatro eran
médicos, uno un ex ministro unitario, dos eran libreros; otro,
el conde Jacques-Louis, había huido de la Revolución
Francesa. Cuatro eran cuáqueros, y dos, William Allen y Humphrey
Davy, eran ricos e independientes aficionados a la Química. Tan
sólo uno de ellos, George Greenough, tenía alguna
educación en geología o minerología —habiendo
hecho una visita a la Academia de Friburgo algunos años
atrás, juntamente con Goethe— pero no hizo de ello su medio de
vida ni por imaginación. Era miembro del Parlamento. Desde
luego, lo extraordinario de la Sociedad Geológica de Londres es
que ninguno de los miembros originales era geólogo. El
«pequeño club de charlas-almuerzo
geológicas», como Davy lo describió, era un club
para caballeros que tenían ganas de hablar, no de martillear
rocas.
Al
siguiente año se unieron 26 miembros a la Royal Society,
incluyendo a Joseph Banks, el presidente de la Royal Philosophical
Society, y un año después el número de miembros
pasó a 173. El concepto del «pequeño club de
charlas-almuerzo» se volvió insostenible; en lugar de ello
se alquilaron locales. Se habló de editar una
publicación, y Sir Joseph Banks, temiendo que la Sociedad
Geológica creciera pronto más que su antigua y
prestigiosa Royal Philosophical Society, dimitió como protesta.
Para el año 1817, sólo diez años después de
su fundación, la Sociedad Geológica tenía
más de 400 miembros, y en 1825 estaba formada por una
membresía de 637.
La
fundación y el temprano crecimiento de la Sociedad Geológica de Londres son
dignos de mención por diversas razones. Las sociedades científicas anteriores,
como la Real Academia francesa y la Sociedad Filosófica de Londres tenían una
base mucho más amplia. Había habido unos pocos intentos abortivos de formar
sociedades científicas especializadas en Química y Botánica, pero no habían
quedado en nada. La Sociedad Geológica de Londres era realmente la primera
sociedad científica especializada, y su temprano crecimiento no tenía
precedentes —de hecho, fue un crecimiento muy difícil de explicar,
especialmente si se tiene en cuenta que sus primeros miembros fueron casi todos
médicos, abogados y miembros del Parlamento; el reverendo William Buckland, que
era Deán de Westminster, y Sir Roderick Murchison, que era un rico oficial
retirado del Ejército, independiente.
Con esto no se pretende afirmar que
no hubiera personas en Inglaterra entregadas activamente a lo que ahora
consideraríamos ocupaciones geológicas, porque lo cierto es que Inglaterra
estaba en aquel tiempo atravesando una época de construcción intensiva de
canales y de explotación minera, y pronto iba a entrar en la era del
ferrocarril; pero por más que se busca, no se encuentran estos geólogos
prácticos en la lista de membresía. Por ejemplo, William Smith, el ingeniero de
drenajes más famoso de la época, que descubrió la técnica de correlación de
estratos por medio de los fósiles y que es generalmente mencionado en los libros
de texto modernos de geología como el geólogo clave de aquella época, no fue
invitado a unirse a la Sociedad Geológica de Londres. Quizás estaba demasiado
ocupado haciendo Geología para tener tiempo de hablar de ella, pero si se ha de
decir la verdad, la Sociedad Geológica de Londres era un grupo de aficionados
parlanchines cuyo único interés en la Geología estribaba en sus implicaciones
teológicas y políticas, y no en su aplicación a la minería o a la construcción
de canales. Esas implicaciones teológicas y políticas eran cruciales para la
estabilidad de Inglaterra y no fueron, por lo tanto, irrelevantes en la temprana
historia de la Geología.
El término «Geología» había sido introducido
recientemente por el diluvialista suizo De Luc. En los programas de la
Universidad Medieval no se halla ningún lugar para el estudio de la tierra, que
estaba considerada como corrompida, un producto del diablo y, por lo tanto,
indigna de ser estudiada. La Geometría, Numerología, Armonía y Astronomía
reflejaban mejor la sabiduría de Dios que el estudio de las cosas de este mundo,
según creían los católicos medievales, siguiendo a Platón, pero la Reforma
Protestante cambió todo este panorama. Entre los años 1680 y 1780 se publicaron
unos quinientos libros y artículos sobre Geología, desde la popular obra del
obispo Burnet, Sacred Theory of the Earth (Teoría Sagrada de la Tierra,
que mereció siete ediciones entre 1681 y 1753) hasta la erudita monografía de
Klein sobre una sola clase de fósiles, Dispositivo Echinodermatum (1732).
