Dr. George Grinnell
H. M. Morris, Ph.D.
GEOLOGÍA
¿ACTUALISMO, O DILUVIALISMO?
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
1. Los Orígenes de la Moderna Teoría
Geológica
George Grinnell
2. ¿Actualismo o Diluvialismo? - El Mensaje
de los Fósiles
Por varios; Ed. H. M. Morris
3. Sedimentación y el Registro
Fósil - Consideraciones a la luz de
la Ingeniería
Hidráulica
H. M. Morris
INTRODUCCIÓN
Este libro que
tiene usted en sus manos es un examen crítico-científico del estado en que se
halla la disciplina de que se trata en relación con las teorías sobre los
orígenes de la
Tierra, del Universo y de la vida.
La cultura
actual está dominada y encauzada por la ideología evolucionista. Según esta
ideología, no existe ningún Relojero, ningún Creador que haya creado el
Universo, ni que pueda intervenir en él. El evolucionismo pretende haber
demostrado científicamente la realidad de estas afirmaciones, y los que
defienden esta ideología están conduciendo la cultura actual hacia un énfasis en
la pretendida evolución de la
Humanidad, directora –dicen– de sus propios destinos en un
Universo surgido sin propósito, sin significado y sin destino.
Este enfoque
cultural e ideológico lleva, pues, a dos consecuencias, ambas corrosivas de la
visión Bíblica de Dios, de Su creación y de los valores últimos:
A) El
evolucionismo nos despersonaliza, inculcándonos la idea de que nuestra
existencia es fortuita, sin propósito, sin origen ni destino. Esto lleva a la
aceptación pasiva de la despersonalización y de la regimentación, como cosa
totalmente lógica. Ello es consecuencia lógica de intentar eliminar al Creador
de Su Universo. El intento de «liberar» al hombre de su Dios desemboca
consecuentemente en la deshumanización del hombre, y en la más baja de las
esclavitudes: la de enfrentarse a una pretendida «nada» con tal de huir de la
presencia de nuestro Dios. Todo ello estaría muy en su sitio si esta ideología
fuera cierta, y estuviese comprobada «científicamente», tal como su propaganda
lo pretende.
B) En vista
del admirable orden y propósito que se hace patente en el estudio del Universo y
de todo lo que éste contiene, los que rechazan al Dios trascendente y Creador y
Su Revelación, pero que se ven en la necesidad de aceptar, maravillados, la
sublimidad de la
Creación, no tienen otra alternativa que la de atribuir la
eternidad, el poder y la deidad que se manifiestan en el orden de
la Creación a
la misma Creación. Así es como surge el Panteísmo y su consecuencia última, el
Monismo –el intento más sistemático y consistente de explicar las cualidades
sobrenaturales del Universo aparte de su Creador trascendente y personal (cf.
Romanos 1:18-32). La serie a la que este libro pertenece desafía las
pretensiones evolucionistas de haber demostrado científicamente el «hecho» de la
evolución de la vida y sus consecuencias. Tal pretensión es falsa. No solamente
no es cierto que hayan demostrado que la vida se haya autogenerado y
evolucionado de niveles más bajos a niveles más y más elevados, sino que además
es científicamente imposible. Invitamos al lector a sopesar
cuidadosamente nuestra exposición del caso, y a decidir honestamente por sí
mismo.
A la objeción
que alguien podría presentar de que «Dios habría podido utilizar la evolución
como método de Creación», daremos una respuesta breve: No se trata del poder
de Dios tanto como del carácter moral de Dios y de lo que Dios nos ha
revelado, tanto acerca de Su carácter como de la manera en que creó. Dios no
utilizó este método. Por lo menos no el Dios de la Biblia. Según la
Biblia, la muerte entró en el mundo después del pecado
del hombre, cabeza federal de la Creación. La objeción de que
este relato es alegórico implica haber prejuzgado la cuestión precisamente
objeto de debate, dando por sentado que el relato no es históricamente cierto,
lo que no procede. Además, es imponer un sacerdocio, el de la ciencia, entre el
creyente y Dios y Su Palabra, con el fin de interpretar la Revelación en base de
este sacerdocio intermedio, lo que es totalmente improcedente. Con respecto al
carácter moral de Dios, está contra de todo lo que la Biblia nos enseña sobre Él el suponer
que Él creara por medio de ensayos, de prueba y error, por medio de la
eliminación de los débiles por parte de los fuertes, de la lucha competitiva,
hasta llegar por estos medios al Hombre. Esto haría de Dios el autor de la
lucha, del egoísmo, de la brutalidad –¡como medios
dispuestos por Dios para hacer avanzar Su creación por un camino de progreso
evolutivo! De nuevo, volviendo a la Biblia, vemos que toda esta crueldad y
rapiña que hallamos a nuestro alrededor son consecuencia del pecado
cometido en el seno de una creación buena y perfecta, la cual cayó sometida a
vanidad al caer Adán y Eva en rebeldía contra el Creador, cayendo de una
posición de inocencia y dependencia en que estaban a una posición de pecado y
sus consecuencias. Dios creó un mundo en paz, un mundo dichoso. Fue la rebelión
contra Dios lo que introdujo el caos, la penuria y la lucha por la existencia y
la rapiña donde antes reinaba la armonía.
