LOS RESTOS FÓSILES DEL HOMBRE PRIMITIVO, Y EL REGISTRO HISTÓRICO DEL GÉNESIS

Artículo 45       ARTHUR C. CUSTANCE, M.A., Ph.D.

Miembro de la Afiliación Científica Americana

Miembro de la Asociación Americana de Antropología

Miembro del Real Instituto de Antropología

 

Ottawa, 1968 / Rev. 1975

 
Traducción del inglés: Santiago Escuain

Pórtico

Índice


Capítulo Uno

 

La Fe Evolucionista

 

«El hombre es un primate, y dentro del orden de los primates está más
estrechamente relacionado con los simios antropoides africanos vivientes.»

 

A

SÍ ESCRIBIÓ recientemente F. Clark Howell,[1] proporcionándonos un buen ejemplo de la clase de confiadas afirmaciones que tanto abundan en la literatura evolucionista. Tal como está enunciada, es puramente presuntiva. Sólo porque los miembros de una familia puedan tender a parecerse, no es en absoluto seguro suponer que todos los «semejantes» están relacionados. La primera afirmación de Howell, «el hombre es un primate», es desde luego cierta; pero su segunda afirmación, que se presenta como si fuese también un hecho, es una simple suposición sin prueba positiva de ninguna clase. Dentro del orden de los Primates, puede que a quien más estrechamente se asemeje el hombre desde un punto de vista anatómico sea a los simios antropoides africanos vivientes, pero otra cosa muy distinta es afirmar categóricamente que está estrechamente relacionado con ellos. La semejanza y la relación no son en absoluto la misma cosa. Howell admite en la siguiente frase que no está seguro de cuán lejana sea la relación, pero sigue en pie la suposición fundamental de que existe una relación de sangre. Muy pocos lectores excepto los expertos en el tema discernirían la presuposición en la afirmación de Howell. Todo lo que los hechos indican es semejanza. La relación es completamente indemostrable mediante una apelación a la morfología. Si hubiera dicho: «El hombre es anatómicamente más parecido a los simios antropoides africanos», su afirmación hubiera sido totalmente cierta. Tal como la expresa, su declaración es completamente hipotética. Howell confunde la hipótesis con la realidad.

El grado en que los antropólogos ejercen fe en la actualidad, sosteniendo como cierto y firmemente establecido lo que en realidad solo se cree a modo de esperanza, queda expuesto en diversas citas que aparecen a continuación, todas las cuales proceden de prestigiosas autoridades en este campo. Raymond Pearl, por ejemplo, dijo —y en ello tenemos un espléndido ejemplo de optimismos esperanzados que se expresan mediante circunlocución como elevadas probabilidades:[2]

En tanto que todo el mundo concuerda en que los parientes vivos más cercanos de los hombres deben encontrarse en los cuatro simios antropoides, el gorila, el chimpancé, el orangután y el gibón, no existe tal acuerdo acerca de la estructura precisa de su linaje ancestral. Las pruebas de que tuvo uno que fue perfectamente natural y normal ... son de una magnitud y contundencia abrumadoras. Pero cuáles fueron exactamente las etapas individuales o cómo surgieron, está todavía por aprender. Hay casi tantas teorías sobre esto como estudiosos serios del problema. Pero todas ellas por ahora carecen de aquella especie de prueba clara y simple que evoca aquella clase de aceptación universal que recibe, por ejemplo, la ley de la gravedad.
     Solo en un punto, y este un poco indistinto, se puede decir que hay un acuerdo general. Es que, por el peso de la prueba, es probable que en algún período remoto en el pasado para el que todavía no se ha descubierto un claro registro paleontológico, el hombre y los demás primates se separaron de lo que hasta entonces había sido un tronco ancestral común.

En esta cita, la frase «un linaje ancestral ... perfectamente natural y normal» significa, naturalmente, un linaje evolutivo. Pearl nos asegura que las pruebas de esto son de una magnitud y contundencia abrumadoras, pero acto seguido habla solo de posibilidades y añade que incluso para estas posibilidades no existen ningunos datos paleontológicos claros. Muchos antropólogos actuales, veinte años después que se escribió lo anterior, argumentarían que los datos paleontológicos están ahora disponibles en la forma de una amplia gama de antropoides catarrinos catalogados juntos de forma flexible como pitecinos. Estos seres incluyen tipos como el Dryopithecus, Ramapithecus, Kenyapithecus, y naturalmente los más popularmente conocidos como Australopitecinos. Pero un estudio de la literatura en la que se describen estos fósiles indica ante todo que hay un considerable desacuerdo acerca de la relación precisa entre ellos, y, en segundo lugar, que existe un considerable debate acerca de si realmente se encuentran en la línea que conduce al Homo sapiens, aunque los hay. como Robinson, que intentan deslizarlos dentro del árbol familiar de modo que queden al menos bajo el encabezamiento de hominoideos, de los que se supone que evolucionó el hombre. Por ahora me parece que no ha habido suficiente tiempo para llegar a una perspectiva clara, e, incluso si la evolución fuese cierta, parece sin embargo poco probable que el Homo sapiens llegase siguiendo la ruta de los pitecinos.

El problema es que los Australopitecinos tenían cerebros sumamente pequeños, con una capacidad media de 575 cc,[3] en comparación con la capacidad media normal del hombre moderno de 1.450 cc, y que sin embargo parecen haber sido usuarios de utensilios. Por cuanto por definición el hombre es un animal culto, y que los utensilios forman una parte esencial de su actividad cultural, algunos han atribuido cultura a estos primitivos simios, y por esta razón los han elevado a la condición humana, aunque a un nivel muy bajo, naturalmente. Pero hay muchos que mantienen que no se puede decir de un animal que sea «culto» meramente porque use utensilios. Por ejemplo, los pájaros usan utensilios, pero esto difícilmente puede considerarse como una actividad cultural.[4] No hay pruebas inequívocas, que yo sepa, de que los Australopitecinos fabricasen utensilios de forma deliberada. Hay indicios de lo que parecen herramientas fabricadas, pero es muy discutible si realmente fueron obra de los Australopitecinos mismos. Se ha argumentado que los Australopitecinos eran objeto de caza del hombre antiguo y que estos utensilios fueron abandonados por los cazadores. W. L. Strauss Jr. dijo de los mismos, en una nota aparecida en Science:[5]

Algunos de estos artefactos están sin duda alguna trabajados, y todos ellos excepto uno están hechos con materiales ajenos al lugar y a los alrededores inmediatos —lo que indica que representan una verdadera cultura lítica. La estratigrafía parece dejar claro que los artefactos son de la misma edad que la brecha rojo-parduzca, y que no se trata de intrusiones. La industria no es del carácter más primitivo. ...
     J. T. Robinson concluye que el avanzado carácter de esta industria de piedra hace dudosa su atribución a los Australopitecinos. ... Cree que la hipótesis más razonable por ahora es atribuir la industria a un «hombre verdadero» que invadió la región antes que tuviera lugar la formación de esta particular brecha roja-parduzca.

En segundo lugar, solía sostenerse que la capacidad craneana y la inteligencia estaban estrechamente relacionadas. Esto es objeto de serias dudas en la actualidad, aunque hay un acuerdo general en que un ser humano no puede ser normal con una capacidad craneana por debajo de 800 cc., lo que se conoce como el «Rubicón cerebral».[6] Si no hay relación entre estos dos índices, entonces el diminuto cerebro australopitecino podría ser todavía considerado como «humano». Lo que es cierto es que no existe un acuerdo general sobre este asunto. En todo caso, el hombre moderno con su cerebro mucho más grande está representado por fósiles que fueron coetáneos con los últimos en la línea de los Australopitecinos, por lo que parece improbable que el Hombre sapiens llegase a través de esta vía.

Leakey, escribiendo en 1966 con referencia al Homo habilis, un supuesto fabricante de utensilios, rechazó por diversas razones cualquier serie lineal del tipo como Australopithecus africanus — Homo habilis Homo erectus (siendo éste esencialmente el hombre tal como ahora lo conocemos).  ...[7] Decía así: «Me parece más probable que el Homo habilis y el Homo erectus, así como algunos de los Australopitecinos, estuvieron evolucionando a lo largo de sus propias y distintas líneas durante la época del Pleistoceno inferior».[8] Y también: «Sugiero que morfológicamente es casi imposible considerar al H. habilis como representante de una etapa entre el Australopithecus africanus y el Homo erectus». Y añadía: 

Nunca he podido aceptar el punto de vista que el Australopithecus representaba una etapa ancestral directa que conducía al H. erectus, y estoy todavía más enérgicamente en desacuerdo con la sugerencia que se hace actualmente de situar al H. habilis entre ambos ...  Es posible que el H. habilis resulte ser el antecesor directo del H. sapiens, pero esto no puede ser más que una teoría por ahora. ...
     Todo lo que se puede decir por ahora es que hubo un tiempo en Olduvai cuando el H. habilis, el Australopithecus (Zinjanthropus) boisei, y lo que parece ser un antecesor primitivo del H. erectus fueron generalmente coetáneos y desarrollándose a lo largo de líneas distintas y separadas [mi énfasis].

El debate continúa, y aunque «nadie» pone en duda el origen evolutivo del hombre, los eslabones concluyentes siguen estando ausentes.

El problema es que aunque hay un número sustancial de candidatos fósiles que pueden manipularse a la clase apropiada de secuencia, la cadena parece llevar más bien a los modernos simios o a la extinción más que al hombre. Para ciertos períodos de la historia geológica hay prometedoras sucesiones de formas fósiles que parecen como si debieran llevar al hombre, pero no lo hacen. Recientemente, Elwyn L. Simons observaba:[9]

Durante los últimos quince años se han realizado una cantidad de nuevos descubrimientos. ... Los primates más antiguos están ahora representados por muchos cráneos completos o casi completos, por algunos esqueletos casi completos, por diversos huesos de las extremidades, e incluso por huesos de manos y pies. En cuanto a su antigüedad, estos especímenes se extienden casi a lo largo de toda la era cenozoica, desde sus inicios en el Paleoceno, hace unos sesenta y tres millones de años, hasta el Plioceno, que acabó aproximadamente hace dos millones de años. ... Pero no se encuentran en la línea exacta del linaje humano.

 Cuando la significación de los datos mismos está sujeta a tanto debate, está claro que mucho depende de pensamientos imaginativos, donde cada autoridad está convencida de que está meramente leyendo las evidencias. Pero el desacuerdo que existe entre diversas autoridades demuestra a las claras que la evidencia puede ser «meramente leída» de diversas maneras diferentes. Por esta razón, Melville Herskovits[10] observó que «ninguna rama de la antropología exige más inferencias para la valoración de imponderables, en suma, más ejercicio de la imaginación científica, que la prehistoria».

Hace muchos años, Wilson D. Wallis[11] observó que hay una especie de ley relativa al pensamiento antropológico acerca de los restos fósiles que se puede expresar de esta manera: cuanta menos información tengamos debido a la escasez y a la antigüedad de los restos, tanto más categóricas pueden ser nuestras generalizaciones acerca de los mismos. Si se encuentran los huesos de un hombre que haya muerto recientemente, se debe tener una medida de cautela sobre lo que se dice acerca de él, porque alguien podría poner a prueba estas conclusiones. Cuanto más se retrocede en el tiempo, tanto más confiadamente se pueden presentar estas reconstrucciones, porque hay menos posibilidades de que nadie pueda ponerlas a prueba. Por consiguiente, cuando solo se conocían unos pocos restos fósiles del hombre antiguo, se podían realizar generalizaciones muy amplias sobre los mismos y se dibujaron toda clase de árboles genealógicos con todo aplomo. Unos pocos antropólogos más prudentes en la actualidad censuran la tentación de dibujar árboles genealógicos que, como dijo I. Manton, son en todo caso más como «manojos de ramillas» que árboles.[12] Y cuando se trata de la reconstrucción de un hallazgo fósil para conseguir una cabeza y un rostro de «carne y hueso», el grado de divergencia puede ser aún más extraordinario, como se hace patente, por ejemplo, en las realizadas para representar al Zinjanthropus para el Sunday Times (Londres), el Illustrated London News, y para el Dr. Kenneth Oakley por Maurice Wilson, respectivamente.[13] La reconstrucción de la historia evolutiva del hombre sigue siendo mucho más un arte que una ciencia. He redibujado estas tres reconstrucciones a partir de los originales (véase Fig.1).



Cráneo y reconstrucciones del Zinjanthropus

Figura 1 - Superior izquierda: El fósil original que formó la base de las tres reconstrucciones del Zinjanthropus que se han redibujado más abajo: Zinjanthropus, tal como se dibujó (A) para el Sunday Times de Londres, 5 abril 1964; (B) por Neave Parker para el Dr. L. S. B. Leakey y publicado en el Illustrated London News and Sketch, 1 enero 1960; (C) por Maurice Wilson para el Dr. Kenneth P. Oakley. Todos estos redibujados
por el autor.

 

El principio de que cuanto menos sean los datos más libertad hay para interpretarlos está ampliamente reconocido. En 1967, Takeuchi, Uyeda y Kanamori, refiriéndose a la Teoría de la Deriva Continental, observaron que «sucede con frecuencia en ciencia que cuando los datos son escasos, la interpretación parece fácil, pero que al ir aumentando los datos, la argumentación consecuente se hace más y más difícil».[14] Hallam L. Movius escribió de forma muy parecida en 1953 con referencia a las culturas del Paleolítico y a los datos actualmente disponibles con los que reconstruirlas. Ahora tenemos tanta más información que antes que «difícilmente podemos ordenarla en nada incluso remotamente parecido al esquema ordenado general concebido por los investigadores anteriores».[15] Es mi predicción que cuando tengamos suficientes datos hallaremos que la perspectiva bíblica de la historia antigua del hombre no solo resultará ser estrictamente correcta, sino que además resultará evidente para aquellos que posean este conocimiento acumulado. De hecho, se extrañarán que la verdad no fuese más patente para los que les precedieron. Es sorprendente como a menudo unos pocos hechos adicionales actúan como catalizadores que parecen precipitar todas las cosas repentinamente en su sitio hasta que uno se asombra de que la verdad hubiera podido ser pasada por alto durante tanto tiempo.

Además, como ha estado reconocido durante muchos años y recalcado muy recientemente por J. T. Robinson,[16] los hábitos de vida, el clima y la dieta pueden influir de forma enorme en los rasgos anatómicos del cráneo, y por cierto hasta el punto que dos series de formas fósiles que puedan pertenecer de hecho a una sola especie sean clasificadas por algunas autoridades en géneros diferentes. Tengo en mente al Australopithecus y al Paranthropus. ¿Cómo puede alguien tomarse en serio árboles genealógicos en los que las líneas conectivas se dibujan solamente sobre la base de las semejanzas o desemejanzas cuando estas semejanzas o desemejanzas podrían ser tan solo evidencia de una diferencia en la dieta? Estos factores culturales o ambientales no solo pueden hacer que dos miembros de una sola especie diverjan lo suficiente como para ser clasificados en dos géneros diferentes, sino que dos géneros diferentes puedan por la misma razón converger hasta que posean la apariencia de pertenecer a la misma especie. Hay algunos casos extraordinarios de convergencia.[17]

Hay otro factor que bien podía haber arrojado confusión sobre esta cuestión, debido a que es posible que, por razones que vale la pena considerar brevemente, el hombre antiguo hubiera tendido hacia la adquisición de una cierta «apariencia simiesca» debido a la gran edad hasta la que hubiera sobrevivido. La Biblia declara categóricamente que antes del Diluvio los hombres vivían durante siglos, e incluso después del mismo. Tenemos registros específicos en las Escrituras acerca de solo unas pocas personas que vivieron siglos después del diluvio (Génesis 11:11-22), pero difícilmente se puede cuestionar que estos personajes se mencionan porque fueron importantes por otras razones. No se puede dudar que muchos hombres además de ellos sobrevivieran durante siglos, aunque la duración de la vida del hombre fue disminuyendo bastante rápidamente al irse sucediendo las generaciones después del Diluvio.

Ahora bien, uno de los «descubrimientos» de los evolucionistas es que determinados animales pueden, por razones no claras, experimentar la persistencia de una forma juvenil en la vida adulta. Esto se refiere técnicamente como neotenia. El proceso lleva a un adulto que, aunque estrictamente adulto en un sentido cronológico, es sin embargo de forma «inmadura». De estos individuos se dice que son pedomorfos. A modo de ilustración, se dice del hombre que es pedomórfico por las siguientes razones y en el siguiente respecto: Suponiendo que ha derivado de algún antecesor antropoide cubierto de pelo, se esperaría que él mismo estuviera cubierto de pelo. Pero la pilosidad del simio adulto es considerablemente mayor que la del simio recién nacido. Si la condición relativamente lampiña del simio recién nacido hubiera persistido por alguna razón en la etapa adulta de modo que el individuo plenamente adulto resultase tan relativamente lampiño como lo suele ser el joven, entonces se designaría al adulto como pedomórfico, esto es, modelado (a este respecto) a semejanza de una forma juvenil de su especie. Por cuanto el hombre es relativamente lampiño en toda la superficie de su cuerpo, se cree que es pedomorfo, esto es, un ser peludo que no produjo de un modo pleno la pilosidad que se esperaba de él en base de sus antecesores. A este respecto, ha permanecido infantil.

