JOHN NELSON DARBY«IGNORADO, MAS CONOCIDO» (2ª Co. 6:9)
BREVE RESUMEN DE SU VIDA Y MINISTERIO
COMPENDIADO DE SU CORRESPONDENCIA
Celestino Sanz C.
Así que, hermanos míos amados, estad firmes y
constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo
que vuestro trabajo en el Señor no es vano. (1 Co. 15:58.)
El cartero se cruzó en la calle con una señora
conocida.
—Buenos días, Sra. Reguant. Tengo carta para Vd.;
tómela, por favor, y me ahorra llegar hasta su casa.
—Gracias, señor. —Lidia tomó la carta, y
al llegar a su vivienda, la abrió sin dilación. Era de
su esposo. He aquí su contenido:
Castellformós, 14 de Septiembre de
197...
A Lidia Serra. Vilargent.
Amada esposa y hermana en el Señor:
Me veo precisado a enviarte dos líneas apresuradamente,
para notificarte que mi regreso no será como había
previsto, el próximo martes. Tengo por cierto que el
Señor va a retenerme aquí bastante tiempo. Las almas
tienen sed de la Palabra de Dios. La gracia les ganó y
están gozosas, pero precisan ser confirmadas y enderezadas en
la verdad que acaban de conocer.
Yo sé que aceptarás este tiempo sin mi
compañía, pues conozco sobradamente la
consagración de tu espíritu al servicio del Maestro. Tu
vida —a través de los años de nuestro
matrimonio— ha sido una constante renuncia, silenciosa y sin
reivindicaciones, por amor a los demás. Las horas que pasaste
solitaria a ojos humanos fueron para ti una escuela de gozo, por la
suficiencia de la compañía invisible, pero no menos
real, del bendito Peregrino que siempre te acompañó, y
la guía y dirección del Espíritu Santo
imprimieron consolación a tu alma.
Rindo este tributo de admiración a la compañera que
Dios me dio, la cual muchas veces animó con ternura fraterna
mi espíritu abatido por el combate, y también me
ayudó en mis debilidades; instrumento de Dios en
bendición para mi vida en Cristo. Ha sido para mí, a la
vez, un privilegio poderte ser útil en los desfallecimientos
de un corazón demasiado sensible al dolor, y sobre todo al
dolor de los demás.
Los años han marcado tu negro cabello con hebras de plata,
pero también tu corazón con la suficiencia en la
confianza y el reposo en Aquel que jamás defrauda a los que
esperan y confían en Él.
Cuídate y saluda a mis amados hermanos en la fe;
particularmente a Ricardo y a Pedro, con quienes hemos sufrido un
poco, pero gozado un mucho en el Señor.
Mucho me alegraré de que mi ausencia no sea causa para que
cesen las reuniones que en casa asiduamente teníamos. Que el
Señor os sea propicio, para provecho y bendición.
Te iré escribiendo, teniéndote al corriente de la
obra en este lugar. Entre tanto, amada, quedas siempre en mi memoria
y en el tierno afecto de mi corazón, como esposa y hermana en
Cristo nuestra esperanza.
Juan.
La lectura de esta carta, produjo en Lidia, un sentimiento de
resignación, pero, después, el ejercicio responsable de
la compañera de un hombre de Dios; hombre sencillo, pero
consagrado al servicio del Maestro. Su esposo la alababa con
entusiasmo. La carta era un fiel reflejo del sentir de Juan por su
esposa, pero aunque tal vez el amor sobrevaloraba un poquito las
cualidades de Lidia, había en ella una bendita realidad: era
una buena esposa, una buena madre y una abnegada, servicial e
inteligente hermana.
He aquí pues, otra vez, la casa de nuestros amigos.
El timbre sonó; Lidia abrió la puerta, y Roura,
afable, tomó la mano que su hermana en la fe le tendía.
—Entra, entra. Aún tengo la carta sobre la mesa. Juan,
tal vez tardará un tiempo en volver. Hay bendición
allá, y él siente el afecto de un padre por esos
hermanos. No quiere dejarlos solos; son muy tiernos todavía.
—¿Un padre, dices? Sí, es un padre. Para
mí ha sido eso —dijo Roura—. Él un padre, y
tú, una hermana paciente.
—Bueno, hombre, él también tuvo un padre
espiritual, y yo una madre, pues en la familia de Dios existen esos
estados y esos lazos. Todo lo dispensa el Padre Celestial, origen de
toda bendición, pero... ¿de dónde vienes con
maletín y ropa de viaje? —preguntó Lidia.
—Estuve en Lérida un par de días a causa de la
venta de la fruta que allí tengo, pero ahora, gracias a Dios,
otra vez en Vilargent; terminé mis comisiones allá. Al
bajar en la estación —como que está cerca—,
pensé: voy a ver si Juan regresó o regresa pronto. Por
eso me ves así, y a esta hora.
—No, ya ves que no. Pero Juan escribe (aparte de enviar
muchos saludos para todos, especialmente para Ricardo y para ti), que
me hagáis un poco de compañía, como cuando
él está. Os agradeceré pues, que no
tengáis a esta solitaria (casi anciana), desamparada, dijo con
una confiada sonrisa.
—¿Cómo? Vendremos como siempre. Me voy, Lidia. A
la tarde iré a buscar a Ricardo y pasaremos un buen rato en
este hogar bendito.
Y fue así. Ambos subían gozosos por el conocido
camino de siempre y, llegados, entraron saludando a la dueña
de la casa, y preguntados por la salud, las circunstancias de la vida
diaria y la familia, Lidia dio las noticias que eran de provecho,
para el conocimiento de los hermanos.
—Es un privilegio —dijo Roura—, que tengamos a
Juan. Dios le ha dotado de energía y de tacto a la vez.
Además de equilibrio y facultades en el discernimiento de la
Palabra. Ahora está haciendo la obra suya; la obra paciente y
sabia de apacentar a los corderos del Señor. Se le puede
aplicar que «cuando apareciere el Príncipe de los
pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de
gloria». (1 P 5:4).
—Eres muy generoso con la apreciación que tienes de
Juan, pero a él no le digas esto. Es un hombre como los
demás y podría envanecerse. Satanás es muy
astuto e incluso trata de sacar provecho de los sentimientos sinceros
que tenemos hacia los hermanos —dijo Lidia.
—Sí, claro —terció Graells—, pero
aquí en la intimidad y en su ausencia, el corazón se
ensancha por el afecto que le tenemos en Cristo. Me gustaría
tanto poderle acompañar en este servicio ..., pero el
Señor da a cada cual su propio trabajo.
—Ahora que hablas de trabajo y de servicio, recuerdo el hecho
de que estoy leyendo una literatura muy edificante e instructiva, a
la par que interesante. Tengo en casa la colección completa
del Messager Evangelique, editado en la Suiza de habla
francesa, desde hace ya ciento diecisiete años (son muy
constantes esos hermanos). Como que poseo un índice de todos
los temas que existen en la colección, he ido separando todas
las cartas del Sr. Darby, desde 1832, hasta 1882, año en que
murió. No sé, pero hay muchas. Tal vez quinientas.
Aunque mi conocimiento del francés no es tan perfecto como yo
deseara, su lectura me es bastante familiar, si se trata
especialmente de las cosas del Señor, y así
empecé a leer, sin orden, algunas de ellas que, dicho sea de
paso, me han llamado poderosamente la atención. Después
las he ordenado por fechas, para seguir su obra con un orden
cronológico, y mi interés ha ido creciendo. ¡Es
una maravilla! He dejado, de momento, la tarea de leer, y estaba
pensando en algo que quiero exponeros y que puede ser de utilidad.
»Hay un trabajo laborioso y paciente a realizar. Tampoco
propongo la cosa como siendo inmediata, pero me gustaría que
cuando Dios nos conceda que Juan vuelva, nos hallara ocupados en algo
que seguramente le depararía una agradable sorpresa. Digo "nos
hallara", porque yo solo no puedo llevarlo a cabo, ni por tiempo ni
por capacidades. Pero colaboraré y os ayudaré con todas
mis fuerzas. Esto es algo en que Lidia puede ser útil; muy
útil. Seguramente más que nadie. En primer lugar es la
hormiga tenaz, y en segundo, conoce la lengua francesa más y
mejor que todos nosotros, y además entiende lo que lee con
ventaja sobre mí.
—Y sobre mí, añadió Graells.
—Por favor, hermanos hoy es el día de las alabanzas
para el matrimonio Reguant. No seáis tan entusiastas en cuanto
a nosotros. El incienso para el Señor. Pero vamos a ver,
tenemos derecho —ya que nos propones un trabajo— a saber no
sólo el principio, sino también el final. Has
leído, has clasificado, y ahora, ¿de qué se trata?
—preguntó Lidia.
—Pues se trata de lo siguiente —y Roura
continuó—: Tengo la idea de compaginar un resumen de las
actividades de J. N. D., tomando como fuente de información
sus conocidas cartas. Esto abarca un período de cincuenta
años, y ellas dan cuenta de todos sus viajes en su país
y en el extranjero, que fueron muchos. No olvidemos que eran los
inicios del ferrocarril y de la navegación a vapor, pero
aún se usaba la diligencia en todos los desplazamientos
locales y comarcales, sin olvidar el caballo, amén de, por
multitud de parajes, las insoslayables marchas a pie. Pero no se
trata de sus viajes solamente (esto es lo menos importante). Lo
más interesante son sus consejos, su servicio en favor de
todos, la predicación de la palabra de Gracia, el magisterio
que impartió a las ovejas y corderos del rebaño de
Cristo. Hombre dotado de una inteligencia singular y de una vasta
cultura, pudo luchar contra la incredulidad, contra el racionalismo
que invadía Inglaterra en aquel entonces, contra las
herejías; es decir, como fiel paladín de la verdad de
Dios, fue hombre de brecha y de lucha aun a su pesar. No era
contencioso, sino sufrido, paciente, tolerante (salvo contra el mal
que empañaba la gloria y los derechos de Dios en la Asamblea).
