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Capítulo 2 Apéndice Acceso al artículo original -Primitive Monotheism: And the Origin of Polytheism |
ACE CIEN
AÑOS,
cuando Darwin publicó su libro El
Origen de las
Especies, el clima
de opinión ya tendía hacia el punto
de vista de que todo
estaba en estado de
mejora, que los humanos estaban mejorando
más y más, que
sus ideales eran más y
más elevados, y su fe religiosa más
y más pura, y
su productividad cada vez
mayor. El corolario de todo esto, aunque no
siempre se sacaron las
consecuencias de ello, era que retrocediendo en el
tiempo, todo
tenía que haber
sido peor, y tanto más peor según se
retrocediese en la
historia y en la
prehistoria. Incluso los que creían que
ocasionalmente en el
pasado y en
algunas zonas del mundo también se
había dado un proceso
de degeneración —en
particular donde había hombres primitivos—,
seguía
habiendo una persuasión
emocional de que en general el progreso era algo
automático. La
persuasiva
filosofía de la evolución
parecía tener una
calidad contagiosa, y una por una,
cada rama de la investigación
histórica sucumbió a
la tentación de reconstituir
sus datos en escalas ascendentes, comenzando desde
lo simple, burdo o
ingenuo,
y conduciendo hacia lo complejo, refinado o
sofisticado en el presente.
Se dio
por supuesto que todo se amoldaba a este
patrón: la historia del
arte, de la
tecnología, de la organización
social, en realidad de
todo —incluyendo las
creencias religiosas. Había un impulso
lógico en todo
ello. Y de cierto parecía
evidente que tenía que ser así. Hubo varias
teorías
acerca del origen de la fe
religiosa con una interpretación evolutiva
que precedieron a la
clásica obra de
Darwin. Spencer escribió con cierta
extensión acerca de
esta cuestión, como
otros autores, cada uno de ellos exponiendo la
manera en que
suponían que «todo
comenzó». Había comenzado con
el culto a los
muertos, a veces de los antepasados,
pero no siempre, o comenzó con la
sensación que se
suponía que el hombre
primitivo debía abrigar de que la
Naturaleza estaba animada, que
las «cosas»
tenían «voluntades» y que era
bueno reconciliarse
con ellas, o comenzó
simplemente porque nuestros antiguos antepasados
vivían unas
vidas tan rodeadas
de peligros en circunstancias tan atemorizadoras y
por ello tan
constantemente
asediados de cosas desconocidas, que estaban
amedrentados y temblando y
casi
paralizados por el temor durante la mayor parte de
sus vidas. En estas
circunstancias, lo que se suponía que era
una cierta
disposición supersticiosa
de la naturaleza humana dio origen de forma
«natural» a
sentimientos de asombro
y temor, que poco a poco evolucionaron y dieron
origen a creencias
religiosas
estructuradas. Esto parece como una burda
exageración de lo que
hombres desde
luego inteligentes afirman que sucedió,
pero no es tal
exageración. Por
ejemplo, Lewis Browne escribió con toda
seriedad:[1] En el principio fue
el temor; y el temor estaba en el corazón
del hombre; y el temor
controlaba al
hombre. En todo momento lo abrumaba, y no le
dejaba un momento de
tranquilidad.
Con el salvaje aullido del viento caía
sobre él; con el
estallido del trueno y
el gruñido de las fieras que acechaban.
Todos los días
del hombre eran grises
por el temor, porque todo su universo
parecía cargado de
peligros. ... Y él, un
pobre y balbuceante medio simio, cuidando su
herida en alguna caverna
fría y
desapacible, solo podía temblar lleno de
temor. Los escritores
cristianos
que creían que la
Escritura era un verdadero registro de la historia
temprana del hombre
consideraron esta tendencia como un verdadero
desafío, y con
creciente
frecuencia comenzaron a aparecer eruditos
artículos y libros
académicos, en los
que se declaraba que el punto de vista contrario
era una
interpretación mucho
mejor de la evidencia disponible. Fue una
época de gran
expansión misionera; y,
no debería olvidarse, también de
expansión en
estudios realizados por
antropólogos sobre pueblos primitivos. Cosa
inesperada, los
mejores informados
entre dichos antropólogos comenzaron a
encontrarse con mayor
acuerdo con los
primeros, y el resultado fue la publicación
de los escritos de
alguien como
Andrew Lang. Lang influyó mucho sobre un
autor católico
romano, Wilhelm Schidt,
que era antropólogo y fundador de una
revista justamente
célebre, Anthropos. En
aquellos primeros
tiempos,
la revista The Transactions of the
Victoria Institute iba repleta de
artículos sobre esta
cuestión. Más
adelante en este artículo se da una lista
de los mismos. Entre
los años 1900 y
1935, toda esta cuestión fue tratada por
hombres convencidos de
que las
reconstrucciones evolutivas de las creencias
religiosas del hombre eran
fundamentalmente erróneas, y produjeron tal
impacto que los
filósofos
evolucionistas prácticamente abandonaron
toda esta línea
argumental. A partir
de mediados de la década de 1930, esta
cuestión ha estado
prácticamente muerta,
aunque muchos seminarios teológicos
liberales desarrollan sus
cursos de
historia de la religión como si nunca se
hubiera escrito nada de
lo anterior. Debido a que los
evolucionistas han abandonado
el tema, ha pasado a ser un tema de relativo poco
interés por
parte de muchos
lectores cristianos bien informados, y se oye bien
poco acerca de esto
en la
actualidad. Esto podría llevar a creer que
la filosofía
evolucionista no ha
sido una maldición absoluta, porque
allí donde ha sido
rigurosamente seguida y
expuesta dogmáticamente, los
evangélicos se han visto
forzados a reflexionar
seriamente y a escribir seriamente acerca de la
cuestión. Los desafíos
han sido algo bueno, porque
las
circunstancias que rodean este campo particular de
estudio demuestran
que tan
pronto desaparece la amenaza, el cristiano es
propenso a adormilarse. Sin embargo, vale
la pena
quizá reconsiderar otra vez esta
cuestión desde una
perspectiva ligeramente
diferente. Así, en el Capítulo 1 de
este artículo
me propongo exponer, de forma
breve, mi parecer de que, remontándonos tan
atrás como
podamos estudiando las
tradiciones, sean orales o escritas, y analizando
las creencias
presentes o
recientes de aquellos que siguen viviendo unas
vidas relativamente
primitivas,
parece que una fe monoteísta pura
precedió al sistema de
creencias
supersticiosas, degradadas, ineficaces e
irrazonables que se
aceptó
posteriormente. Esto es cierto de la
antigüedad clásica, no
meramente alrededor
del Mediterráneo, sino también en la
India y en el Lejano
Oriente, e incluso
—si es aplicable el término antigüedad—
a las grandes civilizaciones del Nuevo Mundo.
Entonces me propongo, en
el
segundo capítulo, considerar muy brevemente
lo que me parece que
son algunas de
las implicaciones de la tendencia humana hacia la
degeneración
espiritual de la
que la historia da un testimonio tan frecuente.
Así, el primer
capítulo
constituye una especie de bibliografía
anotada, un resumen de
los datos, un
artículo de reseña con la
documentación apropiada.
El Capítulo 2 es más
filosófico, una exploración de ideas
más que de
datos, de implicaciones de los
acontecimientos más que de los
acontecimientos mismos. * * * * * Del monoteísmo
al politeísmo En una
sociedad sofisticada
ACE ALGUNOS
AÑOS el
prebendado Rowe observó
que es más razonable comenzar con lo que se
conoce y razonar a
partir de esto
hacia lo desconocido que comenzar con lo
desconocido con la esperanza
de poder
explicar lo conocido. Ahora tenemos un cuerpo de
datos
«conocidos» que es
sustancial, y en algunas maneras los datos
más seguros se deben
encontrar en la
vasta cantidad de literatura que se ha preservado
en la Cuna de la
Civilización, Mesopotamia. Cuando la
literatura
cuneiforme comenzó a
desvelar su mensaje, los eruditos en cuneiforme y
en
jeroglíficos egipcios
pronto descubrieron en dicha literatura una
inmensa cantidad de dioses
y diosas,
y demonios y otros poderes espirituales de
categoría inferior,
que parecían
estar siempre en guerra entre ellos y muy
destructivos gran parte del
tiempo.
Pero al irse excavando y extrayendo tabletas
más y más
antiguas, y al ir
aumentando la capacidad de descifrarlas, la
primera imagen de un burdo
politeísmo comenzó a ser sustituida
por algo que se
acercaba más a una
jerarquía de seres espirituales organizados
en una especie de
corte con un Ser
Supremo sobre todos. Uno de los primeros eruditos
expertos en
cuneiforme que
reconoció la significación de esta
tendencia fue Stephen
Langdon de Oxford, y
cuando informó de sus conclusiones lo hizo
a sabiendas de que
sería difícil que
le creyesen. Así, escribió en 1931:[2] Puede que sea
difícil hacer creer mi conclusión de
que, tanto en la
religión sumeria como en
la semítica, el monoteísmo
precedió al
politeísmo. ... Las pruebas y las
razones para esta conclusión, tan
contrarias a los puntos de
vista aceptados y
corrientes, han quedado expuestas con todo cuidado
y a sabiendas de la
crítica
contraria. Es, espero yo, la conclusión
derivada del
conocimiento, y no de una
audaz idea preconcebida. Por cuanto
Langdon
adoptó la postura de que
los sumerios representan la civilización
histórica
más antigua, añadía: Es mi parecer que la
historia de la más antigua
civilización humana constituye
un rápido abandono
del monoteísmo hacia un politeísmo
extremado y a una
extendida creencia en los
malos espíritus. Es en un sentido muy
verdadero la historia de
la caída del
hombre.
