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JOHN NELSON DARBY

«IGNORADO, MAS CONOCIDO» (2ª Co. 6:9)
BREVE RESUMEN DE SU VIDA Y MINISTERIO
COMPENDIADO DE SU CORRESPONDENCIA

Celestino Sanz C.



Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es vano.
(1 Co. 15:58.)



El cartero se cruzó en la calle con una señora conocida.

—Buenos días, Sra. Reguant. Tengo carta para Vd.; tómela, por favor, y me ahorra llegar hasta su casa.

—Gracias, señor. —Lidia tomó la carta, y al llegar a su vivienda, la abrió sin dilación. Era de su esposo. He aquí su contenido:

Castellformós, 14 de Septiembre de 197...

A Lidia Serra. Vilargent.

Amada esposa y hermana en el Señor:

Me veo precisado a enviarte dos líneas apresuradamente, para notificarte que mi regreso no será como había previsto, el próximo martes. Tengo por cierto que el Señor va a retenerme aquí bastante tiempo. Las almas tienen sed de la Palabra de Dios. La gracia les ganó y están gozosas, pero precisan ser confirmadas y enderezadas en la verdad que acaban de conocer.

Yo sé que aceptarás este tiempo sin mi compañía, pues conozco sobradamente la consagración de tu espíritu al servicio del Maestro. Tu vida —a través de los años de nuestro matrimonio— ha sido una constante renuncia, silenciosa y sin reivindicaciones, por amor a los demás. Las horas que pasaste solitaria a ojos humanos fueron para ti una escuela de gozo, por la suficiencia de la compañía invisible, pero no menos real, del bendito Peregrino que siempre te acompañó, y la guía y dirección del Espíritu Santo imprimieron consolación a tu alma.

Rindo este tributo de admiración a la compañera que Dios me dio, la cual muchas veces animó con ternura fraterna mi espíritu abatido por el combate, y también me ayudó en mis debilidades; instrumento de Dios en bendición para mi vida en Cristo. Ha sido para mí, a la vez, un privilegio poderte ser útil en los desfallecimientos de un corazón demasiado sensible al dolor, y sobre todo al dolor de los demás.

Los años han marcado tu negro cabello con hebras de plata, pero también tu corazón con la suficiencia en la confianza y el reposo en Aquel que jamás defrauda a los que esperan y confían en Él.

Cuídate y saluda a mis amados hermanos en la fe; particularmente a Ricardo y a Pedro, con quienes hemos sufrido un poco, pero gozado un mucho en el Señor.

Mucho me alegraré de que mi ausencia no sea causa para que cesen las reuniones que en casa asiduamente teníamos. Que el Señor os sea propicio, para provecho y bendición.

Te iré escribiendo, teniéndote al corriente de la obra en este lugar. Entre tanto, amada, quedas siempre en mi memoria y en el tierno afecto de mi corazón, como esposa y hermana en Cristo nuestra esperanza.

Juan.

La lectura de esta carta, produjo en Lidia, un sentimiento de resignación, pero, después, el ejercicio responsable de la compañera de un hombre de Dios; hombre sencillo, pero consagrado al servicio del Maestro. Su esposo la alababa con entusiasmo. La carta era un fiel reflejo del sentir de Juan por su esposa, pero aunque tal vez el amor sobrevaloraba un poquito las cualidades de Lidia, había en ella una bendita realidad: era una buena esposa, una buena madre y una abnegada, servicial e inteligente hermana.

He aquí pues, otra vez, la casa de nuestros amigos.

El timbre sonó; Lidia abrió la puerta, y Roura, afable, tomó la mano que su hermana en la fe le tendía.

—Entra, entra. Aún tengo la carta sobre la mesa. Juan, tal vez tardará un tiempo en volver. Hay bendición allá, y él siente el afecto de un padre por esos hermanos. No quiere dejarlos solos; son muy tiernos todavía.

—¿Un padre, dices? Sí, es un padre. Para mí ha sido eso —dijo Roura—. Él un padre, y tú, una hermana paciente.

—Bueno, hombre, él también tuvo un padre espiritual, y yo una madre, pues en la familia de Dios existen esos estados y esos lazos. Todo lo dispensa el Padre Celestial, origen de toda bendición, pero... ¿de dónde vienes con maletín y ropa de viaje? —preguntó Lidia.

—Estuve en Lérida un par de días a causa de la venta de la fruta que allí tengo, pero ahora, gracias a Dios, otra vez en Vilargent; terminé mis comisiones allá. Al bajar en la estación —como que está cerca—, pensé: voy a ver si Juan regresó o regresa pronto. Por eso me ves así, y a esta hora.

—No, ya ves que no. Pero Juan escribe (aparte de enviar muchos saludos para todos, especialmente para Ricardo y para ti), que me hagáis un poco de compañía, como cuando él está. Os agradeceré pues, que no tengáis a esta solitaria (casi anciana), desamparada, dijo con una confiada sonrisa.

—¿Cómo? Vendremos como siempre. Me voy, Lidia. A la tarde iré a buscar a Ricardo y pasaremos un buen rato en este hogar bendito.

Y fue así. Ambos subían gozosos por el conocido camino de siempre y, llegados, entraron saludando a la dueña de la casa, y preguntados por la salud, las circunstancias de la vida diaria y la familia, Lidia dio las noticias que eran de provecho, para el conocimiento de los hermanos.

—Es un privilegio —dijo Roura—, que tengamos a Juan. Dios le ha dotado de energía y de tacto a la vez. Además de equilibrio y facultades en el discernimiento de la Palabra. Ahora está haciendo la obra suya; la obra paciente y sabia de apacentar a los corderos del Señor. Se le puede aplicar que «cuando apareciere el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria». (1 P 5:4).

—Eres muy generoso con la apreciación que tienes de Juan, pero a él no le digas esto. Es un hombre como los demás y podría envanecerse. Satanás es muy astuto e incluso trata de sacar provecho de los sentimientos sinceros que tenemos hacia los hermanos —dijo Lidia.

—Sí, claro —terció Graells—, pero aquí en la intimidad y en su ausencia, el corazón se ensancha por el afecto que le tenemos en Cristo. Me gustaría tanto poderle acompañar en este servicio ..., pero el Señor da a cada cual su propio trabajo.

—Ahora que hablas de trabajo y de servicio, recuerdo el hecho de que estoy leyendo una literatura muy edificante e instructiva, a la par que interesante. Tengo en casa la colección completa del Messager Evangelique, editado en la Suiza de habla francesa, desde hace ya ciento diecisiete años (son muy constantes esos hermanos). Como que poseo un índice de todos los temas que existen en la colección, he ido separando todas las cartas del Sr. Darby, desde 1832, hasta 1882, año en que murió. No sé, pero hay muchas. Tal vez quinientas. Aunque mi conocimiento del francés no es tan perfecto como yo deseara, su lectura me es bastante familiar, si se trata especialmente de las cosas del Señor, y así empecé a leer, sin orden, algunas de ellas que, dicho sea de paso, me han llamado poderosamente la atención. Después las he ordenado por fechas, para seguir su obra con un orden cronológico, y mi interés ha ido creciendo. ¡Es una maravilla! He dejado, de momento, la tarea de leer, y estaba pensando en algo que quiero exponeros y que puede ser de utilidad.

»Hay un trabajo laborioso y paciente a realizar. Tampoco propongo la cosa como siendo inmediata, pero me gustaría que cuando Dios nos conceda que Juan vuelva, nos hallara ocupados en algo que seguramente le depararía una agradable sorpresa. Digo "nos hallara", porque yo solo no puedo llevarlo a cabo, ni por tiempo ni por capacidades. Pero colaboraré y os ayudaré con todas mis fuerzas. Esto es algo en que Lidia puede ser útil; muy útil. Seguramente más que nadie. En primer lugar es la hormiga tenaz, y en segundo, conoce la lengua francesa más y mejor que todos nosotros, y además entiende lo que lee con ventaja sobre mí.

—Y sobre mí, añadió Graells.

—Por favor, hermanos hoy es el día de las alabanzas para el matrimonio Reguant. No seáis tan entusiastas en cuanto a nosotros. El incienso para el Señor. Pero vamos a ver, tenemos derecho —ya que nos propones un trabajo— a saber no sólo el principio, sino también el final. Has leído, has clasificado, y ahora, ¿de qué se trata? —preguntó Lidia.

—Pues se trata de lo siguiente —y Roura continuó—: Tengo la idea de compaginar un resumen de las actividades de J. N. D., tomando como fuente de información sus conocidas cartas. Esto abarca un período de cincuenta años, y ellas dan cuenta de todos sus viajes en su país y en el extranjero, que fueron muchos. No olvidemos que eran los inicios del ferrocarril y de la navegación a vapor, pero aún se usaba la diligencia en todos los desplazamientos locales y comarcales, sin olvidar el caballo, amén de, por multitud de parajes, las insoslayables marchas a pie. Pero no se trata de sus viajes solamente (esto es lo menos importante). Lo más interesante son sus consejos, su servicio en favor de todos, la predicación de la palabra de Gracia, el magisterio que impartió a las ovejas y corderos del rebaño de Cristo. Hombre dotado de una inteligencia singular y de una vasta cultura, pudo luchar contra la incredulidad, contra el racionalismo que invadía Inglaterra en aquel entonces, contra las herejías; es decir, como fiel paladín de la verdad de Dios, fue hombre de brecha y de lucha aun a su pesar. No era contencioso, sino sufrido, paciente, tolerante (salvo contra el mal que empañaba la gloria y los derechos de Dios en la Asamblea). No se preocupaba de su persona, pero sí de lo que afectaba a los intereses de Cristo. En fin, yo soy un hombre entusiasmado con su ministerio, y he recibido y recibo aún tanto bien, que no me cansaría de prodigar elogios a su persona, ahora que no puedo dañarle con mi admiración. Pensaba ordenar un poco sus temas, siguiendo un orden de tiempo según la fecha de sus cartas, pero lo veo muy difícil, por el hecho de que los mismos temas, con determinadas variantes, los hallamos a través de todas sus cartas. Es una lástima, pues uno se da cuenta de que su peso era más efectivo, a medida. que transcurrían los años. Así, he optado por señalar una temática, sin tener demasiado en cuenta la cronología. Por lo general sus conclusiones eran siempre sabias, presentadas con poder y enfatizando la verdad, que por otra parte, se recomienda a sí misma. En fin, podría extenderme más, pero os adelanto solamente la idea. Si cristalizará o no, no lo sé. Dios lo sabe. Tú, Ricardo, también tienes esa colección y en la estantería de Juan también la he visto.