No se preocupaba de su persona, pero sí de lo que afectaba a
los intereses de Cristo. En fin, yo soy un hombre entusiasmado con su
ministerio, y he recibido y recibo aún tanto bien, que no me
cansaría de prodigar elogios a su persona, ahora que no puedo
dañarle con mi admiración. Pensaba ordenar un poco sus
temas, siguiendo un orden de tiempo según la fecha de sus
cartas, pero lo veo muy difícil, por el hecho de que los
mismos temas, con determinadas variantes, los hallamos a
través de todas sus cartas. Es una lástima, pues uno se
da cuenta de que su peso era más efectivo, a medida. que
transcurrían los años. Así, he optado por
señalar una temática, sin tener demasiado en cuenta la
cronología. Por lo general sus conclusiones eran siempre
sabias, presentadas con poder y enfatizando la verdad, que por otra
parte, se recomienda a sí misma. En fin, podría
extenderme más, pero os adelanto solamente la idea. Si
cristalizará o no, no lo sé. Dios lo sabe. Tú,
Ricardo, también tienes esa colección y en la
estantería de Juan también la he visto.
—Si yo la adquirí, fue por vuestro conducto y unos
hermanos de Francia me proveyeron de ella; me la regalaron. Esto no
tiene precio.
—Sí, es bien cierto que la tenemos, y conocemos y
admiramos el valor inestimable de estos cuadernos que, desde antes de
la guerra franco prusiana, han llegado hasta nuestros días.
Han pasado muchas cosas en ciento diecisiete años. Tanto en el
mundo como en la Cristiandad, y también en el Testimonio.
»¡Qué temas de meditación hallamos! Libros
debidos a la pluma de los que nos precedieron. Aquellos hombres de la
primera generación del Testimonio, que vivieron tan cerca de
Dios, en la dependencia del Espíritu Santo, acatando el
señorío de Cristo: J.N.D., Bellet, Kelly, Mackintosh,
W. Trotter, W. J. Lowe y muchos más, después H.
Rossier, Ladriere, S. Prod'hom, etc., y otros muchos, cuyos nombres
silencio porque aún están peregrinando entre nosotros,
pero por los cuales damos gracias a Dios. Tengo que confesar con gozo
que ha sido para mí una fuente de bendición, de
instrucción y de interpretación. Es difícil no
hallar respuesta a cualquier tema, asunto, problema, etc.
Además poseo, al igual que Roura, un índice que abarca
ochenta y siete años. Éste ha sido un trabajo de
paciencia, abnegación, constancia... ¿Quién lo
hizo? No lo sé. Nadie ha puesto su firma, pero ahí
está: Humilde, modesto; pero rotundamente eficaz. Gracias a
Dios por ello. Mucha parte de mis conocimientos —aunque bien
limitados por cierto— los debo sin embargo a este vasto trabajo
de más de un siglo de proyección (son 117
volúmenes). Los correspondientes redactores (no han sido
muchos, pues conscientes de lo que hacían y para quien lo
hacían, Dios les proveyó de un espíritu de
firmeza, exento de desmayos), se fueron sucediendo en la medida que
quemaron sus vidas en este trabajo. También damos gracias a
Dios por el silencioso y anónimo trabajo de los expedidores,
compaginadores y por todos los que dedicaron su tiempo, haciendo,
solícitos, la labor de la hormiga. Su trabajo no ha sido en
vano. Hoy gozamos en leer artículos, conferencias,
meditaciones, estudios, cartas, etc., bien sustanciosos y
edificantes, de fechas en las que nuestros padres aún no
habían nacido, y este alimento es de positivo beneficio para
la generación actual. Claro, ya veis que no sólo la
conozco por tenerla en la estantería, sino que me he ocupado
en ella muchas horas de mi vida (podría decir que
después de las Escrituras, es lo que más he
leído), pero nunca se me había ocurrido la idea del
amado Roura, y no sé si a Juan y a Lidia se les ocurrió
alguna vez, porque en los años que hemos comentado tantas
cosas de su contenido, y entre ello las cartas —pues son muy
conocidas (existen tres tomos en inglés con la totalidad
relativa de las que escribió)—, nunca pensamos en un
trabajo semejante, pues ni en francés existe (creo yo),
ningún volumen que compagine las quinientas y pico de cartas,
que en los ciento diecisiete años, están diseminadas a
través de las aproximadamente cuarenta mil
páginas del Messager. Eso sí, si no estoy
mal informado, creo que existe un folleto, del depósito de
Vevey, más bien reducido, con extractos de estas cartas.
Felicito pues a Roura por esa idea genial, y propongo que oremos por
este asunto. Si el Señor no muestra ni dispone lo contrario,
me pongo a la disposición de mis hermanos para hacer lo que
Él estime mejor en este trabajo. Tengo confianza en los
propósitos y en el orden de las ideas de Pedro
—Así respondió y se expresó Graells.
Lidia, a su vez, añadió:
—Aunque no tengo los ánimos, ni la energía de
antes (los años no pasan en vano), dispongo de tiempo, y lo
que no haga la energía, contando con el Señor, lo
hará el tiempo. No sé cuando volverá Juan.
Estamos acostumbrados a contar siempre con él, sobre todo yo,
claro está, pero me gustaría que se llevara una
sorpresa, aunque bien mirado, no se la llevará; él
conoce de lo que sois capaces, pero digo una sorpresa en el sentido
de encontrar a su regreso algo en lo que ni tan siquiera había
pensado, pues como ha dicho Ricardo, de esto nunca habíamos
hablado antes. Estoy de acuerdo en hacer de secretaria y traductora,
pero Ricardo tiene que traducir también, él lo hace
bien; lo prueba todo lo que ha traducido. No, no te excuses. Ninguno
de nosotros somos profesionales, ni eruditos en cuestión de
letras ni en idiomas, pero sí se puede ofrecer algo que sea
legible; que sea comprensible; y si los que lo leen son
benévolos con nosotros, ya podemos darnos por pagados. Hemos
de hacerlo con el intento de ser de ayuda, como otros lo fueron y
aún lo son en favor nuestro.
—Bueno, bueno, no me excuso del trabajo, pero yo haré
lo menos comprometido, pues tú me aventajas, Lidia y no lo
digo para halagarte; la realidad es la realidad —dijo Graells.
—¿Qué has dicho, Ricardo? ¿Qué
insinúas con tu respuesta? ¿Yo, tengo que dirigir todo
este trabajo? —intervino Roura—. No, esto no puede ser. Yo
lo he propuesto y ayudaré en todos los conceptos, pero no
estoy capacitado para más. Preguntádselo a Juan. El
trabajo de dirección es cosa tuya, Ricardo.
—Mira, amado: yo te conozco bastante. Hace muchos años
que me abriste tu casa y tu corazón. Conozco tus costumbres,
tus capacidades, tus ejercicios, y tu amor para los hijos de Dios.
Eres humilde, pero un poco acomplejado a la vez; lo primero
está bien, lo aceptamos, lo admiramos y damos gracias a Dios
por ello, pero de lo último tienes que desembarazarte.
Sí, tú eres un «payés»
[denominación del hombre de campo catalán], pero eres
un señor «payés». Tienes más
cultura de la que muchos quisieran para sí. Tus padres
pudieron enseñarte, y si has continuado con la hacienda es
porque eres un enamorado del campo y de la naturaleza, y has
preferido esta actividad al mecanismo de la complicada
civilización industrial y comercial. Esto, por mi parte, te lo
alabo. Pero de ahí a que siempre te presentes como un labriego
ignorante no lo acepto. Eres más reflexivo que nosotros,
más ordenado, y en términos generales tienes más
conocimientos de nuestro entorno. En la vida espiritual, tal vez no
tienes tanta actividad visible como nosotros; no eres un analista de
la talla de Juan, ni profundizas como él. Es mayor que
tú, y su vida ha estado marcada por la lucha. Hay pues, una
experiencia y un discernimiento. Esto lo reconocemos todos, pero no
tienes por qué situarte tanto en la retaguardia. Hoy estamos
aquí; mañana quién sabe. Somos unos
frágiles instrumentos, pero la mano que nos usa es diestra.
Tenemos pues que estar a la disposición del Maestro. No tienes
porque temer tanto de tu pretendida pequeñez, pues en el peor
de los casos, el Señor, con un martillo pequeño, puede
desmenuzar una roca muy grande. Esto lo ha hecho infinidad de veces.
Hay que considerar siempre la potencia y la habilidad del brazo que
lo usa, y no el volumen o tamaño de la herramienta usada.
Así que, esta vez, tú vas a gobernar este negocio, y
que el Señor te bendiga.
Con este sincero deseo, Graells, terminó la apología
que hizo de su hermano. Roura enrojeció, y no precisamente de
ira. Con dificultad podía soportar la admiración de sus
hermanos; él no había nacido para protagonizar nada.
Pensaba: «¿cómo soportar la idea de dirigir una
actividad espiritual cualquiera, si era menos que nadie?»
Graells y Lidia Serra insistieron y le rogaron en el nombre del
Señor que, con toda confianza, tomara la responsabilidad de
este servicio. Sin atreverse apenas a levantar la vista del suelo
aceptó, contando, dijo, con la benevolencia de los hermanos.
Oraron sobre esto, mientras en días sucesivos formaban sus
planes de trabajo y estudiaban un método conveniente bajo la
mirada del Señor.
Al final, un día Roura resumió sus maduradas
impresiones, la organización de la tarea, y el orden que
deberían imprimir a la obra.