Cinco
años
después, en un artículo que
apareció en The Scotsman, escribía:[3] La historia de la
religión sumeria, que fue la influencia
cultural más
poderosa del mundo
antiguo, pudo seguirse mediante inscripciones
pictográficas casi
hasta los más
antiguos conceptos religiosos humanos. Los datos
señalan
inequívocamente a un
monoteísmo original, las inscripciones y
los restos literarios
de los más
antiguos pueblos semitas indican también un
monoteísmo
primitivo, y ha quedado ahora
totalmente desacreditado el pretendido origen
totémico de la
religión hebrea y
de otras religiones semitas. Hasta donde yo
alcance a
saber, solo una
persona ha planteado un desafío serio a la
conclusión de
Langdon desde
entonces. Y esta persona fue uno de mis
profesores, T. J. Meek.[4]
El argumento que utilizó Langdon se basaba
en las siguientes
circunstancias: La
religión sumeria en su último
desarrollo antes que
desapareciera este pueblo
como colectivo, asimilado por los posteriores
babilonios, parece haber
involucrado a unos 5000 dioses. Las inscripciones
de hacia En todo caso,
posteriores
excavaciones en Tell
Asmar desde el período del tercer milenio
a.C. han corroborado
totalmente sus
resultados. Así, Henry Frankfort
escribió en su informe
oficial:[5] Además de sus
resultados más tangibles, nuestras
excavaciones han establecido
un hecho
novedoso, que el estudioso de las religiones
babilónicas
tendrá que tener en
cuenta desde ahora. Hemos obtenido, hasta nuestro
mejor conocimiento
posible
por vez primera, un material religioso completo en
su contexto social. Poseemos
una masa coherente de pruebas,
procedentes en cantidades casi iguales de un
templo y de las casas
habitadas
por los que adoraban en aquel templo. Así,
pudimos sacar
conclusiones, que los
hallazgos estudiados por sí mismos no
hubieran hecho posible. Descubrimientos,
por ejemplo, de que las
representaciones sobre sellos cilíndricos,
que están
generalmente relacionadas con
diversos dioses, pueden todas ellas ajustarse en
una imagen consistente
en la
que un solo dios adorado en este templo forma la
figura central.
Así, parece
que en este temprano período sus diversos
aspectos no se
consideraban como
deidades separadas en el panteón
sumerio-acadio. Esto suscita un
punto
importante, esto es, la
posibilidad de que el politeísmo nunca
surgió por
evolución desde un
polidemonismo, sino debido a que los atributos de
un solo Dios se
fueron
resaltando de forma diferente por parte de
diferentes personas hasta
que esta
gente en años posteriores llegó a
olvidarse de que
estaban hablando de la misma
Persona. Así, los atributos de una sola
deidad devinieron una
pluralidad de
deidades. No se trata solo de que unos individuos
determinados pusieran
énfasis
en diferentes aspectos de la naturaleza de Dios,
sino que familias y
tribus
enteras parece que desarrollaron ciertas
perspectivas compartidas
acerca de lo
que era importante en la vida y lo que no lo era,
y por ello, y de modo
nada
innatural, pasaron a atribuir a su dios aquellas
características
que les
parecían de la mayor relevancia, y a poner
un énfasis
especial en ellas. Por
ejemplo, un pueblo guerrero no es probable que
ponga énfasis en
la bondad de
Dios, ni un pueblo legalista en el perdón
de Dios. Más
bien destacarán Su poder
en el primer caso, y Su justicia en el segundo. En
otros tres
Artículos del
Pórtico[6]
hemos explorado la posibilidad de que los hijos de
Noé (Sem, Cam
y Jafet)
desarrollasen cada uno una actitud ante la vida
que los condujese a
diferentes
énfasis: Sem sobre la característica
espiritual de la
vida, Cam acerca de los
intereses prácticos de la vida, y Jafet en
los aspectos
filosóficos de la vida.
Por tanto, no es sorprendente que el Dios de los
semitas sea un Dios de
espíritu puro. En cambio, los dioses de los
camitas eran dioses
de poder. Y los
dioses de los jafetitas o indoeuropeos, en cambio,
eran dioses de luz,
en el
sentido de ser dioses de
«entendimiento». Creo que el
Evangelio de Mateo fue
escrito para los descendientes de Sem, y
está dirigido a su
manera de pensar acerca
de Dios. El Evangelio de Marcos fue escrito para
los descendientes de
Cam y
está lleno de acción, de actos, de
servicio, de autoridad
—donde la frase
característica es
«inmediatamente», «acto
seguido» y términos parecidos. El
Evangelio de Lucas fue indudablemente escrito para
los descendientes de
Jafet;
y puede ser una mera coincidencia, aunque lo dudo,
que el nombre del
escritor
significa «luz». Mucho antes que
Langdon
hubiera hecho sus
traducciones, Friedrich Delitzsch había
hecho una propuesta
bastante parecida
relativa a la tendencia continuada hacia la
multiplicación de
las deidades.[7]
Hace referencia a una comunicación de T. G.
Pinches sobre una
tableta que,
aunque preservada solo de manera fragmentaria, nos
dice que todas, o al
menos
las más elevadas de las deidades en el
panteón
babilónico se las designa como
una con y una en el dios Marduk. El dios Marduk es
presentado
con el nombre de
«Ninib» como «el Poseedor del
Poder»; bajo el
nombre de «Nergal» o
«Zamama»
como «Señor de la Batalla»;
bajo el nombre de
«Bel» como el «Poseedor del
Señorío»; bajo el nombre de
«Nebo» como
«El Señor el Profeta»; bajo el
nombre
«Sin» como «Iluminador de la
Noche»; bajo el
nombre «Shamash» como
«Señor de
todo lo que es Justo»; bajo el nombre
«Addu» como
«Dios de la Lluvia». Por
ello, Marduk era Ninib así como Nergal,
dios-Luna así
como dios-Sol, siendo
estos nombres sencillamente diferentes maneras de
describir sus
atributos,
poderes o actividades. Este mismo
proceso
histórico puede seguirse en
Egipto. En sus Conferencias Hibbert para 1879,
Renouf cita las palabras
de M.
de Rouge donde dice que a partir de, o más
bien antes del
comienzo del período
histórico, la religión
monoteísta pura de Egipto
pasó a través de la fase del
sabeísmo; el sol, en lugar de ser
considerado como
símbolo de la vida, pasó a
ser considerado como la manifestación del
mismo Dios. Rouge
observa:[8] Es
incuestionablemente cierto que las partes
más sublimes de la
religión de Egipto
no son el resultado relativamente tardío de
un proceso de
desarrollo o
eliminación de lo más burdo. Las
partes más
sublimes son demostrablemente
antiguas; y la última etapa de la
religión egipcia, la
que conocieron los
escritores griegos y latinos, paganos o
cristianos, fue de lejos la
más
degenerada y corrompida. M. de Rouge está sin
duda en lo cierto en su aserto que en los diversos
centros locales de
culto,
una y la misma deidad reaparece bajo diferentes
nombres y
símbolos. . . . Infiere
él del curso de la historia que por
cuanto el politeísmo estaba constantemente
en aumento, las
doctrinas
monoteístas tuvieron que precederle. Un argumento,
éste,
ciertamente muy sólido. De nuevo, como en
Sumer y en
Babilonia, así en
el curso del tiempo los egipcios multiplicaron y
fragmentaron en
facciones con
lealtades tribales y con unas preferencias algo
provincianas el
más puro
concepto de un Dios que todos ellos habían
compartido al
principio y que
involucraba un considerable conocimiento de Sus
atributos. Esto
llevó a una
confusión de los atributos con diferentes
individualidades, y
los términos
descriptivos pasaron a ser nombres de deidades.
Rawlinson
escribió hace muchos
años respecto a esto:[9] Una vez fragmentada
la deidad, no había límite a la
cantidad de Sus atributos
de diversas clases y
de diferentes grados; y en Egipto todo aquello que
participaba de la
esencia
divina devenía un dios. Se iban
añadiendo emblemas al
catálogo; y aunque no se
trataba realmente de deidades, evocaban
sentimientos de reverencia que
los
ignorantes no podían separar de una
adoración efectiva. No era
quizá
innatural que con el fin de
simbolizar los diversos poderes de Dios, se
enseñase que Su
visión era tan
aguda como la de un halcón, o que fuese tan
fuerte como un toro,
o que
contemplaba sin ser visto, como los cocodrilos de
los que se dejaban
ver solo
los ojos. A su tiempo, estos símbolos eran
confundidos por el
común de la gente
como dioses ellos mismos; así se
cumplió aquello que
Pablo describe en Romanos
1:18-23, que los hombres se apartaron del culto al
mismo Dios para
adorar Sus
criaturas, y con el tiempo se envanecieron en sus
razonamientos, y su
entendimiento quedó entenebrecido. En la
segunda parte de este
artículo
volveremos de nuevo a este asunto, porque es
importante ver por
qué estos
aspectos más burdos de la creencia
religiosa abrumaron de tal
manera aquellos
aspectos más elevados que vemos en los
antiguos textos egipcios
que habían sido
extraordinariamente puros. Se podría
pensar que
la situación ha cambiado
radicalmente desde los tiempos de Renouf y sus
Conferencias Hibbert.