—Si yo la adquirí, fue por vuestro conducto y unos hermanos de Francia me proveyeron de ella; me la regalaron. Esto no tiene precio.

—Sí, es bien cierto que la tenemos, y conocemos y admiramos el valor inestimable de estos cuadernos que, desde antes de la guerra franco prusiana, han llegado hasta nuestros días. Han pasado muchas cosas en ciento diecisiete años. Tanto en el mundo como en la Cristiandad, y también en el Testimonio.

»¡Qué temas de meditación hallamos! Libros debidos a la pluma de los que nos precedieron. Aquellos hombres de la primera generación del Testimonio, que vivieron tan cerca de Dios, en la dependencia del Espíritu Santo, acatando el señorío de Cristo: J.N.D., Bellet, Kelly, Mackintosh, W. Trotter, W. J. Lowe y muchos más, después H. Rossier, Ladriere, S. Prod'hom, etc., y otros muchos, cuyos nombres silencio porque aún están peregrinando entre nosotros, pero por los cuales damos gracias a Dios. Tengo que confesar con gozo que ha sido para mí una fuente de bendición, de instrucción y de interpretación. Es difícil no hallar respuesta a cualquier tema, asunto, problema, etc. Además poseo, al igual que Roura, un índice que abarca ochenta y siete años. Éste ha sido un trabajo de paciencia, abnegación, constancia... ¿Quién lo hizo? No lo sé. Nadie ha puesto su firma, pero ahí está: Humilde, modesto; pero rotundamente eficaz. Gracias a Dios por ello. Mucha parte de mis conocimientos —aunque bien limitados por cierto— los debo sin embargo a este vasto trabajo de más de un siglo de proyección (son 117 volúmenes). Los correspondientes redactores (no han sido muchos, pues conscientes de lo que hacían y para quien lo hacían, Dios les proveyó de un espíritu de firmeza, exento de desmayos), se fueron sucediendo en la medida que quemaron sus vidas en este trabajo. También damos gracias a Dios por el silencioso y anónimo trabajo de los expedidores, compaginadores y por todos los que dedicaron su tiempo, haciendo, solícitos, la labor de la hormiga. Su trabajo no ha sido en vano. Hoy gozamos en leer artículos, conferencias, meditaciones, estudios, cartas, etc., bien sustanciosos y edificantes, de fechas en las que nuestros padres aún no habían nacido, y este alimento es de positivo beneficio para la generación actual. Claro, ya veis que no sólo la conozco por tenerla en la estantería, sino que me he ocupado en ella muchas horas de mi vida (podría decir que después de las Escrituras, es lo que más he leído), pero nunca se me había ocurrido la idea del amado Roura, y no sé si a Juan y a Lidia se les ocurrió alguna vez, porque en los años que hemos comentado tantas cosas de su contenido, y entre ello las cartas —pues son muy conocidas (existen tres tomos en inglés con la totalidad relativa de las que escribió)—, nunca pensamos en un trabajo semejante, pues ni en francés existe (creo yo), ningún volumen que compagine las quinientas y pico de cartas, que en los ciento diecisiete años, están diseminadas a través de las aproximadamente cuarenta mil páginas del Messager. Eso sí, si no estoy mal informado, creo que existe un folleto, del depósito de Vevey, más bien reducido, con extractos de estas cartas. Felicito pues a Roura por esa idea genial, y propongo que oremos por este asunto. Si el Señor no muestra ni dispone lo contrario, me pongo a la disposición de mis hermanos para hacer lo que Él estime mejor en este trabajo. Tengo confianza en los propósitos y en el orden de las ideas de Pedro —Así respondió y se expresó Graells.

Lidia, a su vez, añadió:

—Aunque no tengo los ánimos, ni la energía de antes (los años no pasan en vano), dispongo de tiempo, y lo que no haga la energía, contando con el Señor, lo hará el tiempo. No sé cuando volverá Juan. Estamos acostumbrados a contar siempre con él, sobre todo yo, claro está, pero me gustaría que se llevara una sorpresa, aunque bien mirado, no se la llevará; él conoce de lo que sois capaces, pero digo una sorpresa en el sentido de encontrar a su regreso algo en lo que ni tan siquiera había pensado, pues como ha dicho Ricardo, de esto nunca habíamos hablado antes. Estoy de acuerdo en hacer de secretaria y traductora, pero Ricardo tiene que traducir también, él lo hace bien; lo prueba todo lo que ha traducido. No, no te excuses. Ninguno de nosotros somos profesionales, ni eruditos en cuestión de letras ni en idiomas, pero sí se puede ofrecer algo que sea legible; que sea comprensible; y si los que lo leen son benévolos con nosotros, ya podemos darnos por pagados. Hemos de hacerlo con el intento de ser de ayuda, como otros lo fueron y aún lo son en favor nuestro.

—Bueno, bueno, no me excuso del trabajo, pero yo haré lo menos comprometido, pues tú me aventajas, Lidia y no lo digo para halagarte; la realidad es la realidad —dijo Graells.

—¿Qué has dicho, Ricardo? ¿Qué insinúas con tu respuesta? ¿Yo, tengo que dirigir todo este trabajo? —intervino Roura—. No, esto no puede ser. Yo lo he propuesto y ayudaré en todos los conceptos, pero no estoy capacitado para más. Preguntádselo a Juan. El trabajo de dirección es cosa tuya, Ricardo.

—Mira, amado: yo te conozco bastante. Hace muchos años que me abriste tu casa y tu corazón. Conozco tus costumbres, tus capacidades, tus ejercicios, y tu amor para los hijos de Dios. Eres humilde, pero un poco acomplejado a la vez; lo primero está bien, lo aceptamos, lo admiramos y damos gracias a Dios por ello, pero de lo último tienes que desembarazarte. Sí, tú eres un «payés» [denominación del hombre de campo catalán], pero eres un señor «payés». Tienes más cultura de la que muchos quisieran para sí. Tus padres pudieron enseñarte, y si has continuado con la hacienda es porque eres un enamorado del campo y de la naturaleza, y has preferido esta actividad al mecanismo de la complicada civilización industrial y comercial. Esto, por mi parte, te lo alabo. Pero de ahí a que siempre te presentes como un labriego ignorante no lo acepto. Eres más reflexivo que nosotros, más ordenado, y en términos generales tienes más conocimientos de nuestro entorno. En la vida espiritual, tal vez no tienes tanta actividad visible como nosotros; no eres un analista de la talla de Juan, ni profundizas como él. Es mayor que tú, y su vida ha estado marcada por la lucha. Hay pues, una experiencia y un discernimiento. Esto lo reconocemos todos, pero no tienes por qué situarte tanto en la retaguardia. Hoy estamos aquí; mañana quién sabe. Somos unos frágiles instrumentos, pero la mano que nos usa es diestra. Tenemos pues que estar a la disposición del Maestro. No tienes porque temer tanto de tu pretendida pequeñez, pues en el peor de los casos, el Señor, con un martillo pequeño, puede desmenuzar una roca muy grande. Esto lo ha hecho infinidad de veces. Hay que considerar siempre la potencia y la habilidad del brazo que lo usa, y no el volumen o tamaño de la herramienta usada. Así que, esta vez, tú vas a gobernar este negocio, y que el Señor te bendiga.

Con este sincero deseo, Graells, terminó la apología que hizo de su hermano. Roura enrojeció, y no precisamente de ira. Con dificultad podía soportar la admiración de sus hermanos; él no había nacido para protagonizar nada. Pensaba: «¿cómo soportar la idea de dirigir una actividad espiritual cualquiera, si era menos que nadie?» Graells y Lidia Serra insistieron y le rogaron en el nombre del Señor que, con toda confianza, tomara la responsabilidad de este servicio. Sin atreverse apenas a levantar la vista del suelo aceptó, contando, dijo, con la benevolencia de los hermanos.

Oraron sobre esto, mientras en días sucesivos formaban sus planes de trabajo y estudiaban un método conveniente bajo la mirada del Señor.

Al final, un día Roura resumió sus maduradas impresiones, la organización de la tarea, y el orden que deberían imprimir a la obra.