Los protestantes estaban ansiosos de demostrar que se podía ver la obra de Dios
en este mundo con tanta facilidad como en el venidero y, en particular, estaban
deseosos de demostrar la verdad literal de la Biblia, que declaraba no solamente
que Dios había creado todas las criaturas de la tierra, sino que también provocó
el Diluvio para castigar al hombre por sus pecados.1
Poco
después de la Gloriosa Revolución de 1688, cuando se expulsó a los católicos de
Inglaterra, apareció una gran cantidad de obras tratando de conciliar el libro
del Génesis con la nueva investigación de la naturaleza. La de más éxito de
todas ellas fue el Essay Towards a Natural History of the Earth (Ensayo
para una Historia Natural de la Tierra) en la que explicó la
secuencia estratigráfica de las rocas suponiendo que durante el
diluvio de Noé todas las rocas de la superficie de la Tierra
habían sido disueltas por el mar, para ser después
precipitadas gradualmente en secuencias estratigráficas que
ahora comprenden las formaciones secundarias. Debido a que el esquema
woodwardiano preservaba el tema del Génesis de que el Diluvio
había sido causado por el decreto divino para retribuir a los
hombres por sus pecados, fue recibido favorablemente por la Iglesia
Anglicana y vino a ser después, en manos de los Tories, un
importante baluarte en su defensa de la monarquía. En 1728 se
fundó en Cambridge la cátedra woodwardiana, el primer
reconocimiento académico del área de estudio que hoy
recibe el nombre de «Geología». Las ideas de
Woodward no fueron articuladas solamente en Inglaterra, sino
también en el continente —particularmente en las populares
clases de Abraham Gotlob Werner en Friburgo, hacia el final de aquel
siglo, en las que estudiaron Greenough, von Buch, MacLure, Jamieson,
Berger, y muchos otros de los fundadores de la Geología.
Al desarrollarse la geología woodwardiana, empezaron a
presentarse un número de anomalías —en particular una falta de correlación
entre estratos del Antiguo y Nuevo Mundo, así como sobrecapas de basalto y
granito en lo que se suponía eran depósitos secundarios. Como resultado, Leonard
von Buch y Georges Cuvier modificaron la primitiva teoría diluvial,
transformándola en una teoría con un catastrofismo más general, en la cual no se
contemplaba a la tierra como habiendo sufrido una catástrofe, sino numerosas
catástrofes, de las cuales el diluvio era el ejemplo más reciente.2
Negar el catastrofismo era negar la verdad de la Biblia, y de ahí que las
implicaciones teológicas de la primitiva geología estuvieran bastante
claras.
En 1673, el obispo Bossuet, tutor del Delfín de Francia, expuso
sus argumentos en favor de la monarquía en un tratado, Politics drawn from
the very Words of Holy Scripture (Práctica política según las mismas
palabras de las Sagradas Escrituras), en el cual argumentaba que la monarquía
era la forma más común, más antigua, y más natural de gobierno. Aquí, la
palabra clave era «natural». Su argumento3 era que la naturaleza
proveía evidencias de ser gobernada por un monarca divino, Dios mismo, Rey del
universo, y que un Rey emulaba a Dios cuando gobernaba con autoridad absoluta:
«Así, vemos que la monarquía toma su fundamento y modelo en el control paterno,
esto es, de la naturaleza misma», escribe el obispo Bossuet.4 El
defensor británico de la monarquía, Robert Filmore, imitó el ejemplo de Bossuet.
La monarquía es natural porque toda la naturaleza está gobernada por un monarca
absoluto divino, Dios mismo.