Pero no es
así. Sir Flinders Petrie, en un excelente
libro sobre el tema de
la religión
egipcia, escribió lo siguiente:[10] Hay en las
religiones y teologías antiguas unas clases
muy diferentes de
dioses. Algunas
razas, como los hindúes modernos, se
deleitan en una
profusión de dioses y diosecillos que
están en
continuo aumento. Otras ... no intentan adorar
grandes dioses, sino que
tratan
con una hueste de espíritus animistas,
demonios o como
sea que los podamos
designar. ... Pero todo nuestro conocimiento de
las antiguas posiciones
y
naturaleza de los grandes dioses demuestra que se
encuentran sobre una
base totalmente
diferente en contraste a estos diversos
espíritus. Si
el concepto de un dios fuese solo una
evolución de esta adoración a los
espíritus,
encontraríamos la adoración de
muchos dioses precediendo a la adoración de
un dios. ... Lo que
realmente encontramos
es lo contrario: el monoteísmo es la
primera etapa que podemos
seguir en
teología. ... Siempre
que podemos remontar el politeísmo
a sus etapas más tempranas, encontramos que
resulta de
combinaciones de
monoteísmo. En Egipto hasta Osiris, Isis y
Horus, tan familiares
como tríada,
se encuentran primero como unidades separadas en
lugares diferentes:
Isis como
diosa virgen, y Horus como un Dios autoexistente. Cada
ciudad parece haber tenido solo un
dios perteneciente a la misma, y luego se fueron
añadiendo otros
con el
transcurso del tiempo. De modo parecido, las
ciudades babilonias
tenían cada
una de ellas su dios supremo, y las combinaciones
de los mismos y sus
transformaciones para formarlos en grupos cuando
sus centros se unieron
políticamente exponen cuán
esencialmente eran deidades en
solitario al
principio. En todas partes
la
dinámica parece haber sido
muy semejante, siempre que tenemos suficientes
registros para
establecer la
secuencia histórica. No es extraño
que una nación
conquistadora estableciese su
propia deidad a la cabeza del panteón, pero
tampoco es
extraño que buscando paz
y armonía rindiesen un homenaje externo a
las deidades de los
vencidos, aunque
asignándoles posiciones inferiores. Esta
especie de amplitud de
miras la
elogiaríamos actualmente bajo el
encabezamiento general de
libertad religiosa.
Pero el inconveniente de esta amplitud de miras es
que la verdad queda
muy
rápidamente desdibujada. La solución
no es sencilla: los
jesuitas, por ejemplo,
han adoptado tradicionalmente la postura de que
solo la verdad
debería recibir
una completa libertad de expresión y que
por ello la tolerancia
debe
identificarse con falta de convicción.
Cualquier persona que
esté de acuerdo en
que cada uno puede adorar lo que le parezca mejor
está en
realidad confesando,
dicen ellos, que él mismo no está
absolutamente seguro de
que tiene la verdad y
que por ello está dispuesto a mantener una
mente abierta. Tienen
razón hasta
cierto punto. Los monarcas de la antigüedad,
como Ciro, por
ejemplo, permitían
una libertad total a los pueblos vencidos para
edificar sus templos y
establecer sus sacerdocios como mejor les
pareciese. La consecuencia
era que
estos hombres, con su política
«ilustrada»,
contribuyeron a la enorme
proliferación de deidades. Como he dicho,
el problema es
difícil; pero el
ecumenismo puede ser una peor amenaza en la
dirección contraria,
al insistir en
que todos deben aceptar que se adora al mismo
«Dios»,
cuando es posible que no
sea un Dios en absoluto. Al dejar estas
antiguas
civilizaciones para
dirigirnos más al este, llegamos a la
India. Y aunque la
literatura de esta
tierra es muy antigua, el seguimiento de la
historia del origen de sus
creencias religiosas no es cosa tan simple. Sin
embargo, hay una medida
de
acuerdo en que aquí, también, se ha
dado una constante
multiplicación de
deidades a lo largo de los siglos, hasta que ahora
son como las
estrellas del
cielo en multitud. Una de las autoridades mejor
conocidas en esta
área fue Max
Müller, que auque no tenía las
convicciones cristianas que
sí tenían muchos
eruditos de su tiempo, llegó sin embargo a
ciertas conclusiones
que deberían
citarse. Max Müller nació en Alemania
en 1823,
estudió en París y
posteriormente enseñó en Londres.
Escribió muchos
volúmenes, entre los que
quizá el mejor conocido sea Chips from
a German Workshop [Virutas
de un taller alemán].
También escribió Lectures on the
Origin and Growth of
Religion, as
Illustrated by the Religions of India
[Conferencias sobre el origen y desarrollo de la
religión,
ilustrado por las
religiones de la India]. Finalmente,
redactó el
trabajo
monumental de su vida, una serie titulada The
Sacred Books of the
East [Los Libros Sagrados de
Oriente]. Él
no creía que la primitiva India tuvo una fe
monoteísta,
pero tampoco creía que
era politeísta —siendo que el
politeísmo fue una etapa
posterior que implicó un
proceso de degeneración. En su libro The
Science of Language [La
ciencia del lenguaje] escribió:[11] La mitología, que
era el azote del mundo antiguo, es de cierto una
enfermedad del
lenguaje. Un mito
significa una palabra, pero una palabra que, desde
su origen como
nombre o
atributo, se ha dejado que asuma una existencia
más sustancial.
La mayoría de
los dioses griegos, romanos, indios, y otros
dioses paganos no son nada
más que
nombres poéticos a los que gradualmente se
les dejó
asumir una personalidad
divina que nunca había sido contemplada por
sus inventores
originales. Eos era
el nombre del alba antes que llegase a ser diosa,
la esposa de
Tithonos, o el
día moribundo. Fatum, o el Hado,
significaba originalmente
aquello que había
sido dicho; y antes que el Hado llegase a ser un
poder, incluso
más grande que
Júpiter, significaba aquello que
había sido pronunciado
por Júpiter, y que
nunca podría ser cambiado —ni siquiera por
el mismo
Júpiter. Zeus significaba
originalmente el cielo resplandeciente, en
sánscrito Dyaus; y
muchas de las
historias que se referían a él como
el dios supremo
tenían significado sólo
como referidas originalmente al cielo
resplandeciente, cuyos rayos,
como lluvia
dorada, descienden sobre el regazo de la tierra,
la antigua
Dánae, guardada por
su padre en la oscura prisión del invierno.
Nadie duda que Luna
era simplemente
el nombre del satélite de la tierra; pero
también Lucina,
ambos derivados de lucere,
brillar. Hécate,
también, era un
antiguo nombre de la luna, el femenino de Hecatos
y de Hecatebolos, el
sol
lanzador de dardos; y Pirra, la Eva de los
griegos, no era más
que un nombre de
la tierra roja, y en particular de Tesalia. Esta
enfermedad de la
mitología,
aunque menos virulenta en las lenguas modernas, no
está extinta
en absoluto. Aquí
vemos, una vez
más, como el politeísmo se
desarrolla con posterioridad. Volviendo de nuevo a
la
observación de Rowe de
argumentar de lo conocido a lo desconocido, se
puede decir con
seguridad y sin
ninguna clase de vacilación que el
monoteísmo nunca
evolucionó del politeísmo en
ningún período
de la historia
primitiva del mundo para la que tengamos evidencia
documentada. Como
veremos,
esto también es cierto en China. Muchos de sus
coetáneos manifestaron su
desacuerdo con la interpretación que
Müller hacía de
los datos, y uno de ellos
era Andrew Lang. Y desde su tiempo se ha aceptado
extensamente la idea
de que
la historia de las creencias religiosas de la
India se ha caracterizado
por la
personificación, a menudo de formas
físicas burdas y con
una creciente
multiplicidad, de unos pocos conceptos de la
naturaleza de Dios que al
principio lo consideraban como el Invisible, y que
lo hacían tan
remoto que
llegó a ser considerado como virtualmente
impersonal. Estos
conceptos tan
elevados no atraen al común de los hombres,
y lo que
sucedió en el Oriente
Medio parece haberse repetido en la India, excepto
que el proceso fue
mucho más
allá debido a la continuidad cultural que
las circunstancias
permitieron en
aquel país. En el curso de este proceso,
llegaron al punto en
que sus dioses se
contaban no por miles, como en Sumer, sino por
decenas de millares. No
cabe
duda de que si Egipto hubiera retenido su cultura
original de esta
manera,
también pudiera haber acabado adorando a
50.000 deidades donde
antes habían
adorado quizá solo a una. Edward McCrady,
en su obra acerca de
las creencias
religiosas de la India, hace la observación
de que incluso el
Rig Veda (Libro
1, p. l64) nos demuestra que en los primeros
días los dioses
eran considerados
sencillamente como diversas manifestaciones de un
solo Ser Divino. Cita
lo
siguiente[12] Le llaman
Indra,
Mythra, Varunna,
Agni —aquel que es Uno,
el Sabio nombre por términos diferentes. Los eruditos en
Occidente se
inclinan por la
opinión de que los más antiguos
humnos en el Rig Veda
datan de entre 1500 y
1200 B.C.[13]
La
tradición en la India, por su parte, les
atribuye una
antigüedad mucho mayor.
Sea cual sea la fecha, y aunque Müller
compartiese en bien poco la
perspectiva
cristiana de la historia espiritual del hombre,
sin embargo
admitió
abiertamente:[14] Hay un monoteísmo que precede al politeísmo de los Vedas; e incluso en la invocación de los innumerables dioses, irrumpe el recuerdo de un Dios uno e infinito a través de la neblina de la fraseología idolátrica como el cielo azul que está oculto por unas nubes pasajeras. Cuando llegamos a
China, la
situación es
todavía más confusa, porque los
chinos parecen haber
sentido una aversión
peculiar a la adoración de deidades
personales. Pero algunos de
los autores más
antiguos se sentían confiados en que
podían discernir
indicios de una fe al
principio monoteísta pura, que sin embargo
se perdió
pronto de vista debido a
la naturaleza extremadamente práctica de la
mente china. Una fe
tan pura, como
ya hemos visto, no es «útil»,
porque uno no puede
esperar sobornar, engatusar o
en modo alguno persuadir para provecho propio a un
Ser Supremo que es
absolutamente puro y que está por encima de
todo soborno o
engatusamiento. Y
por esto mismo, desde un punto de vista
práctico, se pasa a
buscar la atención
de poderes inferiores y se olvida al
Altísimo. Un trabajo
notable a este
respecto lo escribió John Ross de la
Iglesia Libre Unida de
Escocia, titulado The Original
Religion of China [La
religión
original de China][15]
(publicado en Nueva York, sin fecha), en el que el
autor examinaba los
conceptos subyacentes de la primitiva
religión china
según se podían juzgar
mediante sus nombres o designaciones para Dios,
con una referencia
especial al
título yuxtapuesto Shang-Ti. Él
interpretó estas
dos palabras con el
significado de «por encima» o
«superior a» y
«gobernante», esto es:
«Gobernante
Supremo». Dijo que este nombre
«estalla repentinamente ante
nosotros sin
ninguna advertencia ... con la integridad de una
Minerva».