—Pensaba presentaros las siguientes conclusiones, bien que no
son definitivas. En primer lugar, tengo un brevísimo esbozo
biográfico (obra de un amado hermano francés) y a
continuación un resumen itinerante que el mismo J.N.D. nos
ofrece a lo largo de sus cartas. Todo es biografía, en cierto
sentido. Después tengo unas notas sobre lo que escribió
y está editado, y a continuación las cartas. No todas,
puesto que sería un trabajo que nos ocuparía más
tiempo del que ahora podemos dedicar a esta actividad. Además,
mucho de lo que está escrito es historia de hechos y
circunstancias que tienen un sello muy local o personal, según
sea el caso, y que no nos afectan en su carácter
administrativo (espiritualmente hablando). Cosas condicionadas a
circunstancias particulares o del entorno en que se movió y
las relaciones que tuvo. Cosas de marcado interés cuando estas
cartas fueron publicadas por primera vez (pues aún
vivía una generación que conocía al Sr. Darby y
le habían tratado), pero que ahora, para nosotros, no tienen
otro interés que el de una vivencia histórica; eso
sí, instructiva e interesante. Pero la infinidad de temas
generales, de diversas motivaciones que siempre son de actualidad,
temas desarrollados con un poder aplicativo y con una
sabiduría extraordinaria: la sabiduría de lo alto;
otros que tienen su origen en preguntas que se le formularon, sobre
consultas doctrinales, interpretación de pasajes, etc., esto
sí que es de un provecho siempre constante y actual. Cartas
que tratan de circunstancias de dolor: fallecimiento de esposas; de
esposas y madres jóvenes; de esposos; de hijos e hijas; de
hermanos y hermanas que murieron cargados de años; otras
personas creyentes que murieron en circunstancias y produjeron a su
alrededor un sentimiento de aflicción y también de
temor; circunstancias solemnes producidas por la voz fuerte del
Señor, delante de Quien debemos bajar la cabeza con
humillación y temblor. Consultas sobre casamientos, que tanto
hermanos como hermanas jóvenes le hicieron, respondidas y
tratadas con delicada exquisitez de sentimientos cristianos, a la luz
de la palabra de Dios. La partida de este mundo de venerados hombres
de Dios (como Bellet por ejemplo). Sus opiniones en relación
con personas conocidas de la asamblea; opiniones favorables o
desfavorables, según el caso, pero siempre sin acrimonia o sin
desmedida alabanza, sino como de uno que habla en la presencia de
Dios. Cartas dirigidas a los desanimados, a los tomados en alguna
falta, a los excomulgados; ocasiones todas de mostrar un
corazón ejercitado; en el amor de Dios, en la gracia, en la
paciencia de Dios y en el poder restaurador del Abogado y del
Pontífice. Temas como el bautismo, la Cena, el Cuerpo de
Cristo, el Testimonio, la unidad del Cuerpo, el bautismo del
Espíritu Santo. Israel, las Naciones, la Iglesia, la
profecía, etc. ¿Qué es lo que no podía
escribir y predicar con provecho un hombre de Dios como él?
»Todo esto pensaba acotarlo por temas y que cada cual cuidara
de traducirlo; yo lo más fácil, y vosotros lo
demás; y al final ordenarlo todo. Cuando Juan regrese,
habrá que leerlo y considerarlo. Necesitamos su
opinión, sus consejos y su posible colaboración. No me
consideraría feliz si prescindiéramos de él;
sería una pérdida para nuestro trabajo conjunto.
»Existe también una carta, que no fue enviada a su
destinatario, seguramente para no dar la impresión de que J.
N. Darby hablaba demasiado de sí. Fue hallada entre los
papeles del amado siervo, después de su fallecimiento. Es
interesante. Habla de los inicios de sus ejercicios y de la obra.
Cuando la escribió contaba ya más de cincuenta
años. Se hallaba no obstante, a mitad de camino de su andadura
en el ministerio. Pensaba insertarla aparte del cuerpo de la obra; al
principio; a continuación de las notas biográficas. De
momento esto es todo, hermanos. Tengo deseos de oíros y de que
refutéis o enderecéis, o bien transforméis el
orden en que he presentado mis ideas sobre el trabajo. Cualquiera de
vosotros lo haría mejor. Me habéis casi obligado, y ya
sabéis que yo siempre lo he esperado todo de los demás.
Cuando terminó, sus hermanos, no cabían en sí
de gozo. Era el sentimiento producido por la obra de Dios en los
demás. En este caso en el corazón de Roura. Porque
Pedro, por encima de todo, por encima de sus facultades, su
tesón, su abnegación, su innegable y equilibrada
inteligencia, era un corazón; un corazón para
Cristo y para sus hermanos.
Ricardo Graells y Lidia Serra tenían seguramente algo que
objetar. El enfoque del trabajo les complacía, el esquema, no
tanto. Tal vez pensaban que un orden progresivo en la
presentación de la correspondencia ayudaría al lector a
considerar el adelanto y la madurez en el conocimiento del Hijo de
Dios, y todo lo que a Él atañe, que John N. Darby
adquirió a través de los años. «La senda
del justo es como la luz de la aurora que va en aumento hasta que el
día es perfecto» (Pr 4:18); pero por nada del mundo
querían presentar ningún reparo a su amado Roura. No
fuera que, un poquito acomplejado que era, en relación con sus
hermanos, se retrajera después del despliegue confiado que de
sus facultades (bien entendido que venían de Dios)
había hecho. Pero, quién sabe. Tal vez estaba en lo
cierto. El trabajo por temas podía, por otra parte, ser
más asequible y más meditativo. Así es que, por
todo comentario, y con un brillo de felicidad en sus ojos, ambos
dieron a Roura un efusivo apretón de manos.
Eliminaron de sus quehaceres diarios todo aquello que siendo
legítimo no era imprescindible, es decir, dejaron lo bueno por
lo mejor.
Pasaron las semanas y el material disponible iba aumentando. Roura
lo compaginaba según el plan preestablecido.
He aquí el trabajo de nuestros amigos:
-
JOHN NELSON DARBY
- Su nacimiento, peregrinaje y
muerte
Nota biográfica. (Gentileza de A.
G.)
John Nelson Darby nació en Londres en 1800, en el seno de
una acomodada familia irlandesa. Después de unos brillantes
estudios en la Universidad de Dublín renunció a la
carrera de abogado, para consagrarse al servicio de Dios. Un profundo
trabajo de alma, antes de tener la paz por la simple fe en Cristo y
en su obra, le preparó para este cometido. Consagrado como
pastor anglicano en 1826, empezó su ministerio en una pobre y
ruda comarca de Irlanda, dándose al mismo con ardor y plena
dedicación. Allí adquirió la convicción
de que no solamente la Iglesia anglicana se hallaba en un triste
estado moral y espiritual, sino de que la existencia de
múltiples iglesias y denominaciones religiosas de la
cristiandad era, de hecho, la negación de la sola y
única Iglesia a saber, el conjunto de los creyentes, unos en
Cristo, de quien forman su Cuerpo sobre la tierra, unido a la Cabeza
glorificada en el cielo.
Dimitió de sus funciones religiosas y entró en
relación con otros cristianos, que, como él, se
hallaban iluminados únicamente por la luz de las Escrituras.
Algunos empezaron a reunirse con él, fuera de toda
organización, en la ciudad de Dublín. Otros grupos se
formaron al mismo tiempo y a continuación en Inglaterra y en
el Continente (Suiza, Francia y después Alemania), así
como en Norteamérica.
J. N. Darby, que unía a una grande y humilde piedad una
cultura intelectual de excepción, un espíritu abierto y
una capacidad de trabajo sorprendente, se consagró por entero,
hasta su muerte acaecida en 1882 (en Bournemouth: Inglaterra), a la
propagación, por medio de su palabra y de su pluma, de las
verdades que hallaba en la palabra de Dios. Anunciaba el evangelio a
los inconversos, con un gran amor en favor de las pobres almas
esclavas del pecado, pero en particular orientó su servicio en
reunir a los creyentes alrededor del Señor, a esclarecerles
sobre la excelencia de su posición ante Dios a consecuencia de
la perfección de Cristo y de su obra, sobre la vocación
celestial y la esperanza de la Iglesia, y sobre el sentido del
testimonio de Dios en la tierra.
No cesó jamás de viajar, recorriendo amplias zonas
de la Europa occidental (Francia, Suiza, Alemania, Italia, Holanda),
y largas visitas a los Estados Unidos, Canadá, Antillas, Nueva
Zelanda, etcétera.
Ha dejado un gran número de escritos, en su mayoría
tratados y opúsculos relativamente breves. Han sido reunidos
durante su vida y después de su muerte por la diligencia y los
cuidados de William Kelly, y forman una colección (
Collected Writings) de treinta y cuatro volúmenes,
más otros siete de Notas y comentarios sobre la
Escritura.
Entre los más significativos podemos mencionar: La
Iglesia según la Palabra (1850), El Culto según
la Palabra (1848), La esperanza actual de la Iglesia y las
profecías que la establecen (1840), numerosas
publicaciones de controversia (pues tuvo que combatir a muchos
contradictores y falsos maestros), comentarios escriturales, etc. Los
estudios sobre la profecía: Notas sobre el Apocalipsis
(1842). Estudios sobre Daniel (1840). También se ha
publicado una voluminosa correspondencia (de la cual destacan tres
tomos de cartas en inglés).
Pero sus obras capitales son, de una parte, los Estudios sobre
la Palabra, publicados a partir de 1852 (primero en
francés, después en inglés), y, de la otra,
su traducción de la Biblia al francés, efectuada
con la colaboración de hermanos calificados, obra de valor
inestimable por su exactitud y por el respeto con el que ha sido
tratado el texto sagrado. La traducción en francés,
sirvió de base a la traducción alemana y
a una versión inglesa.
-
Resumen itinerante tomado
de su correspondencia
(Todo este resumen es aproximado)
Desde 1832 hasta 1839 toda su correspondencia está dirigida
desde Irlanda o desde Inglaterra, pero el 22 de noviembre de 1839
hallamos su primera carta fechada en Neuchâtel (Suiza),
país donde permaneció hasta 1843,
circunscribiéndose al área o cantones de lengua
francesa (Lausana y Ginebra principalmente). Regresa a Inglaterra,
donde reside hasta el año siguiente, y en marzo del mismo
(1844) escribe su primera carta desde Francia (Montpellier).
Después de una breve estancia en este país, regresa a
Londres, y desde allí viaja a numerosas ciudades de
Inglaterra. En enero de 1847 escribe desde la isla de Guernesey
(canal de la Mancha). En la primavera de este mismo año visita
nuevamente Montpellier, en donde permanece poco tiempo. Regresa a
Inglaterra en octubre, y en enero de 1848 volvemos a encontrarle en
Montpellier, desde donde vuelve a regresar a Inglaterra (casi siempre
a Plymouth), desde donde escribe en mayo. Viaja por Inglaterra,
ocupado constantemente en el ministerio, y a finales de año
fecha sus cartas en Ginebra, después en Vernoux (en marzo de
1849), en abril desde Montpellier, y en mayo desde Orthez (Bearne).
La obra empieza a tomar cuerpo en Francia. Regresa a Montpellier, y
en octubre lo detectamos en Nîmes. A continuación,
después de permanecer bastantes semanas en esta
población (tres meses por lo menos), lo hallamos en Lausana
(Suiza) en julio de 1850; en febrero de 1851 en Montpellier, y desde
Londres escribe el 14 de julio del mismo año. El Sr. Darby
tiene ya cincuenta años cumplidos.