En el siglo XVIII, al ir tomando auge los
sentimientos democráticos no tan sólo en América, sino también en Europa, la
teoría política de Bossuet y Filmore fue seriamente desafiada. John Locke en sus
Treatises on Government y Jean-Jacques Rousseau en sus
Discourses5 se enfrentaron contra la naturalidad de la
monarquía y en favor de la teoría de gobierno denominada «contrato social». Pero
para probar que la monarquía era innatural era necesario demostrar que la
descripción bíblica del Diluvio era inexacta; que Dios no había creado los
animales y las plantas de la tierra, y que Él no había introducido catástrofe
alguna para castigar a los hombres por sus pecados, ya que estos eran modelos
bíblicos y geológicos sobre los que se basaba la teoría monárquica. En 1789, en
vísperas de la Revolución Francesa, acompañado por Erasmus Darwin y después por
Jean Baptiste Lamarck y Simon de la Place, el geólogo liberal escocés James
Hutton publicó su Teoría de la Tierra, en la que intentó demostrar que la
naturaleza no estaba gobernada por un monarca divino, sino por las leyes fijas
del levantamiento volcánico y del desgaste erosivo.6 El amigo de
Hutton, Adam Smith, estaba al mismo tiempo luchando en favor de una política de
laisez faire (dejar hacer), en la que el poder monárquico paternalista
era a su vez eliminado en favor de un liberalismo sin límites.
«Algunas
personas juiciosas que estuvieron presentes en Ginebra durante los desórdenes
que últimamente convulsionaron aquella ciudad», escribía el reverendo William
Paley en un contraataque contra el nuevo liberalismo en su The Principles of
Moral and Political Philosophy (Los Principios de Filosofía Moral y
Política, 5(a) edición, corregida, 1793), «creyeron percibir, en las
contenciones que allí se manifestaban, la operación de aquella teoría política
que por los escritos de Rousseau, y gracias a la estima sin límites en que le
tienen sus compatriotas a estos escritos, se había difundido entre el pueblo.
Durante todas las disputas políticas —continúa Paley— que han tenido lugar
durante estos pasados años en Gran Bretaña, en el reino hermano, y en sus
dependencias exteriores, era imposible no observar, en el lenguaje de partido,
en las resoluciones de los mítines populares, en debates, en conversaciones, en
la tendencia general de aquellas charlas breves que tales ocasiones demandan, la
prevalencia de las ideas de autoridad civil expuestas en la obra del señor
Locke. Tales doctrinas —continúa Paley— no carecen de efectos; y es de
importancia práctica cuidarse de que los principios de los que se derivan la
cohesión social y una medida de obediencia civil sean correctamente explicados y
bien comprendidos». Entonces Paley se dedicó a explicarlos no tan sólo en las
correspondientes páginas (567) de su Moral and Political Philosophy sino
también en los dos volúmenes de una obra más voluminosa sobre Teología Natural
(Natural Theology) en los que reiteró otra vez los fundamentos
cosmológicos de la monarquía.
Vemos, pues, que la causa a la que se
refería Babbage cuando escribió a Lyell («Creo que cualquier alegato de un
reconocido radical como yo lo soy solamente dañaría a la causa, y por tanto lo
dejo gustosamente en mejores manos») era la de desacreditar a Paley y a los
otros monárquicos Tories por medio de un ataque a sus fundamentos geológicos y
teológicos.
La Causa
Después de las Guerras Napoleónicas, Inglaterra había
caído en una severa depresión. Las demandas gubernamentales de suministros
militares cesaron, y no había mercado ultramarino para los productos británicos.