Más recientemente se
ha arrojado un intenso haz de luz sobre la fe
china primitiva gracias
al
descubrimiento de los llamados «huesos
oraculares». Los
eruditos chinos han
dividido su historia antigua en tres
períodos: primero, el
primitivo-antiguo;
segundo, el medio-antiguo; y tercero, el
proximal-antiguo. El primer
período se
extiende aproximadamente desde el siglo 21 al 12
a.C. Según Ron
Williams, que
podía leer chino de corrido, cada uno de
estos períodos
poseyó sus propias
características religiosas distintivas. El
primero fue puramente
monoteísta. El
segundo fue dualista con una tendencia al
materialismo, pero reteniendo
todavía
un sabor del antiguo monoteísmo. El tercero
fue totalmente
materialista. El
Profesor Williams comenta:[16] Sería quizá
deseable
en este momento examinar los términos que
se usan para Dios. La
escritura
china, como los jeroglíficos egipcios o los
silabarios
cuneiformes de
Mesopotamia, fue originalmente
pictográfica. Es decir, cada
carácter era una
imagen o un diagrama que describía el
objeto o idea a comunicar. Hay
dos términos que se encuentran en este
período primitivo.
Uno es Y
persiste en China en la
actualidad una
antigua costumbre de año nuevo de atar
primero un manojo de
tallos de sésamo o
de ramas de cedro con un cordón rojo y
luego ponerlos derechos
en el centro del
patio abierto para quemarlos como un acto de
adoración. Este era
el sacrificio
del haz encendido al Dios Arriba, aunque ahora con
frecuencia lo llaman
un
sacrificio meramente al cielo. Los
términos Ti’en
y Shang Ti se podrían
comparar respectivamente con las palabras Dios
y Jehová en el Antiguo
Testamento. En
palabras del Profesor Gile: «Shang Ti
sería Dios como
andando en el huerto al
fresco del día; el Dios que olió el
aroma fragante del
sacrificio de Noé, y el
Dios que permitió a Moisés ver Su
espalda. Ti’en
sería el Dios de dioses de los
Salmos, cuya misericordia es para siempre». Williams observa
en su
comunicación que el Libro de
la Historia
afirma, en sus
comienzos, que el gobernante Shun, en su
accesión en 2255 a.C.,
«ofreció el
sacrificio usual a Dios». Esta
declaración, que aparece
sin introducción ni
explicación, implica una serie desconocida
de acontecimientos
precedentes que
se remontan a la más remota
antigüedad. Estaban tan
familiarizados con aquella
práctica habitual que no necesitaba
más detalles de las
ceremonias implicadas.
Su autoridad era tan incuestionable que no
había razón
para ningún prefacio.
Williams prosigue: En este período
de
la historia china, Dios el Supremo Gobernante era
uno e indivisible,
incapaz de
cambios, sin igual, rigiendo de forma absoluta y
solitaria sobre todos
en el
cielo arriba y en la tierra abajo. Hacía lo
que quería y
ningún poder podía
estorbarlo, y Su voluntad era siempre recta. Pero
permitía con
no poca
frecuencia que los malvados prosperasen, y en las
Odas
oímos con frecuencia la voz de aquel
espíritu quejoso
que
dio pie al libro de Job. Posteriormente,
Williams
observa que ni en El Libro de la
Historia ni en las Odas se
puede encontrar ninguna
referencia a los ídolos. Nunca en China se
ha hecho ninguna
representación de
nada en los cielos arriba ni el la tierra abajo
para tipificar a Dios.
Y se le
puede adorar en todo lugar y en cualquier momento,
al estar presente en
todas
partes. Hasta ahora hemos
recogido
nuestra información
solo de las páginas de los Clásicos
Chinos. Queda
todavía otra fuente de
información ya mencionada, los llamados
Huesos Oraculares. Como
observa
Williams, J. M. Menzies, de la Universidad de
Cheeloon Tsinan,
considerado por
los sinólogos como la mayor autoridad
viviente sobre la
escritura china
arcaica, descubrió unos huesos inscritos
con antiguos caracteres
chinos.
Aparecieron alrededor de 20.000 fragmentos de
estos huesos cerca de
An-yant, en
el norte de Honan, el emplazamiento de la antigua
capital de la
dinastía Shang.
Los huesos están inscritos con preguntas
formuladas por el rey a
su sacerdote
por una parte, y con la respuesta que el sacerdote
recibió
mediante adivinación
por la otra. Contienen el nombre de Dios, Shang
Ti, y a pesar de su
gran
cantidad no se hace referencia alguna a ninguna
otra deidad en absoluto. Examinemos
algunas
de estas inscripciones, los más antiguos
escritos chinos
que poseemos.
Para clarificarlo, el símbolo de la deidad
está encerrado
en un cuadrado con
línea fina. 1. «Indaga
acerca
de Dios ordenando lluvia; no habrá una
cosecha
abundante.» 2. «Dios
ordena
la lluvia: una cosecha abundante.» 3. «Indaga
en
esta, la tercera luna, acerca de Dios ordenando
mucha lluvia.» 4. «Indaga
acerca
de que el rey construya la ciudad; Dios
consiente.» Así, la
forma Con el
tiempo, esta fe pura comienza a quedar eclipsada
al hacerse patente por
documentos posteriores de una naturaleza similar
que ahora se estaban
presentando oraciones primero por
medio
de los antepasados a Dios, a quien no se dirigen
directamente, y luego,
con
el
tiempo, a los antepasados mismos. Más
adelante, las peticiones a
un Dios
personal se sustituyen por peticiones al cielo, y
más
posteriormente también a
la tierra. En el período medio-antiguo, el
gran filósofo
Chu, el famoso
anotador de los Clásicos, definió el
cielo como «la
azul bóveda superior», o,
alternativamente por algún proceso de
evolución mental,
como «la rectitud
abstracta». Recientemente, se
publicó un volumen de la
serie The Great Ages of Man [Las
grandes eras del hombre] que trataba de la
antigua China. El autor era Edward
H. Schafer. Y él sigue esta
regresión de la siguiente
manera:[17] Una de las más
antiguas y desde luego la más grande de las
deidades era el Dios
Celeste Ti’en.
En los tiempos más antiguos se consideraba
a Ti’en como un gran
rey en el
cielo, más excelso que ningún rey de
la tierra,
más brillante y más terrible.
Posteriormente, muchos pasaron a considerarlo como
una dínamo
impersonal, la
fuente de energía que animaba al mundo. Así, una
vez
más, donde podemos acudir a
registros escritos, tenemos evidencia de la
degeneración de la
fe religiosa, no
de su evolución ascendente. Si pasamos del
Oriente Medio
a Europa, la
historia se repite. Así, Axel W. Persson,
en su obra The
Religious Beliefs of Prehistoric Greece [Las
creencias
religiosas de la Grecia prehistórica],
observa:[18] A partir de dos
deidades,
la gran Diosa y el Niño Dios, se
desarrolló luego una
mayor cantidad de figuras
más o menos significativas que encontramos
en los mitos
religiosos de Grecia. A
mi parecer, su
diversidad en aumento
depende en grado muy considerable de los
diferentes nombres de
invocación
pertenecientes originalmente a una sola deidad. Este mismo
proceso
básico se hace evidente en
la antigua Italia. Rosenzweig,[19]
escribiendo acerca de las Tablas Iguvinas, cuya
fecha no es segura,
pero que
probablemente pertenecen al período
primitivo de los etruscos,
observa «la
curiosa flexibilidad» del panteón que
se pone de
manifiesto en estas tablas, en
las que «las deidades se distinguen por
adjetivos, que a su vez
emergen como
poderes divinos independientes. ...». El
autor considera que
ésta es quizá la
característica más notable de estas
tablas. Me parece que por
todo lo
que ha salido a la
luz durante los últimos cien años
por el estudio de
antiguos documentos, es
decir, de los registros escritos de antiguas
civilizaciones, la imagen
que
surge de la historia espiritual del hombre, por lo
que se refiere a sus
creencias formalizadas, nos permite solo concluir
que comenzó
con una pura fe
en un Dios justo y compasivo, que era
omnipresente, omnipotente y
omnisciente,
que podía ser adorado en espíritu
sin necesidad de
imágenes ni de otros apoyos
materiales. De hecho, este concepto era demasiado
excelso para que
pudiera
sobrevivir entre hombres ordinarios cuyo
conocimiento no fuese o bien
reforzado
de manera milagrosa o continuamente aumentado por
revelación. El
burdo
politeísmo del paganismo en el mundo
clásico de Roma y de
Grecia puede ser
explicado no como por el esfuerzo humano por
purificar su fe, sino por
su
rápida pérdida de la verdad que
había tenido
originalmente. Y el grado en que este
mundo clásico estaba en deuda con Oriente
Medio por la
degeneración de su fe
queda ampliamente ilustrado en el estudio
justamente célebre de
Hislop, The Two Babylons [Las dos
Babilonias].[20] En una sociedad no
sofisticada No tenemos
registros
escritos que cubran las
creencias originales de los pueblos primitivos,
pero durante los
últimos cien
años se ha llevado a cabo y recogido una
enorme cantidad de
estudios detallados
y exhaustivos de sus creencias, de forma destacada
por Wilhelm
Schmidt. La
prueba mediante inferencia nos permite decir con
confianza que el curso
de su
historia religiosa fue precisamente el mismo que
el de las
civilizaciones más
avanzadas de la antigüedad, con esta
diferencia, que mientras que
en los países
civilizados la fe pura se corrompió debido
a un razonamiento
erróneo debido a
la pecaminosidad de la naturaleza humana, entre
los pueblos primitivos
se
corrompió la fe pura debido a la ignorancia
y a la
superstición, de nuevo
reforzado ello por la pecaminosidad de la
naturaleza humana. Si vamos a
seguir
el principio enunciado por Lyell de interpretar el
pasado a la luz solo
de lo
sucedido en tiempos históricos, entonces no
tenemos derecho
alguno a suponer
que el hombre comenzó a ir a tientas en las
tinieblas y que solo
ahora ha comenzado
a aproximarse a la Luz. Los datos demuestran que
comenzó con la
Luz verdadera,
y que a partir de entonces su entendimiento se ha
ido entenebreciendo
progresivamente. La evidencia de esto entre los
pueblos primitivos se
encuentra
en cada rincón del mundo donde existen
ahora estos pueblos, o
donde hayan
existido dentro del pasado reciente. Y es
paradójico que cuanto
más primitivos
se muestra, más simple y pura resulta ser
frecuentemente su fe.