—Pensaba presentaros las siguientes conclusiones, bien que no son definitivas. En primer lugar, tengo un brevísimo esbozo biográfico (obra de un amado hermano francés) y a continuación un resumen itinerante que el mismo J.N.D. nos ofrece a lo largo de sus cartas. Todo es biografía, en cierto sentido. Después tengo unas notas sobre lo que escribió y está editado, y a continuación las cartas. No todas, puesto que sería un trabajo que nos ocuparía más tiempo del que ahora podemos dedicar a esta actividad. Además, mucho de lo que está escrito es historia de hechos y circunstancias que tienen un sello muy local o personal, según sea el caso, y que no nos afectan en su carácter administrativo (espiritualmente hablando). Cosas condicionadas a circunstancias particulares o del entorno en que se movió y las relaciones que tuvo. Cosas de marcado interés cuando estas cartas fueron publicadas por primera vez (pues aún vivía una generación que conocía al Sr. Darby y le habían tratado), pero que ahora, para nosotros, no tienen otro interés que el de una vivencia histórica; eso sí, instructiva e interesante. Pero la infinidad de temas generales, de diversas motivaciones que siempre son de actualidad, temas desarrollados con un poder aplicativo y con una sabiduría extraordinaria: la sabiduría de lo alto; otros que tienen su origen en preguntas que se le formularon, sobre consultas doctrinales, interpretación de pasajes, etc., esto sí que es de un provecho siempre constante y actual. Cartas que tratan de circunstancias de dolor: fallecimiento de esposas; de esposas y madres jóvenes; de esposos; de hijos e hijas; de hermanos y hermanas que murieron cargados de años; otras personas creyentes que murieron en circunstancias y produjeron a su alrededor un sentimiento de aflicción y también de temor; circunstancias solemnes producidas por la voz fuerte del Señor, delante de Quien debemos bajar la cabeza con humillación y temblor. Consultas sobre casamientos, que tanto hermanos como hermanas jóvenes le hicieron, respondidas y tratadas con delicada exquisitez de sentimientos cristianos, a la luz de la palabra de Dios. La partida de este mundo de venerados hombres de Dios (como Bellet por ejemplo). Sus opiniones en relación con personas conocidas de la asamblea; opiniones favorables o desfavorables, según el caso, pero siempre sin acrimonia o sin desmedida alabanza, sino como de uno que habla en la presencia de Dios. Cartas dirigidas a los desanimados, a los tomados en alguna falta, a los excomulgados; ocasiones todas de mostrar un corazón ejercitado; en el amor de Dios, en la gracia, en la paciencia de Dios y en el poder restaurador del Abogado y del Pontífice. Temas como el bautismo, la Cena, el Cuerpo de Cristo, el Testimonio, la unidad del Cuerpo, el bautismo del Espíritu Santo. Israel, las Naciones, la Iglesia, la profecía, etc. ¿Qué es lo que no podía escribir y predicar con provecho un hombre de Dios como él?

»Todo esto pensaba acotarlo por temas y que cada cual cuidara de traducirlo; yo lo más fácil, y vosotros lo demás; y al final ordenarlo todo. Cuando Juan regrese, habrá que leerlo y considerarlo. Necesitamos su opinión, sus consejos y su posible colaboración. No me consideraría feliz si prescindiéramos de él; sería una pérdida para nuestro trabajo conjunto.

»Existe también una carta, que no fue enviada a su destinatario, seguramente para no dar la impresión de que J. N. Darby hablaba demasiado de sí. Fue hallada entre los papeles del amado siervo, después de su fallecimiento. Es interesante. Habla de los inicios de sus ejercicios y de la obra. Cuando la escribió contaba ya más de cincuenta años. Se hallaba no obstante, a mitad de camino de su andadura en el ministerio. Pensaba insertarla aparte del cuerpo de la obra; al principio; a continuación de las notas biográficas. De momento esto es todo, hermanos. Tengo deseos de oíros y de que refutéis o enderecéis, o bien transforméis el orden en que he presentado mis ideas sobre el trabajo. Cualquiera de vosotros lo haría mejor. Me habéis casi obligado, y ya sabéis que yo siempre lo he esperado todo de los demás.

Cuando terminó, sus hermanos, no cabían en sí de gozo. Era el sentimiento producido por la obra de Dios en los demás. En este caso en el corazón de Roura. Porque Pedro, por encima de todo, por encima de sus facultades, su tesón, su abnegación, su innegable y equilibrada inteligencia, era un corazón; un corazón para Cristo y para sus hermanos.

Ricardo Graells y Lidia Serra tenían seguramente algo que objetar. El enfoque del trabajo les complacía, el esquema, no tanto. Tal vez pensaban que un orden progresivo en la presentación de la correspondencia ayudaría al lector a considerar el adelanto y la madurez en el conocimiento del Hijo de Dios, y todo lo que a Él atañe, que John N. Darby adquirió a través de los años. «La senda del justo es como la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto» (Pr 4:18); pero por nada del mundo querían presentar ningún reparo a su amado Roura. No fuera que, un poquito acomplejado que era, en relación con sus hermanos, se retrajera después del despliegue confiado que de sus facultades (bien entendido que venían de Dios) había hecho. Pero, quién sabe. Tal vez estaba en lo cierto. El trabajo por temas podía, por otra parte, ser más asequible y más meditativo. Así es que, por todo comentario, y con un brillo de felicidad en sus ojos, ambos dieron a Roura un efusivo apretón de manos.

Eliminaron de sus quehaceres diarios todo aquello que siendo legítimo no era imprescindible, es decir, dejaron lo bueno por lo mejor.

Pasaron las semanas y el material disponible iba aumentando. Roura lo compaginaba según el plan preestablecido.

He aquí el trabajo de nuestros amigos:



JOHN NELSON DARBY
Su nacimiento, peregrinaje y muerte
Nota biográfica.
(Gentileza de A. G.)

John Nelson Darby nació en Londres en 1800, en el seno de una acomodada familia irlandesa. Después de unos brillantes estudios en la Universidad de Dublín renunció a la carrera de abogado, para consagrarse al servicio de Dios. Un profundo trabajo de alma, antes de tener la paz por la simple fe en Cristo y en su obra, le preparó para este cometido. Consagrado como pastor anglicano en 1826, empezó su ministerio en una pobre y ruda comarca de Irlanda, dándose al mismo con ardor y plena dedicación. Allí adquirió la convicción de que no solamente la Iglesia anglicana se hallaba en un triste estado moral y espiritual, sino de que la existencia de múltiples iglesias y denominaciones religiosas de la cristiandad era, de hecho, la negación de la sola y única Iglesia a saber, el conjunto de los creyentes, unos en Cristo, de quien forman su Cuerpo sobre la tierra, unido a la Cabeza glorificada en el cielo.

Dimitió de sus funciones religiosas y entró en relación con otros cristianos, que, como él, se hallaban iluminados únicamente por la luz de las Escrituras.

Algunos empezaron a reunirse con él, fuera de toda organización, en la ciudad de Dublín. Otros grupos se formaron al mismo tiempo y a continuación en Inglaterra y en el Continente (Suiza, Francia y después Alemania), así como en Norteamérica.

J. N. Darby, que unía a una grande y humilde piedad una cultura intelectual de excepción, un espíritu abierto y una capacidad de trabajo sorprendente, se consagró por entero, hasta su muerte acaecida en 1882 (en Bournemouth: Inglaterra), a la propagación, por medio de su palabra y de su pluma, de las verdades que hallaba en la palabra de Dios. Anunciaba el evangelio a los inconversos, con un gran amor en favor de las pobres almas esclavas del pecado, pero en particular orientó su servicio en reunir a los creyentes alrededor del Señor, a esclarecerles sobre la excelencia de su posición ante Dios a consecuencia de la perfección de Cristo y de su obra, sobre la vocación celestial y la esperanza de la Iglesia, y sobre el sentido del testimonio de Dios en la tierra.

No cesó jamás de viajar, recorriendo amplias zonas de la Europa occidental (Francia, Suiza, Alemania, Italia, Holanda), y largas visitas a los Estados Unidos, Canadá, Antillas, Nueva Zelanda, etcétera.

Ha dejado un gran número de escritos, en su mayoría tratados y opúsculos relativamente breves. Han sido reunidos durante su vida y después de su muerte por la diligencia y los cuidados de William Kelly, y forman una colección ( Collected Writings) de treinta y cuatro volúmenes, más otros siete de Notas y comentarios sobre la Escritura.

Entre los más significativos podemos mencionar: La Iglesia según la Palabra (1850), El Culto según la Palabra (1848), La esperanza actual de la Iglesia y las profecías que la establecen (1840), numerosas publicaciones de controversia (pues tuvo que combatir a muchos contradictores y falsos maestros), comentarios escriturales, etc. Los estudios sobre la profecía: Notas sobre el Apocalipsis (1842). Estudios sobre Daniel (1840). También se ha publicado una voluminosa correspondencia (de la cual destacan tres tomos de cartas en inglés).

Pero sus obras capitales son, de una parte, los Estudios sobre la Palabra, publicados a partir de 1852 (primero en francés, después en inglés), y, de la otra, su traducción de la Biblia al francés, efectuada con la colaboración de hermanos calificados, obra de valor inestimable por su exactitud y por el respeto con el que ha sido tratado el texto sagrado. La traducción en francés, sirvió de base a la traducción alemana y a una versión inglesa.



Resumen itinerante tomado
de su correspondencia
(Todo este resumen es aproximado)

Desde 1832 hasta 1839 toda su correspondencia está dirigida desde Irlanda o desde Inglaterra, pero el 22 de noviembre de 1839 hallamos su primera carta fechada en Neuchâtel (Suiza), país donde permaneció hasta 1843, circunscribiéndose al área o cantones de lengua francesa (Lausana y Ginebra principalmente). Regresa a Inglaterra, donde reside hasta el año siguiente, y en marzo del mismo (1844) escribe su primera carta desde Francia (Montpellier). Después de una breve estancia en este país, regresa a Londres, y desde allí viaja a numerosas ciudades de Inglaterra. En enero de 1847 escribe desde la isla de Guernesey (canal de la Mancha). En la primavera de este mismo año visita nuevamente Montpellier, en donde permanece poco tiempo. Regresa a Inglaterra en octubre, y en enero de 1848 volvemos a encontrarle en Montpellier, desde donde vuelve a regresar a Inglaterra (casi siempre a Plymouth), desde donde escribe en mayo. Viaja por Inglaterra, ocupado constantemente en el ministerio, y a finales de año fecha sus cartas en Ginebra, después en Vernoux (en marzo de 1849), en abril desde Montpellier, y en mayo desde Orthez (Bearne). La obra empieza a tomar cuerpo en Francia. Regresa a Montpellier, y en octubre lo detectamos en Nîmes. A continuación, después de permanecer bastantes semanas en esta población (tres meses por lo menos), lo hallamos en Lausana (Suiza) en julio de 1850; en febrero de 1851 en Montpellier, y desde Londres escribe el 14 de julio del mismo año. El Sr. Darby tiene ya cincuenta años cumplidos.