Sir Gavin de Beer es quizá la autoridad más apropiada a la que remitir al lector acerca de esta cuestión.[18] La neotenia hace referencia a una condición que se describe como debida a «un retardo relativo de la tasa de desarrollo del cuerpo en comparación con las glándulas reproductivas», de modo que el cuerpo no pasa por tantas etapas en el descendiente como el antecesor. Hablando de modo estricto, la pedomorfosis se refiere a una situación en la que «precozmente, la larva se vuelve sexualmente madura, mientras que la neotenia se refiere a una situación en la que el animal adulto retiene caracteres larvales». «La producción de cambio filogenético mediante la introducción en el descendiente adulto de caracteres que eran juveniles en el antecesor» mediante neotenia se designa pedomorfosis. Así, la condición relativamente lampiña del hombre como adulto se considera como un caso de un simio peludo ancestral sustituido por un descendiente lampiño que se considera que ha retenido hasta la madurez la condición relativamente lampiña de la forma infantil ancestral.

Se hace además la suposición de que si el hombre viviese durante un tiempo suficiente, llegaría finalmente a una forma plenamente adulta. El problema es que muere demasiado pronto. Sea como sea que expliquemos que la pilosidad del hombre aumenta con la edad, es una realidad. Por ello, si el hombre fuese a vivir durante siglos, es concebible que el proceso de desarrollo que comparte hasta cierto punto con seres de un tipo parecido al suyo pudiese llevar a una medida de convergencia, no debido a ninguna relación sino debido simplemente a su avanzada edad. Si un hombre viviese hasta una edad de cientos de años, y si las condiciones de su vida llevasen a que se viese obligado a perder algunas de las influencias suavizadoras que conlleva la vida en comunidad, de modo que viviese y muriese como un eremita o en una familia aislada, bien podría ser que sus restos, por sus rasgos insólitos, pudieran confundir a su descubridor a suponer que no fuese un hombre en su ruina, sino un simio en su camino de ascenso a la humanidad. Una longevidad tal prolongada podría explicar las cantidades relativamente grandes de armas y artefactos que constituyen la sustancia de la prehistoria pero que van acompañados por tan pocos restos esqueléticos. Una población muy pequeña de individuos podría dejar los restos de sus asentamientos por territorios muy extensos si estos individuos sobrevivieron durante siglos. Y parece muy probable que una experiencia muy extendida a lo largo muchos años de prueba y error tendería a acelerar hasta cierto punto los procesos de mejora de modo que el progreso del Paleolítico al Mesolítico y al Neolítico podría darse fácilmente en una generación, y las armas neolíticas pudieran haberse usado para matar al Hombre Paleolítico, según Dawson comunicó en su momento.[19]

Está claro, así, que la morfología por sí misma no es en realidad ninguna guía hacia relaciones lineales. De hecho, incluso la posibilidad de encontrar juntos los esqueletos de una madre y de un hijo, aunque pudiera constituir una presunta prueba de una relación madre-hijo, nunca podría considerarse una prueba absoluta. Casi todos los restos fósiles se «demuestran» relacionados de esta manera solo en el sentido de que si se acepta la teoría de la evolución para empezar, la relación se podría suponer de forma razonable. Pero, por sí misma, la similitud de forma no demuestra relación. Los que ven en sus propios hallazgos, o que desean ver en ellos, más de hombre que de simio, tienden a clasificarlos uniendo el sufijo ‑anthropus a su nombre. Los que ponen el énfasis más bien en la antigüedad de sus hallazgos tienden a clasificarlos como ‑pithecus. Así, hay dos tentaciones alternativas, una de ellas la de poner el énfasis en la antigüedad de los supuestos antecesores, y la otra en la condición humana de los mismos. Hay otro factor que entra claramente en estos juegos de designaciones, y es el prestigio de haber hecho un hallazgo que inicia un nuevo género, subfamilia u otra categoría de alguna clase. Así, von Koenigswald designa a su descubrimiento en Java como Meganthropus, mientras que otros ven en el mismo a un mero representante de una rama de los Australopitecinos. De forma parecida, Leakey designa a sus hallazgos de Olduvai como Zinjanthropus mientras que otros eliminarían de tal posición singular a sus especímenes reduciéndolos también a meros Australopitecinos.[20] Lo lamentable es que la misma designación de estos hallazgos puede darles un peso de importancia que puede ser totalmente injustificada. El nombre crea la significación, no el hallazgo mismo.

Sir Solly Zuckerman,[21] en un artículo con el curioso título de «An Ape or The Ape [Un Simio o El Simio]», hacía la observación de que se suele asignar demasiada importancia a pequeñas diferencias entre especímenes que excepto por estas diferencias serían clasificados como una sola especie. Su argumento era que el estudio de los simios modernos, y de otros seres, demuestra clara y enfáticamente que dentro de una sola familia de simios o de monos puede haber individuos cuya divergencia respecto de otro es mucho mayor que la divergencia que se puede observar entre dos fósiles concretos que por esta causa se clasifican no solo como pertenecientes a diferentes especies, sino incluso a diferentes géneros. Para citar uno de sus pasajes iniciales:

Algunos estudiosos aseveran, o más bien suponen de manera implícita, que las relaciones filéticas de una serie de especímenes se puede definir claramente a partir de una valoración de las semejanzas y desemejanzas morfológicas, incluso cuando la evidencia fósil es a la vez de poco peso y geológicamente discontinua. Otros, que a la luz del moderno conocimiento de la genética están desde luego sobre un fundamento más firme, observan que diversos genes o diversos patrones genéticos pueden tener unos idénticos efectos filéticos, y que cuando tratamos con materiales fósiles limitados o relativamente limitados, la correspondencia en características morfológicas similares o en grupos de caracteres no necesariamente implica identidad genética ni relación filética.

 Zuckerman cita posteriormente a A. H. Schultz, uno de los principales estudiosos de los Primates:[22]

Entre varios cientos de monos de una especie, recogidos en el ambiente uniforme que rodea un campamento en la selva de Nicaragua, se encontraron especímenes con narices chatas y otros con perfiles rectos, algunos con orejas grandes y otros con pequeñas. En resumen, diferían entre sí tan ampliamente como diferirían entre sí una cantidad parecida de residentes de la ciudad humana y esto a pesar de que estos monos tenían todos la misma ocupación, se alimentaban de la misma dieta, experimentaban las mismas condiciones climáticas, y ello a lo largo de miles de generaciones.

 En 1943, Gaylord Simpson había escrito de forma parecida:[23]

Los primeros paleontólogos no tenían una verdadera idea de la extensión de la variación morfológica que puede darse en una sola especie. ... Los criterios operativos se han conseguido solo de forma lenta, de la mano con trabajos similares de neozoólogos y con trabajos experimentales. ...
     Es actuar de manera cautelosa suponer que entre especies anteriormente propuestas de vertebrados fósiles y de tipos de géneros actualmente reconocidos, no más de una cuarta parte son representativos de grupos naturales y distintos. La fracción de especies válidas es probablemente mucho más pequeña.

A pesar de estas advertencias, parece que exiguas diferencias en mediciones entre este punto y aquel otro o alrededor de algún eje u otro de un fragmento fósil que ya ha quedado distorsionado por su largo enterramiento en la tierra viene a ser la base de pronunciamientos pontificales acerca de las relaciones y de las líneas ancestrales de potenciales candidatos para la condición protohumana. Cuando Zuckerman presentó su ponencia, declaró de forma específica que tenía en mente los actuales debates acerca de los Australopitecinos y otros especímenes de primates africanos fósiles. Él argumenta que estas declaraciones son de una validez sumamente dudosa, y estas dudas se extienden con la misma fuerza a las estimaciones que se hacen de la capacidad craneana. Y, por lo que se refiere a la dentición, argumenta que las impresionantes tablas diseñadas para ilustrar relaciones, u otros conceptos, son fundamentalmente ejercicios «en anatomía dentaria, no en filogenia de los primates».

Una cosa sí es cierta: nadie se siente jamás tentado a hacer ningún pronunciamiento relativo a sus hallazgos en particular que arrojen la menor duda sobre su origen evolutivo. La evolución es incuestionable. Y desde luego Zuckerman no la desafía.

LeGros Clark ha observado de «prácticamente ninguno de los géneros y de las especies de los hominoides fósiles [y esto incluye a todos los australopitecinos según Robinson] que se han creado una y otra vez tienen ninguna validez en absoluto en la nomenclatura zoológica».[24] Y otra vez:[25]

Probablemente el único factor en solitario que por encima de todos los demás ha complicado de forma indebida, y muy innecesaria, toda la panorámica de la filogenia humana es la tendencia a la individualización taxonómica de cada cráneo o fragmento de cráneo fósil, suponiendo que se trata de un nuevo tipo que es distinto de todos los demás a nivel de especie, o incluso a nivel de género.

El público está siendo constantemente bombardeado con la imagen de que los Australopitecinos están poco a poco llenando el hueco entre el hombre y sus antecesores animales, y los «cazadores de fósiles» han caído en la tentación de contribuir a esta confusión dando nombres a sus hallazgos que tienen el objetivo de reforzar esta impresión.[26] En realidad, no solo estos nombres carecen de justificación en muchos casos, sino que esta línea misma parece ahora haber proseguido su imaginario desarrollo evolutivo hasta adentrados los tiempos del Pleistoceno, cuando ya existía el hombre moderno. Esto ha tenido la desafortunada consecuencia de hacer al hombre tan antiguo como sus supuestos antecesores, lo que a mí me parece un contrasentido, pero en el credo evolucionista, ésta es la fe de ellos, «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve ...».

 

 

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Capítulo Dos

 

Fe sin razón suficiente

 

N

O CABE DUDA de que la teoría de la evolución es útil como ayuda didáctica para ayudar en la disposición ordenada de los datos disponibles. Y no hay duda tampoco que cuando la teoría se presenta para consumo popular, es decir, omitiendo cualquier mención de los problemas que todavía quedan por resolver antes que pueda considerarse de manera inequívoca como establecida de manera fehaciente, tiene una cierta cualidad compulsiva, porque parece explicarlo todo. En realidad, esta es una razón por la que hay algunas autoridades destacadas dentro de este campo que sin embargo se sienten algo intranquilas acerca de la actual formulación teórica. Porque una teoría que puede explicarlo todo mediante la manipulación de los hilos argumentales para ajustarse a la ocasión es realmente poco sólida, por la razón fundamental de que nunca podría ser refutada. Como observaba Medawar,[27] si una teoría es tan flexible que se puede usar la misma explicación para dar cuenta de dos tendencias totalmente contrarias, entonces la teoría carece de significado. En tiempos pasados se había sostenido que el cerebro en crecimiento del hombre llevó a su emergencia como Homo sapiens, el gran usuario de herramientas, de modo que los seres con cerebros más pequeños estaban más bajos en la escala. Ahora que se han descubierto seres con cerebros pequeños que eran usuarios de herramientas, se está argumentando que el uso mismo de las herramientas fue lo que agrandó el cerebro hasta el tamaño del humano. La teoría evolucionista es sumamente «ajustable«. «Cuando hablamos,» decía Medawar, «como Spencer lo hizo por primera vez, de la supervivencia de los más aptos, estamos siendo sabios después del acontecimiento: el que es apto o no apto es descrito en base a un juicio retrospectivo. Es una tontería pretender sentirse pasmado ante la evolución del organismo “A” si nos hubiésemos sentido igual de pasmados por un giro de acontecimientos que hubiera llevado a la evolución de “B” o “C” en su lugar.»

Hace unos cuantos años, T. H. Leith[28] recalcó el hecho, que a mi me parece de importancia fundamental, de que para ser útil, una teoría debe estar estructurada de tal manera que se pueda concebir algún experimento crítico que, si realmente la teoría es falsa, el experimento pudiera demostrarlo. Como ha observado Medawar,[29] por cuanto la prueba absoluta está más allá de nuestra capacidad (porque siempre puede salir otro dato que resulte irreconciliable), lo mejor que podemos hacer en cualquier área de investigación es buscar constantemente el error en la hipótesis. El resultado de cada experimento que no demuestre un defecto sirve bien para confirmar la presente hipótesis, bien para purificarla forzando su modificación. Pero la teoría de la evolución es tan flexible que sencillamente no es posible concebir un experimento crítico que pudiera refutarla. Toda investigación parece en último término dedicada a demostrar la teoría, no ha desafiarla. ¿Cómo podría nadie desafiarla?

Mientras, puede ser cosa suficiente, heurísticamente, o incluso como una filosofía que sirve a nuestro materialismo, pero es sin embargo sostenida como un acto de fe —y desde luego Huxley la define incluso como una religión.[30] Y como tal religión, hay un gran elemento emotivo que se involucra en su defensa. En su reciente libro This View of Life, Simpson manifiesta esto de una forma singular. Hay algunas secciones en las que reitera hasta la saciedad el principio fundamental de su fe: «La evolución es un hecho».[31]

Los razonamientos en círculos viciosos juegan un gran papel en la actual antropología evolutiva, quizá un papel tan grande como en la moderna geología aunque no haya tan buena disposición a admitirlo. La circularidad del razonamiento se da a veces de la siguiente manera: sabemos que la evolución humana es cosa cierta y que por ello tiene que haber una sucesión de formas desde algún ser protohumano hasta el hombre, distribuidas por una apropiada escala de tiempo de millones de años. Gracias a que, si hacemos caso omiso a la situación geográfica y si nos tomamos unas ciertas libertades con una escala de tiempo en expansión, podemos alinear una serie de candidatos fósiles que constituyen lo que se designa de manera eufemística como «una secuencia apropiada», esto demuestra que la evolución humana es cosa cierta. La posibilidad de que pudiera existir otra explicación para la semejanza de forma ni siquiera se considera. La cuestión es que la mera y arbitraria alineación de fósiles humanoides, incluso cuando la ordenación en el tiempo sea correcta, no demuestra descendencia. Se hace la suposición de que la explicación reside en la descendencia, y luego se usa la alineación para demostrar la suposición.[32] Esto es tan característicamente circular como muchos de los razonamientos en geología.

Este tipo de secuencia evolutiva fue muy popular en el pasado en el campo de la antropología cultural; los artefactos se desarrollaron progresivamente de más simples a más complejos a través de etapas conocidas; la religión fue evolucionando de forma continua desde el animismo hasta el monoteísmo; el arte pasó desde una etapa muy inferior de burdas representaciones hasta llegar a su moderno y sofisticado (?) nivel de abstracción; en suma, todo evolucionó. Poco a poco, estos esquemas evolutivos clásicos y conocidos se han ido descartando bien como creaciones mentales puramente arbitrarias, bien por ser positivamente contrarios a los datos. Los lectores cristianos ven a veces referencias al abandono de estas construcciones culturales evolucionistas, y lamentablemente adquieren la impresión de que se están abandonando todas las ideas evolucionistas —lo que no es cierto en absoluto. De manera constante, los restos fósiles humanos y prehumanos se siguen presentando de manera que den la impresión de que realmente se han demostrado las relaciones lineales entre ellos. Como lo dijo Howell: «El hombre ... está más estrechamente relacionado con los simios antropoides africanos vivientes» (!).