Consideraremos
muy brevemente una serie de datos, que son tan
solo unas muestras
representativas de una vasta recopilación
de información
disponible en la
actualidad en obras como las que se enumeran en la
bibliografía
de este
artículo. Sin duda de
ninguna clase,
la obra más
informativa acerca del monoteísmo de los
pueblos primitivos es
la de Wilhelm
Schmidt, que, aunque originalmente se
publicó en muchos
volúmenes en alemán, se
publicó en 1930 en una traducción
inglesa condensada en
un solo volumen.[21]
Es un excelente trabajo de investigación,
redactado con
autoridad y fluidez,
sin ninguna rigidez que pudiera esperarse de un
autor tan erudito, y
sumamente
informativo. Schmidt explora
primero la
historia del
pensamiento acerca del origen de la
religión tal como se
desarrolló durante el
siglo 19. Observa él que Spencer fue el
principal impulsor de la
primera
interpretación evolutiva de la
«religión»,
observando que anticipó a Darwin en
siete años, como aparece de su
artículo «La
hipótesis del desarrollo», que
apareció en The Leader el
20 de marzo
de 1853. Vale la pena observar también, de
pasada, que Tennyson
escribió In Memoriam, con
su errónea
descripción
de la Naturaleza como «con los colmillos y
las garras
enrojecidas» diez años
antes que apareciese El Origen de
Darwin. Schmidt observa que Spencer no hizo
ningún esfuerzo por
emplear unos
métodos históricos genuinos para
fundamentar su tesis.[22]
En base de los datos actuales, queda claro que
Spencer estaba
completamente
equivocado. Spencer mantenía que los
pueblos primitivos
comenzaron adorando a
los antepasados, y que al irse desarrollando la
civilización,
los antepasados
fueron constituyéndose «de forma
natural» en
jerarquías, y las jerarquías a su
vez condujeron a categorías, donde las
más elevadas
llegaron a ser consideradas
deidades. Lo que
Schmidt pudo
demostrar de forma concluyente era que si se
agrupan las culturas
primitivas en
base a su nivel cultural y luego se sitúan
estos grupos en un
orden ascendente,
se encuentra que los grupos más inferiores
tienen el concepto
más puro de Dios
y que al ir progresando de meros cazadores a
recolectores y
almacenadores de
alimento, a cultivadores de alimento como pastores
nómadas que
mantienen
rebaños, a cultivadores de alimentos con un
uso sedentario de la
tierra, y se
va ascendiendo por la escala a comunidades
semiurbanas, se encuentra al
principio una sencilla fe en un Ser Supremo que no
tiene ni esposa ni
familia.
Bajo Él y creados por Él
están la pareja
primordial de la que desciende la
tribu. Según Schmidt encontramos esta forma
de creencia entre
los pigmeos de
África Central, a los australianos
meridionales, a los
habitantes del centro
norte de California, a los algonquinos primitivos,
y hasta cierto punto
a los
Koryaks y a los Ainu. Tan pronto como
llegamos al
siguiente orden de
las culturas primitivas, para usar las palabras de
Schmidt, «las
condiciones
cambian completamente». Ya no se trata solo
de la pareja
primordial o del
primer padre que recibe culto, sino de una
cantidad mayor o menor de
otros
antepasados difuntos. Ascendiendo por la escala de
la complejidad
cultural, el
culto de los antepasados y de otros difuntos
suplanta totalmente al
culto al
Ser Supremo, y la antropomorfización de los
dioses que resultan
de esta
ecuación da origen a hacer
«imágenes» de
varias clases. El espíritu puro del
Ser Supremo queda reducido a una burda caricatura
de un hombre muerto.
El
progreso de la comprensión espiritual
humana fue realmente una
regresión,
siendo el primer paso, con frecuencia, la
transferencia del culto del
Creador
del primer hombre al hombre mismo creado al
principio como cabeza de la
raza
humana. Este progenitor de la raza aparece
entonces como un mediador
entre Dios
y los hombres, pero al ser más
fácilmente captado por la
visión mental, pronto
desplaza completamente a Dios. Así, citando
a Schmidt:[23] La falsedad de la
teoría
[evolucionista] de Spencer se demuestra por el
simple hecho de que el
culto a
los antepasados está muy débilmente
presente en las
culturas más antiguas,
mientras que en las mismas se encuentra una
religión
monoteísta de forma clara
e inequívoca. ... Es
también
contrario a la teoría de Spencer
que el desarrollo más elevado del culto a
los antepasados no
aparece hasta los
tiempos más recientes. ...
Luego
Schmidt analizó
un segundo punto de
vista alternativo acerca del origen de la
religión, el concepto
animista
propuesto por E. B. Tylor. El punto de vista de
Tylor suponía
que el hombre
primitivo usaba su propia existencia como medida
de todas las
demás, y que
llegó a creer que todo, animales y plantas
al principio, pero al
fin que
incluso los objetos inanimados, estaban compuestos
de cuerpo y de alma
como él
mismo. Se suponía que el hombre primitivo
discerniría
pronto por introspección
que tenía alma, alguna clase de realidad
espiritual interior que
podía, por
ejemplo, viajar en sueños, o en
éxtasis o en
alucinaciones. Luego hubiera
atribuido a todas las fuerzas de la naturaleza una
vida anímica
parecida a la
suya, que no se podía ver, pero que se
suponía. A partir
de este concepto
animista hubiera pasado «de forma
natural» al punto de
vista de que este mundo
de los espíritus era personal. Así
hubiera surgido el
polidemonismo. Con el
tiempo, al estratificarse socialmente la sociedad,
habría
sucedido lo mismo con
el mundo de los demonios, hasta que llegamos a una
etapa de
politeísmo en la
que muchos de los demonios habían sido
elevados a la
categoría de deidades. La
etapa final fue el reconocimiento de un ser
espiritual que devino
Cabeza, esto
es, Dios, y al que todos los otros demonios y
deidades inferiores
estaban
subordinados, al pertenecer a una categoría
inferior. Incluso
después que esta
racionalización hubiera dado origen a una
fe monoteísta,
Tylor mantiene que un
Ser así sería demasiado elevado,
demasiado exaltado,
demasiado remoto, para
necesitar la adoración humana,
«demasiado indiferente para
ocuparse con la insignificante
raza humana».[24]
De modo que fue
sencillamente ignorado. Así, una fe
monoteísta que
resultó de un proceso de
racionalización vino a ser, por un
posterior proceso de
racionalización, una
fe tan apartada de las exigencias de la vida que
llegó a ser
irrelevante. La vasta obra de
Schmidt
resulta en la
demostración de que a pesar de la
verosimilitud de la
reconstrucción de Tylor,
que, de pasada, conquistó el mundo
académico de forma tan
persuasiva como lo
había hecho El Origen de
Darwin,
carece totalmente del apoyo de la evidencia, lo
que expresa con estas
palabras:[25] La teoría de
Tylor,
como la de Spencer, se promulgó durante el
apogeo del
Evolucionismo, y tiene
toda la impronta de su fuente, especialmente en su
suposición
apriorística de
un desarrollo ascendente de la humanidad siguiendo
una línea
única, y en la
ausencia de prueba alguna de que las etapas
unitarias del proceso
tengan
ninguna
relación histórica entre ellas.
Porque desde luego no se
encuentra ninguna
prueba de ello para ninguna de las etapas del
largo camino evolutivo de
Tylor.
El orden de las etapas y su relación entre
ellas se fundamenta
pura y
simplemente en la verosimilitud psicológica
de esta
vinculación; y la
verosimilitud depende del supuesto de que lo
simple precede siempre a
lo
complejo. Schmidt
analizó otro
punto de vista, el de Max
Müller, que desarrolló una compleja
teoría en la que
argumenta que el intento
de racionalizar las fuerzas naturales operando en
el mundo, el sol, la
luna, la
lluvia, el trueno, la tierra, el firmamento, el
fuego, el agua,
llevaron a
historias que trataban de explicar estas fuerzas,
y que tomaron la
forma de
mitos de la naturaleza. Los términos que
destacaban en estos
mitos, la palabra
para fuego, por ejemplo, o el firmamento, llegaron
a ser considerados
por los
menos inteligentes como nombres de deidades, y
dieron origen a los
panteones de
la antigüedad clásica. Pero como
observa Schmidt, Max
Müller, a pesar de su
fama y de su gran erudición, vivió
lo suficiente para ver
como sus ideas iban
siendo gradualmente abandonadas, hasta quedar
totalmente descartadas. En el
último
capítulo de Schmidt hay varios
elocuentes pasajes en los que recapitula lo que se
sabe acerca del
origen de la
idea del Ser Supremo en las culturas primitivas.
Dice él que el
hombre tiene
necesidades sociales, morales y emocionales. Las
primeras necesidades,
las
sociales, quedaban satisfechas por su primitiva
creencia en un Ser
Supremo que
es también el Padre de la humanidad. Las
segundas necesidades,
las morales, encuentran
su respaldo en la creencia en un Ser Supremo que
es Juez de lo bueno y
de lo
malo y que está Él mismo exento de
toda mancha moral. El
tercer grupo de
necesidades, las emocionales, quedaron satisfechas
por su creencia en
un Ser
Supremo benevolente del que solo procede lo bueno.