Viaja por Inglaterra durante bastante tiempo (casi dos años), y en 1853 otra vez a Montpellier. Lo reencontramos en Irlanda en mayo de 1854, y en Londres el mismo mes, hasta agosto. A principios de 1855 se desplaza a Elberfeld (Alemania), parece ser que por primera vez; en el mes de abril aún escribe desde allá. (Alemania llenó una no pequeña parte de su ministerio, con grande bendición). En el mes de noviembre lo hallamos en Inglaterra y en junio de 1856, nuevamente en Francia, en el Gard (Nîmes).

En septiembre de 1857 inicia sus primeros contactos con creyentes holandeses y escribe desde Rotterdam. Desde esta ciudad se traslada otra vez a Alemania, y a primeros de 1858 regresa a Londres. Permanece en Inglaterra, pero en octubre de 1859 escribe desde Dublín; en abril de 1860 otra vez desde Nîmes (Francia); en agosto desde Saint-Agréve (Ardeche), y llega a Lausana en octubre, en donde queda tres o cuatro meses. Los años van sucediéndose. J. N. Darby ha cumplido sus sesenta años con una gran labor de ministerio oral y escrito en favor de las almas en tinieblas y entre los hijos de Dios. El Maestro le dirige, y él gobierna su vida, en la dependencia a los dictados de arriba.

En octubre de 1861 escribe nuevamente desde Elberfeld (Alemania), y en diciembre le hallamos nuevamente en Londres. Después de visitar numerosas comarcas del país (pues la obra en Inglaterra es importante: la nación número uno), en otoño de 1862 lo hallamos en Canadá. Allá permanece un año, aproximadamente, visitando numerosas ciudades, y lugares inverosímiles entre los indios, los leñadores, lugares que hasta poco —dice él— eran el dominio de los osos y de los lobos.

Noviembre de 1863: otra vez en Londres, pero en febrero de 1864 lo tenemos nuevamente en Lausana. (En la Suiza de lengua francesa la obra fue muy bendecida. Podemos casi asegurar que proporcionalmente al número de habitantes —unos novecientos mil en la actualidad— es donde mayor número de asambleas locales existen. algunas de ellas bastante numerosas, y también mayor número de almas vinculadas al testimonio).

En marzo de 1864 visita nuevamente Pau (fue el lugar en donde se realizó la mayor parte del trabajo de traducción del Nuevo Testamento en su versión francesa). En agosto del mismo año escribe desde Zurich (es la primera vez que seguramente visita la Suiza de habla alemana.) En octubre le hallamos nuevamente en Londres, y en diciembre ha efectuado ya su segunda travesía del Atlántico y escribe desde Montreal. A mediados de 1865 deja el Canadá y por tierra se traslada a los Estados Unidos. Entra en contacto con diversos creyentes, principalmente oriundos de Europa (franceses y suizos). Visita Nueva York y Boston, desde donde probablemente regresa a Europa; llega en octubre del mismo año, y después de visitar la Isla de Wight, Dublín en Irlanda, y Glasgow en Escocia, regresa a Londres, en donde fecha una carta en enero de 1866. Se traslada nuevamente a Dublín en donde permanece hasta mayo, y desde allí se dirige a París para regresar nuevamente a Londres, desde donde volvemos a tener noticias en junio del mismo año.

En el mes de agosto vuelve a atravesar el Atlántico por tercera vez; ha llegado al Canadá, por donde viaja durante tres meses de un lugar a otro (Hamilton, Toronto, Guelph), para dirigirse desde allí a Nueva York en el mes de noviembre, donde se hospeda dos meses. En febrero de 1867 lo detectamos en Boston por poco tiempo y de allí regresa a Nueva York, desde donde, después de permanecer otros dos meses, se traslada a Massachusetts, y desde Boston (capital del estado) escribe en mayo. En junio le hallamos en Guelph (Canadá), lugar en donde se daban las conferencias anuales, con la asistencia de hermanos canadienses y norteamericanos. Se traslada a Toronto, donde permanece por un tiempo, y otra vez desde allí a Nueva York hasta finales de 1868. Regresa nuevamente al Canadá en marzo de 1869 (Montreal), y en julio le tenemos ya de regreso en Irlanda. Escribe desde Dublín, y un mes más tarde desde Londres, en donde reside hasta el 17 de noviembre. Nuevamente cruza el Atlántico por cuarta vez, y a fines de año visita por primera vez la Guayana Inglesa, las pequeñas Antillas (Barbados, San Vicente), y Jamaica en las grandes Antillas. Pasan los meses y escribe cartas desde Georgetown, Kingston, etc., hasta mayo de 1869. Regresa a Londres, desde donde fecha una carta el 5 de junio. En agosto otra vez le hallamos en Ginebra; a continuación en Pau (Francia), y en noviembre en Elberfeld (Alemania). En esta población permanece bastante tiempo, tal vez cinco meses. Desde allí escribe mucho. En mayo de 1870 el Sr. Darby se encuentra en Londres. Alcanza un hito en su pasaje terrenal: tiene ya setenta años. (Sal. 90:10).

En julio de 1870 (año de la guerra Franco-Prusiana, en que tantas circunstancias penosas sufrieron los franceses del norte en particular y entre los tales bastantes hermanos), el Sr. Darby se traslada al Canadá, atravesando el océano por quinta vez. Escribe desde Guelph, reembarca en agosto, según se deduce por su carta, y en septiembre escribe desde Londres. Su permanencia en el continente americano ha sido muy breve. Seguramente cambió sus planes al producirse la declaración de guerra por parte de Napoleón III el día 15 de julio. En esta fecha se hallaba en Guelph y podemos creer que su corazón sufría. Tanto en Francia como en Alemania había hermanos que debieron enrolarse en los respectivos ejércitos. Esto es un desastre para los verdaderos hijos de Dios en las circunstancias del desierto. En sus cartas de esta época nos daremos cuenta de cómo trata todo este asunto, los derivados y las consecuencias. Como siempre, dirige el corazón de los santos, por encima de lo que es terrenal, con aquella sabiduría y tierna delicadeza en favor de los que podían verse involucrados por sentimientos nacionales.

Desde septiembre de 1870 le seguimos por sus cartas y nos damos cuenta que esta vez ha permanecido en Inglaterra unos seis meses. En junio de 1871 le hallamos en Dublín, en agosto lo encontramos en Belfast, desde donde regresa a Londres el mismo mes. En septiembre escribe desde la Suiza de habla francesa (Vevey). Leemos varias cartas de fecha imprecisa y en noviembre lo hallamos en Turín (Italia). Allí permanece hasta enero de 1872; entra en Francia por Niza, de allí se traslada a Nimes, desde donde recorre el Gard. En abril está en París, desde donde regresa a Londres en el mismo mes. Pero he aquí que en junio lo hallamos nuevamente en Boston, en su sexta travesía del Atlántico. De Boston se traslada a St. Louis, Chicago, Springfield, y de allí nuevamente a Chicago a final de año. Parece increíble tanta actividad, a sus años y en su tiempo. Desde el Estado de Kentucky escribe en enero del 1873, en marzo desde Montreal (Canadá), y a renglón seguido, regresa a Estados Unidos (Boston), yendo a continuación a Nueva York (abril). El mes de julio de 1873 fecha sus cartas desde Inglaterra: Leeds, Ryde, Ventnor, Bath, Hereford, Londres, Edimburgo (Escocia), otra vez Leeds, Londres, Dublín (Irlanda), hasta finales de año.

Empezamos el 1874, y en enero lo hallamos en Belfast (Irlanda del Norte), después viajando hacia París y en febrero en Milán (Italia). En abril aún está allí y el mismo mes se traslada a Vevey (Suiza de habla francesa). Escribe mucho desde allí, y en junio lo encontramos en Dillenburg, después en Siegen, Elberfeld (todo esto en Alemania), para volver a Londres en julio.

A mitad del 1874, aproximadamente (Darby tiene ya 74 años), emprenderá su séptimo y último viaje al Canadá y Estados Unidos. Pero esta vez atravesará el Continente americano de Este a Oeste, y desde San Francisco de California, después de haber pasado cinco días y seis noches en ferrocarril, embarcará hacia Nueva Zelanda. Más de treinta días de buena navegación le llevarán a Auckland, la más importante de las ciudades neozelandesas, enclavada en la isla Norte (una de las dos grandes islas del archipiélago); pero sigamos la ruta de sus cartas.

En el mes de septiembre de 1874 escribe desde Boston, en noviembre desde Nueva York. Vuelve a Boston, donde permanece todo el mes de marzo. Entre Concord, Nueva York y Filadelfia, el mes de abril y en Chicago hasta junio. En agosto lo hallamos ya en San Francisco, a orillas del Pacífico. De esta ciudad embarca ruta Nueva Zelanda, a donde llega después de cinco semanas de navegación. Escribe su primera carta desde Auckland, la segunda desde Nelson, en la Isla Sur, en octubre de 1875, en donde permanece unas semanas. En febrero de 1876 lo hallamos otra vez en la isla Norte, esta vez en Wellington (la capital), y en marzo en Christchurch, la ciudad más importante de la isla Sur. Desde esta ciudad escribe que se propone trasladarse a Melbourne (Australia) para asistir a una conferencia, y de allí a Sydney, para embarcarse de regreso a San Francisco (EE.UU.). Efectivamente: el 9 de junio de 1876 escribe ya desde esta ciudad.

Desde Brandford (Canadá), en el mes de julio, escribe a un hermano de Francia: «Nueva Zelanda me ha tenido un poco alejado de la obra de Europa; del cuerpo de la obra, no del corazón. Ahora estoy ya de regreso, esperando encontrarme allá antes del invierno. Cuando recibí su carta acababa de atravesar el Pacífico; treinta y un días de mar, debiendo añadir a esto cinco días y seis noches de ferrocarril. Salvo el calor de estos dos últimos días, bastante fatigoso, me encuentro muy bien por la bondad de Dios, y gracias a Él he hallado a los hermanos de aquí gozosos y en paz. Puede que sean un poco negligentes en relación con los de fuera, pero son espirituales, piadosos, unidos, teniendo solicitud los unos por los otros.»