Es demasiado pronto para que podamos ver la verdadera significación de los muchos nuevos fósiles encontrados en África y otros lugares, cada uno de los cuales suele ser proclamado por su descubridor como el eslabón perdido, hasta que es desafiado respecto a su relevancia por el hombre suficientemente afortunado que ha encontrado otro aún más primitivo (¡o más humanoide!). Cada descubridor tiende a poner mucho peso sobre aquellos rasgos de su hallazgo particular que lo distinguen de forma señalada —según se afirma— de otros hallazgos parecidos y, en base a esto, a justificar sus pretensiones de que se trata de un nuevo eslabón de la cadena y no de parte de un eslabón ya existente. Ya nos hemos referido al hecho de que dentro de cualquier especie puede darse una variedad considerable, una variedad que es bien suficiente para justificar el contraargumento de que muchos supuestos eslabones no lo son en absoluto, sino especímenes variantes de una sola especie. Es instructivo observar un artículo de Stanley M. Garn que, en su consideración de «el problema de las diferencias entre fósiles», hace la siguiente serie de observaciones que se extractan aquí en el orden correcto procedente de su artículo, pero con mucha información suplementaria que se omite para resumir. Escribe él:[33]

Al describir los fósiles del Pithecanthropus/Sinanthropus de Java y de China, y los diversos «Neanderthales», por lo general se pone un gran énfasis en las diferencias entre ellos y nosotros. Según las descripciones de los libros de texto (generalmente copiadas de anteriores descripciones de otros libros de texto), estos fósiles del viejo mundo eran excepcionales en diversas maneras. Los «fósiles» están supuestamente caracterizados por unos cráneos extraordinariamente gruesos, por unos dientes excepcionalmente grandes, por unas sínfisis mandibulares enormes, y unas pautas de tamaños dentarios y de erupción dentaria que no se encuentran en el hombre actual. Estas descripciones potenciaron la aceptación por parte de los investigadores del concepto de que un «abismo taxonómico» separa al fósil clásico del viejo mundo y al hombre contemporáneo ...
     Ahora bien, muchos de los fósiles seleccionados para su descripción tenían cráneos gruesos, si se puede confiar en las mediciones publicadas. Pero no eran tan excepcionales respecto al grosor del cráneo como se nos quería hacer creer. Y no es necesario rebuscar en los museos para extremos craneanos aislados para demostrar este importante punto, ni será necesario centrarnos en los indios de las costas de Florida y de California con sus gruesas bóvedas. Una serie coetánea de americanos vivos se adentra mucho en la gama fósil de grosor de los cráneos fósiles. Con las debidas precauciones para excluir casos de la enfermedad de Paget, es bien posible observar que los americanos coetáneos y los fósiles paleoantrópicos no constituyen distribuciones separadas: los fósiles quedan solapados completamente por hombres y mujeres que viven entre nosotros.
     Muchos fósiles han sido descritos como dentudos, y desde luego los megadontes de Asia y de África tenían unos dientes tan grandes como lo sugiere apropiadamente esta apelación. Pero desde el Pithecanthropus en adelante, la  naturaleza excepcional del tamaño de los dientes fósiles (al menos de los premolares y de los molares) vuelve a quedar bajo duda. Con quizá una excepción clásica (el Pithecanthropus 4) los tamaños de dientes modernos y fósiles se solapan completamente. Los Neanderthales, según sus varias descripciones, caen cómodamente dentro de gamas contemporáneas, y esta observación es notablemente cierta de los dientes del K-inferior de Choukoutien ... Está claro que la distribución de tamaños de dientes en los blancos americanos contemporáneos cubre la gama «fósil» hasta el grado de que, como sucede con el grosor del cráneo, no se da sugerencia alguna de una verdadera discontinuidad taxonómica. ...
     Durante algunos años, también, ha habido el concepto generalizado de que el hombre fósil y el hombre moderno se diferenciaban por el orden de la erupción dentaria. Franz Weidenreich defendía esta creencia argumentando que existía a este respecto una verdadera «discontinuidad» taxonómica. Broom y Robinson, y Dart, a su vez, han ido más lejos sugiriendo diferentes secuencias de erupción dentaria para Australopitecinos individuales, secuencias que pretenden que son «desconocidas» en el hombre moderno. Pero la idea de una secuencia de erupción dentaria para los fósiles y otra para el hombre moderno cae cuando se somete a un cuidadoso examen. ... En realidad, y como hemos expuesto, el orden «fósil» es el orden usual de erupción alveolar en los niños modernos. ...
     Los fósiles paleoantrópicos, a decir de los libros de texto, tienen unas enormes sínfisis mandibulares, y también altas sínfisis mandibulares, como se corresponde con formas con una dentición supuestamente masiva. Sin embargo, en comparación con una serie más bien pequeña de adultos americanos contemporáneos (un total de 258 en total) parecería que nosotros presentamos una gama igual en los extremos de tamaño y volumen de la sínfisis. Todos, excepto uno o dos especímenes fósiles, caen dentro de la distribución bivariada contemporánea entre ambos sexos. Todos los demás euhomínidos, erectus o sapiens (tomados del listado de Weidenreich), caen bien dentro de la distribución de americanos blancos contemporáneos. ... Una vez más parece que los fósiles no son cualitativamente diferentes de nosotros. ...
     Parece apropiado observar que los esqueletos faciales de los fósiles y el hombre moderno no muestran en absoluto unas diferencias tan grandes.

Por cuanto se da mucha importancia al rostro del hombre fósil, siendo que la mayoría de las reconstrucciones ponen el mayor énfasis aquí para mejor propaganda, es un correctivo útil poner este extracto desde luego bastante largo a la luz pública. Porque en el mismo se demuestra que si uno está decidido a proporcionar al hombre antecesores desde los que evolucionó, es también necesario exponerlos como significativamente diferentes en forma en diversas maneras, o en caso contrario no se podría indicar ninguna evidencia de «evolución». Evolución significa cambio; y si no hay cambios demostrables, no se puede argumentar en favor de la evolución. Así que debido a una fe apasionada en una teoría por otra parte indemostrable acerca de los orígenes humanos, es necesario encontrar un fundamento para la misma exagerando la evidencia hasta el punto de distorsionarla fuera de toda proporción respecto a su verdadera significación. Los hechos no justifican esta distorsión como lo demuestra inequívocamente el artículo de Garn. Se acepta generalmente como verdad que un punto de vista que se sostiene sin pruebas adecuadas se sostiene como un acto de fe, con independencia de que pueda parecer muy razonable aparte de esto.

Lo que estoy tratando de recalcar aquí es que toda esta cuestión del supuesto linaje del hombre está cargada de argumentos dudosos basados en una interpretación de los datos que es a menudo totalmente arbitraria, siendo su única justifica­ción que sirve para apoyar un punto de vista de los orígenes humanos que se sostiene simplemente como un acto de fe.

Incluso por lo que se refiere a la Cuna del Hombre, se difunden los mismos discutibles argumentos entre el público, porque se ignoran alternativas perfectamente válidas. Debido a que la mayoría de los fósiles más recientes se han estado encontrando en África, es popular considerar África en lugar del Oriente Medio como la Cuna del Hombre, a pesar de que la línea de los Australopitecinos conduce a los simios modernos y no al hombre en absoluto, según muchos expertos. ... Pero hay maneras en que se puede fundamentar el Oriente Medio como el emplazamiento más razonable de la Cuna del Hombre, y que el grupo de fósiles ampliamente esparcidos por el mundo (en Asia, África y Europa), que por el consenso general de la opinión representan al hombre primitivo, como la serie del Homo erectus, puede recibir explicación sin hacer de ellos los antiguos antecesores del hombre. A fin de cuentas, no hay necesidad de suponer automáticamente que todo lo que parece un antecesor es un antecesor —podría ser un descendiente. Si uno cree en la evolución, lo primero es desde luego una suposición razonable, porque estos cráneos fósiles tienen una apariencia muy primitiva. Si uno cree que el hombre fue creado, la lógica del anterior argumento ya no es ni de lejos tan convincente; porque la degeneración es tan probable como la mejora, porque, como esperamos demostrar, hay una manera en la que todos estos restos fósiles que generalmente se está de acuerdo que pertenecen a la familia del hombre, Homo sapiens, pueden explicarse sin apelar a procesos evolutivos de ninguna clase. Y esta manera no es solo razonable por sí misma, sino que tiene un respaldo sustancial de lo que sabemos de la historia antigua del hombre gracias a la arqueología, a los registros históricos de la antigüedad, y a la moderna investigación acerca de los efectos de la alimentación, del clima y de la forma de vivir sobre el físico humano.

 

 

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Capítulo Tres

 

Una Fe Alternativa

 

T

ANTO SI CREEMOS que el Diluvio de los tiempos de Noé fue geográficamente local o universal, muchos que leen este artículo estarán desde luego de acuerdo que desde el punto de vista de la población humana mundial, el Diluvio fue un cataclismo abrumador, que dejó a esta tierra con solamente ocho supervivientes humanos. Este mismo acuerdo general se encuentra, me parece, respecto al período de tiempo transcurrido desde que estas ocho personas procedieron a repoblar el mundo, período que no puede ser muy superior a cuatro o cinco mil años como mucho.

Parece improbable, incluso si damos todo tipo de concesiones a huecos en las genealogías que algunos están persuadidos que deben existir,[34] que se pueda empujar la fecha del Diluvio más allá de unos pocos miles de años a.C. Con esto, estamos obligados a concluir que, excepto por aquellos que vivieron entre Adán y Noé y que quedaron atrapados  por el Diluvio, y cuyos restos me parece que no es muy probable que puedan descubrirse, todos los hombres fósiles, todas las culturas prehistóricas, todas las comunidades primitivas del pasado o del presente, y todas las civilizaciones que han existido, todo ello, tiene que quedar comprendido dentro de este intervalo de unos pocos miles de años. A primera vista, esta propuesta parece enteramente absurda.

Sin embargo, me parece que hay líneas de datos de considerable peso que respaldan este modelo. Ante estas palabras, surgirá toda clase de objeciones en la mente del lector si tiene cualquier conocimiento amplio de la actual antropología física. Se ha hecho un intento de tratar de manera específica con una cantidad de estas objeciones en otros artículos de El Pórtico por parte del presente autor,[35] pero quedan algunos problemas sin resolver, en particular la cuestión del elemento tiempo. Sin embargo, uno no tiene que resolver cada problema antes de presentar una reconstrucción hipotética. A fin de cuentas, ¡el punto de vista dominante está abarrotado de problemas, y sin embargo se considera que es respetable!

Pero puede que valga la pena observar de qué manera tan constante el factor tiempo en tantas secuencias prehistóricas ha tendido siempre a ser reducido en lugar de a extendido. Hay solo una posible excepción. La excepción se refiere a la duración de los tiempos del Pleistoceno, que ha sido extendida a casi el doble del período original. El período más corto de tiempo resultó ser en ciertas formas una fuente de perplejidades porque se tenían que apiñar más acontecimientos que lo que se consideraba factible. Pero aparte de esta única excepción, la regla de la reducción casi nunca se quiebra. Algunas reducciones son tan drásticas que imponen un gran interrogante contra la validez de dataciones que persisten actualmente como incuestionables.

En 1953, durante un simposio sobre antropología que fue posteriormente publicado por la Chicago University Press y que proporcionó para aquel tiempo una especie de «última palabra» sobre la posición de los antropólogos modernos, aparecen frecuentes comunicaciones de drásticas reducciones.

Después de cuidadosas críticas del sistema de datación de Zeuner tal como quedó establecido en su clásico estudio «Dating the Past», se nos presenta una serie de incidencias en las que se han hecho severos recortes de las fechas.[36] Por ejemplo, una edad de 10.000 años se reduce a 3.000, una edad de 18.000 a 10.000, una edad de 25.000 a 11.000, y una edad de 1.000.000, ¡a 50.000! Y en un volumen complementario, la Cultura Magdaleniense que había sido antes reducida de 50.000 años a 18.000 años antes del presente, ahora queda reducida de 15.000 a 8.000 años antes del presente.[37]

Es mi intención de dar, en otro artículo de El Pórtico, una cantidad sustancial de ejemplos de reducciones de esta clase que han sido adoptadas no por antievolucionistas, sino por aquellos que sostienen firmemente la creencia en la evolución humana y que justifican las reducciones que proponen en base de pruebas ahora disponibles y que están fundamentadas de forma mucho más sólida que los indicios sobre los que se hicieron las afirmaciones originales de grandes intervalos de tiempo. Y a pesar de todo esto, se sigue invitando al público a pensar en los orígenes humanos como arraigados en un pasado tan distante que hace parecer que la cronología bíblica es totalmente absurda. Pero solo el uso de unas cifras astronómicas permite al evolucionista el espacio suficiente para sustentar sus teorías. Y esta «antigüedad» se sigue presentando todavía como algo indiscutible.

Muchas de las fechas que se proponen se afirma que se han basado en procesos físicos y químicos que sirven como marcadores cronológicos de una manera estrictamente objetiva. Lamentablemente (o afortunadamente) algunos de estos procesos están quizá leyéndose erróneamente. Un ejemplo clásico fue la valoración hecha por Lyell acerca del tiempo que había transcurrido desde que el río Niágara comenzó a erosionar el borde de las Cataratas. Admitió una cierta cantidad de pulgadas cada año, acabando con 30.000 a 100.000 años. Esto es lo que nos enseñaron en la universidad como la fecha en la que la capa glacial norteamericana se retiró lo suficiente para dejar que el agua drenase sobre la escarpa en Queenston Heights. Se han realizado muchas mediciones desde los tiempos de Lyell,[38] y datos más exactos han establecido que Lyell puede haberse equivocado hasta en 90.000 años. De forma parecida, Antevs,[39] estudiando ciertos lagos secos en el desierto meridional de California, llegó a creer que se debían datar como de 25.000 años, pero ahora les asigna una edad inferior a los 10.000 años.

Muchas fechas de tiempos protohistóricos o de historia antigua han sido también drásticamente reducidas, como, por ejemplo, Pendelbury concluye que la cultura neolítica minoica tiene que pasar de 8.000 a.C. a 4.000 a.C.[40] Esta reducción resultó del descubrimiento de que en tanto que la acumulación de rocalla en Cnossos que tenía alrededor de 8 metros de grosor y que se había considerado que había necesitado 5.100 años para formarse, se cree ahora que se formó a lo largo de seiscientos a ochocientos años.

Hay otras reducciones «potenciales» verdaderamente increíbles. Por ejemplo, Ernst Berl desarrolló en 1940 un proceso para convertir materiales con contenido de hidratos de carbono en carbón y aceite en una hora.[41] En cambio, los geólogos sostienen actualmente que las capas de carbón precisaron de millones de años para su formación. John Klotz se refiere a un proceso similar de formación de petróleo que antes se creía que necesitó varios millones de años, pero que ahora se sabe que es posible en pocos miles de años.[42] Boucher de Perthes, que estimó la edad de ciertos restos Neanderthales en Francia, basó sus cifras en la suposición de que fueron necesarios hasta 20.000 años para depositar ciertas capas de turba de 8 metros de grosor. Sin embargo, un investigador americano encontró troncos de abedul de un metro de altura en estas capas, arraigados en su lugar y extendiéndose a través de depósitos de 3.000 a 2.000 años, siguiendo la edad estimada por de Perthes. Se descubrieron restos romanos en la turba que indican que no tenía más de 3.000 años como máximo.[43]

Mucho se ha escrito en tiempos más recientes sobre el hecho de que los antropólogos de una generación anterior tendían a suponer que las «edades» eran consecutivas. Así, habiendo hecho una estimación del período supuestamente ocupado por el Hombre Paleolítico, el Hombre Mesolítico y el Hombre Neolítico, la suma de añadir las unas a las otras se suponía que daba la cifra del tiempo involucrado. Ahora hay la conciencia de que diversas edades pueden haber sido coetáneas, así como los indios de Norteamérica estaban todavía en una Edad de Piedra cuando la Revolución Industrial comenzó en Europa, y algunos aborígenes australianos seguían en una Edad de Piedra cuando se lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Hallam Movius,[44] en un artículo titulado «Old World Prehistory: Paleolithic», hablando de coetaneidad cultural, observaba: «En relación con esto es importante observar que todos [énfasis suyo] los procesos fundamentales usados por el Hombre Paleolítico en Europa para producir herramientas están siendo usados en la actualidad, o han sido empleados durante tiempos recientes, por el aborigen australiano».

Uno de los primeros en llamar la atención a estos paralelismos fue Sir Edward Tylor que, hablando ante el Instituto Arqueologico en Inglaterra en 1905, dijo lo siguiente:[45]

Puedo ahora seleccionar y exhibir ante el Instituto de entre los artículos y láminas de sílex procedentes de la cueva de Le Moustier, en Dordogne, especímenes que se corresponden en su factura de una manera tan curiosamente exacta con los de los nativos de Tasmania, que si no fuese por la piedra diferente de la que son desconchados, sería difícil distinguir entre unos y otros.

Naturalmente, la clase de marco cronológico que está aquí a la vista sigue no estando nada cercano al marco cronológico bíblico tradicional, incluso si se interpreta de la manera más expansiva que lo pueda permitir un respeto genuino para sus datos.

Por lo que hace a las técnicas de datación con C-14, hay sin embargo graves dudas suscitadas por personas que sin embargo aceptan cordialmente el punto de vista de que el hombre ha evolucionado a través de un largo y lento proceso. Como una ilustración solitaria, Charles A. Reed, en un artículo sobre domesticación animal en el Oriente Medio prehistórico, escribió como sigue:[46]

Una última dificultad, y por ahora una de las más frustrantes, es la incapacidad de la técnica radiocarbónica (C-14) para dar fechas de una cierta fiabilidad. Aunque fue saludada como la respuesta a las oraciones de los prehistoriadores cuando se anunció al principio, ha habido una creciente desilusión con el método, debido a las incertidumbres cronológicas (en algunos casos, situaciones absurdas) que seguirían a un seguimiento estricto de las fechas publicadas del C-14.
     Con esto no se cuestiona la validez de las leyes físicas que subyacen al principio que se emplea ni la precisión de los contadores ahora en operación por todo el mundo; el problema sin resolver parece ser más bien la dificultad de conseguir muestras totalmente exentas de carbono incorporado bien más reciente, bien más antiguo.
     Al menos, por el presente no hay ninguna clase ni grado de limpieza química que pueda garantizar un carbono de edad coherente, típica solo de la fecha del emplazamiento del que fue extraído.
     Lo que parece que llegará a ser un ejemplo clásico de «irresponsabilidad del C-14» es la distribución a lo largo de 6.000 años de 11 determinaciones para Jarmo, una aldea prehistórica en el norte de Irak, que, en base de toda la evidencia arqueológica, no fue ocupada durante más de 500 años consecutivos.