La crisis y el desempleo general aumentaron con la desmovilización de casi
400.000 soldados, que se encontraron sin adonde ir. A fin de proteger a los
granjeros británicos de importaciones de grano barato, se aprobaron en 1815 las
Leyes del Trigo, que prohibían la importación de grano hasta que el precio
hubiera llegado a 80 chelines la arroba, un precio tan elevado que los
trabajadores estaban pasando hambre, sin poder comprar. Aunque las Leyes del
Trigo se pasaron para proteger al agricultor británico, tuvieron un efecto
devastador en las ciudades industriales de las Midlands. Los altos precios no
sólo llevaron al hambre a los trabajadores, sino que además muchos pequeños
negocios fueron a la quiebra. La solución Tory al problema fue aconsejar a las
clases más pobres que no criaran tan copiosamente. Aun así, las ciudades
industriales de las Midlands continuaron creciendo, mayormente a causa de la
inmigración de los hijos e hijas de los agricultores más pobres. Manchester, por
ejemplo, era en 1688 una pequeña villa de 4.000 habitantes. Un siglo después
tenía un tamaño diez veces mayor, y para la época en que Lyell publicó su
Principles of Geology (Principios de Geología), se estaba aproximando al
medio millón, con la mayor parte de sus habitantes viviendo en míseras
condiciones. Malthus clasificó a ciudades como Manchester junto con las guerras
y las plagas y hambres como medios de control natural de la población, debido a
su elevada tasa de mortalidad.
El 16 de agosto de 1819, una multitud
desempleada, mal pagada y hambrienta de habitantes de Manchester se reunió en el
campo de St. Peter para escuchar un discurso sobre la Reforma Parlamentaria y
sobre la derogación de las Leyes del Trigo. La milicia local del campo, temiendo
una rebelión, intentó arrestar al orador. En la lucha que siguió hubo varios
muertos y muchos heridos. El gobierno monárquico Tory instituyó las «Seis
Actas», que limitaban el derecho de libertad de palabra y prohibían la
instrucción de personas en el uso de las armas. Inglaterra estaba al borde de la
Revolución —las industriales Midlands liberales contra los monárquicos Tories;
pero la memoria de la Revolución Francesa estaba aún fresca entre las clases
medias. Deseaban una reforma en el Parlamento, no desórdenes, pero reformar el
Parlamento significaba responder a los argumentos de Paley, y esto incluía
destruir la Teología Natural de Paley.
Paley mantenía que la soberanía
desciende de Dios al Rey, y que el pueblo son sus súbditos. Como el Parlamento
es un órgano consultivo, si el Rey está satisfecho con sus funciones no hay
necesidad de reformarlo. Para Paley, el hecho de que el Parlamento no
representara la distribución de la población en Inglaterra era irrelevante,
puesto que la soberanía no tenía su origen en el pueblo. La soberanía descendía
de Dios.
Los argumentos de Paley eran asombrosamente efectivos. Su
tratado sobre Filosofía Moral y Política, en el cual afirma que «es la voluntad
de Dios que el gobierno establecido sea obedecido», debía ser memorizado (se
tenía que conocer su argumento básico) antes de que los estudiantes se pudieran
graduar en Oxford o Cambridge. El único medio por el que los liberales de las
Midlands podrían conseguir la Reforma del Parlamento era demostrando que los
fundamentos científicos de la Teología Natural de Paley eran falsos, y esto
significaba destruir la Geología Diluvial y el Catastrofismo.
En 1825,
George Poulet Scrope, asociado liberal de Lyell, publicó su Considerations on
Volcanos (Consideraciones sobre los Volcanes) en el que transformó el
argumento de los Tories: Cada vez que ellos atribuían un suceso natural a Dios,
Scrope atribuía el mismo suceso a un volcán, intentando así revivir las teorías
geológicas de James Hutton. Hutton y Scrope mantenían que las leyes que Dios
había creado al principio, en remotas eras en el pasado, de levantamientos y
erosión, eran tan perfectas que ya no se había sabido más de Dios desde
entonces, ni había ninguna más necesidad de que Él se cuidara de los asuntos del
Universo de la que había de que un rey interfiriera con las leyes naturales e
intrínsecas de la economía y de la sociedad.7
El libro de
Scrope fue demasiado radical por aquel entonces para la Sociedad Geológica de
Londres, y fue rechazado sin oportunidad de defensa. Scrope, hijo de un rico
comerciante londinense, compró un escaño en el Parlamento y se dispuso a
defender la causa por medios más directos. Pero sin una demostración cosmológica
de que la monarquía era innatural y que la soberanía pertenecía al pueblo, los
liberales permanecieron relativamente impotentes.