Viaja por Inglaterra durante bastante tiempo (casi dos
años), y en 1853 otra vez a Montpellier. Lo reencontramos en
Irlanda en mayo de 1854, y en Londres el mismo mes, hasta agosto. A
principios de 1855 se desplaza a Elberfeld (Alemania), parece ser que
por primera vez; en el mes de abril aún escribe desde
allá. (Alemania llenó una no pequeña parte de su
ministerio, con grande bendición). En el mes de noviembre lo
hallamos en Inglaterra y en junio de 1856, nuevamente en Francia, en
el Gard (Nîmes).
En septiembre de 1857 inicia sus primeros contactos con creyentes
holandeses y escribe desde Rotterdam. Desde esta ciudad se traslada
otra vez a Alemania, y a primeros de 1858 regresa a Londres.
Permanece en Inglaterra, pero en octubre de 1859 escribe desde
Dublín; en abril de 1860 otra vez desde Nîmes (Francia);
en agosto desde Saint-Agréve (Ardeche), y llega a Lausana en
octubre, en donde queda tres o cuatro meses. Los años van
sucediéndose. J. N. Darby ha cumplido sus sesenta años
con una gran labor de ministerio oral y escrito en favor de las almas
en tinieblas y entre los hijos de Dios. El Maestro le dirige, y
él gobierna su vida, en la dependencia a los dictados de
arriba.
En octubre de 1861 escribe nuevamente desde Elberfeld (Alemania),
y en diciembre le hallamos nuevamente en Londres. Después de
visitar numerosas comarcas del país (pues la obra en
Inglaterra es importante: la nación número uno), en
otoño de 1862 lo hallamos en Canadá. Allá
permanece un año, aproximadamente, visitando numerosas
ciudades, y lugares inverosímiles entre los indios, los
leñadores, lugares que hasta poco —dice él—
eran el dominio de los osos y de los lobos.
Noviembre de 1863: otra vez en Londres, pero en febrero de 1864 lo
tenemos nuevamente en Lausana. (En la Suiza de lengua francesa la
obra fue muy bendecida. Podemos casi asegurar que
proporcionalmente al número de habitantes —unos
novecientos mil en la actualidad— es donde mayor número
de asambleas locales existen. algunas de ellas bastante numerosas, y
también mayor número de almas vinculadas al
testimonio).
En marzo de 1864 visita nuevamente Pau (fue el lugar en donde se
realizó la mayor parte del trabajo de traducción del
Nuevo Testamento en su versión francesa). En agosto del mismo
año escribe desde Zurich (es la primera vez que seguramente
visita la Suiza de habla alemana.) En octubre le hallamos nuevamente
en Londres, y en diciembre ha efectuado ya su segunda travesía
del Atlántico y escribe desde Montreal. A mediados de 1865
deja el Canadá y por tierra se traslada a los Estados Unidos.
Entra en contacto con diversos creyentes, principalmente oriundos de
Europa (franceses y suizos). Visita Nueva York y Boston, desde donde
probablemente regresa a Europa; llega en octubre del mismo
año, y después de visitar la Isla de Wight,
Dublín en Irlanda, y Glasgow en Escocia, regresa a Londres, en
donde fecha una carta en enero de 1866. Se traslada nuevamente a
Dublín en donde permanece hasta mayo, y desde allí se
dirige a París para regresar nuevamente a Londres, desde donde
volvemos a tener noticias en junio del mismo año.
En el mes de agosto vuelve a atravesar el Atlántico por
tercera vez; ha llegado al Canadá, por donde viaja durante
tres meses de un lugar a otro (Hamilton, Toronto, Guelph), para
dirigirse desde allí a Nueva York en el mes de noviembre,
donde se hospeda dos meses. En febrero de 1867 lo detectamos en
Boston por poco tiempo y de allí regresa a Nueva York, desde
donde, después de permanecer otros dos meses, se traslada a
Massachusetts, y desde Boston (capital del estado) escribe en mayo.
En junio le hallamos en Guelph (Canadá), lugar en donde se
daban las conferencias anuales, con la asistencia de hermanos
canadienses y norteamericanos. Se traslada a Toronto, donde permanece
por un tiempo, y otra vez desde allí a Nueva York hasta
finales de 1868. Regresa nuevamente al Canadá en marzo de 1869
(Montreal), y en julio le tenemos ya de regreso en Irlanda. Escribe
desde Dublín, y un mes más tarde desde Londres, en
donde reside hasta el 17 de noviembre. Nuevamente cruza el
Atlántico por cuarta vez, y a fines de año visita por
primera vez la Guayana Inglesa, las pequeñas Antillas
(Barbados, San Vicente), y Jamaica en las grandes Antillas. Pasan los
meses y escribe cartas desde Georgetown, Kingston, etc., hasta mayo
de 1869. Regresa a Londres, desde donde fecha una carta el 5 de
junio. En agosto otra vez le hallamos en Ginebra; a
continuación en Pau (Francia), y en noviembre en Elberfeld
(Alemania). En esta población permanece bastante tiempo, tal
vez cinco meses. Desde allí escribe mucho. En mayo de 1870 el
Sr. Darby se encuentra en Londres. Alcanza un hito en su pasaje
terrenal: tiene ya setenta años. (Sal. 90:10).
En julio de 1870 (año de la guerra Franco-Prusiana, en que
tantas circunstancias penosas sufrieron los franceses del norte en
particular y entre los tales bastantes hermanos), el Sr. Darby se
traslada al Canadá, atravesando el océano por quinta
vez. Escribe desde Guelph, reembarca en agosto, según se
deduce por su carta, y en septiembre escribe desde Londres. Su
permanencia en el continente americano ha sido muy breve. Seguramente
cambió sus planes al producirse la declaración de
guerra por parte de Napoleón III el día 15 de julio. En
esta fecha se hallaba en Guelph y podemos creer que su corazón
sufría. Tanto en Francia como en Alemania había
hermanos que debieron enrolarse en los respectivos ejércitos.
Esto es un desastre para los verdaderos hijos de Dios en las
circunstancias del desierto. En sus cartas de esta época nos
daremos cuenta de cómo trata todo este asunto, los derivados y
las consecuencias. Como siempre, dirige el corazón de los
santos, por encima de lo que es terrenal, con aquella
sabiduría y tierna delicadeza en favor de los que
podían verse involucrados por sentimientos nacionales.
Desde septiembre de 1870 le seguimos por sus cartas y nos damos
cuenta que esta vez ha permanecido en Inglaterra unos seis meses. En
junio de 1871 le hallamos en Dublín, en agosto lo encontramos
en Belfast, desde donde regresa a Londres el mismo mes. En septiembre
escribe desde la Suiza de habla francesa (Vevey). Leemos varias
cartas de fecha imprecisa y en noviembre lo hallamos en Turín
(Italia). Allí permanece hasta enero de 1872; entra en Francia
por Niza, de allí se traslada a Nimes, desde donde recorre el
Gard. En abril está en París, desde donde regresa a
Londres en el mismo mes. Pero he aquí que en junio lo hallamos
nuevamente en Boston, en su sexta travesía del
Atlántico. De Boston se traslada a St. Louis, Chicago,
Springfield, y de allí nuevamente a Chicago a final de
año. Parece increíble tanta actividad, a sus
años y en su tiempo. Desde el Estado de Kentucky escribe en
enero del 1873, en marzo desde Montreal (Canadá), y a
renglón seguido, regresa a Estados Unidos (Boston), yendo a
continuación a Nueva York (abril). El mes de julio de 1873
fecha sus cartas desde Inglaterra: Leeds, Ryde, Ventnor, Bath,
Hereford, Londres, Edimburgo (Escocia), otra vez Leeds, Londres,
Dublín (Irlanda), hasta finales de año.
Empezamos el 1874, y en enero lo hallamos en Belfast (Irlanda del
Norte), después viajando hacia París y en febrero en
Milán (Italia). En abril aún está allí y
el mismo mes se traslada a Vevey (Suiza de habla francesa). Escribe
mucho desde allí, y en junio lo encontramos en Dillenburg,
después en Siegen, Elberfeld (todo esto en Alemania), para
volver a Londres en julio.
A mitad del 1874, aproximadamente (Darby tiene ya 74 años),
emprenderá su séptimo y último viaje al
Canadá y Estados Unidos. Pero esta vez atravesará el
Continente americano de Este a Oeste, y desde San Francisco de
California, después de haber pasado cinco días y seis
noches en ferrocarril, embarcará hacia Nueva Zelanda.
Más de treinta días de buena navegación le
llevarán a Auckland, la más importante de las ciudades
neozelandesas, enclavada en la isla Norte (una de las dos grandes
islas del archipiélago); pero sigamos la ruta de sus cartas.
En el mes de septiembre de 1874 escribe desde Boston, en noviembre
desde Nueva York. Vuelve a Boston, donde permanece todo el mes de
marzo. Entre Concord, Nueva York y Filadelfia, el mes de abril y en
Chicago hasta junio. En agosto lo hallamos ya en San Francisco, a
orillas del Pacífico. De esta ciudad embarca ruta Nueva
Zelanda, a donde llega después de cinco semanas de
navegación. Escribe su primera carta desde Auckland, la
segunda desde Nelson, en la Isla Sur, en octubre de 1875, en donde
permanece unas semanas. En febrero de 1876 lo hallamos otra vez en la
isla Norte, esta vez en Wellington (la capital), y en marzo en
Christchurch, la ciudad más importante de la isla Sur. Desde
esta ciudad escribe que se propone trasladarse a Melbourne
(Australia) para asistir a una conferencia, y de allí a
Sydney, para embarcarse de regreso a San Francisco (EE.UU.).
Efectivamente: el 9 de junio de 1876 escribe ya desde esta ciudad.
Desde Brandford (Canadá), en el mes de julio, escribe a un
hermano de Francia: «Nueva Zelanda me ha tenido un poco alejado
de la obra de Europa; del cuerpo de la obra, no del corazón.
Ahora estoy ya de regreso, esperando encontrarme allá antes
del invierno. Cuando recibí su carta acababa de atravesar el
Pacífico; treinta y un días de mar, debiendo
añadir a esto cinco días y seis noches de ferrocarril.
Salvo el calor de estos dos últimos días, bastante
fatigoso, me encuentro muy bien por la bondad de Dios, y gracias a
Él he hallado a los hermanos de aquí gozosos y en paz.