Más de 100
años de propaganda evolucionista ha puesto a grandes sectores de la Cristiandad a la
defensiva, los cuales se han apresurado a «armonizar» Génesis, capítulos 1–11,
con los «hallazgos de la ciencia», hipotecando gravemente su testimonio y su
visión de la naturaleza de Dios, del Hombre y de toda la Revelación en general. Pero se han
apresurado demasiado en sus deseos de contemporizar con el mundo, pues el
evolucionismo no es una conclusión científica, como falsamente afirman la
inmensa mayoría de sus propagandistas, sino una premisa filosófica
materialista sobre la que los no creyentes, científicos o no, tienen
que construir una visión del mundo atea o panteísta, mezclando hábilmente
los ingredientes filosóficos con datos científicos seleccionados, y apartando
otros muchos datos científicos que no convienen. En palabras de Carl F. von
Weizsacker, físico y astrónomo materialista:
«No es por sus
conclusiones, sino por su punto de partida metodológico por lo que la ciencia
moderna excluye la creación directa. Nuestra metodología no sería honesta si
negase este hecho. No poseemos pruebas positivas del origen inorgánico de la
vida ni de la primitiva ascendencia del hombre, tal vez ni siquiera de la
evolución misma, si queremos ser pedantes.»
La Importancia de
la Ciencia,
Ed. Labor,
Nueva Colección Labor, nº 27, p. 125
(Barcelona, 1972).
No es, pues,
que la evidencia de que el evolucionismo sea absurdo y anticientífico sea
endeble. En todos los campos (Paleontología, Geología, Biología, etc.) se puede
ver con toda facilidad que no goza de ningún apoyo científico. Y la
termodinámica y la fisicoquímica le asestan un golpe definitivo. La verdadera
dificultad ante la que la mayor parte de las personas se estrellan es que el
abandono del evolucionismo implicaría la aceptación total del Creador y ... esto es lo último que se quiere hacer. Porque aceptar
al Creador implicaría aceptar que el Creador ha hablado, implicaría aceptar Su
Revelación y el lugar que nos corresponde como criaturas de Su mano. Y esto en
realidad ya no es un problema científico, sino que es un problema muy
personal, el orgullo humanista, o la soberbia: justamente la verdadera causa
de nuestro alejamiento de Dios, la actitud en que cayó Adán en su acción de
desobediencia, y que nosotros hemos heredado.
TODAS las
posturas sobre los orígenes tienen tremendos efectos personales... excepto en
las personas que afectan ante estos asuntos una indiferencia improcedente y
voluntariosa. En este sentido no existe la pretendida «objetividad» científica.
Por el contrario, la intensa importancia del tema debería llevamos a examinar
con todo interés: «¿Qué hay de cierto en las
pretensiones evolucionistas?» «¿Ha hablado Dios y se ha
manifestado Dios a los hombres?» «Si es así: ¿Qué ha dicho y qué ha
hecho?»
En esta serie
se demuestra desde el criterio científico la insostenibilidad de la postura
evolucionista. Las consecuencias, consistentes en que la realidad es que el
Creador trascendente nos ha creado son tremendas, y aquí solamente se pueden
bosquejar:
–Dios no solo
ha creado al hombre y al mundo en el que él habita. Dios también ha hablado, y
Su palabra ha sido recogida en los 66 libros que forman la Biblia.
–La
Biblia nos da la explicación no solamente de la grandeza del
hombre, sino también de su depravación y responsabilidad moral. El hombre está
caído en pecado ante un Dios Justo y Santo, como resultado de la caída primera
de Adán y Eva al comienzo de la historia.
–Pero está
escrito en la
Biblia que
«De tal manera amó
Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él
cree, no se pierda, mas tenga vida eterna».
(Evangelio según San Juan, capítulo 3, versículo
16.)
–Dios tiene un
propósito en Su creación. Una creación en la cual, caída ella, Él interviene en
Redención y en Juicio. ¿Cuál será tu porción?