Sin acobardarse por el
fracaso de Scrope, el joven abogado radical Charles Lyell se dispuso a medir sus
fuerzas en la tarea de destruir los fundamentos geológicos de la teoría
monárquica. En su obra Principles of Geology (Principios de Geología)
tomó una línea mucho más sutil que la de Scrope. En su introducción de 100
páginas a los Principles, Lyell mantenía no tanto que la teoría diluvial
era incorrecta como que era mitológica, y que impedía el «progreso» de la
Geología. En su primer volumen discurrió largamente sobre las fuerzas de erosión
y los efectos del levantamiento volcánico en lo que resultó ser una brillante
evitación de todas las evidencias de catastrofismo. Era exactamente lo que los
moderados estaban buscando. Se unieron alrededor de Lyell y le eligieron primero
secretario, y después presidente, de la Sociedad Geológica.
«Al elegirle a usted —escribía Scrope a Lyell el 12 de abril de 1831—, el
cónclave se ha comprometido decidida e irrevocablemente con el bando liberal, y
ha aceptado de la manera más directa y abierta, con plena aprobación, los
principales puntos defendidos. Si por el contrario hubieran elegido a un geólogo
Mosaico como Buckland o Conybeare, los ortodoxos los hubieran seguido, y por
otro cuarto de siglo hubiera sido una herejía negar las excavaciones de valles
por el diluvio, y ateísmo afirmar que hubo otras cosas en lugar del Caos antes
de Adán. Al mismo tiempo siento una maliciosa satisfacción —prosigue Scrope—
al ver a la minoría de señorones tragándose la nueva doctrina a la fuerza y no
de grado, y me gozaré en ver sus muecas cuando se vean obligados a tomarla como
si fuera Física, a fin de evitar el peligro de nuevos males. Siento una
verdadera satisfacción en ello.»
En estos tiempos en los que la Geología está tan apartada de la religión y de
la política, y en los que los asuntos políticos se deciden mediante elecciones y
no por reuniones en sociedades geológicas, es difícil para nosotros darnos
cuenta de hasta qué punto el giro social en cuanto a la visión del mundo, que
tuvo lugar no sólo en la Geología, sino también en Astronomía y en Historia
Natural, estuvo relacionado con el movimiento Gran Reforma de 1832. Todos
tuvieron parte en el cambio aun mayor de cosmovisión de paternalismo a
liberalismo, pero aquellos que fueron responsables de promover el cambio eran
muy conscientes de lo que estaban haciendo. «Es un gran deleite haber enseñado a
nuestra sección de buscadores de canteras que se pueden escribir dos gruesos
volúmenes de Geología sin utilizar una sola vez la palabra "estrato", escribía
Scrope a Lyell el 29 de septiembre de 1832, después de que apareciera el segundo
volumen de la obra de Lyell. «Si alguien hubiera afirmado esto hace cinco años,
¡cómo se le hubiera escarnecido!» Así como los conservadores habían rehusado
escuchar a los del bando huttoniano, ahora los liberales utilizaron las mismas
tácticas en cuanto llegaron al poder. La ciudadela del catastrofismo se mantenía
sobre una estratigrafía de disconformidades e inconformidades, por no decir nada
de los conglomerados masivos, que relataban una historia de extensos desastres
geológicos en el pasado. Lyell, como Scrope antes que él, suprimió pura y
simplemente la evidencia que no estaba de acuerdo con sus doctrinas, y una vez
que el voto le llevó al poder, los catastrofistas encontraron que les era más
difícil publicar sus investigaciones.
La toma de posesión de la Sociedad
Geológica por parte de los liberales, y la supresión de la evidencia que
favorecía a la posición catastrofista, no tuvo lugar en un instante. Más bien
hubo una lenta asimilación de datos catastrofistas hasta que no quedó
prácticamente nada de la teoría como un todo. Cuando en 1839 Louis Agassiz
intentó defender el catastrofismo con su teoría de las edades glaciales, los
actualistas simplemente aceptaron toda su evidencia, pero la reinterpretaron en
términos actualistas. Así, los datos no cambiaban, pero la Gestalt en la
que se organizaban los datos y recibían coherencia fue transformada del
catastrofismo al actualismo, lo mismo que la estructura social de Inglaterra fue
cambiada del paternalismo Tory, en el cual la soberanía descendía de Dios al
Rey, al nuevo liberalismo en el cual la soberanía ascendía del pueblo, a través
del Parlamento, a sus ministros.