Puede que sean un poco negligentes en relación con los de
fuera, pero son espirituales, piadosos, unidos, teniendo solicitud
los unos por los otros.»
Desde San Francisco (antes de trasladarse a Brandford para asistir
a una conferencia que reunió a numerosos hermanos del
Canadá y de los Estados Unidos) fue a Chicago, en donde
empezó a escribir la carta cuyo extracto queda indicado
anteriormente, y de allí a Hamilton, desde donde escribe a
mediados de julio. En Toronto fecha una carta el 20 de agosto; en
Belleville, en septiembre. Después se traslada a Quebec; en
noviembre escribe desde allí, y a finales de este mes
también desde Boston, en Estados Unidos. En diciembre
aún permanece en esta ciudad, no sé hasta cuando, pero
el hecho es que no ha regresado a Europa antes del invierno, como
tenía previsto. A principios de marzo de 1877 está en
Nueva York y el día 21 del mismo mes en Halifax, donde
continúa por algún tiempo. El 4 de junio escribe desde
Ottawa —la capital administrativa del Canadá—.
Después, parece ser que desde Quebec, regresó a
Inglaterra, y que de allí se trasladó a Dublín,
según una carta fechada el 23 de junio.
Ha estado ausente de Europa desde septiembre de 1874 hasta junio
de 1877 (casi tres años), visitando los países
nombrados. Aún tiene bastante energía, pero,
según confiesa, siente el peso de la vejez, aunque
también el de gloria. Se halla más desligado de la
tierra y más cerca del Señor. Sus cartas tienen cada
vez un sabor más celestial. Las hay que parecen venir de otro
mundo, y de estar escritas por un hombre de otra raza: realmente es
así.
Viaja y escribe desde Leeds, y regresa a Londres, donde permanece
por un tiempo. A finales de año se halla en Dublín,
lugar donde le sorprenden los albores de 1878. Escribe; siempre
escribe. Muchos días responde a trece o catorce
corresponsales, pero no es todo. Tenemos el compendio de su grandiosa
obra escrita, que ha ido creciendo a través de los
años, y que gracias a Dios tenemos a nuestra
disposición. Todo esto no ha sido obra de gabinete (aunque
también haya ocupado mucho tiempo en él), sino viajando
de aquí para allá, levantándose a las cuatro de
la mañana y trabajando hasta las once de la noche, un
día y otro día, un mes y otro mes; un año tras
otro. Con la fatiga de la vida, las enfermedades, los accidentes. Las
largas correrías, los viajes a caballo, la diligencia y el
ferrocarril de aquel tiempo. La alimentación, tan dispar
según los países, con lo que esto lleva aparejado
(peligro de constantes trastornos digestivos), etc. No es
comprensible —naturalmente hablando— su
proliferación de trabajo, tanto de cuerpo como de
espíritu, si hacemos abstracción de la energía,
la guía y el poder del Espíritu Santo. Durante semanas,
predicando cada día seis y siete veces. Los estudios con los
hermanos; las visitas por las casas, el tráfago de la lucha,
la contradicción de los incrédulos; el racionalismo que
invadía Inglaterra. ¡Siempre en la brecha!
En mayo de 1878 —este anciano— se desplaza aún a
Elberfeld (Alemania), a Zurich, Ginebra y Berna (todo esto en Suiza),
y en septiembre otra vez de regreso a Londres.
A principios de 1879 —ahora es preciso contar los meses muy
despacio, lo hallamos en Pau (Francia). Se hospeda durante seis meses
en casa del amado hermano Schlumberger, trabajando para completar la
versión francesa de la Biblia, o tal vez la revisión
del Antiguo Testamento, pues el Nuevo hacía años que se
había publicado. En julio escribe desde Londres, en donde
permanece un par de meses, y vuelve a trasladarse a Francia (siempre
amó mucho la obra de ese país). En septiembre escribe
desde Les Ollieres (Ardeche), y después desde Vernoux y
Montpellier en octubre. El mismo mes, regresa a Pau, desde donde se
dedica a escribir mucho y donde permanece tres meses con alguna
salida por los alrededores, y a Burdeos en diciembre de 1879, pero en
enero de 1880 escribe aún desde Pau.
A primeros de febrero fecha una carta desde Londres. En abril otra
desde Reading, donde creo que existían dificultades serias en
la asamblea local. En mayo está en Dublín, en junio en
Belfast, y en julio regresa otra vez a Dublín. En septiembre
se desplaza a Escocia (Edimburgo, Aberdeen), y en octubre regresa a
Londres.
Ha cumplido los 80 años, y no puede desplazarse como hasta
entonces (Sal 90:10).
En Londres permanece alrededor de medio año, hasta mayo de
1881, pero siempre con sus plenas facultades mentales e
intelectuales, trabajando en su gabinete, o en la cama, o como sea.
El 28 de junio escribe desde Croydon (cerca de Londres), en donde
permanece dos meses, y regresa a Londres, desde donde, a
continuación, vuelve a Croydon, y escribe también desde
Ventnor en el mes de octubre.
En el mes de enero de 1882 —año de su
fallecimiento— escribe aún desde Londres, y desde Croydon
en febrero, regresando a Londres nuevamente, desde donde fecha una
carta el 28 de este mes.
El 10 de marzo el Sr. Darby se halla ya en Bournemouth
—último viaje de peregrino y lugar donde terminó
su carrera terrestre. El día 11 se despide (por mano de otro,
pues no puede ya escribir) de su amado P. Schlumberger de Pau,
«deseándole la bienvenida en el otro mundo».
Aún leemos otra carta con fecha 28 de marzo, y el 29 de
abril de 1882 partió para estar con su Señor,
después de una carrera pletórica de un trabajo
bendecido.
Entierro del Sr. Darby
Como queda dicho anteriormente, J. N. Darby partió para
estar con Cristo el día 29 de abril de 1882. A
continuación traducimos y entresacamos, de una carta
manuscrita por un hermano testigo de la efemérides, unos
detalles de interés referentes a sus últimos
días, y en particular al entierro del amado siervo de Dios.
«Fue un día muy triste; sí, muy triste,
aquél en que nos tocó acompañar el cuerpo de
nuestro amado hermano a su última morada terrestre. Pero nos
consuela el hecho de saber que "ausente del cuerpo, estaba presente
con el Señor".
»El jueves que precedió su muerte, decía: "Soy como
un pájaro dispuesto a volar", y dos días
después, el sábado, 29 de abril, a las 10:55h. de la
mañana, dejó este mundo para irse con Cristo, "lo cual
es muchísimo mejor".
»Como que pensamos en la posibilidad de que hayan corazones
deseosos de conocer lo concerniente a las circunstancias del
día del entierro, damos unos pormenores tan simples y tan
exactos como son posibles. Sin embargo debemos advertir que nos
ceñimos a hechos exteriores, pues nos está vedado
precisar lo que sentían los corazones, cuyo estado sólo
puede valorar Aquel que lloró sobre la tumba de Lázaro.
»Nuestro hermano había permanecido las últimas ocho
semanas de su vida en el agradable y tranquilo hogar de nuestros
hermanos Sr. y Sra. Hammond, rodeado y cuidado con toda la ternura
que el afecto cristiano puede sugerir y proyectar. Tal fue su
última morada en vida. De allí salió para la
tumba.
»El 2 de mayo (día del entierro) tuvo lugar una
reunión de oración, previamente convocada para el
mediodía. Los que acudieron pudieron contemplar —al
atravesar el vestíbulo que precede el espacioso salón
donde la gente se reunió—, el féretro situado
sobre dos caballetes, en el que también podía leerse:
»"J. N. Darby, nacido el 18 de noviembre de 1800 y que
durmió en el Señor el 29 de abril de 1882."
»Como alguien dijo: la triste y solemne realidad para nosotros
consistía en el hecho de que nuestro amado hermano
había dejado este mundo. Que el instrumento escogido que
había trabajado —con afán— para apacentar el
rebaño de Cristo y para exponer las verdades y la riqueza de
la Palabra, había entrado en su reposo.
»En el mismo salón en que tuvo lugar un estudio sobre las
Escrituras y en el que sus últimas enseñanzas
impartidas habían versado sobre el tema expuesto al final del
cap. 3 de Efesios: "A fin de que Cristo habite por la fe en vuestros
corazones", los afligidos hermanos se hallaban ahora reunidos de
nuevo, esperando en Dios y en silencio, con dolor sincero, pero con
el sentimiento profundo de la presencia del Señor.
»Esta calma solemne fue interrumpida por el canto del himno: "El
reposo de los santos en lo alto", a continuación del cual un
hermano anciano rindió gracias al Señor, en primer
lugar por la gloria que ha puesto delante nosotros y que nadie puede
arrebatarnos, y después, por la plena suficiencia de Cristo y
por la certidumbre de Su bendita presencia hasta el final de nuestro
peregrinaje terrenal.
»A continuación, un hermano pidió al Señor que
la partida de nuestro amado hermano J. N. Darby pudiera ser bendecida
para todos, haciéndonos sentir la urgente necesidad de vivir
ocupados en el Señor mismo de una manera más real,
así como más consagrados a Su servicio.
»Otra oración siguió (y por cierto conmovedora), por
la cual un hermano agradeció al Señor el don que
había dado a la Iglesia por medio del servicio fiel que su
siervo había cumplido y por la vida de consagración que
vivió en conformidad con los principios que la habían
dirigido. Fue tan intensa su emoción, que no pudo continuar.
»Otro hermano, con acciones de gracias por todo el bien que el
ministerio del amado hermano nos había aportado, pidió
que su muerte ofreciera aún la posibilidad de hablar al
corazón de todos los que le conocían y que sus escritos
puedan contribuir de forma bendecida a proveer firmeza espiritual a
los santos.
»Y por fin, un hermano muy anciano oró con grande confianza
en Dios, y esta dulce, aunque triste y solemne reunión de
oración y acciones de gracias, finalizó con el canto
del himno: "Tú, manantial secreto de sereno reposo".
»Atendiendo a la sugerencia de un hermano, se procedió a la
lectura, en presencia de todos, antes de abandonar el salón,
de las últimas palabras que J.N.D. escribió.