1
Los
orígenes de la moderna teoría geológica*
Por GEORGE
GRINNELL
* Este artículo fue primeramente
presentado, en mayo de 1974, en el Simposio Velikovsky y Amnesia cultural,
celebrado en la
Universidad de Lethbridge (Alberta), Canadá. Se publica aquí
procedente de KRONOS, Vol. I n 4, pp. 68-76. © Copyright KRONOS 1976, traducido
y reproducido con permiso.
Introducción
«Creo que
cualquier alegato de un reconocido radical como yo lo soy —escribía Charles Babbage al geólogo
Charles Lyell el 3 de mayo de 1872— solamente dañaría
a la causa, y por lo tanto lo dejo gustosamente en mejores manos.»
Charles Babbage (1792-1871) era profesor Lucasiano de
Matemáticas (1828-1839) en aquellos tiempos, y chapuzador en geología, teología,
y fabricación, y había fracasado recientemente en su intento de conseguir un
escaño en el Parlamento. En 1837 había publicado su The Ninth Bridgewater
Treatise (El Noveno Tratado de Bridgewater), que constituía un ataque contra
la teología del sistema anglicano, y en 1851 había lanzado un ataque contra el
campo Tory en su obra Reflections on the Decline of Science in England
(Reflexiones sobre la decadencia de la Ciencia en Inglaterra), cuyo
propósito era argumentar que los ricos aficionados Tories tenían el dominio de
la política científica, y que ejercían una discriminación en contra de los
científicos de posición social más desaventajada, que eran los más merecedores
de apoyo.
Charles Lyell
(1797-1875), a quien él estaba escribiendo, había de publicar el segundo volumen
de sus Principles of Geology (Principios de Geología, volumen I: 1830,
volumen II: 1832, volumen III: 1833), una obra escrita en apoyo del liberalismo
político —aunque ostensiblemente era un trabajo científico objetivo libre de
cualquier implicación política. En su carta del 3 de mayo a Lyell, Babbage le
explicaba por qué no quería escribir una reseña favorable del libro. De una
manera muy inteligente, los científicos de ideas radicales, como Babbage, Lyell,
Scrope, Darwin y Mantell, no querían que el público llegase a conocer que
aquello que estaba siendo promovido como verdad objetiva era poco más que
propaganda política débilmente disfrazada.
El propósito
de este artículo es explicar lo que Babbage quiere decir con las palabras
«radical» y «causa» cuando escribe el párrafo que se acaba de citar:
«Creo que cualquier
alegato de un reconocido radical como yo lo soy solamente dañaría a la causa, y
por lo tanto lo dejo en mejores manos.»
La primera
parte de este artículo investiga las implicaciones políticas de la Geología de la primera
parte del siglo xix. La segunda
parte explora la naturaleza de la «causa» de Babbage y de Lyell.
LAS IMPLICACIONES POLÍTICAS
DE LA GEOLOGÍA
A PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX
SEn 1807
escribía Humphrey Davy a su amigo William Pepys: «Estamos formando un pequeño
club de charlas-almuerzo geológicas, del cual espero que será usted un miembro.»
De los trece miembros originales cuatro eran médicos, uno un ex ministro
unitario, dos eran libreros; otro, el conde Jacques-Louis, había huido de
la Revolución
Francesa. Cuatro eran cuáqueros, y dos, William Allen y
Humphrey Davy, eran ricos e independientes aficionados a la Química. Tan solo uno
de ellos, George Greenough, tenía alguna educación en geología o minerología
—habiendo hecho una visita a la Academia de Friburgo algunos años
atrás, juntamente con Goethe— pero no hizo de ello su medio de vida ni por
imaginación. Era miembro del Parlamento. Desde luego, lo extraordinario de
la Sociedad
Geológica de Londres es que ninguno de los miembros originales
era geólogo. El «pequeño club de charlas-almuerzo geológicas», como Davy lo
describió, era un club para caballeros que tenían ganas de hablar, no de
martillear rocas.
Al siguiente
año se unieron 26 miembros a la Royal Society, incluyendo a
Joseph Banks, el presidente de la Royal Philosophical
Society, y un año después el número de miembros pasó a 173. El concepto del
«pequeño club de charlas-almuerzo» se volvió insostenible; en lugar de ello se
alquilaron locales. Se habló de editar una publicación, y Sir Joseph Banks,
temiendo que la
Sociedad Geológica creciera pronto más que su antigua y
prestigiosa Royal Philosophical Society, dimitió como protesta. Para el año
1817, solo diez años después de su fundación, la Sociedad Geológica tenía
más de 400 miembros, y en 1825 estaba formada por una membresía de
637.