Bien irónicamente, la batalla política
que corría subterráneamente en el debate catastrofista-actualista de 1832 ya
hace tiempo que ha terminado,8 pero, debido a la inercia que conlleva
la erección de un modelo «científico», la Gestalt actualista es aún
asiduamente cultivada en las universidades y en las sociedades geológicas
profesionales. La «causa» por la que lucharon Babbage, Lyell y Scrope hace ya
tiempo que pasó, y deberíamos sentirnos libres de examinar otra vez la evidencia
geológica que —si se ha de decir la verdad—presenta amplia evidencia de
catastrofismo, como siempre ha sido.
Epílogo
En 1905, la física estaba en un dilema; unas evidencias de óptica indicaban
que la luz se desplazaba en ondas, mientras que otra evidencia indicaba que se
movía en partículas. Los dos conceptos parecían contradictorios, pero Niels Bohr
y Werner Heisenberg pudieron mostrar matemáticamente que los dos conceptos eran
en realidad complementarios y que nos presentaban una visión más completa de la
realidad si los aceptábamos a ambos. Quizá la Geología está hoy en la misma
situación. Hemos heredado de nuestros antepasados la idea de que o el
catastrofismo es cierto o de que el actualismo es cierto, pero que ambos no
pueden serlo. La razón por la que pusieron estas proposiciones: o lo uno / o lo
otro, era política. O la soberanía pertenecía a Dios y al Rey, o pertenecía al
pueblo: no podía pertenecer a ambos; por lo tanto, la Geología tenía que ir con
los Tories al catastrofismo, o con los liberales al actualismo: no podía ir en
ambas direcciones. En el presente no debemos preocuparnos por todo esto; por la
evidencia de la Geología parece claro que ambas teorías están en lo
cierto.9 El curso normal de los eventos es, desde luego, tal y como
Lyell lo describe: levantamientos suaves y erosión lenta, pero también hay
amplia evidencia de que Velikovsky está también en lo cierto, y que la tierra ha
estado sujeta a severas catástrofes, como lo ha expuesto tan convincentemente en
su libro Earth in Upheaval (Tierra en Convulsión).
He tratado, en
este artículo, de presentar cinco puntos importantes: Primero, la Sociedad
Geológica de Londres, que dio nacimiento al paradigma actualista, no se compuso
originalmente de un grupo de geólogos profesionales de campo, sino de
caballeros, miembros del Parlamento, clérigos y abogados, que estaban
interesados, y mucho, en las implicaciones políticas y teológicas de la Geología
en la época del Proyecto de Ley de la Gran Reforma de 1832, cuando los radicales
estaban desafiando el concepto de monarquía soberana, y los Tories lo estaban
defendiendo. Segundo, que la Sociedad Geológica de Londres estaba dividida en
dos bandos, y que los catastrofistas Tories prevalecieron hasta 1832 y que los
radicales liberales, bajo la guía de Lyell, Scrope y, más tarde, Darwin, tomaron
el poder durante el segundo cuarto del siglo pasado (hasta el presente).
Tercero, que el «actualismo» fue promovido por los liberales como parte de la
«causa» a fin de minar los fundamentos teóricos de la monarquía y no fue
derivado de investigación de campo. Cuarto, a causa de que los Tories estaban
utilizando tácticas represivas en política a fin de evitar la reforma del
Parlamento, la tensión social se derramó sobre el debate geológico, causando el
enorme interés geológico de los años 1820 y 1830 y el crecimiento exponencial de
la recién formada Sociedad Geológica de Londres. La toma por parte de los
liberales del control de la Sociedad Geológica de Londres antes de que se
aprobara el Proyecto de Ley de Reforma, presagió lo que pronto iba a suceder en
el campo político. Y quinto, una vez al control, los liberales trataron de
asegurar su hegemonía reprimiendo a los catastrofistas y asimilando sus
datos.
. . . el «actualismo» fue promovido por los
liberales como parte de la «causa» a fin de minar los fundamentos teóricos de la
monarquía y no fue derivado de investigación de campo.