»Hacia las tres de la tarde, el cuerpo fue conducido por ocho
hermanos a la sencilla carroza fúnebre que esperaba a la
puerta y que debía de conducirle al cementerio, situado a
respetable distancia. Ningún vehículo de duelo
siguió al féretro, únicamente algunos
cabriolés para los que no podían caminar tan largo
trecho. La mayoría de los que se habían reunido se
trasladaron al cementerio por un camino distinto del seguido por el
coche mortuorio, de suerte que no se diera motivo alguno para llamar
la atención del mundo. Hemos de notar que éste
había sido el deseo de nuestro amado hermano, deseo que los
hermanos respetaron.
»El cuerpo llegó al cementerio hacia las tres y media.
Centenares de personas se hallaban congregadas en el lugar para
recibirle. A una corta distancia de la puerta de entrada fue bajado
del coche fúnebre desde donde 24 hermanos, relevándose
de trecho en trecho, le condujeron a la sepultura. Alrededor de mil
santos afligidos rodeaban la fosa. Algunos habían venido de
Escocia, otros de Irlanda.
»Después de un momento de concentración espiritual,
un hermano (el Sr. Mac Adamm), indicó el cántico, del
cual ofrecemos la traducción libre:
- ¡Oh día precioso! viene el Señor
- A tomar a su pueblo que le espera
- Más allá de los cuidados de la tierra
- En donde no se conoce el pecar.
- ¡El Señor viene a buscar a los suyos
- Y a sentarlos con Él en su trono
- Para su gloria para siempre compartir!
- La mañana de la resurrección se acerca,
- Cada santo que duerme en el Señor será
despertado
- Y conducido a la luz plena.
- Día demasiado glorioso para los ojos mortales
- Cuando la Iglesia reunida
- Arrebatada será a las celestes esferas,
- Para siempre con Cristo estar.
- Oh Señor, ¡cuán lentos son nuestros
corazones
- Para el cántico eterno alzar
- Y gloria, honor y alabanza tributar!
- Pero hasta ese día de Gloria,
- Bendito Salvador, tú nuestro escudo serás,
- Pues a nuestras almas te has revelado
- Cual nuestra fuerza y castillo protector.
»Un hermano (el Sr. Stuart) leyó a continuación Mateo
27:61, y dijo: "¡Qué contraste entre el entierro del
Maestro, y el de su siervo para el cual nos hallamos reunidos
aquí hoy!
"José de Arimatea halló un lugar para el cuerpo
de su Maestro. Con la ayuda de Nicodemo, lo puso en un sepulcro nuevo
de su propiedad. ¿Pero quiénes eran las personas
afligidas? ¡Dos pobres mujeres! ¡Cuán significativa
y demostrativa es la realidad de la humillación voluntaria del
Dueño del Universo! Nuestros corazones se hallan tristes
alrededor de la tumba del discípulo, ¡pero cuánta
mayor tristeza sentían aquellas almas piadosas que le
habían seguido en la tierra, y qué diferencia
también en el carácter de este dolor!
"Una tristeza amarga, una angustia sin consuelo, llenaba los
corazones, pues en aquel sepulcro, al depositar el cuerpo del
Maestro, enterraban —al menos así lo creían—
todas sus esperanzas. Habían esperado que Él era el
libertador de Israel, pero había muerto, y toda la luminosa
expectativa en relación con la nación se había
esfumado juntamente con la vida de Aquel que había partido y
de la cual —pensaban— no les quedaba otra cosa que el
recuerdo. En este momento doloroso nada sabían de la
resurrección, mientras que nosotros nos hallamos alrededor del
sepulcro del servidor sabiendo que Jesús ha resucitado, y que
está con Su presencia haciéndonos
compañía en nuestra tristeza, así como
también que volverá pronto para tomarnos a Sí e
introducirnos en el cielo.
"¿Cómo podríamos haber venido aquí
con confianza y depositar en el sepulcro el cuerpo de nuestro hermano
amado si no tuviésemos firmemente asegurada la esperanza de la
resurrección? Cuándo pensamos en todos los gloriosos
privilegios que se desprenden de la resurrección de Cristo, un
gozo real se mezcla con el dolor que sentimos sobre una tumba que va
a cerrarse. En presencia de la muerte no nos conviene elogiar al
difunto. Un solo ser entre los que han pisado la tierra es digno de
alabanza. Es Aquel que ha vencido la muerte y que tiene todo el poder
sobre la misma, Aquel que muy pronto despertará de la tumba a
los que durmieron y llamará también con poder a los que
vivan para estar siempre con Él. El Señor murió
y fue sepultado, pero ha resucitado. "Mas cada uno en su orden:
Cristo las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida". Es
con esta esperanza bendita que nos consuela, que nos libera y
fortifica, que depositamos en la tumba el cuerpo de nuestro amado
hermano que partió."
»El servicio continuó con fervientes oraciones; se
leyeron y comentaron otras porciones de las Escrituras, entre ellas
Génesis 48:21. "He aquí yo muero, mas Dios será
con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros
padres." Un hermano (Charles Stanley) leyó también en
el Evangelio de Juan 14:1 al 3, y 1ª a los Tesalonicenses 4:13
al 18 lo cual fue también comentado. A continuación se
añadieron otras oraciones con himnos de esperanza.
»Después de un breve silencio, el ataúd fue
bajado a la fosa por diez hermanos, y uno de ellos confió el
cuerpo del siervo a los cuidados del Señor, hasta el
día de la resurrección. Aún se cantó otro
himno a Aquel que había tomado a nuestro hermano, y
finalmente, sin que nadie lo indicara, se elevó (como
proviniendo de un solo corazón y de una sola voz, con acorde
armonioso y gozoso a la vez), el canto de estas palabras:
- Gloria, honor, alabanza y poder,
- sean para siempre al Cordero.
- Jesús es nuestro Redentor,
- ¡Aleluya, Aleluya, Alabemos al Señor!
»Muchos dirigieron una mirada a la tumba, como un
último adiós en el desierto. Después nos
dispersamos, para pensar aún en aquél que reposa de sus
trabajos en la presencia del Señor».
-
Correspondencia sobre diversos temas
CARTA AUTOBIOGRÁFICA
La carta que damos a continuación es como una breve
autobiografía ceñida a un tiempo determinado (unos
treinta años). Seguramente es la única que en su
totalidad y de forma ordenada escribe de sí y de su obra. Como
se desprende de la misma, la redactó por solicitud del
profesor Tholuck, pero, como se ha hecho constar en otro lugar, no
fue enviada a su destino. Después de su fallecimiento, los
hermanos la hallaron entre sus papeles. Fue publicada en el
apéndice del tercer tomo de sus cartas en inglés, y el
año 1913 apareció traducida al francés en el
Messager Evangelique de Vevey (Suiza). Es de la versión
francesa que ha sido tomada para darla al castellano.
Al Sr. Profesor Tholuck
«Querido Sr. y hermano en Cristo:
Desde que nos vimos casi siempre he estado de viaje, de modo que
habría sido difícil enviarle el relato que
interesó de mí. Lo mejor que puedo hacer es
comunicarle, con toda sencillez, cómo han sucedido, en mi
caso, las cosas de esta obra de Dios, desde el principio.
Podrá comprender con facilidad que otros muchos han trabajado,
y muchos de ellos con más consagración que un servidor
—y aún con un resultado más relevante en lo que
concierne a las almas y la bendición de las mismas. Pero es de
la obra de Dios y no de nuestro trabajo que debo ocuparos, pues Vd.
extraerá de mi relato lo que convenga a sus propósitos.
Yo era abogado. Juzgando que si el Hijo de Dios se había
dado por mí, me debía por entero a Él, y que el
llamado mundo cristiano se hallaba, en relación con Cristo, en
una posición de ingratitud insoportable, mi alma suspiraba por
una consagración completa a la obra del Señor. Mi idea
era dedicarme a trabajar entre los pobres católicos de
Irlanda. Me recomendaron que empezara por hacerme consagrar. No me
sentía atraído a ocupar un cargo regular, pero joven en
la fe (no estando aún liberado, vivía más bien
gobernado por el sentimiento de mi obligación hacia Cristo,
que no lleno del convencimiento de que todo lo había hecho por
mí, y por lo tanto era rescatado y salvo), seguí los
consejos de los que tenían una posición más
adelantada que la mía en el mundo cristiano.
Fui consagrado, y me trasladé entre los pobres
montañeses de Irlanda, a una comarca inculta y ruda, donde
permanecí dos años y tres meses trabajando como mejor
pude. Sin embargo, sentía que todo esto no se
correspondía con lo que leía en la Biblia en
relación con la Iglesia y el cristianismo, ni con los efectos
de la acción del Espíritu de Dios. Mi espíritu
trabajaba sobre todas estas cosas desde el punto de vista
práctico. De todas maneras me ocupaba asiduamente de los
deberes del ministerio que me había sido encargado, trabajando
noche y día entre una gente casi tan rústica como las
montañas en que habitaban. Me sobrevino un accidente (mi
caballo se desbocó, y me lanzó sobre el quicio de una
puerta), que me inmovilizó por un tiempo, y estas ideas se
fueron desarrollando. Después de un gran ejercicio de alma, la
palabra de Dios tomó sobre mí una autoridad absoluta.
Siempre la había reconocido como siendo verdaderamente esto:
la Palabra de Dios.
Entonces comprendí que estaba unido a Cristo en el cielo y
que, en consecuencia, mi posición ante Dios era la suya, que
no se trataba más, ante Él, de este miserable
yo que me había cargado y fatigado durante seis o siete
años, en presencia de la ley. Entonces comprendí que la
Iglesia de Dios, en su aspecto real, se componía de los que
estaban unidos a Cristo, y que la cristiandad exterior no era la
Iglesia (salvo en relación con la responsabilidad de la
posición que ella pretendía gozar, verdad ésta,
por otra parte, muy importante en su lugar), sino que en realidad era
el mundo. De otro lado vi que el cristiano, teniendo un lugar en
Cristo en el cielo, no tiene otra cosa que esperar sino la venida del
Salvador, para encontrarse, de hecho, en la gloria que le ha sido
adquirida en Jesús.
La lectura de los Hechos me ofreció un cuadro de la Iglesia
primitiva, lo cual me volvió profundamente sensible al estado
actual de la amada Iglesia de Dios. En este tiempo caminaba ayudado
de muletas, de tal manera que no tenía ocasión de
mostrar mis convicciones o mis pensamientos de cara al mundo, y mi
salud no me permitía acudir al culto, por lo cual, me hallaba
forzado a abstenerme. En esto vi la buena mano de Dios viniendo en mi
ayuda, ocultando mi impotencia espiritual por medio de la
física. Entretanto, se desarrollaba en mi corazón el
pensamiento de que todo lo que el cristianismo había hecho en
el mundo no respondía de ninguna manera a las necesidades de
un alma que sentía lo que el gobierno de Dios debía
producir.