Se ha hecho un cierto uso de las velocidades de crecimiento de las estalagmitas y de las estalactitas para determinar «edades antes del presente». El principio es que si una cierta estalagmita se ha acumulado hasta una cierta altura sobre algún resto fósil o algún artefacto determinado, y si se conoce aproximadamente la velocidad a la que crece, entonces se puede hacer una estimación de una edad mínima para los restos fósiles. Sin embargo, John Curry, escribiendo en Nature,[47] pudo demostrar que una estalagmita de aproximadamente 15 años en una mina de plomo tenía una forma y altura exactamente paralelas a la de una estalagmita que en asociación con restos humanos había sido evaluada por los expertos como de 290.080 años. No estoy sugiriendo que se estén cometiendo los mismos errores en la actualidad, pero permanece el hecho de que la profundidad de sepultamiento se sigue considerando como un índice muy importante de la edad probable —mediante un proceso de razonamiento bastante similar que podría también estar equivocado. Hace un tiempo, durante la excavación de una localidad en Australia, se encontró un pico de minero a una profundidad de 6 metros, que, según resultó posteriormente, lo había perdido su dueño solo hacía 60 años.[48] Tal como dice la comunicación: «La manera en que llegó a esta profundidad es un total misterio». Podría suceder lo mismo con otros hallazgos parecidos.

Algunas autoridades mantienen incluso que la asociación de huesos humanos con los huesos de animales que supuestamente se extinguieron hace mucho tiempo puede que no sea prueba de la antigüedad del hombre, sino más bien de que estos animales sobrevivieron hasta tiempos mucho más recientes de lo que se creía anteriormente.[49] Estoy convencido de que no es por ahora necesario ceder la posición que me parece a mí que la Escritura adopta con mucha claridad, esto es, que la raza humana comenzó con la creación de Adán hace solo unos pocos miles de años.

Ahora bien, sostenemos que Noé y su familia fueron verdaderas personas, los únicos supervivientes de un cataclismo de importancia decisiva, cuyo principal efecto fue aniquilar la anterior civilización que se había desarrollado desde Adán hasta aquel momento. Cuando el arca tocó tierra, quedaban ocho personas vivas en el mundo, y ninguna más.

Tras tocar tierra en alguna parte de las tierras altas al norte de Mesopotamia, comenzaron a extenderse al irse multiplicando, aunque retuvieron por algún tiempo una tradición cultural homogénea. El inicial patrón familiar, establecido por la existencia de tres hijos y sus esposas, dio origen con el paso del tiempo a tres familias humanas definidas que, según su linaje patriarcal, pueden designarse de forma apropiada Jafetitas, Camitas y Semitas, pero que en la terminología moderna quedarían representadas por los pueblos indoeuropeos (caucásicos), los mongoloides y negroides, y los semitas (hebreos, árabes, y algunas ramas más antiguas de la familia como los asirios, etc.).

Al principio se mantuvieron juntos, pero al cabo de un siglo, más o menos, comenzaron a disgregarse. Posteriormente, algunos de la familia de Sem, algunos de la familia de Cam y quizá unos pocos de la familia de Jafet llegaron desde el este a la región meridional de la Llanura de Mesopotamia.[50] Aquí parece, por datos tratados en otro artículo por el presente autor,[51] la familia de Cam devino políticamente dominante, inició un movimiento para impedir cualquier dispersión adicional levantando un monumento suficientemente alto para que fuese un punto de reunión en la llanura, y atrajeron sobre sí mismos un juicio que los llevó a ser esparcidos de manera forzosa y rápida por los cuatro puntos cardinales. Parte de esto lo conocemos solo por la Biblia; pero parte de esto lo conocemos también por los datos de la arqueología.

La realidad es que en cada región del mundo donde se han asentado posteriormente los jafetitas, siempre han ido precedidos por los camitas. Este patrón es de aplicación en cada continente. En los tiempos prehistóricos esta circunstancia parece ser siempre cierta, siendo los restos fósiles humanos más antiguos bien mongoloides, bien negroides en carácter y en forma de la cabeza, mientras que los que llegaron últimos pertenecen a la familia de Jafet, esto es, caucásicos. Lo cierto es que en tiempos prehistóricos y de la historia antigua se repite este patrón una y otra vez, que todos aquellos avances culturales que los pioneros camitas habían alcanzado tendían a ser asimilados por los jafetitas que seguían. La historia de la expansión más relajada de Jafet (esto es, «engrandecimiento», Génesis 9:27) ha quedado manchada constantemente por su destrucción de las culturas que ya existían cuando llegó con suficiente fuerza para conseguir el dominio. Sucedió en el valle del Indo, sucedió en Centroamérica, sucedió con las tribus indias de Norteamérica, sucedió en Australia, y sólo la superioridad numérica de la población nativa ha preservado hasta ahora a regiones de África de la misma suerte.

Ahora bien, a pesar de las afirmaciones realizadas relativas a los hallazgos en África del Sur en años recientes, y de las implicaciones basadas en los mismos, sigue siendo cierto que tanto si hablamos del hombre fósil, de antiguas civilizaciones, de pueblos aborígenes coetáneos o extintos, o de las actuales naciones del mundo, todas las líneas migratorias que se pueden seguir o deducir en manera alguna parecen irradiar como los radios de una rueda desde el Oriente Medio.

Antes de presentar algunas de las pruebas mismas, será oportuno dar un breve resumen de cuál es la naturaleza de la prueba. A lo largo de la ruta migratoria habrá asentamientos que diferirán ligeramente del que le ha precedido y del que deriva de él. Como regla general, la dirección del movimiento tiende a quedar reflejada en la gradual pérdida de artefactos culturales que siguen en uso más atrás de la línea, pero que o bien desaparecen totalmente a lo largo de la línea o bien son copiados de forma menos eficaz o meramente representados en imágenes o se mencionan en el folklore. Cuando varias líneas irradian desde un solo centro, la situación que aparece es más o menos la de una serie de círculos siempre más extendidos de asentamientos, cada uno de los cuales comparte menos y menos de los artefactos culturales originales que persisten en el centro, y exhibiendo cada uno de ellos la aparición de artículos totalmente nuevos desarrollados para satisfacer nuevas necesidades que no se encontraban en el centro. Cuanto más se aleja uno del centro siguiendo cualquiera de estas rutas de migración, tantos más nuevos y singulares artículos específicos podrá uno encontrar que no son compartidos por las otras líneas, pero se seguirán preservando unos pocos vínculos particularmente útiles o importantes con la base original. Si se entra en un asentamiento así sin un conocimiento previo de la dirección desde la que llegaron los colonos, no se puede tener certidumbre acerca de cómo deben seguirse las relaciones sin un cierto conocimiento del contenido cultural de los asentamientos arriba y abajo de la línea en cada dirección. Pero sí que hay, sin embargo, alguna clase bastante específica de prueba que permite distinguir entre los artefactos que han sido traídos por los recién llegados, y aquellos que se han desarrollado en el lugar. Esto es así en particular siempre que aparecen artículos complejos. Frecuentemente, los materiales para su fabricación no estarían disponibles en la localidad. A veces la evidencia es de segunda mano, y aparece en forma de un artículo que es evidentemente una copia y que tiene algo en su construcción que lo demuestra. Por ejemplo, ciertas vasijas de cerámica minoica son claramente copias de prototipos de metal, tanto en la forma que tienen como en su ornamentación. Allí donde las asas de cerámica de estas vasijas se unen a la vasija misma, se encuentran pequeñas protuberancias de arcilla que no sirven a ningún propósito funcional, pero que son un evidente intento de copiar los remaches que antes fijaban el asa metálica al cuerpo metálico del prototipo.[52] Estos prototipos se encuentran en Asia Menor, y por ello queda claro en qué dirección se tiene que seguir la línea migratoria, porque es inconcebible que la vasija de cerámica con sus pequeñas protuberancias de arcilla hubiera dado al metalúrgico la idea de donde situar los remaches.

En las migraciones más tempranas que, si somos guiados por la cronología de las Escrituras, deben haber sido bastante rápidas, fue inevitable que hubiese una marcada tendencia hacia la pérdida de artículos culturales comunes al centro al emigrar, en lugar de a una ganancia de nuevos artículos.[53] Así, el nivel general de la cultura decaería al principio, aunque las tradiciones orales y cosas como rituales y creencias religiosas tienden a perderse o a cambiar con mucha mayor lentitud. A su tiempo, cuando un grupo suficientemente grande de personas superviviera en cualquier lugar que fuese lo suficientemente acogedor para facilitar un asentamiento permanente, surgiría un nuevo centro cultural con muchas de las viejas tradiciones preservadas, pero con algunas nuevas establecidas con una importancia suficiente que oleadas de influencia trasladarían tanto hacia adelante como hacia atrás a lo largo de las líneas desde las que habían procedido los colonos.

Junto con estas pérdidas culturales en la expansión inicial de los pueblos camitas  se daría con frecuencia un cambio del físico a una mayor tosquedad. No solo la gente tendería en muchos casos a no estar preparada para los rigores de una vida pionera de esta clase y en consecuencia a sufrir una degradación cultural, sino que el alimento mismo resultaría a menudo extremadamente insuficiente o inadecuada para sus gustos no acostumbrados, y no pocas veces sería al principio inadecuada para mantener el pleno vigor corporal y para el desarrollo de un crecimiento completamente normal de los jóvenes, porque los trastornos de la dieta tienen sus efectos en los patrones del crecimiento. Lo cierto es que, como Dawson observó hace mucho tiempo,[54] cuanto más cultivado es un inmigrante cuando llega a una tierra de frontera, tanto más gravemente sufre las dificultades y tanto más es susceptible de sufrir al verse privado de las comodidades de su vida anterior. Esto ha sido observado por los que han estudiado los efectos de las deficiencias alimentarias sobre la forma del cráneo humano, por ejemplo, un tema que este autor ha tratado con cierto detalle en otro lugar.35 El efecto sobre los logros tecnológicos de los recién llegados es cosa bien obvia, porque una dama sumamente educada que nunca haya hecho pan ni haya zurcido sus propias prendas de vestir, ni cultivado un huerto, se encontraría en una situación mucho peor recién llegada a una tierra de frontera, que una mujer de la limpieza de Londres. Así, la causa más probable de una sociedad particularmente degradada al comienzo sería no una procedencia cultural baja, sino alta. Y esta es desde luego la situación que nos presenta Génesis inmediatamente después del Diluvio.

Mientras tanto, el establecimiento ocasional a lo largo de las varias rutas de migración de lo que se podría denominar centros culturales «provinciales», cuyas influencias se extenderían en todas direcciones, complicaría mucho los patrones de las relaciones culturales en los tiempos más tempranos. En líneas generales, los indicios que existen ofrecen un fuerte respaldo a la Cuna de la Civilización en el Oriente Medio, desde donde salieron estas oleadas sucesivas de pioneros. Y estos casi con toda certeza no fueron indoeuropeos (es decir, jafetitas). Fueron pioneros camitas, bien de tipo mongoloide o negroide en su mayor parte, aunque con alguna mezcla, que marcaron caminos y abrieron territorios en cada parte habitable de la tierra a menudo a gran coste para su propia herencia cultural y para detrimento de la refinada apariencia física que se podía todavía encontrar en sus parientes que siguieron residiendo en su lugar de origen. En cada localidad establecieron bien una forma de vida que usaba al máximo los recursos disponibles, o bien las circunstancias los abrumaron y se extinguieron, dejando unos pocos restos esparcidos tras ellos, cuya suerte debe haber sido atrozmente difícil en su aislamiento, y cuyos restos físicos dan testimonio a este efecto. Los jafetitas siguieron a su debido tiempo, aprovechando a menudo la tecnología establecida, como lo harían los puritanos en Norteamérica miles de años después, a veces desplazándolos totalmente, a veces absorbiéndolos de modo que los dos grupos quedaron fundidos, y a veces educándolos en nuevas formas y luego retirándose. La India ha vivido estos tres patrones. El pueblo del valle del Indo fue arrollado y quedó totalmente desplazado o absorbido, y esta mezcla fue miles de años después educada otra vez en nuevas vías por otro influjo de colonos jaféticos, que desde entonces han cedido su posición dominante.

Como ya hemos observado, hay un factor adicional que tiene que ver con la forma degenerada que tantos de los más tempranos fósiles humanos parecen exhibir. Aunque se dice que la duración de la vida humana declinó muy rápidamente después del Diluvio, durante varios cientos de años muchos hombres sobrevivieron hasta lo que hoy se consideraría una edad increíblemente avanzada. Si añadimos al aislamiento y a las privaciones de algunos de estos más dispersos y tempranos pioneros la posibilidad de que viviesen bien más allá de los cien años, o quizá incluso más tiempo, el efecto cumulativo sobre su físico hubiera resultado enormemente acentuado. Se ha observado, en realidad, que las suturas de los cráneos están casi desvanecidas en algunos especímenes, una circunstancia que podría ser interpretada de manera razonable como una prueba de una edad extremadamente avanzada. Una edad extremadamente avanzada tendería a menudo a modificar el cráneo hacia la forma convencional de «hombre-simio».[55]

Hasta aquí por lo que se refiere a los grandes rasgos. Ahora pasaremos a un examen más detallado de las pruebas (1) de que la dispersión del hombre tuvo lugar desde un centro situado en alguna parte del Oriente Medio y de que esta dispersión da explicación del hombre fósil, y (2) de que los que formaron la vanguardia pertenecían al tronco camítico, usando el término «camítico» para denotar a todos los descendientes de Noé no pertenecientes a las líneas de Jafet o de Sem.

 

 

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Capítulo Cuatro

 

¿Dónde apareció el Primer Hombre?

 

A

NTES QUE SE PROPUSIERA un origen evolutivo para el hombre, había un acuerdo general acerca de que la Cuna de la Humanidad estaba en Asia Menor o al menos en la región del Oriente Medio. Cualquier evidencia de tipos primitivos en otras partes del mundo, fuesen vivientes o fósiles, se consideraban como prueba de que el hombre había degenerado al irse alejando del emplazamiento del Paraíso. Cuando el evolucionismo cautivó la imaginación de los antropólogos, entonces se aclamaron los restos fósiles primitivos como prueba de que los primeros hombres no estaban constitutivamente muy alejados de los simios. Sin embargo, ya desde el principio se suscitó un problema, que estos supuestos antecesores del hombre moderno siempre parecían surgir en los lugares donde no debían. Se seguía aceptando la suposición básica de que el Oriente Medio era el hogar del Hombre, y por ello estos tipos de fósiles primitivos, que aparecían en todas partes excepto en esta región, parecían totalmente fuera de lugar. Osborn, en su Men of the Old Stone Age, explicaba esta anomalía argumentando que se trataba de emigrantes. Expresó su convicción de que tanto los habitantes humanos como animales de Europa, por ejemplo, habían llegado allí como inmigrantes en grandes oleadas procedentes de Asia y de África. En este último caso, escribió que también era probable que la fuente de las oleadas migratorias fuese también Asia, siendo África del Norte simplemente la ruta de paso. Esta era su postura en 1915, y cuando apareció una tercera edición de su famoso libro en 1936, sólo había modificado sus puntos de vista originales ligeramente. Así, tiene un mapa del Viejo Mundo con esta nota al pie: «Durante esta larga era, Europa Occidental tiene que ser contemplada como una península, rodeada por todos lados por el mar, y extendiéndose hacia occidente desde la larga masa terrestre de Europa Occidental y Asia —que fue el principal escenario de la evolución, tanto de la vida animal como de la humana».[56] Sin embargo, en 1930, y en contra de las expectativas, H. J. Fleure tuvo que admitir:[57]

 

No se han encontrado claros indicios de los hombres y de las culturas de la última parte de la Antigua Edad de Piedra (conocida en Europa como las fases del auriñaciense, solu­trense y magdaleniense) en las tierras altas centrales de Asia.

     La situación permanecía básicamente igual cuando, veinte años después, Wilhelm Koppers observaba lo siguiente:[58]

Es de resaltar que hasta ahora todos los hombres fósiles se han encontrado en Europa, el Lejano Oriente y África, es decir, en las regiones periféricas de Asia que tienen la menor probabilidad de haber constituido la cuna de la raza humana. No conocemos ningunos restos procedentes de Asia Central donde la mayoría de los investigadores que se han dedicado al origen del hombre situarían las razas más antiguas.