Desde San Francisco (antes de trasladarse a Brandford para asistir a una conferencia que reunió a numerosos hermanos del Canadá y de los Estados Unidos) fue a Chicago, en donde empezó a escribir la carta cuyo extracto queda indicado anteriormente, y de allí a Hamilton, desde donde escribe a mediados de julio. En Toronto fecha una carta el 20 de agosto; en Belleville, en septiembre. Después se traslada a Quebec; en noviembre escribe desde allí, y a finales de este mes también desde Boston, en Estados Unidos. En diciembre aún permanece en esta ciudad, no sé hasta cuando, pero el hecho es que no ha regresado a Europa antes del invierno, como tenía previsto. A principios de marzo de 1877 está en Nueva York y el día 21 del mismo mes en Halifax, donde continúa por algún tiempo. El 4 de junio escribe desde Ottawa —la capital administrativa del Canadá—. Después, parece ser que desde Quebec, regresó a Inglaterra, y que de allí se trasladó a Dublín, según una carta fechada el 23 de junio.

Ha estado ausente de Europa desde septiembre de 1874 hasta junio de 1877 (casi tres años), visitando los países nombrados. Aún tiene bastante energía, pero, según confiesa, siente el peso de la vejez, aunque también el de gloria. Se halla más desligado de la tierra y más cerca del Señor. Sus cartas tienen cada vez un sabor más celestial. Las hay que parecen venir de otro mundo, y de estar escritas por un hombre de otra raza: realmente es así.

Viaja y escribe desde Leeds, y regresa a Londres, donde permanece por un tiempo. A finales de año se halla en Dublín, lugar donde le sorprenden los albores de 1878. Escribe; siempre escribe. Muchos días responde a trece o catorce corresponsales, pero no es todo. Tenemos el compendio de su grandiosa obra escrita, que ha ido creciendo a través de los años, y que gracias a Dios tenemos a nuestra disposición. Todo esto no ha sido obra de gabinete (aunque también haya ocupado mucho tiempo en él), sino viajando de aquí para allá, levantándose a las cuatro de la mañana y trabajando hasta las once de la noche, un día y otro día, un mes y otro mes; un año tras otro. Con la fatiga de la vida, las enfermedades, los accidentes. Las largas correrías, los viajes a caballo, la diligencia y el ferrocarril de aquel tiempo. La alimentación, tan dispar según los países, con lo que esto lleva aparejado (peligro de constantes trastornos digestivos), etc. No es comprensible —naturalmente hablando— su proliferación de trabajo, tanto de cuerpo como de espíritu, si hacemos abstracción de la energía, la guía y el poder del Espíritu Santo. Durante semanas, predicando cada día seis y siete veces. Los estudios con los hermanos; las visitas por las casas, el tráfago de la lucha, la contradicción de los incrédulos; el racionalismo que invadía Inglaterra. ¡Siempre en la brecha!

En mayo de 1878 —este anciano— se desplaza aún a Elberfeld (Alemania), a Zurich, Ginebra y Berna (todo esto en Suiza), y en septiembre otra vez de regreso a Londres.

A principios de 1879 —ahora es preciso contar los meses muy despacio, lo hallamos en Pau (Francia). Se hospeda durante seis meses en casa del amado hermano Schlumberger, trabajando para completar la versión francesa de la Biblia, o tal vez la revisión del Antiguo Testamento, pues el Nuevo hacía años que se había publicado. En julio escribe desde Londres, en donde permanece un par de meses, y vuelve a trasladarse a Francia (siempre amó mucho la obra de ese país). En septiembre escribe desde Les Ollieres (Ardeche), y después desde Vernoux y Montpellier en octubre. El mismo mes, regresa a Pau, desde donde se dedica a escribir mucho y donde permanece tres meses con alguna salida por los alrededores, y a Burdeos en diciembre de 1879, pero en enero de 1880 escribe aún desde Pau.

A primeros de febrero fecha una carta desde Londres. En abril otra desde Reading, donde creo que existían dificultades serias en la asamblea local. En mayo está en Dublín, en junio en Belfast, y en julio regresa otra vez a Dublín. En septiembre se desplaza a Escocia (Edimburgo, Aberdeen), y en octubre regresa a Londres.

Ha cumplido los 80 años, y no puede desplazarse como hasta entonces (Sal 90:10).

En Londres permanece alrededor de medio año, hasta mayo de 1881, pero siempre con sus plenas facultades mentales e intelectuales, trabajando en su gabinete, o en la cama, o como sea. El 28 de junio escribe desde Croydon (cerca de Londres), en donde permanece dos meses, y regresa a Londres, desde donde, a continuación, vuelve a Croydon, y escribe también desde Ventnor en el mes de octubre.

En el mes de enero de 1882 —año de su fallecimiento— escribe aún desde Londres, y desde Croydon en febrero, regresando a Londres nuevamente, desde donde fecha una carta el 28 de este mes.

El 10 de marzo el Sr. Darby se halla ya en Bournemouth —último viaje de peregrino y lugar donde terminó su carrera terrestre. El día 11 se despide (por mano de otro, pues no puede ya escribir) de su amado P. Schlumberger de Pau, «deseándole la bienvenida en el otro mundo».

Aún leemos otra carta con fecha 28 de marzo, y el 29 de abril de 1882 partió para estar con su Señor, después de una carrera pletórica de un trabajo bendecido.



Entierro del Sr. Darby

Como queda dicho anteriormente, J. N. Darby partió para estar con Cristo el día 29 de abril de 1882. A continuación traducimos y entresacamos, de una carta manuscrita por un hermano testigo de la efemérides, unos detalles de interés referentes a sus últimos días, y en particular al entierro del amado siervo de Dios.

«Fue un día muy triste; sí, muy triste, aquél en que nos tocó acompañar el cuerpo de nuestro amado hermano a su última morada terrestre. Pero nos consuela el hecho de saber que "ausente del cuerpo, estaba presente con el Señor".

»El jueves que precedió su muerte, decía: "Soy como un pájaro dispuesto a volar", y dos días después, el sábado, 29 de abril, a las 10:55h. de la mañana, dejó este mundo para irse con Cristo, "lo cual es muchísimo mejor".

»Como que pensamos en la posibilidad de que hayan corazones deseosos de conocer lo concerniente a las circunstancias del día del entierro, damos unos pormenores tan simples y tan exactos como son posibles. Sin embargo debemos advertir que nos ceñimos a hechos exteriores, pues nos está vedado precisar lo que sentían los corazones, cuyo estado sólo puede valorar Aquel que lloró sobre la tumba de Lázaro.

»Nuestro hermano había permanecido las últimas ocho semanas de su vida en el agradable y tranquilo hogar de nuestros hermanos Sr. y Sra. Hammond, rodeado y cuidado con toda la ternura que el afecto cristiano puede sugerir y proyectar. Tal fue su última morada en vida. De allí salió para la tumba.

»El 2 de mayo (día del entierro) tuvo lugar una reunión de oración, previamente convocada para el mediodía. Los que acudieron pudieron contemplar —al atravesar el vestíbulo que precede el espacioso salón donde la gente se reunió—, el féretro situado sobre dos caballetes, en el que también podía leerse:

»"J. N. Darby, nacido el 18 de noviembre de 1800 y que durmió en el Señor el 29 de abril de 1882."

»Como alguien dijo: la triste y solemne realidad para nosotros consistía en el hecho de que nuestro amado hermano había dejado este mundo. Que el instrumento escogido que había trabajado —con afán— para apacentar el rebaño de Cristo y para exponer las verdades y la riqueza de la Palabra, había entrado en su reposo.

»En el mismo salón en que tuvo lugar un estudio sobre las Escrituras y en el que sus últimas enseñanzas impartidas habían versado sobre el tema expuesto al final del cap. 3 de Efesios: "A fin de que Cristo habite por la fe en vuestros corazones", los afligidos hermanos se hallaban ahora reunidos de nuevo, esperando en Dios y en silencio, con dolor sincero, pero con el sentimiento profundo de la presencia del Señor.

»Esta calma solemne fue interrumpida por el canto del himno: "El reposo de los santos en lo alto", a continuación del cual un hermano anciano rindió gracias al Señor, en primer lugar por la gloria que ha puesto delante nosotros y que nadie puede arrebatarnos, y después, por la plena suficiencia de Cristo y por la certidumbre de Su bendita presencia hasta el final de nuestro peregrinaje terrenal.

»A continuación, un hermano pidió al Señor que la partida de nuestro amado hermano J. N. Darby pudiera ser bendecida para todos, haciéndonos sentir la urgente necesidad de vivir ocupados en el Señor mismo de una manera más real, así como más consagrados a Su servicio.

»Otra oración siguió (y por cierto conmovedora), por la cual un hermano agradeció al Señor el don que había dado a la Iglesia por medio del servicio fiel que su siervo había cumplido y por la vida de consagración que vivió en conformidad con los principios que la habían dirigido. Fue tan intensa su emoción, que no pudo continuar.

»Otro hermano, con acciones de gracias por todo el bien que el ministerio del amado hermano nos había aportado, pidió que su muerte ofreciera aún la posibilidad de hablar al corazón de todos los que le conocían y que sus escritos puedan contribuir de forma bendecida a proveer firmeza espiritual a los santos.

»Y por fin, un hermano muy anciano oró con grande confianza en Dios, y esta dulce, aunque triste y solemne reunión de oración y acciones de gracias, finalizó con el canto del himno: "Tú, manantial secreto de sereno reposo".

»Atendiendo a la sugerencia de un hermano, se procedió a la lectura, en presencia de todos, antes de abandonar el salón, de las últimas palabras que J.N.D. escribió.