En mi forzado retiro, el cap. 32 del profeta Isaías me
enseñaba claramente de parte de Dios que había
aún una economía futura y todo un orden de cosas que no
está aún establecido. La conciencia de mi unión
con Cristo me había dado la parte celeste de la gloria; este
capítulo me hacía conocer la parte terrenal. No
podía aún situarlas, ni coordinarlas, como puedo
hacerlo ahora, pero las verdades estaban reveladas de parte de Dios,
por la acción de su Espíritu, en la lectura de su
Palabra.
¿Qué hacer? Veía en esta Palabra la venida de
Cristo para tomar a su Iglesia a la gloria. Veía la cruz,
fundamento de la salvación, cómo debiendo imprimir su
propio carácter sobre el cristiano y sobre la Iglesia hasta la
venida del Señor; veía que entretanto esperaba, el
Espíritu Santo era dado para ser la fuente de la unidad de la
Iglesia; la fuente de la actividad y de toda la energía
cristiana.
Por lo que atañe al evangelio, la diferencia no radicaba en
los dogmas. Las tres Personas en un solo Dios, la divinidad de
Jesús, cuya obra de expiación en la cruz, su
resurrección, su lugar a la diestra de Dios, eran verdades que
aprendidas como doctrinas ortodoxas, tenían una realidad
viviente para mi alma; eran las condiciones conocidas, sentidas,
actuales, de mis relaciones con Dios. No solamente eran verdades,
sino que además conocía personalmente a Dios de esta
manera; no tenía otro Dios que Aquel que se había
revelado así. Era el Dios de mi vida y de mi culto, el Dios de
mi paz, el solo y verdadero Dios.
La diferencia práctica de mi predicación, cuando
volví de nuevo al ministerio activo, fue ésta:
había predicado (en mi rol eclesiástico) que el pecado
había abierto un abismo entre nosotros y Dios y que solamente
Cristo podía taparlo o cubrirlo; ahora predicaba que
Cristo lo había hecho todo. La regeneración,
que era siempre una parte de mi enseñanza, se relacionaba
más particularmente con Cristo, el postrer Adán, y
comprendía más y mejor que se trataba de una vida real,
toda nueva, comunicada por el poder del Espíritu Santo; pero,
como he dicho, más en relación con la persona de Cristo
y el poder de su resurrección, que reúne al mismo
tiempo el poder de la vida victoriosa sobre la muerte, en una nueva
posición del hombre ante Dios. Es la liberación. La
sangre de Jesús ha borrado, en el creyente, toda mancha, toda
traza de pecado, según la misma pureza de Dios. En virtud de
su aspersión, única propiciación, puede
invitarse a todo hombre a acudir a un Dios de amor, que con este fin
ha dado a su propio Hijo.
La presencia del Espíritu Santo, enviado desde el cielo
para hacer morada en el creyente como unción, sello y arras de
la herencia —y en la Iglesia como poder que la une en un solo
cuerpo y distribuye a los miembros dones según su
voluntad—, tomó un gran desarrollo y una gran importancia
ante mis ojos. Con esta última verdad se relaciona la
cuestión del ministerio. ¿De dónde proviene? De la
Biblia; claramente de Dios, por la acción libre y poderosa del
Espíritu Santo.
En aquel entonces, cuando estaba ejercitado en estas cosas, aquel
con quien me hallaba, localmente, en relación cristiana, como
ministro, era un excelente creyente, digno de todo respeto y por
quien siempre he sentido un gran afecto. No sé si vive
aún; después de separarnos lo nombraron arcediano. Pero
eran los principios y no las personas lo que obraba sobre mi
conciencia, pues hacía tiempo que había renunciado ya,
por amor del Señor, a todo lo que el mundo podía darme.
Yo me decía: "Si el apóstol Pablo viniera
aquí, no le sería permitido (según el sistema
vigente) predicar siquiera, al no estar legalmente consagrado. Pero
si viniese un obrero de Satán, que negase al Salvador por su
doctrina, podría predicar, y mi amigo cristiano (con quien
comparto el ministerio parroquial) debería reconocerle como
coadjutor, mientras que no puede reconocer a uno, aun siendo fiel y
capacitado por el Espíritu Santo, si antes no ha sido
consagrado por el sistema." Todo esto es falso, pensé
yo. No se trata de abusos; éstos pueden existir por doquier:
se trata del principio del sistema. El ministerio pertenece al
Espíritu. Entre el clero hay personas que son ministros por el
Espíritu, pero el sistema está fundado sobre un
principio opuesto.
Desde entonces no pude continuar. En la Palabra hallaba a los
dones, y éstos eran los que servían en vez de un
clero fundado sobre otros principios. La salvación, la
Iglesia, el ministerio, todo quedaba ligado y todo se relacionaba con
Cristo, Cabeza de la Iglesia en el cielo; con Cristo, el cual
había realizado una salvación perfecta, y con la
presencia del Espíritu Santo sobre la tierra, uniendo los
miembros a la Cabeza y también entre sí, para formar un
solo cuerpo y obrando en ellos según su voluntad.
En la práctica, la cruz de Cristo y Su regreso
debían caracterizar a la Iglesia y a cada uno de sus miembros
(los miembros del Cuerpo). ¿Qué hacer? ¿Dónde
estaba esa unidad y ese Cuerpo? Y el poder del Espíritu
¿dónde era reconocido? ¿Dónde era esperado el
Señor?
Las Iglesias nacionales estaban unidas al mundo. En su seno,
algunos creyentes estaban diseminados en el mundo mismo de donde
Jesús los había separado. Y se hallaban separados unos
de los otros, mientras que Jesús los había unido. La
Cena, símbolo divino de la unidad del Cuerpo, había
venido a parar en el símbolo de unión entre éste
y el mundo; es decir, precisamente lo contrario de lo que Cristo
había establecido. La disidencia (los que no formaban parte de
las Iglesias nacionales), me ofrecía hijos de Dios, no lo
dudo, pero unidos sobre principios que no concuerdan con la unidad
del cuerpo de Cristo. Si me unía a ellos me separaba de todos
los demás. Era la desunión del cuerpo de Cristo y no su
unidad. ¿Qué hacer? Tal era la pregunta que se me
presentaba sin ninguna otra idea que la de satisfacer mi conciencia
según la luz de la Palabra de Dios. La expresión de
Mateo cap. 18 dio respuesta a mis anhelos: "Porque donde están
dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de
ellos". Exactamente esto era lo que precisaba: la presencia de
Jesús estaba asegurada a nuestro culto; es allí en
donde sitúa su nombre, como en otro tiempo lo había
hecho en el templo de Jerusalén, para que los israelitas
acudieran.
Cuatro personas que se hallaban más o menos en
idéntica situación espiritual que la mía,
habiéndonos reunido en mi apartamento y hablado de las cosas
que nos afectaban, les propuse partir el pan el domingo siguiente, lo
cual tuvo lugar en Dublín. Otras personas se unieron a
continuación. Pronto dejé mi residencia, pero la obra
tomó impulso en Limerick, ciudad también de Irlanda, y
a renglón seguido en otros lugares.
Transcurridos dos años (en 1830), me trasladé a
Cambridge y Oxford. En esta última población algunas
personas todavía activas en la obra compartieron de mis
convicciones, y sintieron que la Iglesia debía ser para Cristo
como una Esposa fiel.
Fui invitado a desplazarme a Plymouth para predicar, lo cual
también acepté e hice. Predicaba por doquier donde me
solicitaban, sea en los templos, o bien en locales particulares.
Más de una vez, aun con los ministros del clero nacional
(anglicanos), hemos partido el pan el lunes por la noche,
después de reuniones de edificación cristiana en las
cuales había libertad para leer, orar o indicar un himno de
alabanza. Unos meses después, empezamos a realizarlo los
domingos por la mañana, usando de la misma libertad, pero
añadiendo la Cena a nuestras actividades en este día,
pues teníamos y tenemos el hábito de participar en ella
todos los domingos (a veces se ha participado más a menudo).
Más o menos, en esa misma época, en Londres,
también empezaron a gobernarse siguiendo esta línea de
conducta.
La unidad de la Iglesia, cuerpo de Cristo, la venida del
Señor, la presencia del Espíritu Santo, tanto en el
individuo como en la Iglesia; un desarrollo asiduo de la Palabra; la
predicación del Evangelio como obra de pura gracia; obra
cumplida y por lo tanto dando al corazón (por el
Espíritu Santo) la seguridad de la salvación; la
separación práctica del mundo; la consagración a
Cristo como siendo el que ha redimido la Iglesia; un andar, no
teniendo otro motivo o regla que Él; en fin, otros temas en
relación con los citados. Todo esto ha sido tratado y
promovido en publicaciones separadas o en escritos periódicos,
y estas verdades se han difundido ampliamente.
Un buen número de ministros nacionales (anglicanos) dejaron
los cargos de sus iglesias para andar según estos principios,
e Inglaterra se llenó poco a poco de reuniones más o
menos numerosas.
Siendo Plymouth el lugar en donde se editaban la mayoría de
estos escritos, la denominación de "hermanos de Plymouth" vino
a ser la usual para identificar esas reuniones.
En 1837 visité Suiza, y estas verdades empezaron a
introducirse. Repetí esas visitas varias veces. La segunda vez
me hospedé en Lausana por un tiempo, y allí Dios
operó conversiones y reunió a un buen número de
sus hijos fuera del mundo. En Suiza había disidentes de la
Iglesia oficial desde hacía veinte años, y
habían sufrido fielmente por el Señor en aquel tiempo,
pero no había mucha actividad entre ellos, y el avivamiento
inicial se encontraba en vías de extinción. Por la
bondad de Dios, su obra se ha multiplicado por el país y las
conversiones han sido numerosas. En cambio, en la Suiza de lengua
alemana no se ha alcanzado tanto desarrollo.
Durante dos de mis permanencias en Lausana, algunos creyentes
jóvenes que deseaban consagrarse a la evangelización
pasaron cerca de un año en mi compañía
estudiando la Biblia. También participábamos
conjuntamente, y cada día, en la celebración de la
Cena.