Es cierto que se han hallado ahora algunos hombres fósiles en el Oriente Medio, pero lejos de militar en contra de esta área como el centro de posteriores migraciones, me parece a mí que apoyan de forma indirecta —y por ello con tanto más peso— en favor de ello. Volveremos a esta cuestión más adelante.

Griffith Taylor, de la Universidad de Toronto, escribió, refiriéndose a los movimientos migratorios en general, tanto en tiempos prehistóricos como históricos:[59]

Se demuestra que existe una serie de regiones en las Indias Orientales y en Australasia que están dispuestas de forma que las más primitivas se encuentran a la mayor distancia de Asia, y las más avanzadas, más cerca de Asia. Se demuestra que esta distribución alrededor de Asia es cierta de otras «penínsulas» [es decir, África y Europa], y es de importancia fundamental al considerar la evolución y la situación etnológica de los pueblos de que se trata. ...
     Sea cual fuere la región que consideramos, África, Europa, Australia o América, lo que encontramos es que las principales migraciones han procedido siempre de Asia.

Después de considerar algunos de los indicios que emplea para establecer unas posibles relaciones entre grupos en diferentes áreas geográficas, comentaba:[60]

¿Cómo puede nadie explicar el estrecho parecido entre unos tipos tan distantes entre sí como los que aquí se exponen? Solo una expansión de zonas raciales desde una tierra-cuna común [su énfasis] puede llegar a explicar estas afinidades biológicas.

Luego, y a continuación, al considerar la etnología africana, observaba:[61]

El primer centro de atención al estudiar la distribución de los pueblos africanos es que se mantiene la misma regla que hemos observado en los pueblos de Australasia. Los grupos más primitivos aparecen en las regiones más distantes respecto a Asia, o, lo que es lo mismo, en las regiones más inaccesibles. ...
     Dadas estas condiciones, parece lógico suponer que las zonas raciales solo pueden haber sido resultado de unos pueblos similares expandiéndose en oleadas desde un origen común. Esta tierra-cuna debería estar situada aproximadamente entre las dos «penínsulas», y todos los indicios (incluyendo la distribución racial de la India) apuntan a una región de máxima evolución no alejada del Turkestán. No es improbable que el factor tiempo fuese similar en la expansión de todos estos pueblos.

En una línea parecida, Dorothy Garrod escribía:[62]

Se está haciendo más y más claro que no es en Europa que hemos de buscar el origen de los diversos pueblos paleolíticos que invadieron occidente con éxito. ... Así, la clasificación de de Mortillet sólo registra el orden de llegada [mi énfasis] a Occidente de una serie de culturas, cada una de las cuales se había originado y probablemente pasado la mayor parte de su existencia en otros lugares.

También V. G. Childe escribía en este sentido:[63]

Nuestro conocimiento de la arqueología de Europa y del Antiguo Oriente ha fortalecido enormemente la posición del orientalista. Desde luego, ahora podemos explorar provincias conectadas de manera continuada a través de las que vemos las culturas clasificadas por zonas en grados de decadencia regular alrededor de centros de civilización urbana en el Antiguo Oriente. Esta zonación es la mejor prueba posible del postulado de difusión de los orientalistas.

Henry Field, escribiendo acerca de la posible cuna del Homo sapiens, hizo una reseña muy general de los principales descubrimientos sobre el hombre fósil (hasta aquella fecha, 1932), incluyendo hallazgos en Java, Kenia, Rhodesia [la actual Zimbabwe —N. del T.] y Heidelberg, y luego daba un mapa donde los situaba; y hace este comentario:[64]

No me parece probable que ninguna de estas localidades pudiera haber sido el punto original desde el que emigró el hombre más antiguo. Las distancias, combinadas con muchas barreras geográficas, tienden a hacer insostenible una teoría de esta naturaleza. Sugiero que una región más o menos equidistante de los bordes exteriores de Europa, Asia y África puede ser ciertamente el centro desde el que tuvo lugar este suceso.

Es cierto que estas declaraciones fueron escritas antes de los recientes descubrimientos de África del Sur, o en el Lejano Oriente en Choukoutien, o en el Nuevo Mundo. Ya hemos hecho referencia a los descubrimientos de África del Sur —y no son relevantes aquí porque no hay un acuerdo general de que sean verdaderos fósiles humanos o ni siquiera, en opinión de algunos, sus antecesores. Los descubrimientos en Choukoutien, como trataremos de exponer, apoyan la presente tesis de una manera interesante. Por lo que se refiere al Nuevo Mundo, nadie ha propuesto aun que fuese la Cuna de la Humanidad. Tampoco los fósiles en el Nuevo Mundo antedatan a los hombres fósiles supuestamente más antiguos del Viejo Mundo. Así, el Oriente Medio podría seguir reteniendo la prioridad como el hogar del Hombre, aunque en la cuestión de las dataciones se debe admitir que ninguna autoridad con una reputación de erudición ortodoxa en juego propondría nunca que fuese un hogar tan reciente —en nuestro cómputo de solo 4.500 a 5.000 años de antigüedad. Así, persiste el problema cronológico. Y por el momento no tenemos respuesta para el mismo, pero podemos seguir explorando otras líneas indiciarias que en la mayor parte de los otros respectos apoyan resueltamente la tesis expuesta en este artículo.

Parte de estos indicios, cosa curiosa, es la diversidad de tipo físico que se encuentra en lo que parecen haber constituido unidades familiares (por cuanto los fósiles se encuentran juntos y parecen ser coetáneos). Esto ha sido motivo de algunas sorpresas, aunque tienen una clara explicación en base de la dispersión desde un centro. Hace algunos años, W. D. Matthew hizo la siguiente observación:[65]

Sea cual sea la agencia que se asigne como causa de la evolución en una raza, debería ser al principio más progresiva en su punto de dispersión original. ...

Aquí es necesario comentar acerca de esta observación, porque tiene importantes implicaciones. Lebzelter observó que «cuando el hombre vive en grandes aglomeraciones, la forma física tiende a ser estable, en tanto que la cultura se especializa; cuando vive en grupos aislados pequeños, la cultura es estable pero evolucionan razas especializadas».[66] Según Lebzelter, esta es la razón de que la diferenciación racial fuese más marcada en las etapas tempranas de la historia del hombre. La explicación de este hecho es bien clara. En una población muy pequeña y estrechamente consanguínea, los genes para caracteres infrecuentes tienen una mejor probabilidad de ser expresados homozigóticamente de modo que dichos caracteres aparecen en la población con mayor frecuencia, y tienden a perpetuarse. Por otra parte, una población tan pequeña puede tener una existencia tan precaria que el margen de supervivencia sea demasiado estrecho para alentar o permitir que las diversidades culturales encuentren expresión. Así, el tipo físico es variante pero va acompañado de conformidad cultural. En cambio, en una comunidad grande y bien establecida, comienza a aparecer una norma física como característica de aquella población, mientras que la seguridad que resulta de los números permite una mayor variedad de divergencia cultural.

Así, en el mismo comienzo podríamos esperar encontrar en la región central una medida de diversidad física y de uniformidad cultural; y en cada centro secundario o provincial en sus etapas iniciales reaparecería la misma situación. La diversidad física a esperar sobre la base de lo dicho quedaría, como ahora se sabe, exagerada incluso más por el hecho (reconocido sólo recientemente) que cuando cualquier especie establecida entra en un nuevo medio, da en el acto expresión a una capacidad nueva y mayor de diversificación en la forma física. Como lo expresó LeGros Clark:[67]

La elevada variabilidad (en el tipo) puede estar correlacionada con el hecho de que (en aquel tiempo) el ritmo de la evolución de los homínidos fuese procediendo con una cierta velocidad con el despliegue de unas poblaciones relativamente pequeñas y a menudo contiguas hacia áreas muy dispersadas con unos medios ambientes opuestos y cambiantes.

El hecho de la variabilidad inicial ha sido ampliamente reconocido. Richard B. Goldschmidt se refirió a ello como un fenómeno casi universal:[68]

Los hechos de la mayor importancia general son los siguientes. Cuando aparece un nuevo fílum, clase u orden, sigue una diversificación rápida y explosiva (en términos de tiempo geológico) de modo que prácticamente todos los órdenes o familias que se conocen aparecen repentinamente y sin transiciones aparentes.

 Así, en realidad tenemos tres factores, todos los cuales se encuentran todavía operativos en poblaciones vivas, que deben haber contribuido a la señalada variabilidad de los tempranos restos fósiles humanos, en particular cuando se encuentran varios especímenes en una sola localidad como en Choukoutien, por ejemplo, o en Obercassel, o en el Monte Carmelo.

Así, estos factores se pueden resumir de esta manera: (1) Una nueva especie es más variable cuando aparece por primera vez. (2) Una pequeña población es más variable que una de gran tamaño. (3) Cuando una especie (o unos pocos miembros de la misma) se desplaza a un nuevo medio ambiente, de nuevo aparece una amplia variación que sólo se estabiliza con el tiempo. A estos puntos se debería añadir un cuarto, esto es, que las poblaciones pequeñas tienen propensión a ser sumamente conservadoras en su cultura, manteniendo por ello muchos vínculos con el cuerpo original aunque estén muy extendidas geográficamente.

Vere Gordon Childe observaba:[69]

Casos de atrincheramiento tenaz, supersticiones apasionadamente mantenidas, y abiertamente hostiles a cualquier cambio social y a los avances científicos que lo hacen necesario. Y la fuerza de tal reacción en una comunidad parece ser inversamente proporcional a la seguridad económica del grupo; un grupo siempre al borde de la inanición no se atreverá a arriesgarse a un cambio.

Los restos fósiles son un constante testimonio de la realidad de estos factores, pero el testimonio tiene significado, y los hechos reciben su mejor explicación solo si suponemos que una pequeña población comenzó en el centro y, al quedar firmemente establecida allí, envió sucesivas oleadas de emigrantes que generalmente estaban compuestas por muy pocas personas en cada grupo, que a continuación establecieron una adicional sucesión de centros, repitiéndose el proceso una y otra vez hasta que los primeros hombres se hubieron esparcido por todas las regiones habitables del mundo. Cada nuevo centro exhibía al principio una gran diversidad de tipos físicos, pero al multiplicarse la población a nivel local se conseguía una mayor uniformidad física con el paso del tiempo. Cuando este centro subsidiario quedaba eliminado antes que se hubiera logrado esta uniformidad, y donde el azar ha preservado sus restos, la diversidad quedó capturada y congelada para nuestro examen. Al mismo tiempo, en áreas periféricas adónde los que seguían atrás habían empujado a individuos o familias, las circunstancias se combinaron con frecuencia para degradarlos hasta tal punto que el hombre fósil tiende naturalmente hacia una forma bestial —pero por razones muy secundarias. Esto está respaldado, por ejemplo, por una afirmación de Le Gros Clark. Refiriéndose al Hombre de Heidelberg, pregunta si representa una especie separada del hombre o si puede tratarse «meramente de un individuo aislado periférico aberrante».[70] Clark admite en la práctica la misma posibilidad para el Hombre de Neanderthal. Después de referirse a él como «una línea lateral aberrante ... una especie de retrogradación evolutiva», prosigue diciendo: «Si los restos del Hombre de Neanderthal se sitúan en su secuencia cronológica, parece que algunos de los fósiles más antiguos, que datan de la etapa más temprana del período musteriense, son menos “neandertaloides” en sus rasgos esqueléticos (y por ello se acercan más al Homo sapiens) que el tipo Neanderthal extremo de fecha posterior [mi énfasis]».[71]

En cambio, en las etapas tempranas de las migraciones la uniformidad cultural no sólo sería la norma en cada grupo, sino que se encontraría necesariamente también entre los grupos mismos. Y esto es también lo que se ha constatado. De hecho, siguiendo la regla enunciada más arriba, sería de esperar que los grupúsculos más primitivos que habían sido empujados a lo más alejado de la periferia mantuviesen la mayor proporción de elementos culturales compartidos, de modo que no sería sorprendente descubrir vínculos entre áreas periféricas como el Nuevo Mundo, Europa, Australia, etc. —exactamente como se ha observado.

Estas líneas indiciarias nos obligan a concluir que no deberíamos contemplar estas regiones periféricas como la representación de las etapas iniciales del desarrollo cultural humano, ni como un retrato de su apariencia original. Es precisamente en estas regiones periféricas que no encontraremos tales cosas. La lógica de esto se hizo evidente para E. A. Hooten, que la rechazó de plano con este comentario:[72]

La adopción de un principio como este llevaría necesariamente a la conclusión de que los lugares donde uno encuentra la existencia de formas primitivas de cualquier orden de animal son precisamente los lugares donde estos animales no pudieron haberse originado. ...
     Pero este es el principio de «lucus a non lucendo», es decir, encontrar luz precisamente donde uno no debiera, lo que llevado a su extremo lógico nos llevaría a buscar el origen del hombre allí donde no hay trazas del hombre antiguo ni de ninguno de sus precursores primates [mi énfasis].

Sin embargo, este principio puede ser verdadero —incluso si contradice las reconstrucciones evolutivas.

William Howells escribió con cierta extensión acerca de que, en sus propias palabras, «todas las huellas visibles conducen desde Asia hacia fuera».[73] Luego examinó la situación con respecto a las líneas migratorias tomadas por los «blancos» (caucásicos) y observó que al principio estaban arraigados en el sudoeste de Asia, «aparentemente con los Neanderthales al norte y al oeste de ellos». Luego propuso que mientras que la mayoría de ellos emprendieron la marcha hacia Europa y el Norte de África, algunos de ellos pueden haber viajado a través de Asia central hasta China, lo que daría explicación posiblemente a los ainus y a los polinesios. Opinaba que la situación respecto de los mongoloides era bastante clara, y que se habían originado en algún lugar en la misma región que los blancos, desde donde poblaron Oriente. Los pueblos de piel oscura son, en sus palabras, «un enigma mucho más formidable». Creía que los aborígenes australianos podían ser seguidos hasta tan lejos como la India, con algunos indicios de ellos quizá en el sur de Arabia. Es de suponer que los negros africanos deben ser seguidos también desde el Oriente Medio, quizá llegando a África por el Cuerno y por ello mismo también por vía de Arabia.

Sin embargo, hay una diversidad de pueblos de piel negra que parecen esparcidos aquí y allá de una forma que él designa como «el enigma supremo» —del cual un factor primordial es la peculiar relación entre los negros y los negritos. De estos últimos decía como sigue:[74]

Se [encuentran] entre los negros en la selva del Congo, y aparecen en la periferia oriental de Asia (las islas Andaman, la península malaya, probablemente la India y posiblemente antiguamente en el sur de China), en las Filipinas y en Nueva Guinea, y quizá en Australia con trazas probables en Borneo, Célebes y diversas islas de Melanesia.
     Todas estas son áreas «de refugio», los indeseables lugares inhóspitos que los pigmeos han ocupado como pueblo más poderoso llegado tardíamente a las mismas regiones. ...
     Hay diversas consecuencias que se derivan de estos hechos. Los negritos deben haber migrado desde un punto común. ... Y es imposible suponer que su punto de origen estuviera en cualquier extremo de su ámbito. ... Es mucho más probable que procediesen de algún punto intermedio, que se encuentra en Asia.

De modo que tenemos una amplia medida de acuerdo en que las líneas migratorias irradian no desde un punto en algún lugar en África o Europa o el Lejano Oriente, sino desde un punto geográfico que debe quedar estrechamente asociado con aquella región del mundo desde la que la Escritura no sólo parece decir que el hombre comenzó a poblar físicamente el mundo después del Diluvio, sino también culturalmente. Al contemplar la expansión de la civilización tal como hemos considerado la expansión humana, está claro que las líneas siguen el mismo curso. La diferencia esencial, si tomamos nota de las secuencias cronológicas actuales, es que en tanto que se cree que la dispersión de la humanidad tuvo lugar hace centenares de miles de años, la dispersión de la civilización es un acontecimiento que ha tenido lugar recientemente. Creo que el hombre estaba haciendo su largo viaje hacia los últimos confines de la tierra mientras que al mismo tiempo la civilización estaba floreciendo en el centro.