El hombre tiene
también
otras necesidades. Busca una causa racional y
ésta queda
satisfecha por el
concepto de un Ser Supremo que creó el
mundo y que lo ordena de
una forma que
tiene sentido, de una forma que es fiable. El
hombre necesita
también un
protector y lo encuentra en este Ser que es
omnipotente. Y así,
en todos estos
atributos, esta figura exaltada proporcionaba al
hombre primitivo la
capacidad
y el poder de vivir y amar, confiar y trabajar, y
de sacrificar fines
indignos
por objetivos más dignos en el más
allá. Schmidt
dice: «Así, encontramos, entre
toda una serie de razas primitivas, una notable
religión, con
muchas
ramificaciones y totalmente efectiva».[26] En las casi 300
páginas de argumentación demuestra
que cuanto más primitiva la cultura, tanto
más claramente
se manifiestan estos
atributos del Ser Supremo, que se daban tan por
supuestos que a menudo
apenas
se expresan, circunstancia que llevó a
muchos investigadores a
suponer que ni
tan solo existían. Así, para resumir
sus conclusiones de
forma muy breve,
usamos sus propias palabras:[27] Volviendo al pueblo
más primitivo, los pigmeos africanos o los
australianos
centrales o los indios
de la California central —todos ellos tienen un
supremo Dios celestial
a quien
presentan ofrendas de su sangre y de sus primicias
de la cacería
o de la
tierra. Todos estos pueblos tienen también
breves oraciones
acompañadas
ocasionalmente de ceremonias, que dirigen al
supremo Dios Creador antes
del
cual nada existía. Muchos escritores
sobre este
tema también
señalan de forma particular a estas tribus
primitivas por una
buena razón. Todos
ellos son pueblos que han estado en cierto sentido
aislados bien debido
a su
situación insular (como los andamaneses o
los malgaches), a
bosques inhóspitos
(como los fueguinos de Tierra del Fuego), regiones
desérticas
(como los
aborígenes australianos o los bosquimanos),
climas extremos
(como los
esquimales u otros pueblos árticos), o
debido a su abierta
hostilidad contra
los blancos (como el caso de los zulúes en
África o el de
muchas tribus
amerindias). Andrew Lang,
después
de observar que los
aborígenes australianos tienen
probablemente la cultura
más simple de cualquier
pueblo que conozcamos, dice que tienen conceptos
religiosos «tan
elevados que
sería natural explicarlos como resultado de
la influencia
europea».[28]
Sin embargo, al escribir consideraba que esta
explicación no
estaba
justificada. Dios es omnisciente, vive en los
cielos, es el Hacedor y
Señor de
todas las cosas, premia la buena conducta de los
hombres y con Sus
«lecciones»
ablanda el corazón. Esta era la creencia de
ellos. El mismo autor,
refiriéndose a los
andamaneses, a los que consideraba como viviendo a
aproximadamente el
mismo
nivel cultural, aunque en circunstancias algo
más placenteras,
afirma que el
Dios de ellos es invisible, inmortal, el Creador
de todas las cosas
excepto de
los poderes del mal, que conoce los pensamientos
del corazón, se
encoleriza
ante las falsedades y malas acciones de todas
clases, siente
compasión por los
que están angustiados o afligidos, y a
veces les proporciona
alivio de manera
personal. Él es el Juez de las almas y en
algún tiempo
futuro presidirá sobre
un gran juicio. La información que Lang
recibió
procedía de miembros ancianos
de la comunidad que en aquel tiempo no se
habían familiarizado
con otras razas.
Como dice Lang, la influencia exterior parece
haber quedado excluida en
mayor
grado que el usual.[29] Samuel Zwemer se
refirió al carácter
verdaderamente monolítico del Ser Supremo
de los pigmeos de
África, de los
fueguinos de Tierra del Fuego, de los indios de
Norteamérica, de
las tribus de
Australia central, y de los primitivos
bosquimanos, así como de
muchos pueblos
de las culturas árticas, que,
mantenía él, queda
«claro incluso con un examen
breve».[30]
En su artículo no estaba meramente
reiterando lo que otros han
observado, es
decir, que todos estos pueblos primitivos tienen
el conocimiento de una
Suprema
Deidad, sino más bien que la Deidad Suprema
que reconocen es en
todas partes
esencialmente la misma figura con los mismos
atributos. El
canónigo Titcomb,[31]
refiriéndose a los belicosos zulúes
que establecieron su
reputación guerrera
cuando se enfrentaron con las tropas
británicas, citó a
un anterior Obispo de
Natal que los conoció cuando estaban
todavía
culturalmente intactos, que había
afirmado que no tenían ídolos (una
observación
más bien excepcional en África),
sino que reconocían a un Ser Supremo que
era conocido bien como
el Gran Grande —equivalente
a «El Altísimo»—, o como el
Primer Causante
—equivalente a «La Primera
Esencia». El obispo dijo que en contra de su
reputación de
carecer de incluso
el concepto de Dios, los zulúes hablaban
constantemente de
Él, y por sí mismos,
como el Hacedor de todas las cosas y de todos los
hombres. El mismo autor
hizo una
interesante afirmación
acerca de las creencias nativas de los malgaches,
que, según
decía él, se
encuentran a menudo expresadas en forma
proverbial.[32]
Tenían dichos como estos: «No
consideres el valle secreto,
porque Dios está por
encima» —donde se reconoce claramente la
verdad de la
omnipresencia divina.
Otro era: «La testarudez del hombre puede
ser llevada por el
Creador, porque
solo Dios gobierna» —que claramente reconoce
la omnipotencia de
Dios. Un tercer
proverbio dice: «Mejor es ser culpable ante
los hombres que ante
Dios», lo que
implica claramente la creencia en la santidad y
justicia de Dios. Hablando de los
amerindios,
Paul Radin escribe:[33] La mayoría de
nosotros nos hemos criado bajo los principios de
la etnología
ortodoxa, que es
principalmente un intento entusiasta y nada
crítico de aplicar
la teoría
darwinista de la evolución a los datos de
la experiencia social.
Muchos
etnólogos, sociólogos y
psicólogos todavía
persisten en esta empresa. Pero no
se logrará ningún progreso hasta que
los
académicos se sacudan de encima, de
una vez y por todas, del curioso concepto de que
todo posee una
historia
evolutiva Algunos
años
después, este mismo autor,
refiriéndose a la postura de Lang de que el
politeísmo no
precedió ni llevó al
monoteísmo, observaba: «su
percepción intuitiva ha
quedado abundantemente
corroborada».[34] Como
conclusión
podemos observar que hacia
1950 la revista Journal of the Royal
Anthropological Institute
estaba ya bien dispuesta a publicar una
comunicación de E. O. James en la
que el autor
escribía lo siguiente:[35] Así, es
imposible
mantener una evolución unilateral del
pensamiento y de la
práctica de la
religión de la manera sugerida por la
clasificación
racionalista de Tylor y Frazer
siguiendo la línea de la «Ley de las
Tres Etapas»
enunciada por Comte. Sin
embargo, ni la especulación Euhemeriana de
que la idea de Dios
surgió del culto
a los antepasados, reavivada por Herbert Spencer,
ni la
evolución Frazeriana
del monoteísmo a partir del
politeísmo y del animismo
como resultado de un
proceso de unificación de ideas, pueden
conciliarse con la
indistinta figura de
un Ser Supremo tribal que ahora se sabe que era un
rasgo constante del
concepto
primordial acerca de la Deidad. De las culturas
avanzadas y
de las atrasadas
surge la misma imagen. Es una imagen de un
concepto extraordinariamente
puro de
la naturaleza de Dios y de Su relación con
el hombre que se va
corrompiendo
gradualmente, por una parte debido a
racionalizaciones que resultaron
de la
gradual sustitución de la revelación
por los propios
pensamientos humanos, y
por otra parte debido a una superstición
surgida de la
ignorancia y del olvido
de la revelación original. Como veremos de
forma sucinta en la
siguiente
sección de este artículo, hay poco
que escoger entre
racionalización y superstición.
En ambos casos el resultado final es el mismo —el
necio corazón
del hombre
queda entenebrecido. * * * * * Algunas Implicaciones
E ESTE breve
estudio
emergen diversos puntos
importantes. Lo que más destaca,
naturalmente, es la evidencia
de que al menos
por lo que se refiere a la historia religiosa del
hombre, la
teoría de la
evolución es totalmente contraria a los
hechos. Se sigue dando
por supuesto que
los pueblos más primitivos son un paradigma
del hombre
primitivo, porque los
paralelismos entre su arte, sus armas y su nivel
cultural general y el
arte y
las armas del hombre prehistórico se dan
por asumidos. De los
esquimales, en
particular, se dice que nos dan una buena imagen
del hombre del
paleolítico.