En el mismo tiempo, aunque con independencia de lo que
sucedía en Suiza, un hermano que trabajaba en Francia, en la
obra del Señor, despertó la atención en un
distrito de considerable importancia por su extensión; lugar
que se caracterizaba por la incredulidad y las tinieblas.
Algunos de los jóvenes hermanos de quienes he hablado, y
dos o tres más, conocidos, pero que no habían estado
conmigo, fueron a trabajar a Francia. Otros obreros de diversas
Sociedades, sintiendo que serían más felices trabajando
bajo la dirección inmediata del Señor en vez de
sujetarse a cualquier comité (organismos que por otro lado no
son conocidos, ni de hecho ni por principios, en la Palabra, y a los
que además la posesión del dinero les confiere el
derecho de dirigir la obra del Señor), han renunciado a su
salario y se han consagrado a la obra, confiándose a los
siempre fieles cuidados del Señor. Dios ha suscitado otros,
aunque es bien cierto "que la mies es mucha y los obreros pocos".
Dios ha bendecido abundantemente a estos obreros, y ha habido
numerosas conversiones en la Francia meridional. Desde el principio
visité esas comarcas y compartí con ellos las penas y
las vicisitudes de la obra con alegría, pero han sido esos
esforzados hermanos a quienes corresponde el honor de este trabajo.
En algunos lugares, las primeras fatigas han sido mi porción;
en otros solamente he visitado y ayudado, cuando la obra, gracias a
Dios, había sido ya establecida. El Señor nos
concedió ser de un corazón y un alma para ayudarnos
mutuamente, buscando el bien de todos y reconociendo nuestra
debilidad.
Casi al mismo tiempo comenzó en el este de Francia una obra
parecida, pero también con independencia de ésta. Ha
sido visitada, y en la hora presente su extensión abarca desde
Basilea hasta los Pirineos, con una gran laguna, teniendo como
cabecera la ciudad de Toulouse. El país está más
o menos sembrado de reuniones, y la obra, por la gracia de Dios, se
va extendiendo todavía.
Debo decirle que jamás me mezclé ni intervine en
manera alguna en la vocación ni en la obra de los hermanos que
estudiaron la Biblia conmigo. Refiriéndome a algunos de ellos,
tenía la convicción de que Dios no los había
llamado, y efectivamente la cosa quedó confirmada, pues de
hecho volvieron a sus ocupaciones ordinarias. En cuanto a los
demás, he procurado ayudarles en el estudio de la Biblia,
comunicándoles las luces que Dios me impartía, pero
dejándoles por entero la responsabilidad de su vocación
tanto para la obra de evangelización como de la
enseñanza de la Palabra.
Hemos tenido el hábito de reunirnos de tiempo en tiempo por
unos días cuando Dios nos ha deparado la ocasión, para
estudiar todos juntos temas bíblicos o libros de la Palabra y
comunicarnos mutuamente lo que Dios había dado a cada cual.
Durante algunos años, tanto en Irlanda como en Inglaterra,
habían tenido lugar grandes conferencias con motivo de lo
acabado de exponer. Estas conferencias duraban una semana. Tanto en
el Continente (europeo), como en Inglaterra esto ha variado, y ahora
son menos frecuentes. En tales circunstancias hemos pasado quince
días o tres semanas estudiando alguno de los libros de la
Biblia.
Mi hermano mayor —que es también cristiano—, ha
vivido dos años en Düsseldorf. Se ocupa también en
la obra del Señor. Ha sido de bendición para algunas
almas en los alrededores de esta ciudad. Estas almas, a su vez, han
propagado la luz del Evangelio y la verdad, y un cierto número
de personas se reúnen en las provincias renanas (es decir,
provincias situadas en las orillas del río Rin). Se han
traducido diversas publicaciones y tratados de los hermanos, y se han
repartido profusamente, y así se halla diseminada la luz en
relación con la liberación del alma, la posición
de la Iglesia, la presencia del Espíritu Santo aquí,
entre los santos, y el regreso del Señor. Dos años
después, ayudado por las luces proyectadas por este ministerio
escrito —según creo—, pero independiente de esta
obra, ha tenido lugar en Elberfeld un movimiento del Espíritu
de Dios. Existía allí una "Hermandad" que empleaba doce
obreros, si no me equivoco. El clero ha querido prohibir a estos
obreros la predicación y la enseñanza del Evangelio.
Instruidos sobre la libertad del ministerio del Espíritu y
compadecidos por amor a las almas no han querido obedecer esa orden.
Siete de esos obreros y otros miembros se han separado del grupo, y
algunos de ellos, con otros que Dios ha suscitado, han continuado la
obra de evangelización que se ha extendido desde Holanda
(Gueldres) hasta Hesse. Las conversiones han sido numerosas, y varios
centenares de almas se reúnen ahora para el partimiento del
pan. Más recientemente, la obra ha comenzado a establecerse en
Holanda, así como también en el sur de Alemania Por
medio de otros instrumentos de Dios, ya existían algunas
reuniones en el Würtemberg.
La evangelización de Suiza y de Inglaterra, saltando el
océano, ha formado varias reuniones en Estados Unidos y en el
Canadá. Desde allí se ha extendido a los negros de
Jamaica, la Guayana inglesa, y entre los indígenas del Brasil,
en donde un hermano se ha abierto camino, pero ha muerto, y no
sé si otro hermano conocerá bastante la lengua para
continuar esta obra que había sido bendecida.
Las colonias inglesas en Australia también tienen sus
reuniones de hermanos, pero no me extiendo más, pues creo que
este resumen le bastará.
Los hermanos no reconocen otros cuerpos sino el de Cristo, es
decir, la Iglesia de los primogenitos en conjunto. También
reconocen a todo cristiano (puesto que es miembro de Cristo) que ande
en la verdad y en la santidad. Su esperanza de salvación
está fundada sobre la obra expiatoria del Salvador, del cual
esperan Su regreso según la Palabra. Creen en la unión
de los santos con Él, como un cuerpo, del cual también
Él es la Cabeza. Esperan el cumplimiento de la promesa de Su
venida, para ser introducidos en la casa del Padre y estar
allí donde Él está. Mientras están a la
expectativa de estas cosas, deben llevar cada uno su cruz y sufrir
con Él, separados del mundo que le rechazó. Su persona
es el objeto de la fe, su vida el ejemplo a seguir en la conducta. La
Palabra, a saber, las Escrituras inspiradas de Dios, es decir, la
Biblia, es la autoridad que forma su fe; es el fundamento, lo cual
también reconocen como debiendo ser lo que gobierne sus
acciones. Y el Espíritu Santo, el único que puede
hacerla eficaz por medio de la vida recibida y por la práctica
de la misma.»
-
Fragmentos de cartas en relación con el
interesante tema de:
Cuerpo, Alma y
Espíritu
St. Hippolite, 1851.
Al Sr. M.:
«Amado hermano,
Respondo brevemente a sus preguntas, según mi capacidad.
En general, "alma" y "espíritu" son casi equivalentes,
siendo usadas de una manera un poco vaga en contraste con el cuerpo,
para significar la parte espiritual, inmortal, responsable e
inteligente del hombre. En el pasaje que Vd. cita, (aunque no incluye
la cita, seguramente se trata de lª a los Tesalonicenses 5:23),
pienso que el apóstol procuraba sobremanera desarrollar ante
los Tesalonicenses la santificación íntegra del hombre,
designando para tal fin todo lo que puede distinguirse en él.
Sin duda alguna, el Espíritu ha querido hacernos discernir
estas cosas en nosotros mismos. La diferencia entre ellas me parece
que es la siguiente: Tenemos el cuerpo, que es dependiente de la
inteligencia y de la voluntad, en bien y en mal, y el canal de las
impresiones de lo que está fuera de nosotros, el vaso y el
instrumento de nuestras pasiones; no es preciso que me extienda sobre
el particular.
El alma es la vida natural en donde radican las afecciones
y toda la acción vital que nos distingue de la existencia
vegetal; supone una voluntad y más o menos la inteligencia.
Así pues, una bestia tiene un alma, un alma inferior sin duda
alguna, bajo todos los aspectos, pero la tiene. Pero está
escrito que Dios alentó en la nariz del hombre soplo de
vida; y vino a ser en alma viviente; esto es lo que
esencialmente distingue al hombre de la bestia. Dios hizo que de la
tierra surgieran toda suerte de animales, para venir a existir, como
seres vivientes, según su voluntad suprema; pero jamás
alentó espíritu de vida en las narices de los tales.
Esta diferenciación nos constituye en linaje de Dios.
(Hch 17:29). Ahora bien, podemos engreírnos, querremos ser
independientes, desearemos razonar sobre Dios, para querer ser como
Él, o bien al contrario, anhelaremos recibir las
comunicaciones que nos hace su Espíritu para sentir nuestra
responsabilidad y someternos, amar subjetivamente, lo cual
corresponde a obedecer de corazón. Ocuparnos de sus
pensamientos y recibirlos con sumisión, esto es la
santificación de espíritu.
Las afecciones del alma pueden tener el Yo por centro, o ser
ordenadas según Dios y ser así santificadas. A menudo,
como ya he dejado dicho, el espíritu, —punto de
contacto del alma con Dios—, está comprendido en la
expresión "alma", pues es por este soplo / espíritu de
vida que el hombre vino a ser en alma viviente. El
corazón es el alma contemplada desde el punto de vista de
las afecciones, y con frecuencia se identifica con las mismas; por
ejemplo: cuando decimos "de todo corazón", "tiene mucho
corazón", etc. El espíritu es el alma desde el
punto de vista de su inteligencia, por lo cual queda bajo
responsabilidad. Si contemplo el alma desde esta perspectiva
diré: "mi espíritu", si lo hago desde el lado de las
afecciones, diré: "mi corazón".
En la conciencia hay dos partes: el sentimiento de la
responsabilidad hacia uno a quien se es deudor, y el conocimiento del
bien y del mal. La primera parte existía ya en la inocencia, y
existe por doquier donde subsiste la conciencia de la relación
que nos sitúa en la posición del deber. El conocimiento
del bien y del mal, que nos hace sentir, en nosotros mismos, la
diferencia entre las cosas buenas y las malas, convenientes o
inconvenientes, lo hemos adquirido por la caída —terrible
conocimiento y agravamiento de la responsabilidad para un pecador ya
comprometido, pero necesario para tenerlo frenado y darle el
verdadero sentimiento de su obligación.
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