Se solía argüir que aunque el hombre civilizado es una sola especie, estos dispersos restos fósiles del hombre formaban especies separadas propias y que por ello no estaban relacionados con el hombre moderno de ninguna forma simple. Algunos, por ejemplo, han propuesto de forma provisional un concepto como este, considerando al Hombre de Neanderthal como una especie o subespecie anterior que fue eliminada con la aparición del llamado «hombre moderno».[75] La asociación de Neanderthales con hombres modernos en los hallazgos del Monte Carmelo parece enfrentarse a esta postura.[76] Y, desde luego, hay el acuerdo muy generalizado en la actualidad de que, naturalmente con la excepción de los descubrimientos sudafricanos más recientes, todos los hombres —fósiles, prehistóricos, históricos y modernos— forman una especie, el Homo sapiens.[77]

Ralph Linton contemplaba las variedades de hombres reveladas por los descubrimientos fósiles como debidas a factores que ya hemos delineado. Tal como él lo expresaba:[78]

Si estamos en lo cierto en nuestra opinión de que todos los hombres existentes pertenecen a una sola especie, el hombre primitivo debe haber sido una forma generalizada con potencialidades para evolucionar a todas las variedades que conocemos en la actualidad. Además, parece probable que esta forma generalizada se extendiese amplia y rápidamente y que en el plazo de unos pocos miles de años de su aparición, pequeños grupos de individuos se hubiesen esparcido por la mayor parte del Viejo Mundo.
     Estos grupos se encontrarían afrontando muchos medios diferentes, y las peculiaridades físicas que eran ventajosas en uno de ellos podrían ser intrascendentes o realmente dañinas en otro. Además, debido al relativo aislamiento de estos grupos y a su práctica de la endogamia, cualquier mutación que fuese favorable o al menos no dañina bajo aquellas circunstancias particulares tendría la mayor probabilidad de extenderse a todos los miembros del grupo.
     Parece bien posible explicar todas las variaciones conocidas en nuestra especie sobre esta base, sin invocar la teoría de una pequeña cantidad de variedades distintas.

Bajo esta luz, los especímenes fósiles degradados que aparecen en regiones periféricas no deberían tratarse ni como experimentos evolutivos «fallidos» hacia el surgimiento de tipos de verdaderos Homo sapiens, ni como fases ni vínculos «con éxito pero solo parcialmente completos» entre simios y hombres. De hecho, y como estaba dispuesto a admitirlo Griffith Taylor, «la localización de estos eslabones “perdidos” como el Pithecanthropus en Java, etc., parece tener poco que ver con la cuestión de la tierra-cuna de la humanidad».[79] Y, de hecho, bien hubiera podido decir: «con la cuestión del origen del hombre». Concluye diciendo: «Son casi con toda seguridad ejemplos de un tipo que ha sido empujado a las regiones periféricas».

En una reciente conferencia de antropólogos, se informa que uno de los ponentes dijo:[80]

La mayoría de los participantes estuvieron de acuerdo en que puede ser que, después de todo, muchos de los llamados pueblos «primitivos» del mundo en la actualidad no sean tan primitivos. Sugirieron que ciertas tribus cazadoras en África, la India central, Sudamérica y el Pacífico Occidental no constituyen reliquias de la Edad de Piedra, como se había pensado antes, sino que se trata del «naufragio» de sociedades mucho más desarrolladas que se vieron forzadas, por diversas circunstancias, a llevar una vida mucho más simple, menos desarrollada.

Así, la manera en la que uno estudia o contempla estos restos fósiles queda en gran medida coloreada por la forma en que uno piense, si en términos de procesos biológicos o históricos. Y en relación con esto, A. Portmann de Viena hace este comentario:[81]

El mismo dato adoptará aspectos totalmente diferentes según la perspectiva, paleontológica o histórica, desde la que lo contemplemos. Lo contemplaremos bien como un vínculo en una de las muchas series evolutivas que el paleontólogo trata de establecer, o como algo conectado con acciones y acontecimientos históricos remotos que difícilmente podemos esperar reconstruir. Permitid que diga claramente que por lo que a mi respecta no me cabe la menor duda de que los restos del hombre primitivo que conocemos deberían ser todos juzgados desde una perspectiva histórica.

Este planteamiento general respecto a la interpretación del significado del hombre fósil ha sido explorado con un cierto detalle por Wilhelm Koppers, que pensaba que «primitividad en el sentido de que el hombre esté más cercano a la bestia» puede ser en ocasiones «resultado de un desarrollo secundario».[82] Creía él que sería mucho más fácil «evolucionar» al Hombre de Neanderthal desde el hombre moderno que al hombre moderno a partir del Hombre de Neanderthal. De hecho, sostenía que eran un tipo especializado y más primitivo —pero posterior al hombre moderno, al menos por lo que se refiere a su presencia en Europa.

Lo que es bien sorprendente es que una autoridad tan eminente como Franz von Weidenreich estaba dispuesto a admitir inequívocamente que «No se ha descubierto ningún tipo fósil humano hasta ahora cuyos rasgos característicos no puedan remontarse fácilmente hacia atrás al hombre moderno» [énfasis mío].[83] Griffith Taylor está de acuerdo con esta opinión, y observaba: «se están acumulando desde luego los indicios de que los pueblos paleolíticos de Europa eran mucho más afines con las razas que ahora viven en la periferia de las regiones Euroafricanas de lo que se admitía anteriormente».[84] De hecho, hace muchos años Sir William Dawson se dedicó a este tema y lo examinó con cierto detalle en su obra espléndidamente redactada pero casi completamente ignorada titulada Fossil Man and Their Modern Representatives.[85] En el Simposio sobre Biología Cuantitativa de Cold Springs Harbor celebrado en 1950, T. D. Stewart, en una ponencia titulada «Earliest Representatives of Homo sapiens», exponía sus conclusiones con las siguientes palabras: «Al igual que Dobzhansky, por tanto, no puedo ver actualmente ninguna razón para suponer que haya existido más que una sola especie homínida en ningún nivel cronológico en el Pleistoceno».[86]

Ernst Mayr está dispuesto a admitir la posibilidad de que el Hombre de Heidelberg pudiera ser meramente «un individuo aislado periférico aberrante», lo que sugeriría que ya no debería ser considerado como potencialmente un antiguo candidato a antecesor debido a su apariencia «brutal».[87]

Los Pitecantropoides son todos ellos más o menos periféricos en relación con la Cuna del Hombre tradicional. Incluyen el Hombre de Vértesszöllös en Hungría, el Hombre de Ternifine, el Hombre de Olduvai en Tanzania, el Hombre de Swartkranz en Sudáfrica, y el Hombre de Lantian y de Pequín en China, y el Hombre de Java. En cambio, el Hombre de Neanderthal ocupa una posición intermedia respecto a las características craneanas, faciales y dentarias entre el Pithecanthropus y el Homo sapiens.[88]

Estando los tipos más primitivos en los márgenes y habiéndose descubierto hasta la fecha solo tipos esencialmente modernos donde la civilización tuvo su fuente, es de esperar que se encontrasen combinaciones y formas intermedias en las áreas geográficas intermedias. Alfred Romer observó, al comentar sobre la colección de descubrimientos fósiles en Palestina (Mugharet-et-Tabun, y Magharet-es-Skuhl), que «mientras que ciertos de los cráneos son claramente Neanderthales, otros exhiben en un grado variable numerosos rasgos neantrópicos (es decir, del «hombre moderno»).[89] Posteriormente identificó a estos cráneos neantrópicos como pertenecientes al tipo general de Cro-Magnon en Europa —un tipo humano que parece haber tenido unos rasgos físicos espléndidos. Luego propuso que el grupo del Monte Carmelo «puede considerarse como resultado del cruce de la raza dominante (Hombre de Cro-Magnon) con sus humildes predecesores (Hombre de Neanderthal)». Se sigue haciendo la suposición de que la forma Neanderthal inferior precedió a la forma superior del Hombre de Cro-Magnon. William Howells dijo del grupo fósil de Skuhl: «es una variación extraordinaria. Parece haberse tratado de una sola tribu que abarcaba la gama de tipos desde casi Neanderthal hasta casi sapiens».[90] LeGros Clark estaba incluso dispuesto a prescindir del «casi».[91]

Como un ejemplo extraordinario de la inmensa variabilidad que puede exhibir una pequeña y aislada población primitiva en la periferia, no se puede hacer nada mejor que citar los descubrimientos en Choukoutien en China, en la misma localidad donde se encontró al famoso Hombre de Pequín. Estos restos fósiles procedieron de lo que se conoce como la Cueva Superior, y consisten de un grupo de siete personas que parecen ser miembros de una familia; un anciano que se cree que tenía más de 60 años, un hombre más joven, dos mujeres relativamente jóvenes, un adolescente, un niño de cinco años, y un recién nacido. Junto a ellos se encontraron herramientas, ornamentos y miles de fragmentos de animales.

Un estudio de estos restos ha resultado en algunos datos sumamente interesantes, el más importante de los cuales, en nuestro contexto, es que, a juzgar por la forma craneana, tenemos en esta familia a un representante del Hombre de Neanderthal, una mujer «melanesia» que nos recuerda a los ainu, un tipo mongólico, y otra que es más bien parecida a las modernas mujeres esquimales. Weidenreich expresó su asombro ante la amplitud de la variación. Y lo expresó con estas palabras:[92]

Lo sorprendente no es la aparición de tipos paleolíticos del hombre moderno que se parecen a tipos raciales actuales, sino su aparición conjunta en un lugar e incluso en una misma familia, considerando que estos tipos se encuentran en la actualidad localizados en regiones remotas entre sí.

Formas similares a las del «Viejo», como ha sido designado, se han encontrado en el Paleolítico superior en Europa occidental y en el norte de África; formas muy parecidas a las del tipo melanesio, en el Neolítico de Indochina, entre los antiguos cráneos de la Cueva de Lagoa Santa en Brasil, y en las poblaciones actuales de Melanesia; las formas estrechamente parecidas al tipo esquimal se encuentran entre los amerindios precolombinos de México y otros lugares en Norteamérica, y actualmente entre los esquimales de Groenlandia occidental.

Luego pasa a observar que el crisol del Paleolítico superior de Choukoutien «no se encuentra solo».[93] En Obercassel, en el valle del Rin, se encontraron dos esqueletos, un varón anciano y una hembra más joven, en un sepulcro de alrededor de la misma época que la sepultura de Choukoutien. Weindenreich dijo: «Los cráneos son de apariencia tan diferente que uno no vacilaría en asignarlos a dos razas si procediesen de localidades distintas». La situación es tan confusa que comentaba:[94]

Los antropólogos físicos se encuentran en un callejón sin salida por lo que se refiere a la definición y a la gama de razas humanas distintas y su historia. ...
     Pero uno no puede dar la espalda a todo un problema porque los métodos aplicados y aceptados como históricamente sagrados hayan resultado erróneos.

Sin embargo, esta extraordinaria variabilidad sigue permitiendo el establecimiento de líneas de relaciones que aparecen entrecruzándose en cada dirección en una densa red de indicios de que estos restos fósiles pertenecen mayormente a una sola familia, a los descendientes de Cam.

Griffith Taylor vinculó entre sí a los melanesios, negros y amerindios.[95] La misma autoridad propuso una relación entre el Hombre de Java y el Hombre de Rhodesia.[96] Relacionó a ciertas tribus suizas que parecen ser una bolsa de un tronco racial más antiguo con el grupo del norte de China, los sudaneses, los bosquimanos de África del Sur, y los aeta de Filipinas.[97] También  vincularía el cráneo de Predmost con los pueblos auriñacienses y con los australoides.[98] Macgowan[99] y Montagu[100] estaban convencidos de que las poblaciones aborígenes de Centro y Sudamérica contienen un elemento de pueblos negroides así como de australoides. Se admite casi universalmente que el Hombre de Grimaldi era negroide aunque sus restos yacen en Europa.[101] Lo cierto es que el tipo negroide está tan extendido que incluso el Pithecanthropus erectus fue identificado como negroide por Buyssens.[102]

Huxley mantenía que la raza Neanderthal tenía que estar estrechamente relacionada con los aborígenes australianos, particularmente los de la Provincia de Victoria;[103] y otras autoridades mantenían que este mismo pueblo australiano se debe vincular con la célebre raza de Canstadt.[104] Alfred Romer relacionó al Hombre de Solo de Java con el Hombre de Rhodesia de África.[105] Igualmente, Hrdlicka relacionaba el cráneo de Olduvai con la Mujer de LaQuina; La Chapelle y otros con el tronco africano básico;[106] y sostuvo que también se deben vincular con las razas india, esquimal y australiana. Incluso mantiene que la mandíbula de Mauer es de tipo esquimal.[107]

No podemos hacer nada mejor que recapitular toda esta perspectiva general con las palabras de Sir William Dawson que, adelantándose mucho a su tiempo, escribió ya en 1874 acerca del hombre fósil en Europa:[108]

¿Qué relación precisa tienen estos europeos primitivos entre sí? Sólo podemos decir que todos parecen indicar un tronco común, y que está vinculado con el tronco camítico de Asia del norte que tiene sus ramas periféricas hasta este día tanto en América como en Europa.

Aunque es perfectamente cierto que la tesis que estamos presentando tiene en su contra en la cuestión de la cronología el peso monolítico de la opinión científica, es sin embargo igualmente cierto que la interpretación de los datos en este sentido es admirablemente coherente, y que desde luego hubiera permitido predecir tanto la existencia de relaciones físicas ampliamente extendidas como una excepcional variabilidad entre los miembros de cualquier familia. Además de estas «vinculaciones» anatómicas existen, naturalmente, una gran cantidad de vinculaciones culturales. Una de estas vinculaciones es el acto de pintar los huesos de los difuntos con ocre rojo —costumbre que no hace tanto tiempo era todavía practicada por los indios americanos, y que se ha observado en sepulturas prehistóricas en casi cada región del mundo.

Las circunstancias en este caso son dignas de unos instantes de reflexión, porque es difícil explicar este fenómeno como sencillamente prueba de que «las mentes de los hombres operan de una manera muy semejante en todas partes». Esto podría ser cierto del uso del sílex para las armas, de la elaboración de lanzas de madera, o del uso de pieles para la vestimenta, porque todas estas cosas sirven a necesidades que los hombres en todas partes son susceptibles de experimentar. Pero pintar huesos con ocre rojo no sirve estrictamente a ningún propósito «útil», ni se puede decir que en la mayoría de los casos esta práctica contribuyese a la estética. Es difícil saber precisamente a qué fin servía. Pero desde luego era una práctica muy extendida.

Una de las primeras observaciones sobre esta práctica fue el descubrimiento por William Buckland en 1823 de un esqueleto hembra en una cueva cerca de Paviland, que estaba pintado con ocre rojo.[109] Su descubrimiento llegó a ser conocido como «La Dama Roja de Paviland». En el Nuevo Mundo se repite la misma práctica, aunque mucho más tardíamente. Así, entre el 700 d.C. y 1100 d.C., en las secuencias culturales que se han establecido en la región de Illinois en los estados Unidos, existe lo que se ha designado la «Cultura del Ocre Rojo», designada así porque en casi cada caso los cuerpos aparecían cubiertos con hematites. Sir William Dawson[110] había observado esta circunstancia en otras partes del Nuevo Mundo y la observó acerca de una sepultura del valle del río San Lorenzo datada (en aquel tiempo) en alrededor de 300 años, donde se encontraban guerreros sepultados con un tratamiento de óxido de hierro sobre el rostro precisamente similares a los descubiertos por el Dr. Riviera en una cueva en Mentone en la frontera entre Francia e Italia. Dawson sugirió que en el caso de las sepulturas indias, era un intento de proporcionar a los muertos el medio para comparecer ante sus antepasados con las apropiadas pinturas de guerra. Quizá Dawson no estaba demasiado alejado de la verdad cuando arguyó que el hombre prehistórico muy probablemente había participado de una cultura muy semejante a la de muchas tribus indias en el momento de su descubrimiento por el hombre blanco. Propuso que el mismo epíteto de «piel roja» deriva de este uso del ocre rojo. Los indios crow pintaban a sus recién nacidos con grasa y pintura roja,[111] lo que parece sugerir que se creía que esta era una sustancia potente para garantizar la vitalidad —tanto la del recién nacido como la del guerrero y de los que habían ido a unirse con los espíritus de sus antepasados.

Tan potente es este pigmento, y tan extendido está su empleo, que los aborígenes australianos en las regiones centrales de Australia lo usan para recubrirlo todo excepto sus lanzas y arrojalanzas.[112] Coon observa: «Es difícil decir hasta qué punto esto les servía de protección y de lubricante». Incluso algunos de sus arrojalanzas están tratados con ocre rojo (yo poseo uno), aunque es difícil saber si esto es una concesión a los turistas.

En el otro extremo del mundo, parece que los sajones también sepultaban a sus muertos, al menos ocasionalmente, acompañados de ocre rojo, si no originalmente pintados efectivamente con este pigmento.[113] Desde luego, difícilmente pudo surgir esta costumbre en todas partes de forma espontánea simplemente como una expresión de la tendencia de las mentes humanas a encontrar respuestas similares a similares necesidades, porque, ¿dónde estaba la necesidad? Parece más razonable suponer que fue extendida por las gentes que la llevaron consigo al ir irradiando desde alguna Cuna de la Humanidad central.