La fundación y
el temprano crecimiento de la Sociedad Geológica de
Londres son dignos de mención por diversas razones. Las sociedades científicas
anteriores, como la Real
Academia francesa y la Sociedad Filosófica de
Londres tenían una base mucho más amplia. Había habido unos pocos intentos
abortivos de formar sociedades científicas especializadas en Química y Botánica,
pero no habían quedado en nada. La Sociedad Geológica de
Londres era realmente la primera sociedad científica especializada, y su
temprano crecimiento no tenía precedentes —de hecho, fue un crecimiento muy
difícil de explicar, especialmente si se tiene en cuenta que sus primeros
miembros fueron casi todos médicos, abogados y miembros del Parlamento; el
reverendo William Buckland, que era Deán de Westminster, y Sir Roderick
Murchison, que era un rico oficial retirado del Ejército,
independiente.
Con esto no se
pretende afirmar que no hubiera personas en Inglaterra entregadas activamente a
lo que ahora consideraríamos ocupaciones geológicas, porque lo cierto es que
Inglaterra estaba en aquel tiempo atravesando una época de construcción
intensiva de canales y de explotación minera, y pronto iba a entrar en la era
del ferrocarril; pero por más que se busca, no se encuentran estos geólogos
prácticos en la lista de membresía. Por ejemplo, William Smith, el ingeniero de
drenajes más famoso de la época, que descubrió la técnica de correlación de
estratos por medio de los fósiles y que es generalmente mencionado en los libros
de texto modernos de geología como el geólogo clave de aquella época, no fue
invitado a unirse a la Sociedad Geológica de
Londres. Quizás estaba demasiado ocupado haciendo Geología para tener tiempo de
hablar de ella, pero si se ha de decir la verdad, la Sociedad Geológica de
Londres era un grupo de aficionados parlanchines cuyo único interés en
la Geología
estribaba en sus implicaciones teológicas y políticas, y no en su aplicación a
la minería o a la construcción de canales. Esas implicaciones teológicas y
políticas eran cruciales para la estabilidad de Inglaterra y no fueron, por lo
tanto, irrelevantes en la temprana historia de la Geología.
El término
«Geología» había sido introducido recientemente por el diluvialista suizo De
Luc. En los programas de la Universidad Medieval no
se halla ningún lugar para el estudio de la tierra, que estaba considerada como
corrompida, un producto del diablo y, por lo tanto, indigna de ser estudiada.
La
Geometría, Numerología, Armonía y Astronomía reflejaban mejor
la sabiduría de Dios que el estudio de las cosas de este mundo, según creían los
católicos medievales, siguiendo a Platón, pero la Reforma Protestante
cambió todo este panorama. Entre los años 1680 y 1780 se publicaron unos
quinientos libros y artículos sobre Geología, desde la popular obra del obispo
Burnet, Sacred Theory of the Earth (Teoría Sagrada de la Tierra, que mereció siete
ediciones entre 1681 y 1753) hasta la erudita monografía de Klein sobre una sola
clase de fósiles, Dispositivo Echinodermatum (1732). Los protestantes
estaban ansiosos de demostrar que se podía ver la obra de Dios en este mundo con
tanta facilidad como en el venidero y, en particular, estaban deseosos de
demostrar la verdad literal de la Biblia, que declaraba no solamente que
Dios había creado todas las criaturas de la tierra, sino que también provocó el
Diluvio para castigar al hombre por sus pecados.
Poco después
de la Gloriosa
Revolución de 1688, cuando se expulsó a los católicos de
Inglaterra, apareció una gran cantidad de obras tratando de conciliar el libro
del Génesis con la nueva investigación de la naturaleza. La de más éxito de
todas ellas fue el Essay Towards a Natural History of the Earth (Ensayo
para una Historia Natural de la
Tierra) en la que explicó la secuencia estratigráfica de las
rocas suponiendo que durante el diluvio de Noé todas las rocas de la superficie
de la Tierra
habían sido disueltas por el mar, para ser después precipitadas gradualmente en
secuencias estratigráficas que ahora comprenden las formaciones secundarias.
Debido a que el esquema woodwardiano preservaba el tema del Génesis de que el
Diluvio había sido causado por el decreto divino para retribuir a los hombres
por sus pecados, fue recibido favorablemente por la Iglesia Anglicana y vino a
ser después, en manos de los Tories, un importante baluarte en su defensa de la
monarquía. En 1728 se fundó en Cambridge la cátedra woodwardiana, el primer
reconocimiento académico del área de estudio que hoy recibe el nombre de
«Geología». Las ideas de Woodward no fueron articuladas solamente en Inglaterra,
sino también en el continente —particularmente en las populares clases de
Abraham Gotlob Werner en Friburgo, hacia el final de aquel siglo, en las que
estudiaron Greenough, von Buch, MacLure, Jamieson, Berger, y muchos otros de los
fundadores de la
Geología.