»Hacia las tres de la tarde, el cuerpo fue conducido por ocho hermanos a la sencilla carroza fúnebre que esperaba a la puerta y que debía de conducirle al cementerio, situado a respetable distancia. Ningún vehículo de duelo siguió al féretro, únicamente algunos cabriolés para los que no podían caminar tan largo trecho. La mayoría de los que se habían reunido se trasladaron al cementerio por un camino distinto del seguido por el coche mortuorio, de suerte que no se diera motivo alguno para llamar la atención del mundo. Hemos de notar que éste había sido el deseo de nuestro amado hermano, deseo que los hermanos respetaron.

»El cuerpo llegó al cementerio hacia las tres y media. Centenares de personas se hallaban congregadas en el lugar para recibirle. A una corta distancia de la puerta de entrada fue bajado del coche fúnebre desde donde 24 hermanos, relevándose de trecho en trecho, le condujeron a la sepultura. Alrededor de mil santos afligidos rodeaban la fosa. Algunos habían venido de Escocia, otros de Irlanda.

»Después de un momento de concentración espiritual, un hermano (el Sr. Mac Adamm), indicó el cántico, del cual ofrecemos la traducción libre:

¡Oh día precioso! viene el Señor
A tomar a su pueblo que le espera
Más allá de los cuidados de la tierra
En donde no se conoce el pecar.
¡El Señor viene a buscar a los suyos
Y a sentarlos con Él en su trono
Para su gloria para siempre compartir!
La mañana de la resurrección se acerca,
Cada santo que duerme en el Señor será despertado
Y conducido a la luz plena.
Día demasiado glorioso para los ojos mortales
Cuando la Iglesia reunida
Arrebatada será a las celestes esferas,
Para siempre con Cristo estar.
Oh Señor, ¡cuán lentos son nuestros corazones
Para el cántico eterno alzar
Y gloria, honor y alabanza tributar!
Pero hasta ese día de Gloria,
Bendito Salvador, tú nuestro escudo serás,
Pues a nuestras almas te has revelado
Cual nuestra fuerza y castillo protector.

»Un hermano (el Sr. Stuart) leyó a continuación Mateo 27:61, y dijo: "¡Qué contraste entre el entierro del Maestro, y el de su siervo para el cual nos hallamos reunidos aquí hoy!

"José de Arimatea halló un lugar para el cuerpo de su Maestro. Con la ayuda de Nicodemo, lo puso en un sepulcro nuevo de su propiedad. ¿Pero quiénes eran las personas afligidas? ¡Dos pobres mujeres! ¡Cuán significativa y demostrativa es la realidad de la humillación voluntaria del Dueño del Universo! Nuestros corazones se hallan tristes alrededor de la tumba del discípulo, ¡pero cuánta mayor tristeza sentían aquellas almas piadosas que le habían seguido en la tierra, y qué diferencia también en el carácter de este dolor!

"Una tristeza amarga, una angustia sin consuelo, llenaba los corazones, pues en aquel sepulcro, al depositar el cuerpo del Maestro, enterraban —al menos así lo creían— todas sus esperanzas. Habían esperado que Él era el libertador de Israel, pero había muerto, y toda la luminosa expectativa en relación con la nación se había esfumado juntamente con la vida de Aquel que había partido y de la cual —pensaban— no les quedaba otra cosa que el recuerdo. En este momento doloroso nada sabían de la resurrección, mientras que nosotros nos hallamos alrededor del sepulcro del servidor sabiendo que Jesús ha resucitado, y que está con Su presencia haciéndonos compañía en nuestra tristeza, así como también que volverá pronto para tomarnos a Sí e introducirnos en el cielo.

"¿Cómo podríamos haber venido aquí con confianza y depositar en el sepulcro el cuerpo de nuestro hermano amado si no tuviésemos firmemente asegurada la esperanza de la resurrección? Cuándo pensamos en todos los gloriosos privilegios que se desprenden de la resurrección de Cristo, un gozo real se mezcla con el dolor que sentimos sobre una tumba que va a cerrarse. En presencia de la muerte no nos conviene elogiar al difunto. Un solo ser entre los que han pisado la tierra es digno de alabanza. Es Aquel que ha vencido la muerte y que tiene todo el poder sobre la misma, Aquel que muy pronto despertará de la tumba a los que durmieron y llamará también con poder a los que vivan para estar siempre con Él. El Señor murió y fue sepultado, pero ha resucitado. "Mas cada uno en su orden: Cristo las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida". Es con esta esperanza bendita que nos consuela, que nos libera y fortifica, que depositamos en la tumba el cuerpo de nuestro amado hermano que partió."

»El servicio continuó con fervientes oraciones; se leyeron y comentaron otras porciones de las Escrituras, entre ellas Génesis 48:21. "He aquí yo muero, mas Dios será con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros padres." Un hermano (Charles Stanley) leyó también en el Evangelio de Juan 14:1 al 3, y 1ª a los Tesalonicenses 4:13 al 18 lo cual fue también comentado. A continuación se añadieron otras oraciones con himnos de esperanza.

»Después de un breve silencio, el ataúd fue bajado a la fosa por diez hermanos, y uno de ellos confió el cuerpo del siervo a los cuidados del Señor, hasta el día de la resurrección. Aún se cantó otro himno a Aquel que había tomado a nuestro hermano, y finalmente, sin que nadie lo indicara, se elevó (como proviniendo de un solo corazón y de una sola voz, con acorde armonioso y gozoso a la vez), el canto de estas palabras:

Gloria, honor, alabanza y poder,
sean para siempre al Cordero.
Jesús es nuestro Redentor,
¡Aleluya, Aleluya, Alabemos al Señor!

»Muchos dirigieron una mirada a la tumba, como un último adiós en el desierto. Después nos dispersamos, para pensar aún en aquél que reposa de sus trabajos en la presencia del Señor».



Correspondencia sobre diversos temas
CARTA AUTOBIOGRÁFICA

La carta que damos a continuación es como una breve autobiografía ceñida a un tiempo determinado (unos treinta años). Seguramente es la única que en su totalidad y de forma ordenada escribe de sí y de su obra. Como se desprende de la misma, la redactó por solicitud del profesor Tholuck, pero, como se ha hecho constar en otro lugar, no fue enviada a su destino. Después de su fallecimiento, los hermanos la hallaron entre sus papeles. Fue publicada en el apéndice del tercer tomo de sus cartas en inglés, y el año 1913 apareció traducida al francés en el Messager Evangelique de Vevey (Suiza). Es de la versión francesa que ha sido tomada para darla al castellano.

Al Sr. Profesor Tholuck

«Querido Sr. y hermano en Cristo:

Desde que nos vimos casi siempre he estado de viaje, de modo que habría sido difícil enviarle el relato que interesó de mí. Lo mejor que puedo hacer es comunicarle, con toda sencillez, cómo han sucedido, en mi caso, las cosas de esta obra de Dios, desde el principio. Podrá comprender con facilidad que otros muchos han trabajado, y muchos de ellos con más consagración que un servidor —y aún con un resultado más relevante en lo que concierne a las almas y la bendición de las mismas. Pero es de la obra de Dios y no de nuestro trabajo que debo ocuparos, pues Vd. extraerá de mi relato lo que convenga a sus propósitos.

Yo era abogado. Juzgando que si el Hijo de Dios se había dado por mí, me debía por entero a Él, y que el llamado mundo cristiano se hallaba, en relación con Cristo, en una posición de ingratitud insoportable, mi alma suspiraba por una consagración completa a la obra del Señor. Mi idea era dedicarme a trabajar entre los pobres católicos de Irlanda. Me recomendaron que empezara por hacerme consagrar. No me sentía atraído a ocupar un cargo regular, pero joven en la fe (no estando aún liberado, vivía más bien gobernado por el sentimiento de mi obligación hacia Cristo, que no lleno del convencimiento de que todo lo había hecho por mí, y por lo tanto era rescatado y salvo), seguí los consejos de los que tenían una posición más adelantada que la mía en el mundo cristiano.

Fui consagrado, y me trasladé entre los pobres montañeses de Irlanda, a una comarca inculta y ruda, donde permanecí dos años y tres meses trabajando como mejor pude. Sin embargo, sentía que todo esto no se correspondía con lo que leía en la Biblia en relación con la Iglesia y el cristianismo, ni con los efectos de la acción del Espíritu de Dios. Mi espíritu trabajaba sobre todas estas cosas desde el punto de vista práctico. De todas maneras me ocupaba asiduamente de los deberes del ministerio que me había sido encargado, trabajando noche y día entre una gente casi tan rústica como las montañas en que habitaban. Me sobrevino un accidente (mi caballo se desbocó, y me lanzó sobre el quicio de una puerta), que me inmovilizó por un tiempo, y estas ideas se fueron desarrollando. Después de un gran ejercicio de alma, la palabra de Dios tomó sobre mí una autoridad absoluta. Siempre la había reconocido como siendo verdaderamente esto: la Palabra de Dios.

Entonces comprendí que estaba unido a Cristo en el cielo y que, en consecuencia, mi posición ante Dios era la suya, que no se trataba más, ante Él, de este miserable yo que me había cargado y fatigado durante seis o siete años, en presencia de la ley. Entonces comprendí que la Iglesia de Dios, en su aspecto real, se componía de los que estaban unidos a Cristo, y que la cristiandad exterior no era la Iglesia (salvo en relación con la responsabilidad de la posición que ella pretendía gozar, verdad ésta, por otra parte, muy importante en su lugar), sino que en realidad era el mundo. De otro lado vi que el cristiano, teniendo un lugar en Cristo en el cielo, no tiene otra cosa que esperar sino la venida del Salvador, para encontrarse, de hecho, en la gloria que le ha sido adquirida en Jesús.

La lectura de los Hechos me ofreció un cuadro de la Iglesia primitiva, lo cual me volvió profundamente sensible al estado actual de la amada Iglesia de Dios. En este tiempo caminaba ayudado de muletas, de tal manera que no tenía ocasión de mostrar mis convicciones o mis pensamientos de cara al mundo, y mi salud no me permitía acudir al culto, por lo cual, me hallaba forzado a abstenerme. En esto vi la buena mano de Dios viniendo en mi ayuda, ocultando mi impotencia espiritual por medio de la física. Entretanto, se desarrollaba en mi corazón el pensamiento de que todo lo que el cristianismo había hecho en el mundo no respondía de ninguna manera a las necesidades de un alma que sentía lo que el gobierno de Dios debía producir.