Y esto nos devuelve otra vez a la cuestión de la posición geográfica de esta Cuna. La evidencia se acumula a diario de que, desde un punto de vista cultural, el lugar del origen del hombre fue en alguna parte del Oriente Medio. Ninguna otra región del mundo tiene tantas probabilidades de haber sido el Hogar del Hombre si por hombre nos referimos a algo más que meramente a un simio inteligente. Vavilov[114] y otros[115] han indicado repetidas veces que la inmensa mayoría de las plantas cultivadas del mundo, especialmente los cereales, remontan su origen a este lugar. Field observó:[116]

Irán puede resultar haber sido uno de los viveros del Homo sapiens. Durante los períodos del Paleolítico medio o superior, el clima, la flora y la fauna del Altiplano Iraní proporcionó un medio ambiente idóneo para la ocupación humana. De hecho, Ellsworth Huntington ha postulado que durante los tiempos del Pleistoceno tardío, el sur de Irán era la única [su énfasis] región en la que la temperatura y la humedad eran ideales, no solo para la concepción y fertilidad humanas, sino también para la posibilidad de supervivencia.

Hay muchas especulaciones acerca de las rutas tomadas por los caucásicos, negroides y mongoloides, mientras el mundo iba siendo ocupado por el flujo y reflujo de las migraciones, y en tanto que ninguna de estas especulaciones establece realmente con certidumbre cómo el hombre surgió como hombre, casi todas ellas adoptan la suposición fundamental de que el Asia occidental es su hogar como creador de la cultura.

Desde este centro se pueden seguir los movimientos de una temprana migración de un pueblo negroide, seguida de un pueblo caucásico, a Europa. Desde esta misma región, sin duda alguna, pasaron hacia el este y el Nuevo Mundo sucesivas oleadas de pueblos mongoloides, y el tiempo que se tomaron no fue necesariamente tan grande. Kenneth Macgowan dijo que estos grupos pudieron haber cubierto los 6.400 kilómetros desde Harbin, Manchuria, hasta la isla de Vancouver, en un tiempo tan breve como veinte años,[117] mientras que Alfred Kidder dijo:[118] «Un patrón de caza basado principalmente en la caza mayor hubiera conducido al hombre al sur de Sudamérica sin necesidad en aquel tiempo de una gran adaptación localizada. Hubiera podido proceder con una relativa rapidez, en tanto que hubiera disponibilidad de camellos, caballos, osos perezosos y elefantes. Todas las indicaciones apuntan a que había esta disponibilidad». Según de Quatrefages,[119] 600.000 hombres hicieron un trayecto desde un punto en Mongolia hasta China durante un invierno y bajo un constante hostigamiento en solo cinco meses, cubriendo una distancia de 700 leguas o 3.400 kilómetros. Y aunque parece que sea un viaje asombroso para un tiempo tan breve, en realidad resulta en una media de unos 23 kilómetros diarios.

En África, Wendell Phillips,[120] después de estudiar las relaciones de diversas tribus africanas, concluyó que la evidencia ya existente hace posible derivar muchas de las tribus de un solo tronco racial (en particular los pigmeos de la Selva de Ituri y los bosquimanos del desierto de Kalahari), que en un tiempo pasado debe haber poblado una parte más extensa del continente africano solo para retirarse a regiones menos acogedoras cuando tribus negroides posteriores llegaron al país. H. J. Fleure[121] sostenía que se discernían unos indicios de naturaleza similar hacia el norte y el nordeste de Asia, y hacia el interior del Nuevo mundo, por un estudio en el cambio de las formas de las cabezas en los restos fósiles, e incluso se ha sugerido que los descubrimientos en Choukoutien significan que hemos encontrado a algunos de estos primeros pioneros de camino a las Américas. Además, siempre que la tradición arroja luz sobre esto, apunta invariablemente en la misma dirección y cuenta la misma historia. Muchos pueblos primitivos tienen memorias de una situación cultural anterior más elevada, circunstancia que el autor ha explorado en otro lugar con detalle considerable.

Así, concluimos que de la familia de Noé han surgido todos los pueblos del mundo, prehistóricos e históricos. Los acontecimientos que se describen en relación con Génesis 6 a 10, y en particular las declaraciones proféticas de Noé mismo en Génesis 9:25–28 relativas al futuro de sus tres hijos, Sem, Cam y Jafet, se combinan para proporcionarnos el registro más razonable de la antigua historia de la humanidad, una historia que, si se entiende rectamente, no nos exige que creamos que el hombre moderno comenzó con una condición simiesca y que solo alcanzó un estado civilizado después de una dilatada historia evolutiva, sino que emprendió un renovado comienzo como una familia única que llevó consigo a un mundo no poblado el legado acumulado del mundo antediluviano.

Así, recapitulando lo que hemos tratado de demostrar en este artículo, se puede exponer brevemente que:

(1) La distribución geográfica de los restos fósiles es de tal naturaleza que tienen su explicación más lógica tratándolos como representantes periféricos de una dispersión amplia, y en parte forzada, de gentes procedentes de un solo grupo en expansión, establecido en un punto más o menos central a todos ellos, desde donde salieron sucesivas oleadas migratorias, cada oleada empujando a la precedente más hacia la periferia.

(2) Los especímenes más degradados son representantes de este movimiento general que fueron empujados a las áreas menos acogedoras, donde sufrieron degeneración física como consecuencia de las circunstancias en las que se vieron obligados a vivir.

(3) La extraordinaria variabilidad física de sus restos deriva de que eran miembros de grupos pequeños, aislados e intensamente endogámicos; mientras que las similitudes culturales que vinculan entre sí incluso a los más dispersos entre los mismos indican un origen común de todos ellos.

(4) Lo que es cierto del hombre fósil es igualmente cierto de las sociedades primitivas desvanecidas y actuales.

(5) Todas estas poblaciones inicialmente dispersadas pertenecen a un tronco común —la familia camita de Génesis 10.

(6) Fueron posteriormente desplazados o arrollados por los indoeuropeos (es decir, jafetitas), que sin embargo heredaron o adoptaron y desarrollaron extensamente su tecnología y así consiguieron el predominio en cada región en la que se asentaron.

(7) A todo lo largo de este movimiento, tanto en tiempos prehistóricos como históricos, nunca hubo seres humanos que no perteneciesen a la familia de Noé y sus descendientes.

(8) Finalmente, esta tesis queda respaldada por la evidencia de la historia, que demuestra que la migración ha tendido siempre a seguir este patrón, y que ha ido frecuentemente acompañada de ejemplos de degeneración tanto de individuos como de tribus enteras, y que resulta generalmente en el establecimiento de un patrón general de relaciones culturales paralelas con aquellas que la arqueología ha dilucidado como existentes en la antigüedad.



NOTAS


1910 - 1985. Miembro de la Afiliación Científica Americana; Miembro de la Asociación Americana de Antropología; Miembro del Real Instituto de Antropología.

[1] Howell F. Clark, «The Hominization Process» en Human Evolution: Readings in Physical Anthropology, dirigido por N. Korn y F. Thompson, Holt, Rinehart and Winston, New York, 1967, p. 85.

[2] Pearl, Raymond, Man the Animal, Principia Press, Bloomington, Indiana, 1946, p. 3.

[3] Clark; Wilfred LeGros, «Bones of Contention», Huxley Memorial Lecture, Journal of the Royal Anthropological Institute, vol. 88, n.º 2, 1958, p. 136-138.

[4] Uso de herramientas: véase Kenneth P. Oakley, «Skill as a Human Possession» en A History of Technology, obra dirigida por Charles Singer, E. J. Holmyard y K. R. Hall, Oxford University Press, 1954, vol. 1, pp. 1-37 para una discusión acerca de los animales usuarios de herramientas. También Mickey Chiang, «Use of Tools by Wild Macaque Monkeys in Singapore», Nature, vol. 214, 1967, p. 1258, 9. También K. R. L. Hall, «Tool-Using Performances as Indicators of Behavioural Adaptability» en Human Evolution, Readings in Physical Anthropology, obra dirigida por C. Singer, E. J. Holmyard, K. R Hall, Holt, Rinhehart & Winston, New York, 1967, pp. 173-210; especialmente p. 195 en «Comments» para un comentario de R. Cihak: «El autor afirma que no es el uso de herramientas, sino la fabricación de herramientas lo que señala la crítica etapa en la transición de simio a hombre; pero se debería observar que la fabricación de herramientas en tanto que “la conformación de un objeto para una eventualidad imaginaria en el futuro” es la verdadera frontera entre el simio y el hombre» [su propio énfasis].

[5] Strauss, W. L., Jr., «Australopithecines Contemporaneous with Man?» Science, vol. 126, 1957, p. 1238.

[6] Weidenreich, Franz, «The Human Brain in the Light of Its Phylogenetic Development», Scientific Monthly, vol. 67, agosto de 1948, p. 103-109. «Cerebral Rubicon»: P. V. Tobias, «The Old Olduvi Bed I Hominine with Specific Reference to Its Cranial Capacity», Nature, 4 abril 1964, p. 3.

[7] El Homo sapiens y el Homo erectus son al menos coetáneos y es muy posible que hayan sido una misma especie según los últimos estudios realizados sobre el cráneo de Talgai por el profesor de anatomía N. W. G. MacIntosh de la Universidad de Sydney, Australia, (Science News, vol. 93, 20 abr. 1968, p. 381).

[8] Leakey, L. S. B. «Homo habilis, Homo erectus and AUSTRALOPITHE­CINES», Nature, vol. 209, 1956, p. 1280, 1281.

[9] Simons, Elwyn L. «The Early Relatives of Man», Scientific American, julio de 1964, p. 50. El reciente descubrimiento de Simons en el Fayum del Aegyptopithecus, comunicado en su artículo «The Earliest Apes» (Scientific American, dic. 1967, pp. 28-38) y que él describe como «el cráneo de un mono equipado con los dientes de un simio», no arroja luz alguna sobre la naturaleza del eslabón perdido entre los simios y los hombres — solo entre los monos y los simios.

[10] Herskovits, Melville, Man and His Works, Knopf, New York., 1950, p. 97.

[11] Wallis, Wilson D. «Pre-Suppositions in Anthropological Interpretations», American Anthropologist, jul.-sept., vol. 50, 1948, p. 560.

[12] Manton, I., «Problems of Cytology and Evolution in the Pteridophyta», Cambridge University Press, 1950, citado por Irving W. Knoblock, Journal of the American Scientific Affiliation, vol. 5, 3 sept. 1953, p. 14.

[13] Sunday Times ode 5 de abril de 1964; e Illustrated London News and Sketch, 1 ene. 1960: véase también La falacia de las reconstrucciones antropológicas (http://www.sedin.org/doorway/33-falacia-rec.html) riginal inglés: The Fallacy of Anthropological Reconstructions», por el autor, Sección V en Genesis and Early Man, vol. 2 en The Doorway Papers Series.

[14] Takeuchi, H., S. Uyeda, H. Kanamori, Debate about the Earth, Approoch to Geophysics through Analysis of Continental Drift, traducido por Keiko Kanamori, Freeman, Cooper & Co., San Francisco, 1967, p. 180.

[15] Movius, Hallam, «Old World Prehistory: Paleolithic», en Anthropology Today, obra dirigida por A. L. Kroeber, University Chicago Press, 1953, p. 163.

[16] Robinson, J. T., «The Origins and Adaptive Radiation of the Australopithecines», en Human Evolution: Readings in Physical Anthropology, obra dirigida por N. Korn y F. Thompson, Holt, Rinehart & Winston, New York, 1967, pp. 277, 279, y 294.

[17] Sobre convergencia: Ver el artículo de El Pórtico, Convergencia y el Origen del Hombre, en línea en http://www.sedin.org/doorway/07-doorway.html, del original ingles Convergence and The Origin of Man, Doorway Papers, n.º 7, Brockville, Canadá, 1970. También Leo S. Berg, Nomogenesis: Or Evolution Determined by Law, traducido del ruso al inglés por J. N. Rostovtov, Constable, Edinburgh, 1926; David Lack, Evolutionary Theory and Christian Belief, Methuen, London, 1957, p.65; Evan Shute, Flaws in the Theory of Evolution, Temside Press, London, Ontario (Canadá), 1961 pp. 138ss.; y también Sir Alister Hardy, The Living Stream, Collins, Londres, 1965, especialmente el capítulo acerca de la convergencia, «Convergence», pp. 138-146.

[18] de Beer, Sir Gavin, Embryos and Ancestors, Clarendon Press, Oxford, 1951, pp. 52-68 y pp. 88-100.

[19] Dawson. Sir J. William, Fossil Men and Their Modern Representatives, Hodder and Stoughton, London, 1883, p. 123.

[20] Meganthropus: véase G. H. R. von Koenigswald, citado por J. T. Robinson, «The Origin and Adaptive Radiation of the Australopithecines» en Human Evolution: Readings in Physical Anthropology, obra drigida por N. Korn y F. Thompson, Holt, Rinehart & Winston, New York, 1967, p. 280; para el Zinjanthropus: ver «The Fossil Skull from Olduvai», comentario editorial en British Medical Journal, 19 sept. 1959, p. 487.

[21] Zuckerman, Sir Solly, «An Ape or The Ape», Journal of the Royal Anthropological Institute, vol. 81, 1951, p. 57.

[22] Schultz, A. H., citado por Zuckerman, ibid., p. 58.

[23] Simpson, G. G., citado por Zuckerman, ibid., p. 59.

[24] Clark, LeGros, «Bones of Contention», en Human Evolution: Readings in Physical Anthropology, obra dirigida por N. Korn y F. Thompson, Holt, Rinehart & Winston, New York, 1967 p. 302.

[25] Ibid., p. 299s.

[26] Así se expresa Sir Solly Zuckerman, en «Correlation of Change in the Evolution of Higher Primates», en Evolution as a Process, volumen dirigido por Julian Huxley, A. C. Hardy, E. B. Ford, Allen & Unwin, London, 1954, p. 301. «La diferencia fundamental ha sido que en la inmensa mayoría de los casos las descripciones de los especímenes proporcionadas por sus descubridores se han presentado de manera que indiquen que dichos fósiles tienen algún lugar o significación de carácter especial en la línea del linaje humano directo, en contraste con el de la familia de los simios.»

[27] Medawar, Sir Peter B., The Art of the Soluble, Methuen, London, 1967, p. 55.

[28] Leith, T. H., «Some Logical Problems with the Thesis of Apparent Age», Journal of the American Scientific Affiliation, vol.17, (4), Dec., 1965, p. 119.

[29] Medawar, Sir P. B., The Uniqueness of the Individual, Basic Books, New York., 1957, p. 76. de forma similar, Rudolf Flesch observó: «El aspecto más importante de la ciencia es este: que no es una búsqueda en pos de verdad sino una búsqueda del error. ...» (véase su libro, The Art of Clear Thinking, reseñado por H. Kreighbaum en Scientific Monthly, vol. 74, (4), abril de 1952, p. 240). Véase también el comentario editorial bajo «The Discipline of the Scientific Method», (Nature, 1 ago. 1959, p. 295): «Por cuanto, según el código de la ciencia, ningunos asertos positivos son definitivos y todas las proposiciones son aproximaciones, y desde luego provisionales, se ve a la ciencia avanzando más negando lo que es erróneo que afirmando lo que es cierto —reduciendo, y finalmente erradicando errores más que dirigiéndose de forma directa hacia alguna verdad final preconcebida».

[30] Huxley Julian, «New Bottles for New Wine: Ideology and Scientific Knowledge», Journal of the Royal Anthropological Institute, vol. 80, 1950, p. 7-23, especialmente p. 15b; y véase también su introducción a Teilhard de Chardin, The Phenomenon of Man, Collins, 1959, ¡donde Huxley lo saluda como el nuevo profeta de la nueva fe!

[31] Simpson, Gaylord G., This View of Life, Harcourt, Brace and World, New. York, 1964:
      p. vii «uno de los hechos fundamentales . ...»
      p. 10 «Hecho — no teoría ...»
      p. 12 «nadie duda ...»
      p. 40 «todos los hechos la respaldan ...»
      p. 51 «sólo los biólogos deshonestos discrepan»
      p. 62 «irrebatible en la actualidad ...»
      p. 63 «todos los problemas se están solucionando “triunfalmente” ...»
      p. 151 «La evolución es un hecho ... la creación, un dogma ...»
    p. 193 «La evolución es un hecho ... la verdad de la evolución ... pruebas ... todos están de acuerdo ... pruebas de evolución.»

   En su artículo «The Biological Nature of Man» (Science, vol. 152, 1966, p. 475), escribió, «Ya no consideramos más la cuestión de si el hombre evolucionó, ¡porque sabemos que así fue!» (énfasis suyo).

[32] R. H. Rastall de Cambridge escribió: «No se puede negar que desde un punto de vista estrictamente filosófico los geólogos están aquí arguyendo en círculo. La sucesión de organismos ha sido determinada por un estudio de sus restos sepultados, mientras que las edades relativas de las rocas se determinan por los restos de organismos que las mismas contienen». (Encyclopedia Britannica, 1956, Artículo «Geology», vol. 10, p. 168). W. R. Thompson dice de Simpson: «Simpson afirma que la homología está determinada por la descendencia común, ¡y concluye que la homología es evidencia de descendencia común!» («Evolution and Taxonomy», Studia Entomologica, vol. 5, 1962, p. 567).