Al
desarrollarse la geología woodwardiana, empezaron a presentarse un número de
anomalías —en particular una falta de correlación entre estratos del Antiguo y
Nuevo Mundo, así como sobrecapas de basalto y granito en lo que se suponía eran
depósitos secundarios. Como resultado, Leonard von Buch y Georges Cuvier
modificaron la primitiva teoría diluvial, transformándola en una teoría con un
catastrofismo más general, en la cual no se contemplaba a la tierra como
habiendo sufrido una catástrofe, sino numerosas catástrofes, de las cuales el
diluvio era el ejemplo más reciente.
Negar el catastrofismo era negar la verdad de la Biblia, y de ahí que las implicaciones
teológicas de la primitiva geología estuvieran bastante claras.
En 1673, el
obispo Bossuet, tutor del Delfín de Francia, expuso sus argumentos en favor de
la monarquía en un tratado, Politics drawn from the very Words of Holy
Scripture (Práctica política según las mismas palabras de las Sagradas
Escrituras), en el cual argumentaba que la monarquía era la forma más común, más
antigua, y más natural de gobierno. Aquí, la palabra clave era «natural».
Su argumento
era que la naturaleza proveía evidencias de ser gobernada por un monarca divino,
Dios mismo, Rey del universo, y que un Rey emulaba a Dios cuando gobernaba con
autoridad absoluta: «Así, vemos que la monarquía toma su fundamento y modelo en
el control paterno, esto es, de la naturaleza misma», escribe el obispo
Bossuet.
El defensor británico de la monarquía, Robert Filmore, imitó el ejemplo de
Bossuet. La monarquía es natural porque toda la naturaleza está gobernada por un
monarca absoluto divino, Dios mismo.
En el siglo
xviii, al ir tomando auge los
sentimientos democráticos no tan solo en América, sino también en Europa, la
teoría política de Bossuet y Filmore fue seriamente desafiada. John Locke en sus
Treatises on Government y Jean-Jacques Rousseau en sus
Discourses
se enfrentaron contra la naturalidad de la monarquía y en favor de la teoría
de gobierno denominada «contrato social». Pero para probar que la monarquía era
innatural era necesario demostrar que la descripción bíblica del Diluvio era
inexacta; que Dios no había creado los animales y las plantas de la tierra, y
que Él no había introducido catástrofe alguna para castigar a los hombres por
sus pecados, ya que estos eran modelos bíblicos y geológicos sobre los que se
basaba la teoría monárquica. En 1789, en vísperas de la Revolución Francesa,
acompañado por Erasmus Darwin y después por Jean Baptiste Lamarck y Simon de
Laplace, el geólogo liberal escocés James Hutton publicó su Teoría de
la Tierra,
en la que intentó demostrar que la naturaleza no estaba gobernada por un
monarca divino, sino por las leyes fijas del levantamiento volcánico y del
desgaste erosivo.
El amigo de Hutton, Adam Smith, estaba al mismo tiempo luchando en favor de una
política de laisez faire (dejar hacer), en la que el poder monárquico
paternalista era a su vez eliminado en favor de un liberalismo sin
límites.
«Algunas
personas juiciosas que estuvieron presentes en Ginebra durante los desórdenes
que últimamente convulsionaron aquella ciudad», escribía el reverendo William
Paley en un contraataque contra el nuevo liberalismo en su The Principles of
Moral and Political Philosophy (Los Principios de Filosofía Moral y
Política, 5ª edición, corregida, 1793), «creyeron percibir, en las contenciones
que allí se manifestaban, la operación de aquella teoría política que por los
escritos de Rousseau, y gracias a la estima sin límites en que le tienen sus
compatriotas a estos escritos, se había difundido entre el pueblo. Durante todas
las disputas políticas —continúa Paley— que han tenido lugar durante estos
pasados años en Gran Bretaña, en el reino hermano, y en sus dependencias
exteriores, era imposible no observar, en el lenguaje de partido, en las
resoluciones de los mítines populares, en debates, en conversaciones, en la
tendencia general de aquellas charlas breves que tales ocasiones demandan, la
prevalencia de las ideas de autoridad civil expuestas en la obra del señor
Locke. Tales doctrinas —prosigue Paley— no carecen de efectos; y es de
importancia práctica cuidarse de que los principios de los que se derivan la
cohesión social y una medida de obediencia civil sean correctamente explicados y
bien comprendidos». Entonces Paley se dedicó a explicarlos no tan solo en las
correspondientes páginas (567) de su Moral and Political Philosophy sino
también en los dos volúmenes de una obra más voluminosa sobre Teología Natural
(Natural Theology) en los que reiteró otra vez los fundamentos
cosmológicos de la monarquía.