En mi forzado retiro, el cap. 32 del profeta Isaías me enseñaba claramente de parte de Dios que había aún una economía futura y todo un orden de cosas que no está aún establecido. La conciencia de mi unión con Cristo me había dado la parte celeste de la gloria; este capítulo me hacía conocer la parte terrenal. No podía aún situarlas, ni coordinarlas, como puedo hacerlo ahora, pero las verdades estaban reveladas de parte de Dios, por la acción de su Espíritu, en la lectura de su Palabra.

¿Qué hacer? Veía en esta Palabra la venida de Cristo para tomar a su Iglesia a la gloria. Veía la cruz, fundamento de la salvación, cómo debiendo imprimir su propio carácter sobre el cristiano y sobre la Iglesia hasta la venida del Señor; veía que entretanto esperaba, el Espíritu Santo era dado para ser la fuente de la unidad de la Iglesia; la fuente de la actividad y de toda la energía cristiana.

Por lo que atañe al evangelio, la diferencia no radicaba en los dogmas. Las tres Personas en un solo Dios, la divinidad de Jesús, cuya obra de expiación en la cruz, su resurrección, su lugar a la diestra de Dios, eran verdades que aprendidas como doctrinas ortodoxas, tenían una realidad viviente para mi alma; eran las condiciones conocidas, sentidas, actuales, de mis relaciones con Dios. No solamente eran verdades, sino que además conocía personalmente a Dios de esta manera; no tenía otro Dios que Aquel que se había revelado así. Era el Dios de mi vida y de mi culto, el Dios de mi paz, el solo y verdadero Dios.

La diferencia práctica de mi predicación, cuando volví de nuevo al ministerio activo, fue ésta: había predicado (en mi rol eclesiástico) que el pecado había abierto un abismo entre nosotros y Dios y que solamente Cristo podía taparlo o cubrirlo; ahora predicaba que Cristo lo había hecho todo. La regeneración, que era siempre una parte de mi enseñanza, se relacionaba más particularmente con Cristo, el postrer Adán, y comprendía más y mejor que se trataba de una vida real, toda nueva, comunicada por el poder del Espíritu Santo; pero, como he dicho, más en relación con la persona de Cristo y el poder de su resurrección, que reúne al mismo tiempo el poder de la vida victoriosa sobre la muerte, en una nueva posición del hombre ante Dios. Es la liberación. La sangre de Jesús ha borrado, en el creyente, toda mancha, toda traza de pecado, según la misma pureza de Dios. En virtud de su aspersión, única propiciación, puede invitarse a todo hombre a acudir a un Dios de amor, que con este fin ha dado a su propio Hijo.

La presencia del Espíritu Santo, enviado desde el cielo para hacer morada en el creyente como unción, sello y arras de la herencia —y en la Iglesia como poder que la une en un solo cuerpo y distribuye a los miembros dones según su voluntad—, tomó un gran desarrollo y una gran importancia ante mis ojos. Con esta última verdad se relaciona la cuestión del ministerio. ¿De dónde proviene? De la Biblia; claramente de Dios, por la acción libre y poderosa del Espíritu Santo.

En aquel entonces, cuando estaba ejercitado en estas cosas, aquel con quien me hallaba, localmente, en relación cristiana, como ministro, era un excelente creyente, digno de todo respeto y por quien siempre he sentido un gran afecto. No sé si vive aún; después de separarnos lo nombraron arcediano. Pero eran los principios y no las personas lo que obraba sobre mi conciencia, pues hacía tiempo que había renunciado ya, por amor del Señor, a todo lo que el mundo podía darme.

Yo me decía: "Si el apóstol Pablo viniera aquí, no le sería permitido (según el sistema vigente) predicar siquiera, al no estar legalmente consagrado. Pero si viniese un obrero de Satán, que negase al Salvador por su doctrina, podría predicar, y mi amigo cristiano (con quien comparto el ministerio parroquial) debería reconocerle como coadjutor, mientras que no puede reconocer a uno, aun siendo fiel y capacitado por el Espíritu Santo, si antes no ha sido consagrado por el sistema." Todo esto es falso, pensé yo. No se trata de abusos; éstos pueden existir por doquier: se trata del principio del sistema. El ministerio pertenece al Espíritu. Entre el clero hay personas que son ministros por el Espíritu, pero el sistema está fundado sobre un principio opuesto.

Desde entonces no pude continuar. En la Palabra hallaba a los dones, y éstos eran los que servían en vez de un clero fundado sobre otros principios. La salvación, la Iglesia, el ministerio, todo quedaba ligado y todo se relacionaba con Cristo, Cabeza de la Iglesia en el cielo; con Cristo, el cual había realizado una salvación perfecta, y con la presencia del Espíritu Santo sobre la tierra, uniendo los miembros a la Cabeza y también entre sí, para formar un solo cuerpo y obrando en ellos según su voluntad.

En la práctica, la cruz de Cristo y Su regreso debían caracterizar a la Iglesia y a cada uno de sus miembros (los miembros del Cuerpo). ¿Qué hacer? ¿Dónde estaba esa unidad y ese Cuerpo? Y el poder del Espíritu ¿dónde era reconocido? ¿Dónde era esperado el Señor?

Las Iglesias nacionales estaban unidas al mundo. En su seno, algunos creyentes estaban diseminados en el mundo mismo de donde Jesús los había separado. Y se hallaban separados unos de los otros, mientras que Jesús los había unido. La Cena, símbolo divino de la unidad del Cuerpo, había venido a parar en el símbolo de unión entre éste y el mundo; es decir, precisamente lo contrario de lo que Cristo había establecido. La disidencia (los que no formaban parte de las Iglesias nacionales), me ofrecía hijos de Dios, no lo dudo, pero unidos sobre principios que no concuerdan con la unidad del cuerpo de Cristo. Si me unía a ellos me separaba de todos los demás. Era la desunión del cuerpo de Cristo y no su unidad. ¿Qué hacer? Tal era la pregunta que se me presentaba sin ninguna otra idea que la de satisfacer mi conciencia según la luz de la Palabra de Dios. La expresión de Mateo cap. 18 dio respuesta a mis anhelos: "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos". Exactamente esto era lo que precisaba: la presencia de Jesús estaba asegurada a nuestro culto; es allí en donde sitúa su nombre, como en otro tiempo lo había hecho en el templo de Jerusalén, para que los israelitas acudieran.

Cuatro personas que se hallaban más o menos en idéntica situación espiritual que la mía, habiéndonos reunido en mi apartamento y hablado de las cosas que nos afectaban, les propuse partir el pan el domingo siguiente, lo cual tuvo lugar en Dublín. Otras personas se unieron a continuación. Pronto dejé mi residencia, pero la obra tomó impulso en Limerick, ciudad también de Irlanda, y a renglón seguido en otros lugares.

Transcurridos dos años (en 1830), me trasladé a Cambridge y Oxford. En esta última población algunas personas todavía activas en la obra compartieron de mis convicciones, y sintieron que la Iglesia debía ser para Cristo como una Esposa fiel.

Fui invitado a desplazarme a Plymouth para predicar, lo cual también acepté e hice. Predicaba por doquier donde me solicitaban, sea en los templos, o bien en locales particulares. Más de una vez, aun con los ministros del clero nacional (anglicanos), hemos partido el pan el lunes por la noche, después de reuniones de edificación cristiana en las cuales había libertad para leer, orar o indicar un himno de alabanza. Unos meses después, empezamos a realizarlo los domingos por la mañana, usando de la misma libertad, pero añadiendo la Cena a nuestras actividades en este día, pues teníamos y tenemos el hábito de participar en ella todos los domingos (a veces se ha participado más a menudo). Más o menos, en esa misma época, en Londres, también empezaron a gobernarse siguiendo esta línea de conducta.

La unidad de la Iglesia, cuerpo de Cristo, la venida del Señor, la presencia del Espíritu Santo, tanto en el individuo como en la Iglesia; un desarrollo asiduo de la Palabra; la predicación del Evangelio como obra de pura gracia; obra cumplida y por lo tanto dando al corazón (por el Espíritu Santo) la seguridad de la salvación; la separación práctica del mundo; la consagración a Cristo como siendo el que ha redimido la Iglesia; un andar, no teniendo otro motivo o regla que Él; en fin, otros temas en relación con los citados. Todo esto ha sido tratado y promovido en publicaciones separadas o en escritos periódicos, y estas verdades se han difundido ampliamente.

Un buen número de ministros nacionales (anglicanos) dejaron los cargos de sus iglesias para andar según estos principios, e Inglaterra se llenó poco a poco de reuniones más o menos numerosas.

Siendo Plymouth el lugar en donde se editaban la mayoría de estos escritos, la denominación de "hermanos de Plymouth" vino a ser la usual para identificar esas reuniones.

En 1837 visité Suiza, y estas verdades empezaron a introducirse. Repetí esas visitas varias veces. La segunda vez me hospedé en Lausana por un tiempo, y allí Dios operó conversiones y reunió a un buen número de sus hijos fuera del mundo. En Suiza había disidentes de la Iglesia oficial desde hacía veinte años, y habían sufrido fielmente por el Señor en aquel tiempo, pero no había mucha actividad entre ellos, y el avivamiento inicial se encontraba en vías de extinción. Por la bondad de Dios, su obra se ha multiplicado por el país y las conversiones han sido numerosas. En cambio, en la Suiza de lengua alemana no se ha alcanzado tanto desarrollo.

Durante dos de mis permanencias en Lausana, algunos creyentes jóvenes que deseaban consagrarse a la evangelización pasaron cerca de un año en mi compañía estudiando la Biblia. También participábamos conjuntamente, y cada día, en la celebración de la Cena.