[33] Garn, Stanley M., «Culture and the Direction of Human Evolution», Human Evolution: Readings in Physical Anthropology, volumen dirigido por N. Korn y F. Thompson, Holt, Rhinehart & Winston, New York, 1967, pp. 102-107.

[34] Sobre la cuestión de los huecos en las genealogías bíblicas, véase «The Genealogies of the Bible», Secc. V en Hidden Things of God's Revelation, vol. 7 en The Doorway Papers Series.

[35] Custance, A. C., «La supuesta evolución del cráneo humano», en línea en http://www.sedin.org/doorway/09-presionesamb.html; artículo original: «The Supposed Evolution of the Human Skull», Part IV; «Las culturas primitivas: un reexamen del problema de su origen histórico», en línea en http://www.sedin.org/doorway/32-culturas_primitivas.html; artículo original: «Primitive Cultures: A Second Look at the Problem of Their Historical Origins», Part II; y «La falacia de las reconstrucciones antropológicas», en línea en http://www.sedin.org/doorway/33-falacia-rec.html; artículo original: «The Fallacy of Anthropological Reconstructions», Part V; en Genesis and Early Man, vol. 2 en The Doorway Papers Series.

[36] Para algunas reducciones, véase Robert Heizer, «Long Range dating in Archaeology» (pp. 9, 13) y Kenneth Oakley, «Dating Fossil Human Remains», (p. 47) en Anthropology Today, volumen dirigido por A. L. Kroeber, University of Chicago Press, 1953, pp. 13, 9, y 47.

[37] Véanse las observaciones de Graham Clark en un panel en un Simposio en 1953 sobre «Problems of the Approach Methods», Appraisal of Anthropology Today, volumen dirigido por Sol Tax y Charles Callender, University Chicago Press 1953, p. 7.

[38] Para una serie de mapas, véase «Note on Niagara Falls», Transactions of the Victoria Institute, vol. 19, 1885, p. 90-92. Y para una bibliografía que cubre comunicaciones de mediciones, véase «Literature on Niagara Falls», Transactions of the Victoria Institute, vol. 40, 1908, p. 76.

[39] Antevs, Ernst: citado por Kenneth Macgowan, Early Man in the New World, Macmillan, New York, 1950, p. 121.

[40] Pendelbury, J. D. S., Archaeology in Crete, Methuen, New York, 1939, p. 43.

[41] Berl, Ernst, citado por John DeVries, Beyond the Atom, Eerdmans, Grand Rapids, 1950, p. 80.

[42] Klotz, John, Genes, Genesis, and Evolution, Concordia Publishers, St. Louis, Missouri., 1955, p. 115.

[43] Boucher de Perthes: citado por Harold W. Clark, The New Diluvialism, Science Publication, Angwin, California, 1946, p. 187.

[44] Movius, Hallam L., «Old World Prehistory: Paleolithic», en Anthropology Today, volumen dirigido por A. L. Kroeber, University of Chicago Press, 1953, p. 163.

[45] Tylor, Sir Edward: citado por W. J. Sollas, «The Tasmanians» en The Making of Man, volumen dirigido por V. F. Calverton, Modern Library, Random House, New York, 1931, p. 89.

[46] Reed, Charles A., «Animal Domestication in Prehistoric Near East», Science, vol. 130, 11 dic. 1959, p. 1630.

[47] Curry, John, Nature, 18 dic. 1873, p. 122.

[48] Pico de minero: comunicación del Dr. S. Thornton, «Problems of Aboriginal Art in Australia», Transactions of the Victoria Institute, London, vol. 30, 1896, p. 229.

[49] El hombre y los animales prehistóricos: véase, por ejemplo, William Howells, Mankind So Far, Doubleday, Doran, New York, 1945, p. 267. También Ashley Montagu, en Introduction to Physical Anthropology, Thomas, Springfield, Missouri., 1945, p. 110.

[50] La existencia de las tres «familias» en esta época es observada por Vere G. Childe en su New Light on the Most Ancient East, Kegan Paul London, 1935, p. 18, y What Happened in History, Penguin Books, 1946, p. 81.

[51] Custance, A. C., «The Part Played by Shem, Ham and Japheth in Subsequent World History», Part I; «The Technology of Hamitic People», Part IV, en Noah's Three Sons, vol. 1; y «La confusión de las lenguas», en línea en http://www.sedin.org/doorway/08-confusion.html; original: «The Confusion of Tongues», Part V en Time and Eternity, vol. 6, de The Doorway Papers Series.

[52] Acerca de esto, véase J. D. S. Pendelbury, The Archaeology of Crete, Methuen, New York, 1939, p. 68; y V. Gordon Childe, The Dawn of European Civilization, Kegan Paul, 6ª edición, revisada, 1967, p. 19.

[53] Perry, W. J., The Growth of Civilization, Penguin Books, 1937, p. 123.

[54] Dawson, Sir J. William., The Story of the Earth and Man, Hodder and Stoughton, London, 1903, p. 390.

[55] Desaparición de las suturas craneanas: Observación de Sir William Dawson, Meeting Place of Geology and History, Revell, New York, 1904, p. 63 [citado por James Orr, God's Image in Man, Eerdmans, Grand Rapids, 1948, p. 256, nota al pie 3]. Véase también Gy. Acsadi y J. Nemereski, A History of Human Life Span and Mortality, Budapest, Akademiai Kiado, 1970, p. 115s, 140.

[56] Osborn, H. F., Men of the Old Stone Age, Scribners, New York, 1936, p. 19s.

[57] Fleure, H. J., The Races of Mankind, Benn, London, 1930, p. 45.

[58] Koppers, W., Primitive Man and His World Picture, traducido al inglés por Edith Raybould, Shedd y Ward, New York, 1936, p. 239.

[59] Taylor, Griffith, Environment, Race and Migration, University of Toronto, 1945, p. 9, 10.

[60] Taylor, G., ibid., p. 67.

[61] Taylor, G., ibid., p. 120, 121.

[62] Garrod, Dorothy, «Nova et Vetera: a Plea for a New Method in Paleolithic Archaeology», Proceedings of the Prehistoric Society of East, Anglia, vol. 5, p. 261.

[63] Childe, V. Gordon, Dawn of European Civilization, Kegan Paul, London, 3ª edición, 1939. En la edición de 1957 Childe, en su introducción invita a sus lectores a observar que ha modificado un poco su orientación «dogmática», pero sigue concluyendo al final del volumen (p. 342): «la primacía de Oriente permanece incontrovertible».

[64] Field, Henry, «The Cradle of Homo Sapiens», American Journal of Archeology, oct.-dic., 1932, p. 427.

[65] Matthew W. D., «Climate and Evolution», Annals of the New York Academy of Science, vol. 24, 1914, p. 180.

[66] Lebzelter, citado por W. Koppers en su obra Primitive Man, traducida por Edith Raybould, Sheed & Ward, New York, 1952, p. 220. Su punto de vista fue apoyado por Le Gros Clark, Journal of the Royal Anthropological lnstitute, vol. 88, Part II, jul. dic. 1958, p. 133.

[67] Clark, Sir W. LeGros, «Bones of Contention», Human Evolution: Readings in Physical Anthropology, volumen dirigido por N. Korn y F. Thompson, Holt, Rinehart & Winston, New York, 1967, p. 301.

[68] Goldschmidt, Richard B., «Evolution As Viewed by One Geneticist», American Scientist, vol. 40, ene. 1952, p. 97; y para materiales adicionales acerca de este extremo, véase «La supuesta evolución del cráneo humano», en línea en http://www.sedin.org/doorway/09-presionesamb.html; artículo original: «The Supposed Evolution of the Human Skull», Secc. IV.

[69] Childe, V. Gordon, Man Makes Himself, Thinker's Library, Watts, London, 1948, p. 99.

[70] Clark, LeGros, «Bones of Contention», en Human Evolution: Readings in Physical Anthropology, volumen dirigido por N. Korn y F. Thompson, Holt, Rinehart & Winston, New York, 1967, p. 239.

[71] Clark, W. LeGros, History of the Primates, Phoenix Books, University of Chicago, 1957, pp. 163, 164. La edición de 1966 de la Encyclopedia Britannica, vol. 14 (p. 738) tiene esta observación: «En los tiempos tempranos de los descubrimientos paleoantropológicos, se suponía generalmente que el Homo Neanderthalensis repersentaba al simio ancestral del que había derivado el Homo sapiens. ...
     Pero la acumulación de descubrimientos adicionales ha dejado claro que estos rasgos aparentemente primitivos son secundarios —el resultado de una evolución retrógrada desde tipos aun más antiguos que no parecen específicamente distinguibles del Homo sapiens».
     Wilfred E. LeGros Clark comenta que el Hombre de Neanderthal «desapareció muy bruscamente de Europa, siendo sustituido por una población de Homo sapiens de tipo moderno. Se supone que estos últimos se extendieron por Europa desde una región colindante, quizá el Oriente Medio, y que por sustitución condujo a la extinción del Homo Neanderthalensis». Véase su artículo «The Crucial Evidence for Human Evolution», American Scientist, vol. 47, 1959, p. 30.

[72] Hooten, A. E. «Where Did Man Originate?» Antiquity, June, 1927, p. 149.

[73] Howells, William. Mankind So Far, Doubleday, Doran, New York, 1945, pp. 295 s.

[74] Ibid., pp. 298, 299.

[75] Weidenreich, Franz, Palacontologia Sinica, Serie Completa, No. 127, 1943, p. 276.

[76] Romer, Alfred, Man and the Vertebrates, University of Chicago Press, 1948, pp. 219, 221.

[77] Fósiles del hombre como un todo: véase F. Gaynor Evans en una nota sobre «Los nombres de los hombres fósiles», Science, vol. 101, 1945, p. 16, 17.

[78] Linton, Ralph, The Study of Man, Appleton Century, New York, 1936, p. 26.

[79] Taylor, Griffith, Environment, Race and Migration, University of Toronto Press, 1945, p. 282.

[80] Comunicado en Science Yearbook, 1966, p. 256.

[81] Portmann, A., Das Ursprungsproblem, Eranos-Yahrbuck, 1947, p. 11.

[82] Koppers, Wilhelm, Primitive Man and his World View, traducido al inglés por Edith Raybould, Sheed y Ward, New York, 1952, p. 220 y 224.

[83] Weidenreich, Franz, Apes, Giants and Man, Chicago University Press, 1918, p. 2.

[84] Taylor, Griffith, Environment, Race and Migration, University of Toronto Press, 1945, p. 45.

[85] Dawson, Sir J. William, Fossil Men and Their Modern Representatives, Hodder and Stoughton, London, 1883, viii y 354 páginas, ilustrado.

[86] Stewart, T. D., «The Problem of the eRliest Claimed Representatives of Homo sapiens» en The Cold Springs Harbor Symposia on Quantitative Biology: Origin and Evolution of Man, Biological Laboratories, Cold Spring Harbour, New York, 1950, vol. 15, p. 105.

[87] Mayr, Ernst, «The Taxonomic Evaluation of Fossil Remains» en Human Evolution: Readings in Physical Anthropology, volumen dirigido por N. Korn y F. Thompson, Holt, Rinehart & Winston, New York, 1967, p. 239.

[88] McCown, T.D., «The Genus Palaeoanthropus and the Problem of Superspecific Differentiation Among the Hominidae». Cold Springs Harbor Symposia on Quantitative Biology: Origin and Evolution of Man, Cold Spring Harbor, New York, 1950 vol. 15, p. 92.

[89] Romer, Alfred, Man and the Vertebrates, University of Chicago Press, 1948, pp. 219, 221.

[90] Howells William, Mankind So Far, Doubleday, Doran, New York, 1945, p. 202.

[91] Clark, Sir W. LeGros, en Human Evolution, (ref. I), p. 802.

[92] Weidenreich, Franz, «Homo Sapiens at Choukoutien», News and Notes, en Antiquity, junio 1939, p. 87.

[93] Ibid. p. 88.

[94] Ibid.

[95] Taylor, Griffith, Environment, Race and Migration, University of Toronto Press, 1945, p. 11.

[96] Ibid., p. 60. Su argumento aquí se basa en la forma de la cabeza, que él considera concluyente.

[97] Ibid., p.67. Cree que solamente «una tierra-cuna común» tiene la posibilidad de explicar la situación.

[98] Ibid., p. 134.

[99] Macgowan, Kenneth, Early Man in the New World, Macmillan, New York, 1950, p. 26.

[100] Montagu, Ashley, Introduction to Physical Anthropology, Thomas, Springfield, Illinois, 1947, p. 113.

[101] Weidenreich, Franz, «Homo sapiens at Choukoutien», News and Notes, Antiquity, junio 1939, p.88.

[102] Buyssens, Paul, Les Trois Races de l'Europe et du Monde, Brussels, 1936, reviewed by G. Grant MacCurdy, American Journal of Archaeology, Jan.-Mar., 1937, p.154.

[103] Huxley, Thomas, citado por D. Garth Whitney, «Primeval Man in Belgium», Transactions of the Victoria Institute, London, vol. 40, 1908, p. 38.

[104] Según D. Garth Whitney, ibid.

[105] Romer, Alfred, Man and the Vertebrates, University of Chicago Press, 1948, p. 223.

[106] Hrdlicka, Ales. «Skeletal Remains of Early Man», Smithsonian Institute, Miscellaneous Collections, vol. 83, 1930, p. 342ss.

[107] Ibid., p. 98. Y véase William S. Laughlin, «Eskimos and Aleuts: Their Origins and Evolution», Science, vol. 142, 8 nov. 1963, p. 639, 642.

[108] Dawson, Sir J. William. «Primitive Man and Revelation», Transactions of the Victoria Institute, London, vol. 8, 1874, p. 60, 61.

[109] Buckland, citado por Kenneth Macgowan, Early Man in the New World, Macmillan, New York, 1950, p. 52.

[110] Dawson, Sir J. William. Fossil Men and Their Modern Representatives, Hodder & Stoughton, London, 1883, pp. 19, 142, 143.

[111] Murdock, G. P., Our Primitive Contemporaries, Macmillan, New York, 1951, p. 275.

[112] Coon, Carleton S., A Reader in General Anthropology, Holt, New York, 1948, p. 226.

[113] Childe, V. Gordon, The Dawn of European Civilization, Kegan Paul, London, 3rd edition, 1939, p. 168; y en otros lugares de Europa, véase pp. 209, 254, 259. Véase también C. S. Coon, Reader in General Anthropology, Holt, New York, 1948, p. 226; George P. Murdock, Our Primitive Contemporaries, Macmillan, New York, 1934, p. 275; Kenneth Macgowan, Early Man in the New World, Macmillan, New York, 1950, p. 52; Sir J. William Dawson, Fossil Men and Their Modern Representatives, Hodder & Stoughton, London, 1883, p. 19, 143; y en Time Life Publications, Early Man, volumen dirigido por F. William Howell, Life Nature Library, 1965, p. 156, y The Epic of Man, volumen dirigido por Courtland Canby, Time Inc., New York, 1961, pp. 40, 41.

[114] Vavilov, N. I., «Asia, the Source of Species», Asia, febrero 1937, p. 113.

[115] Cf. Harlan, T. R., «New World Crop Plants in Asia Minor», Scientific Monthly, febrero 1951, p. 87.

[116] Field, Henry, «The Iranian Plateau Race», Asia, abril 1940, p. 217.

[117] Macgowan K. Early Man in the New World, Macmillan, New York, 1950, p. 3 y mapa en p.4.

[118] Kidder, Alfred, «Problems of the Historical Approach: Results», en Appraisal of Anthropology Today, volumen dirigido por Sol Tan y Charles Callender, University of Chicago Press, 1953, p. 46.

[119] de Quatrefages, A., L'Espece Humaine, Balliere et Cie., Paris, 14ª edición, 1905, pp. 135,136.

[120] Phillips, Wendell, «Further African Studies», Scientific Monthly, marzo 1950, p. 175.

[121] Fleure, H. J., The Races of Mankind, Benn, London, 1930, pp. 43 y 44.



Título: Los restos fósiles del hombre primitivo, y el registro histórico del Génesis
Título original: Fossil remains of Early Man and the Record of Genesis

Autor: Arthur C. Custance, Ph. D.
Fuente: Genesis and Early Man, vol. 2 of the Doorway Papers, 1975, Sección I. — www.custance.org
Copyright © 1988 Evelyn White. All rights reserved

Copyright © 2008 Santiago Escuain para la traducción. Se reservan todos los derechos.


Traducción del inglés: Santiago Escuain

© Copyright 2008, SEDIN - todos los derechos reservados.

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