Vemos, pues,
que la causa a la que se refería Babbage cuando escribió a Lyell («Creo que
cualquier alegato de un reconocido radical como yo lo soy solamente dañaría a la
causa, y por tanto lo dejo gustosamente en mejores manos») era la de
desacreditar a Paley y a los otros monárquicos Tories por medio de un ataque a
sus fundamentos geológicos y teológicos.
«La Causa»
Después de las Guerras Napoleónicas, Inglaterra había caído en una
severa depresión. Las demandas gubernamentales de suministros militares cesaron,
y no había mercado ultramarino para los productos británicos. La crisis y el
desempleo general aumentaron con la desmovilización de casi 400.000 soldados,
que se encontraron sin donde ir. A fin de proteger a los granjeros británicos de
importaciones de grano barato, se aprobaron en 1815 las Leyes del Trigo, que
prohibían la importación de grano hasta que el precio hubiera llegado a 80
chelines la arroba, un precio tan elevado que los trabajadores estaban pasando
hambre, sin poder comprar. Aunque las Leyes del Trigo se pasaron para proteger
al agricultor británico, tuvieron un efecto devastador en las ciudades
industriales de las Midlands. Los altos precios no solo llevaron al hambre a los
trabajadores, sino que además muchos pequeños negocios fueron a la quiebra. La
solución Tory al problema fue aconsejar a las clases más pobres que no criaran
tan copiosamente. Aun así, las ciudades industriales de las Midlands continuaron
creciendo, mayormente a causa de la inmigración de los hijos e hijas de los
agricultores más pobres. Manchester, por ejemplo, era en 1688 una pequeña villa
de 4.000 habitantes. Un siglo después tenía un tamaño diez veces mayor, y para
la época en que Lyell publicó su Principles of Geology (Principios de
Geología), se estaba aproximando al medio millón, con la mayor parte de sus
habitantes viviendo en míseras condiciones. Malthus clasificó a ciudades como
Manchester junto con las guerras y las plagas y hambres como medios de control
natural de la población, debido a su elevada tasa de mortalidad.
El 16 de
agosto de 1819, una multitud desempleada, mal pagada y hambrienta de habitantes
de Manchester se reunió en el campo de St. Peter para escuchar un discurso sobre
la Reforma
Parlamentaria y sobre la derogación de las Leyes del Trigo. La
milicia local del campo, temiendo una rebelión, intentó arrestar al orador. En
la lucha que siguió hubo varios muertos y muchos heridos. El gobierno monárquico
Tory instituyó las «Seis Actas», que limitaban el derecho de libertad de palabra
y prohibían la instrucción de personas en el uso de las armas. Inglaterra estaba
al borde de la
Revolución —las industriales Midlands liberales contra los
monárquicos Tories; pero la memoria de la Revolución Francesa
estaba aún fresca entre las clases medias. Deseaban una reforma en el
Parlamento, no desórdenes, pero reformar el Parlamento significaba responder a
los argumentos de Paley, y esto incluía destruir la Teología Natural de
Paley.
Paley mantenía
que la soberanía desciende de Dios al Rey, y que el pueblo son sus súbditos.
Como el Parlamento es un órgano consultivo, si el Rey está satisfecho con sus
funciones no hay necesidad de reformarlo. Para Paley, el hecho de que el
Parlamento no representara la distribución de la población en Inglaterra era
irrelevante, puesto que la soberanía no tenía su origen en el pueblo. La
soberanía descendía de Dios.
Los argumentos
de Paley eran asombrosamente efectivos. Su tratado sobre Filosofía Moral y
Política, en el cual afirma que «es la voluntad de Dios que el gobierno
establecido sea obedecido», debía ser memorizado (se tenía que conocer su
argumento básico) antes de que los estudiantes se pudieran graduar en Oxford o
Cambridge. El único medio por el que los liberales de las Midlands podrían
conseguir la
Reforma del Parlamento era demostrando que los fundamentos
científicos de la
Teología Natural de Paley eran falsos, y esto significaba
destruir la Geología
Diluvial y el Catastrofismo.
En 1825,
George Poulet Scrope, asociado liberal de Lyell, publicó su Considerations on
Volcanos (Consideraciones sobre los Volcanes) en el que transformó el
argumento de los Tories: Cada vez que ellos atribuían un suceso natural a Dios,
Scrope atribuía el mismo suceso a un volcán, intentando así revivir las teorías
geológicas de James Hutton. Hutton y Scrope mantenían que las leyes que Dios
había creado al principio, en remotas eras en el pasado, de levantamientos y
erosión, eran tan perfectas que ya no se había sabido más de Dios desde
entonces, ni había ninguna más necesidad de que Él se cuidara de los asuntos del
Universo de la que había de que un rey interfiriera con las leyes naturales e
intrínsecas de la economía y de la sociedad.