En los años siguientes del siglo XIX, la geología se transformó en totalmente
profesional y dogmática. Creer en una teoría catastrófica llegó a ser una
herejía científica; y, muchos años después, la reacción de la comunidad
científica fue de represión instintiva, no porque Velikovsky estuviera
equivocado, sino porque temían que pudiera estar en lo cierto.
NOTAS
1. Creemos que la corteza estratigráfica presenta gran número de
peculiaridades que solamente pueden explicarse como habiendo sido formadas por
una inundación cataclísmica que cubrió toda la Tierra. Ver El Diluvio del
Génesis, CLIE, Terrassa. 1982.
2. Véase Whitcomb y Morris, El
Diluvio del Génesis. El moderno catastrofismo cristiano, gracias a la ayuda
de intensas y extensas investigaciones, ve una catástrofe principal, el Diluvio,
juntamente con las posteriores catástrofes de la división continental (de la
cual la reciente deriva de continentes es los últimos coletazos de un suceso
físico en estado de amortiguamiento), y las catástrofes de las Diez Plagas, y
las de los tiempos de Isaías y de Amós (ver Immanuel Velikovsky, Worlds in
Collision y Earth in Upheaval).
3. Esta postura, aunque
contiene un elemento de verdad en cuanto a que Dios gobierna el universo (aunque
ahora Dios no actúe abiertamente: ver The Silence of God por Sir
Robert Anderson), no puede ser llamada cristiana, puesto que la postura
cristiana no es (o no debería ser) de dominio, sino de testimonio y servicio.
(N. del T.)
4. Esta no es la visión bíblica de la autoridad. Es
cierto que Dios gobierna el universo de forma absoluta, pero Él es justo. Dios
concedió a las israelitas un rey sólo cuando ellos lo pidieron insistentemente
rechazando Su gobierno directo y sobrenatural (1 Samuel, capítulo 8),
advirtiéndoles previamente de las consecuencias de aquella elección. Dios, según
el mensaje de la Biblia, restaurará la perfección en la segunda venida de
Cristo, cuando en Su persona humana y Divina (Dios hecho Hombre) se concentre la
única verdadera monarquía absoluta. Monarquía absoluta a la que sólo Él,
el Creador y Juez justo de toda la Tierra, y su Redentor, tiene derecho
(véase Apocalipsis, capítulo 5).
5. Los discursos son tres: «Discurso
sobre el arte y las ciencias», «Discurso sobre el origen de la desigualdad» y
«discurso sobre la política económica».
6. Véase El silencio de Dios,
de Sir Robert Anderson, y Los discursos de Jesús, de John Stott.
(N. del T.) 7. Ver la profecía en la segunda carta del Apóstol Pedro,
capítulo 3, versículos 1 al 13, y siguientes. (N. del T.)
8. En
realidad, aquella lucha política fue un paso más en el cumplimiento de la marcha
de la historia según las profecías bíblicas. Véase Eventos del porvenir,
de Dwight Pentecost, un excelente estudio de las profecías. (N. del
T.)
9. En realidad, la postura de los creacionistas en este punto es
exactamente la misma; naturalmente la tierra no ha estado siempre sujeta
a revoluciones y convulsiones geológicas. Entre las catástrofes geológicas
continúa el curso normal de los eventos tal y como Lyell los describe, pero,
desde luego, esto no es un obstáculo para que en el pasado Dios interviniera con
el Diluvio, destruyendo el mundo con todas sus condiciones anteriores de
habitabilidad y climatología, y provocando gran parte de los sedimentos que
hallamos en el presente (véase El Diluvio del Génesis), y en otras
ocasiones menores, aunque muy significativas geológicamente (Éxodo, Isaías,
etc., véase I. Velikovsky, Worlds in Collision). (N. del T.)
Los orígenes de la moderna teoría geológica, por George Grinnell
Título original: The Origins of Modern Geological Theory
Publicado originalmente en KRONOS, Vol. I n 4, pp. 68-76. © Copyright KRONOS 1976, con permiso del autor.
Traducción del inglés: Santiago Escuain
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Apartado 126
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17244 CASSÀ DE LA SELVA
(Girona) ESPAÑA |
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