Pero del hombre del paleolítico se supone
que fue casi un simio
que apenas
balbucía excepto por su posesión de
algunas capacidades
de elaboración de
herramientas y por una organización social
que los simios
jamás han conseguido,
mientras que sus modernos representantes en todas
las partes del mundo
exhiben
un sentimiento religioso sumamente desarrollado
que contradice
totalmente
cualquier teoría de un origen animal. Es cierto que en
la
actualidad hallamos a
estos pueblos con creencias religiosas casi
sumergidos bajo una
cubierta de
temores supersticiosos y distorsiones que nos
parecen de lo peor. Es
fácil
sentirnos horrorizados por algunas de sus
prácticas religiosas
(como, por
ejemplo, el canibalismo ritual). Pero cuando estas
prácticas se
comparan con el
uso moderno de las armas nucleares, aparecen
incluso más humanas
cuando se
contemplan bajo la luz de su propósito, que
en este caso no es
tanto la
destrucción de sus enemigos como la
adquisición del valor
que admiran en ellos
y que quieren capturar para sí mismos. Y,
naturalmente, por
razones ya
indicadas, han tendido a olvidarse del benevolente
y misericordioso
Padre
celestial cuyo conocimiento parecen haber tenido
en el pasado, y de
quien
piensan que no tienen nada que temer, y tratan
más bien de
aplacar a los
malévolos espíritus malignos
más inmediatamente
presentes, al creer que son éstos
a quienes verdaderamente deben temer. Parece claro
ahora que el
hombre tuvo que
comenzar con un concepto puro de un Ser Supremo,
un gran Dios,
Señor de todos,
Creador del mundo, misericordioso y justo y
observador de todo,
omnipresente y
omnisciente. Esta era la fe de los pueblos
primitivos que los
evolucionistas
mismos consideran que son nuestros
«antecesores
coetáneos». ¿De
dónde vino
esta fe pura? Fue revelada
desde el mismo principio, y esta revelación
demuestra que la
mente humana desde
el mismo principio era evidentemente capaz de
comprensión
espiritual. Adán y
Eva no fueron unos animales excepcionales acabados
de escapar de alguna
manada
de primates, sino criaturas pertenecientes a otro
orden por un acto de
creación
divina que los había preparado para gozar
de una relación
singular con Dios y
para ser receptores de una revelación mucho
más completa
de lo que surge de una
lectura somera de Génesis. Se paseaban con
Dios en el Huerto, y
conversaban con
Él. Además,
por lo que se
refiere a los pueblos
primitivos mismos, creo que, culturalmente
hablando, conocieron mejores
cosas
en el pasado.[36]
Lo
que se desprende de los datos es que los hombres
pueden preservar
ciertos
recuerdos de la fe original del hombre si no han
sido corrompidos por
las
sofisticaciones de una civilización
avanzada. La
civilización tiende más bien a
nublar que a clarificar la fe verdadera. Lord John
Avebury
observó: «El
materialismo es uno de los productos
tardíos de la mente humana;
el
espiritualismo [y con esto no se refería al
espiritismo, sino a
las realidades
espirituales] es uno de los más
primitivos». Los pueblos
primitivos están mucho
más dispuestos a atender a las cuestiones
espirituales, a
aceptar a Dios en Su
realidad, que el hombre civilizado. La
civilización roba al
hombre de su
percepción espiritual, en lugar de
potenciarla. Este es un hecho
de la mayor
importancia,
porque es lo contrario de lo que generalmente
suponemos. Por alguna
razón,
siempre nos sobresalta descubrir que la persona
gentilmente cultivada
puede
estar en una completa ignorancia de las cosas de
Dios, e incluso ser
hostil a
la verdad espiritual. Son las personas
«refinadas» las que
tan
generalmente
muestran indiferencia espiritual. Por alguna
razón, Dios puede
hablar con mayor
facilidad y directamente a personas con menos
sofisticación
cultural. No muchos
nobles son llamados (1 Corintios 1:26). Por consiguiente,
se tiene
que hacer frente a
la anomalía de que en aquel mismo aspecto
de la conducta humana
que más
completamente distingue al hombre de los animales,
es decir, su
sentimiento
religioso, el hombre parece haber tenido su mayor
conocimiento cuando
se le
supone haber recién abandonado su herencia
animal. En contraste,
tras haberse
esforzado «a la cumbre» después
de milenios de
civilización, había en realidad
perdido su visión inicial y se había
vuelto
espiritualmente decadente. A la
vez, las mismas personas que proponen este
anacronismo también
nos quisieran
hacer creer que al ir el hombre evolucionando
culturalmente, sus
percepciones
espirituales se han ido purificando gradualmente
hasta que por fin ha
llegado a
un elevado concepto monoteísta de la
naturaleza de Dios.
¡Y a la vez se nos
asegura que este proceso de «mejora»
solo alcanzará
su cima cuando el hombre ya
no tenga ninguna creencia religiosa en absoluto!
La extensión
lógica de una
premisa falsa lleva inevitablemente a estas
contradicciones. De nuevo, la
historia de la
percepción
religiosa de la humanidad hace resaltar otro hecho
de profunda
significación.
Sostener una parte de la verdad, pero no toda
ella, puede ser tan
peligroso
como no sostener ninguna verdad. Se dice que la
herejía es una
verdad parcial
llevada a su conclusión lógica. La
gran herejía
«ecuménica» es que Dios es
benevolente. Y es cierto, Dios es en verdad
benevolente, aunque una
palabra
mucho mejor sería misericordioso; pero Dios
es también
justo. La persona
irreflexiva que sepa solo que Dios es bueno
será extraviada a
creerse segura con
independencia de sus acciones. Puede con
ecuanimidad ignorar a Dios, y
no
adorarlo ni reconocerlo en absoluto. A Dios no le
importará
cómo él se
comporte, porque, haga lo que haga, puede
asegurarse a sí mismo
que no tiene
nada que temer, y que Dios lo comprenderá
todo incluso si se
olvida totalmente
de Él. Sólo tiene que temer lo malo. El concepto
cristiano de
Dios como amante y
misericordioso ha sido bien acogido por la
sociedad porque es una
«doctrina
cómoda» en alto grado. Parte de la
verdad llevada a su
conclusión lógica da una
visión totalmente falsa de la
relación del hombre con
Dios. Y además hay todas
las razones para sospechar que de hecho es un
punto de vista totalmente
insatisfactorio. La idea misma de que Dios pueda
sentir desagrado por
la
conducta humana, o que pueda juzgar sus motivos, o
que quiera
recompensar su
vida de forma apropiada en algún gran
Juicio queda
convenientemente eliminada. Al
principio, esta liberación del temor de las
consecuencias puede
suponer un
enorme alivio. Pero así como el hombre en
caída libre en
el espacio se siente
temporalmente liberado de los efectos conscientes
de la gravedad —hasta
que
impacta sobre el suelo—, así un hombre
«liberado» de
la carga del pecado no
perdonado sentirá un enorme alivio hasta
que, de repente, se
destruye la
ilusión de «falta de peso». La
mayoría de los
hombres sienten este terrible
sentimiento de «culpa» en ocasiones —y
algunos con una
abrumadora sensación de
terror. En realidad, los psiquiatras han ido
llegando gradualmente a la
conclusión de que el hombre no está
sano sin algún
temor por las consecuencias
del pecado. Quedar libres de la gravedad incluso
en el mundo
físico puede
resultar en un inesperado trastorno del bienestar
del hombre.[37]
No es sano vivir en un mundo ilusorio donde todo
se perdona y olvida
como si
nada tuviese una significación final ni
vaya a ser traído
ante algún Tribunal
Superior. Uno de los
extraños
problemas humanos es la
persistente sensación de que de alguna
manera uno debiera ser
castigado y no
meramente perdonado, pues en tal caso uno no puede
perdonarse a
sí mismo. Puede
ser algo muy perturbador sentir el impulso de
castigarse a uno mismo,
de hacer
alguna clase de expiación, a la vez que se
cree que en realidad
no hay nadie en
el cielo ni en la tierra que se cuide acerca de si
se realiza tal
expiación.
Deja al hombre con una sensación de culpa
pero sing sentido de
pecado —el dilema
moderno. Estamos constituidos de tal manera que
hay un mayor sentido de
liberación cayendo ante un Dios justo y
rogando misericordia,
que tratando de
persuadirse a uno mismo que no se ha incurrido en
nada malo porque no
hay
ninguna fuente última de justicia. La
conciencia cargada
persiste como si en
una burla, pero persiste con su carga. Y
así los pueblos
más primitivos, como
los más civilizados, nunca han podido
librarse de la
sensación de que es
necesario ofrecer sacrificios que cuesten algo.
Pero debido a que se
piensa en
Dios sólo como un ser benevolente y que por
ello no demanda
sacrificios, estos
sacrificios se hacen a los demonios —porque en
caso contrario,
¿a quién se
pueden hacer? Así,
originalmente la
fe del hombre en la
bondad de Dios estaba equilibrada por un
conocimiento paralelo de Su
santidad y
justicia. Pero uno de los efectos de la
civilización fue
«minimizar» el aspecto
más exigente de la naturaleza de Dios,
hasta que se ha perdido
totalmente de
vista Su justicia y la conciencia ha llegado a ser
el juguete de
valores
culturales relativos. Nadie se inquieta hoy en
día porque se
diga que Dios es
amor, pero no se considera a alguien muy
civilizado si dice que Dios es
también
justo. En resumen, una parte de la verdad
constituye algo peligroso, y
es
necesario restaurar la verdad igualmente
importante de que Dios no es
solo
benevolente y perdonador, sino justo y
también severo. Sospecho
que sucederían
cosas extraordinarias para bien si los ministros
de Dios volviesen a
proclamar
el mensaje de juicio como lo hizo Jonathan
Edwards. El temor del
Señor es el
principio de la sabiduría. ... Y esto me lleva
al punto
final. Como hemos
visto, hay pleno motivo para creer, a partir del
estudio de la
«fe» de los
pueblos primitivos, que la humanidad
compartió en el pasado una
revelación de
la naturaleza de Dios y de la relación del
hombre con Él.
Pero sabemos que en
tiempos de Abraham apenas si quedaba ningún
hombre vivo para
quien aquella revelación
significase nada vital. ¿Cómo se
llegó a esta
situación? ¿Acaso la verdad
revelada es impotente por sí misma? La
respuesta, me parece, ha
de ser Sí, esta
verdad es impotente. Es impotente
a
no ser que sea revelada de forma renovada en cada
generación y a
cada persona
individualmente. Un conocimiento de la verdad, por
preciso y exacto que
sea, si
ha sido adquirido meramente por transmisión
oral o por
reflexión, es impotente
para engendrar un entendimiento espiritual
genuino. Las verdades que
heredamos
no proporcionan una verdadera percepción.