El libro de
Scrope fue demasiado radical por aquel entonces para la Sociedad Geológica de
Londres, y fue rechazado sin oportunidad de defensa. Scrope, hijo de un rico
comerciante londinense, compró un escaño en el Parlamento y se dispuso a
defender la causa por medios más directos. Pero sin una demostración cosmológica
de que la monarquía era innatural y que la soberanía pertenecía al pueblo, los
liberales permanecieron relativamente impotentes.
Sin
acobardarse por el fracaso de Scrope, el joven abogado radical Charles Lyell se
dispuso a medir sus fuerzas en la tarea de destruir los fundamentos geológicos
de la teoría monárquica. En su obra Principles of Geology (Principios de
Geología) tomó una línea mucho más sutil que la de Scrope. En su introducción de
100 páginas a los Principles, Lyell mantenía no tanto que la teoría
diluvial era incorrecta como que era mitológica, y que impedía el «progreso» de
la Geología.
En su primer volumen discurrió largamente sobre las fuerzas de
erosión y los efectos del levantamiento volcánico en lo que resultó ser una
brillante evitación de todas las evidencias de catastrofismo. Era exactamente lo
que los moderados estaban buscando. Se unieron alrededor de Lyell y le eligieron
primero secretario, y después presidente, de la Sociedad
Geológica.
«Al elegirle a
usted —escribía Scrope a Lyell el 12 de abril de 1831—, el cónclave se ha
comprometido decidida e irrevocablemente con el bando liberal, y ha aceptado de
la manera más directa y abierta, con plena aprobación, los principales puntos
defendidos. Si por el contrario hubieran elegido a un geólogo Mosaico como
Buckland o Conybeare, los ortodoxos los hubieran seguido, y por otro cuarto de
siglo hubiera sido una herejía negar las excavaciones de valles por el diluvio,
y ateísmo afirmar que hubo otras cosas en lugar del Caos antes de Adán. Al mismo
tiempo siento una maliciosa satisfacción —prosigue
Scrope— al ver a la minoría de señorones tragándose la nueva doctrina a la
fuerza y no de grado, y me gozaré en ver sus muecas cuando se vean obligados a
tomarla como si fuera Física, a fin de evitar el peligro de nuevos males. Siento
una verdadera satisfacción en ello.»
En estos
tiempos en los que la
Geología está tan apartada de la religión y de la política, y
en los que los asuntos políticos se deciden mediante elecciones y no por
reuniones en sociedades geológicas, es difícil para nosotros darnos cuenta de
hasta qué punto el giro social en cuanto a la visión del mundo, que tuvo lugar
no solo en la
Geología, sino también en Astronomía y en Historia Natural,
estuvo relacionado con el movimiento Gran Reforma de 1832. Todos tuvieron parte
en el cambio aun mayor de cosmovisión de paternalismo a liberalismo, pero
aquellos que fueron responsables de promover el cambio eran muy conscientes de
lo que estaban haciendo. «Es un gran deleite haber enseñado a nuestra sección de
buscadores de canteras que se pueden escribir dos gruesos volúmenes de Geología
sin utilizar una sola vez la palabra “estrato”, escribía Scrope a Lyell el 29 de
septiembre de 1832, después de que apareciera el segundo volumen de la obra de
Lyell. «Si alguien hubiera afirmado esto hace cinco años, ¡cómo se le hubiera
escarnecido!» Así como los conservadores habían rehusado escuchar a los del
bando huttoniano, ahora los liberales utilizaron las mismas tácticas en cuanto
llegaron al poder. La ciudadela del catastrofismo se mantenía sobre una
estratigrafía de disconformidades e inconformidades, por no decir nada de los
conglomerados masivos, que relataban una historia de extensos desastres
geológicos en el pasado. Lyell, como Scrope antes que él, suprimió pura y
simplemente la evidencia que no estaba de acuerdo con sus doctrinas, y una vez
que el voto le llevó al poder, los catastrofistas encontraron que les era cada
vez más difícil publicar sus investigaciones.
La toma de
posesión de la
Sociedad Geológica por parte de los liberales, y la supresión
de la evidencia que favorecía a la posición catastrofista, no tuvo lugar en un
instante. Más bien hubo una lenta asimilación de datos catastrofistas hasta que
no quedó prácticamente nada de la teoría como un todo. Cuando en 1839 Louis
Agassiz intentó defender el catastrofismo con su teoría de las edades glaciales,
los actualistas simplemente aceptaron toda su evidencia, pero la reinterpretaron
en términos actualistas. Así, los datos no cambiaban, pero la Gestalt en la
que se organizaban los datos y recibían coherencia fue transformada del
catastrofismo al actualismo, lo mismo que la estructura social de Inglaterra fue
cambiada del paternalismo Tory, en el cual la soberanía descendía de Dios al
Rey, al nuevo liberalismo en el cual la soberanía ascendía del pueblo, a través
del Parlamento, a sus ministros.