En el mismo tiempo, aunque con independencia de lo que sucedía en Suiza, un hermano que trabajaba en Francia, en la obra del Señor, despertó la atención en un distrito de considerable importancia por su extensión; lugar que se caracterizaba por la incredulidad y las tinieblas.

Algunos de los jóvenes hermanos de quienes he hablado, y dos o tres más, conocidos, pero que no habían estado conmigo, fueron a trabajar a Francia. Otros obreros de diversas Sociedades, sintiendo que serían más felices trabajando bajo la dirección inmediata del Señor en vez de sujetarse a cualquier comité (organismos que por otro lado no son conocidos, ni de hecho ni por principios, en la Palabra, y a los que además la posesión del dinero les confiere el derecho de dirigir la obra del Señor), han renunciado a su salario y se han consagrado a la obra, confiándose a los siempre fieles cuidados del Señor. Dios ha suscitado otros, aunque es bien cierto "que la mies es mucha y los obreros pocos". Dios ha bendecido abundantemente a estos obreros, y ha habido numerosas conversiones en la Francia meridional. Desde el principio visité esas comarcas y compartí con ellos las penas y las vicisitudes de la obra con alegría, pero han sido esos esforzados hermanos a quienes corresponde el honor de este trabajo. En algunos lugares, las primeras fatigas han sido mi porción; en otros solamente he visitado y ayudado, cuando la obra, gracias a Dios, había sido ya establecida. El Señor nos concedió ser de un corazón y un alma para ayudarnos mutuamente, buscando el bien de todos y reconociendo nuestra debilidad.

Casi al mismo tiempo comenzó en el este de Francia una obra parecida, pero también con independencia de ésta. Ha sido visitada, y en la hora presente su extensión abarca desde Basilea hasta los Pirineos, con una gran laguna, teniendo como cabecera la ciudad de Toulouse. El país está más o menos sembrado de reuniones, y la obra, por la gracia de Dios, se va extendiendo todavía.

Debo decirle que jamás me mezclé ni intervine en manera alguna en la vocación ni en la obra de los hermanos que estudiaron la Biblia conmigo. Refiriéndome a algunos de ellos, tenía la convicción de que Dios no los había llamado, y efectivamente la cosa quedó confirmada, pues de hecho volvieron a sus ocupaciones ordinarias. En cuanto a los demás, he procurado ayudarles en el estudio de la Biblia, comunicándoles las luces que Dios me impartía, pero dejándoles por entero la responsabilidad de su vocación tanto para la obra de evangelización como de la enseñanza de la Palabra.

Hemos tenido el hábito de reunirnos de tiempo en tiempo por unos días cuando Dios nos ha deparado la ocasión, para estudiar todos juntos temas bíblicos o libros de la Palabra y comunicarnos mutuamente lo que Dios había dado a cada cual. Durante algunos años, tanto en Irlanda como en Inglaterra, habían tenido lugar grandes conferencias con motivo de lo acabado de exponer. Estas conferencias duraban una semana. Tanto en el Continente (europeo), como en Inglaterra esto ha variado, y ahora son menos frecuentes. En tales circunstancias hemos pasado quince días o tres semanas estudiando alguno de los libros de la Biblia.

Mi hermano mayor —que es también cristiano—, ha vivido dos años en Düsseldorf. Se ocupa también en la obra del Señor. Ha sido de bendición para algunas almas en los alrededores de esta ciudad. Estas almas, a su vez, han propagado la luz del Evangelio y la verdad, y un cierto número de personas se reúnen en las provincias renanas (es decir, provincias situadas en las orillas del río Rin). Se han traducido diversas publicaciones y tratados de los hermanos, y se han repartido profusamente, y así se halla diseminada la luz en relación con la liberación del alma, la posición de la Iglesia, la presencia del Espíritu Santo aquí, entre los santos, y el regreso del Señor. Dos años después, ayudado por las luces proyectadas por este ministerio escrito —según creo—, pero independiente de esta obra, ha tenido lugar en Elberfeld un movimiento del Espíritu de Dios. Existía allí una "Hermandad" que empleaba doce obreros, si no me equivoco. El clero ha querido prohibir a estos obreros la predicación y la enseñanza del Evangelio. Instruidos sobre la libertad del ministerio del Espíritu y compadecidos por amor a las almas no han querido obedecer esa orden. Siete de esos obreros y otros miembros se han separado del grupo, y algunos de ellos, con otros que Dios ha suscitado, han continuado la obra de evangelización que se ha extendido desde Holanda (Gueldres) hasta Hesse. Las conversiones han sido numerosas, y varios centenares de almas se reúnen ahora para el partimiento del pan. Más recientemente, la obra ha comenzado a establecerse en Holanda, así como también en el sur de Alemania Por medio de otros instrumentos de Dios, ya existían algunas reuniones en el Würtemberg.

La evangelización de Suiza y de Inglaterra, saltando el océano, ha formado varias reuniones en Estados Unidos y en el Canadá. Desde allí se ha extendido a los negros de Jamaica, la Guayana inglesa, y entre los indígenas del Brasil, en donde un hermano se ha abierto camino, pero ha muerto, y no sé si otro hermano conocerá bastante la lengua para continuar esta obra que había sido bendecida.

Las colonias inglesas en Australia también tienen sus reuniones de hermanos, pero no me extiendo más, pues creo que este resumen le bastará.

Los hermanos no reconocen otros cuerpos sino el de Cristo, es decir, la Iglesia de los primogenitos en conjunto. También reconocen a todo cristiano (puesto que es miembro de Cristo) que ande en la verdad y en la santidad. Su esperanza de salvación está fundada sobre la obra expiatoria del Salvador, del cual esperan Su regreso según la Palabra. Creen en la unión de los santos con Él, como un cuerpo, del cual también Él es la Cabeza. Esperan el cumplimiento de la promesa de Su venida, para ser introducidos en la casa del Padre y estar allí donde Él está. Mientras están a la expectativa de estas cosas, deben llevar cada uno su cruz y sufrir con Él, separados del mundo que le rechazó. Su persona es el objeto de la fe, su vida el ejemplo a seguir en la conducta. La Palabra, a saber, las Escrituras inspiradas de Dios, es decir, la Biblia, es la autoridad que forma su fe; es el fundamento, lo cual también reconocen como debiendo ser lo que gobierne sus acciones. Y el Espíritu Santo, el único que puede hacerla eficaz por medio de la vida recibida y por la práctica de la misma.»



Fragmentos de cartas en relación con el interesante tema de:
Cuerpo, Alma y Espíritu

St. Hippolite, 1851.

Al Sr. M.:

«Amado hermano,

Respondo brevemente a sus preguntas, según mi capacidad.

En general, "alma" y "espíritu" son casi equivalentes, siendo usadas de una manera un poco vaga en contraste con el cuerpo, para significar la parte espiritual, inmortal, responsable e inteligente del hombre. En el pasaje que Vd. cita, (aunque no incluye la cita, seguramente se trata de lª a los Tesalonicenses 5:23), pienso que el apóstol procuraba sobremanera desarrollar ante los Tesalonicenses la santificación íntegra del hombre, designando para tal fin todo lo que puede distinguirse en él. Sin duda alguna, el Espíritu ha querido hacernos discernir estas cosas en nosotros mismos. La diferencia entre ellas me parece que es la siguiente: Tenemos el cuerpo, que es dependiente de la inteligencia y de la voluntad, en bien y en mal, y el canal de las impresiones de lo que está fuera de nosotros, el vaso y el instrumento de nuestras pasiones; no es preciso que me extienda sobre el particular.

El alma es la vida natural en donde radican las afecciones y toda la acción vital que nos distingue de la existencia vegetal; supone una voluntad y más o menos la inteligencia. Así pues, una bestia tiene un alma, un alma inferior sin duda alguna, bajo todos los aspectos, pero la tiene. Pero está escrito que Dios alentó en la nariz del hombre soplo de vida; y vino a ser en alma viviente; esto es lo que esencialmente distingue al hombre de la bestia. Dios hizo que de la tierra surgieran toda suerte de animales, para venir a existir, como seres vivientes, según su voluntad suprema; pero jamás alentó espíritu de vida en las narices de los tales. Esta diferenciación nos constituye en linaje de Dios. (Hch 17:29). Ahora bien, podemos engreírnos, querremos ser independientes, desearemos razonar sobre Dios, para querer ser como Él, o bien al contrario, anhelaremos recibir las comunicaciones que nos hace su Espíritu para sentir nuestra responsabilidad y someternos, amar subjetivamente, lo cual corresponde a obedecer de corazón. Ocuparnos de sus pensamientos y recibirlos con sumisión, esto es la santificación de espíritu.

Las afecciones del alma pueden tener el Yo por centro, o ser ordenadas según Dios y ser así santificadas. A menudo, como ya he dejado dicho, el espíritu, —punto de contacto del alma con Dios—, está comprendido en la expresión "alma", pues es por este soplo / espíritu de vida que el hombre vino a ser en alma viviente. El corazón es el alma contemplada desde el punto de vista de las afecciones, y con frecuencia se identifica con las mismas; por ejemplo: cuando decimos "de todo corazón", "tiene mucho corazón", etc. El espíritu es el alma desde el punto de vista de su inteligencia, por lo cual queda bajo responsabilidad. Si contemplo el alma desde esta perspectiva diré: "mi espíritu", si lo hago desde el lado de las afecciones, diré: "mi corazón".

En la conciencia hay dos partes: el sentimiento de la responsabilidad hacia uno a quien se es deudor, y el conocimiento del bien y del mal. La primera parte existía ya en la inocencia, y existe por doquier donde subsiste la conciencia de la relación que nos sitúa en la posición del deber. El conocimiento del bien y del mal, que nos hace sentir, en nosotros mismos, la diferencia entre las cosas buenas y las malas, convenientes o inconvenientes, lo hemos adquirido por la caída —terrible conocimiento y agravamiento de la responsabilidad para un pecador ya comprometido, pero necesario para tenerlo frenado y darle el verdadero sentimiento de su obligación.