De modo que las mismas
verdades
pueden sobrevivir durante varias generaciones y
ser sin embargo
espiritualmente
estériles, y al ser estériles llegan
a tener poca
relevancia, algo que se
preserva por hábito pero sin capacidad para
afectar a la
conducta. Uno ve esto
en las vidas de los jóvenes que han sido
criados en una
atmósfera de piedad
cristiana, donde se han familiarizado con la
verdad, pero cuya
verdadera
significación les ha sido totalmente
extraña, porque han
sido enseñados solo
por el hombre y no por el Espíritu Santo. Esto es lo que
quiero decir
por la necesidad
de la inspiración. Puede que se nos
proclame una verdad
salvadora, quizá en la
Escuela Dominical, hasta que la sepamos al
dedillo, y sin embargo ser
totalmente insensibles a ella, hasta que un
día el
Espíritu Santo abre nuestro
entendimiento. Está claro que el
Espíritu Santo no puede
abrir nuestro
entendimiento a verdades que nunca hemos
oído, y hasta este
punto la memorización
de las Escrituras es una especie de
garantía de que al menos el
vehículo para
la comunicación del conocimiento espiritual
estará a
disposición del Espíritu
Santo. Pero el peligro es que aquella verdad con
la que uno se
familiariza de
esta manera puede dejar de comunicar ningún
significado, de modo
que la mente
se endurece contra aquello que debiera iluminarla,
pero que no lo hace.
Es aun
más lamentable que la Verdad misma adquiera
la reputación
de carecer de
trascendencia debido a su impotencia. El punto
crucial aquí es
que la verdad
espiritual es impotente e incluso
un
obstáculo a no ser que y hasta que el
Espíritu Santo haya
abierto nuestro
entendimiento real a su verdadero significado.
Aunque esto parezca
bordear la herejía,
me parece que hay más esperanza para los
que nunca han
oído la verdad del
evangelio que para aquellos que la han estado
oyendo todas sus vidas.
Quizá, en
la sabiduría de Dios, haya más
esperanza para la actual
generación de
analfabetos bíblicos que para la
generación que
vivió bajo la luz prestada de
los tiempos victorianos. Así,
resumiendo, los
datos demuestran de forma
inequívoca que el hombre no puede haber
alcanzado por
evolución sus
percepciones religiosas al modo en que ha
evolucionado en sus
capacidades
técnicas, por ejemplo, porque en tanto que
estas capacidades
fueron mejorando
constantemente, sus percepciones fueron
precisamente en
dirección opuesta. El
hombre comenzó evidentemente con una vital
fe en Dios y con un
concepto de su
propia relación con Él que debe
haber sido por
revelación, por cuanto nunca ha
sido mejorada y ni tan solo mantenida a no ser que
fuese continuamente
fortalecida o confirmada por revelación. El hombre es una
criatura
singular por lo que
hace a la posesión de la capacidad de
comprensión
espiritual, pero también es
una criatura caída, que necesita
constantemente la
renovación de su mente,
debido a que está constantemente acosado
por los efectos
cegadores del pecado. Ni
la influencia enriquecedora de la
civilización, que le libera de
algunas de las
cargas de la vida diaria, ni los efectos
ablandadores y represores de
la
cultura, que imponen unos ciertos límites a
sus
propensión al mal, son factores
adecuados para disipar su ceguera espiritual ni
para liberarle de la
superstición, de los temores y del culto a
los ídolos. La
revelación
original, de la que tantas
naciones y tribus tienen un borroso recuerdo,
tiene que ser renovada
por el
Espíritu Santo en el corazón de cada
individuo para que
sea efectiva en la
transformación de su vida, para que ilumine
su mente y para que
dé paz en su
alma. Sin esta inspiración divina, ni el
conocimiento
tradicional ni la
reflexión personal devolverán al
hombre a la
comunión
con su Creador. El que no
nazca de nuevo (Juan 3:3), no puede ver el reino
de Dios, ni entrar en
él.
* * * * * Bibliografía
adicional Collins, Roy,
«Some
Characteristics of Primitive
Religions», Transactions of the Victoria
Institute, vol.19, 1884,
p.216-252. Frankfort, Henry, y
Frankfort, H. A., The
Intellectual Adventures of Ancient Man, University
of
Chicago Press,
1946, 401 páginas. Jevons, F. B., An
Introduction to
the History of
Religion, Methuen, Londres, 1896, 443
páginas. Keary, Charles F., Outlines
of
Primitive Belief, Scribner's, Nueva York,
1882, xxii y 534
páginas. Kellog, S. H., The
Genesis and
Growth of
Religion, Macmillan, Londres, 1892, xiv y 275
páginas. Koppers, Wilhelm, Primitive
Man
and His World
View, Sheed & Ward, Londres,1892, xiv y
275 páginas. Lang, Andrew, The
Origins of
Religion, Watts,
Londres, 1908, 128 páginas. Langdon, Stephen H.,
«Monotheism
as the Predecessor
of Polytheism in Sumerian Religion», Evangelical
Quarterly, Londres,
April,
1937. Müller, Max, Origin
and
Growth of Religion as
Illustrated by the Religions of India, Hibbert
Lectures, Longmans
Green, Londres,
1878. Rawlinson, George, The
Prevalence
of Early
Monotheistic Beliefs, Present Day Tracts,
vol. 2, Religious Tract
Society, Londres,
1883, p. 41. Thomson, J. Radford, The
Prevalence of Early
Monotheistic Beliefs, Present Day Tracts,
vol. 2, Religious Tract
Society, Londres,
1883, tratado 11. Artículos
adicionales
de la revista Transactions of the Victoria
Institute: Avery, J., «The
Religion of the
Aboriginal Tribes
of India», vol.19, 1885-86,
p. 94-121. Brown, R., «The
System of
Zoroaster Considered in
Connection with Arabic Monotheism», vol.13,
1879-80,
artículo no. 51. Rule, W. H.,
«Monotheism, a
Truth of Revelation and
Not a Myth», vol.12, 1878-79, p. 343-369. Welldon, Rt. Rev.
Bishop, «The
Development of the
Religious Faculty in Man, Apart from
Revelation», vol. 39, 1907,
p. 7-21. Whitley, D. G.,
«Traces of a
Religious Belief of
Primeval Man», vol.47, 1915, p.125-148. * * * * * Samuel Zwemer tiene una
excelente
bibliografía: ver
pp. 241-248 de The Origin of Religion, Cokesbury,
Nashville,
Tennessee,
1935. [1] Browne,
Lewis, This Believing
World: citado por Samuel Zwemer en The
Origin of Religion, Cokesbury, [2] Langdon,
Stephen H., Semitic
Mythology, Mythology of All Races, vol. 5,
Archaeological Institute
of
America, 1931, p. xviii. [3] Langdon,
Stephen H., The
Scotsman, 18 de noviembre
de 1936. [4] Meek,
T. J., Primitive
Monotheism and the Religion of Moses, University
of Toronto
Quarterly,
vol. 8, enero de 1939, p. 189-197. [5] [6] Véase
acerca de esto Arthur
Custance, «The Part Played by Shem, Ham,
and Japheth in
Subsequent World
History [El cometido de Sem, Cam y Jafet en la
historia posterior [8] Renouf,
P. Le Page, Lectures on
the Origin and Growth of Religion as
Illustrated by the Religion of
Ancient
Egypt, Williams and Norgate,
Londres, 1897, p. 90. [9] Rawlinson, George, editor, Herodotus, apéndice al Libro 2, p. 250. [10] Petrie,
Sir Flinders, The
Religion of Ancient Egypt, Constable,
Londres, 1908, pp. 3, 4. [11] Müller,
Max, Lectures on the
Science of Language, 1ª serie,
Scribner's, Armstrong, Nueva
York, 1875, pp.
21, 22. [12] McCrady,
Edward, «Genesis and Pagan
Cosmogonies», Transactions of the
Victoria Institute, vol.
72, 1940,
p. 55. [13] MacNicol,
Nicol, editor, The Hindu
Scriptures, Everyman's Library, Dent,
Londres, 1938, p. xiv. [14] Müller, Max, History of Sanskrit Literature: citado por Samuel Zwemer como en la ref. 1., p. 87. [15] Ross,
John, The Original
Religion of [16] Williams, R., «Early Chinese Monotheism», comunicación presentada ante el Instituto Kelvin, Toronto, 1938. [17] Schafer,
Edward H., Ancient China, en la serie,
The Great Ages of
Man, Time-Life Inc., Nueva York, 1967,
p. 58. [18] Persson,
Axel, The
Religion of [19] Reseña
bibliográfica, American
Journal of Archaeology, vol. 43, 1939, p.
170, 171. [20] Hislop,
A., The Two Babylons, Partridge,
Londres, 1903. [21] Schmidt,
Wilhelm, The Origin and
Growth of Religion: Facts and Theories,traducido
al inglés
por H. J. Rose, [22] Ibid., p. 63. [23] Ibid., p. 71. [24] Ibid., p. 77. [25] Ibid., p. 81. [26] Ibid., p. 284. [27] Ibid., p. 191. [28] Lang,
Andrew, The
Making of Religion, Longmans
Green, Londres, 1909, pp. 175-182, 196. [29] Ibid., p.
196. [30] Zwemer,
Samuel, «The Origin of
Religion: By Evolution or by Revelation»,
Transactions of the
Victoria
Institute, vol. 67, 1935, p. 189. [31] Titcomb,
J. H., «Prehistoric
Monotheism», Transactions of the
Victoria Institute, vol.
8, 1873, p.
145. [32] Ibid., p.
144. [33] Radin,
Paul, Monotheism Among
Primitive Peoples, no publisher, Londres,
1924, pp. 65ss. [34] Radin,
Paul, Primitive Men as
Philosophers, [35] James,
E. O., «Religion and
Reality», Journal of the Royal
Archaeological Institute,
vol.70, 1950, p. 28. [36] Custance.
Arthur C., «Primitive Cultures: A Second
Look at the Problem of Their Historical
Origin», Part II in Genesis
and
Early Man, vol. 2 en The Doorway
Papers Series, Zondervan
Publishing
Company. [37] M.D. Canada, vol. 11, 1968, p. 70. Título: El Monoteísmo
Primitivo, y el
Origen del Politeísmo Autor: Arthur C. Custance,
Ph. D. Copyright © 2008 Santiago Escuain para la traducción. Se reservan todos los derechos.
© Copyright 2008,
SEDIN - todos los
derechos reservados. SEDIN-Servicio
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