Bien
irónicamente, la batalla política que corría subterráneamente en el debate
catastrofista-actualista de 1832 ya hace tiempo que ha terminado,
pero, debido a la inercia que conlleva la erección de un modelo «científico»,
la
Gestalt actualista es aún asiduamente cultivada
en las universidades y en las sociedades geológicas profesionales. La «causa»
por la que lucharon Babbage, Lyell y Scrope hace ya tiempo que pasó, y
deberíamos sentirnos libres de examinar otra vez la evidencia geológica que —si
se ha de decir la verdad—presenta amplia evidencia de catastrofismo, como
siempre ha sido.
Epílogo
En 1905, la física estaba en un dilema; unas evidencias de óptica
indicaban que la luz se desplazaba en ondas, mientras que otra evidencia
indicaba que se movía en partículas. Los dos conceptos parecían contradictorios,
pero Niels Bohr y Werner Heisenberg pudieron demostrar matemáticamente que los
dos conceptos eran en realidad complementarios y que nos presentaban una visión
más completa de la realidad si los aceptábamos a ambos. Quizá la Geología está hoy en la
misma situación. Hemos heredado de nuestros antepasados la idea de que o el
catastrofismo es cierto o de que el actualismo es cierto, pero que ambos no
pueden serlo. La razón por la que pusieron estas proposiciones: o lo uno / o lo
otro, era política. O la soberanía pertenecía a Dios y al Rey, o pertenecía al
pueblo: no podía pertenecer a ambos; por lo tanto, la Geología tenía que ir con los Tories
al catastrofismo, o con los liberales al actualismo: no podía ir en ambas
direcciones. En el presente no debemos preocuparnos por todo esto; por la
evidencia de la
Geología parece claro que ambas teorías están en lo cierto.
El curso normal de los eventos es, desde luego, tal y como Lyell lo describe:
levantamientos suaves y erosión lenta, pero también hay amplia evidencia de que
Velikovsky está también en lo cierto, y que la tierra ha estado sujeta a severas
catástrofes, como lo ha expuesto tan convincentemente en su libro Earth in
Upheaval (Tierra en Convulsión).
. . . el «actualismo»
fue promovido por los liberales como parte de la «causa» a fin de minar los
fundamentos teóricos de la monarquía y no fue derivado de investigación de
campo.
He tratado, en
este artículo, de presentar cinco puntos importantes: Primero, la Sociedad
Geológica de Londres, que dio nacimiento al paradigma
actualista, no se compuso originalmente de un grupo de geólogos profesionales de
campo, sino de caballeros, miembros del Parlamento, clérigos y abogados, que
estaban interesados, y mucho, en las implicaciones políticas y teológicas de
la Geología
en la época del Proyecto de Ley de la Gran Reforma de 1832, cuando los
radicales estaban desafiando el concepto de monarquía soberana, y los Tories lo
estaban defendiendo. Segundo, que la Sociedad Geológica de
Londres estaba dividida en dos bandos, y que los catastrofistas Tories
prevalecieron hasta 1832 y que los radicales liberales, bajo la guía de Lyell,
Scrope y, más tarde, Darwin, tomaron el poder durante el segundo cuarto del
siglo pasado (hasta el presente). Tercero, que el «actualismo» fue promovido por
los liberales como parte de la «causa» a fin de minar los fundamentos teóricos
de la monarquía y no fue derivado de investigación de campo. Cuarto, a causa de
que los Tories estaban utilizando tácticas represivas en política a fin de
evitar la reforma del Parlamento, la tensión social se derramó sobre el debate
geológico, causando el enorme interés geológico de los años 1820 y 1830 y el
crecimiento exponencial de la recién formada Sociedad Geológica de Londres. La
toma por parte de los liberales del control de la Sociedad Geológica de
Londres antes de que se aprobara el Proyecto de Ley de Reforma, presagió lo que
pronto iba a suceder en el campo político. Y quinto, una vez al control, los
liberales trataron de asegurar su hegemonía reprimiendo a los catastrofistas y
asimilando sus datos.
En los años
siguientes del siglo XIX, la geología se transformó en totalmente profesional y
dogmática. Creer en una teoría catastrófica llegó a ser una herejía científica;
y, muchos años después, la reacción de la comunidad científica fue de represión
instintiva, no porque Velikovsky estuviera equivocado, sino porque temían que
pudiera estar en lo cierto.